Revista Conexos

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Poesía entre cielo y destino

REINALDO GARCÍA RAMOS

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Mientras leía este libro, Poemas del 42,[1] recordé algo que Marguerite Yourcenar dijo cuando le preguntaron si era posible relacionar el destino de cada cual con el contexto desmesurado de la historia: “Usted parece estar convirtiendo la historia en un ídolo, al igual que los marxistas; la historia consiste de vidas individuales, algunas ilustres, la mayor parte de ellas oscuras.” [2] Lilliam Moro, por su parte, abre su poemario con unas líneas de Arthur Koestler, donde éste nos aconseja desconfiar de la aparente trivialidad que exhiben ciertos episodios de nuestra propia vida, pues éstos pueden ser en realidad los acontecimientos que nos marquen para siempre.

Muy alejadas en proyección y estilo, las obras de Yourcenar y Koestler coinciden sin embargo en ofrecer versiones humanizadas, corpóreas, de determinados períodos remotos o recientes que el recuento de los historiadores ha simplificado. Es decir, ambos nos proponen una vivencia literaria, más cercana, de circunstancias personales que serían desatendidas o negadas por el análisis histórico, sobre todo si éste se hiciese, como ocurre con frecuencia, partiendo de esquemas proselitistas.

Una tentativa similar a la de Koestler-Yourcenar emprende en mi opinión la autora de Poemas del 42. Valiéndose de un lenguaje factual, severo, como el de un inspector que enumera los detalles de un horrendo crimen, Moro busca desarticular el mito marxista de la historia, para subrayar que ésta no es una deidad redentora ante cuyo altar los individuos deben despojarse de sus sentimientos e intuiciones. Con estos versos tensos, recalcitrantes, sarcásticos, Moro afirma que la enseñanza última del acontecer, la única que puede satisfacernos moralmente, se obtiene analizando en términos poéticos los hechos más rutinarios, los deseos casuales, los íntimos temores al parecer intrascendentes, pues estos con el tiempo se convertirán en terminantes tomas de posición.

Y si recordamos el pasado de la autora, veremos que ello era quizás inevitable. Resulta obvio que las agresiones ideológicas y los maniqueísmos políticos han invadido en las últimas décadas sectores de la vida cubana que no les pertenecían, y han adulterado, a veces visceralmente, las manifestaciones de nuestra cultura. Las vulgares estrategemas del poder han arremetido contra la dinámica espontánea de nuestros creadores, generando en ellos una gama muy variada de actitudes defensivas, desde obsesiones compensatorias y dignos contraataques hasta deslumbrantes escapismos. La voz acosada que Moro nos revela en este poemario es también una consecuencia de esos años dolorosos y fervientes. Cuando la autora estaba en plena formación, a mediados de los años 60, Fidel Castro y su gobierno decidieron instaurar plenamente la represión cultural en la Isla, y Moro fue una de los primeros escritores jóvenes en recibir en carne propia el zarpazo silenciante.

En 1965, a los 19 años, tras haber obtenido el primer premio en un concurso de poesía entre las facultades de Letras de las universidades cubanas, Moro entregó algunos poemas suyos a José Mario, para que este los incluyera en la antología Novísima poesía cubana II, libro que no llegó nunca a los lectores. Programado por la Editorial Nacional de Cuba (una empresa estatal) bajo el sello de las Ediciones El Puente, el modesto volumen buscaba dar a conocer un puñado de talentos en cierne y se hallaba en pruebas de planas cuando el gobierno ordenó detener el proceso de impresión. La orden implicaba también el cese definitivo de las actividades del grupo El Puente, un proyecto privado y no lucrativo, cuyo contenido nunca había estado bajo el control partidista y que, con sus ediciones, había sido una de las pocas vías (si no la única) con que contaban los jóvenes escritores de esos años en Cuba para publicar sus obras independientemente.

El destino profesional de quienes estuvimos vinculados a José Mario y a El Puente, lo supimos después, había quedado decidido durante un encuentro informal del caudillo triunfante con algunos estudiantes de la Universidad de La Habana. En esa ocasión, Castro se tomó el trabajo de referirse directamente a nosotros y procedió a condenarnos, no por nuestra labor de escritores, sino aludiendo a ciertos hábitos y estilos de vida, que él consideró depravados o algo así. En cuestión de horas, la sumisa y alerta burocracia cultural implementó aquella condena ordenando que los libros de El Puente dejaran de aparecer.

Desde luego, no eran nuestras costumbres lo que más molestaba al caudillo: las publicaciones de El Puente escapaban a la programación oficial e implicaban un desafío al adocenamiento populista que ya devastaba los predios artísticos y que tanto él como los viejos cuadros comunistas querían imponer a toda costa en el país. Esto ocurría cuando empezaban a hacerse patentes las fobias del nuevo régimen contra los homosexuales y ciertas sectas religiosas, pero posteriormente ha quedado demostrado que aquellos indicios de intolerancia preludiaban una persecución ideológica general, que se extendería más tarde y que ha estado dirigida contra cualquier persona que pretenda escapar a los mecanismos estandarizantes del macroestado policial.

En la vida diaria de cada uno de nosotros se recibió desde entonces el influjo de estas aspiraciones autoritarias del nuevo régimen, y en los medios intelectuales comenzó a proliferar la delación, el arribismo inescrupuloso. Algunas personas que nos rodeaban dieron muy pronto pruebas de poder ser arrastrados a deslealtades, concesiones y mentiras, que los ilusos consideraban ocurrencias de juventud, leves divertimentos, y que los desfachatados proclamaban como estratégicas malevolencias impuestas y  justificadas por la época. Tal parecía que, tarde o temprano, nadie iba a permanecer inmune a estas aberrantes tendencias, por muy buena  voluntad o capacidad de resistencia que creyera tener. Moro, como todos nosotros, vio que personas queridas o simples conocidos eran vetados como profesionales, o expulsados de sus centros de estudio y/o trabajo debido a sus preferencias en materia de lecturas, de vida sexual, de vestuario, o de entretenimientos. En esos aspectos de la personalidad, el gobierno detectó elementos no asimilables al molde disciplinario que quería imponer, el cual se basaba mayormente en tradicionales conceptos pequeño-burgueses sobre lo que debía ser un individuo respetable, miembro de una familia heterosexual, monogámica y patriarcal.

Junto con los demás miembros del grupo El Puente (aunque hubo excepciones), Moro sacó de todo esto las conclusiones adecuadas; es decir, supo enseguida que no estábamos ante accidentes superables, arbitrariedades aisladas en el océano de bonanzas que proclamaban los discursos y la prensa oficial: aquellos hechos anunciaban que el proceso revolucionario había entrado en su etapa estalinista.  En 1970, tras varios meses de trabajo forzado en la agricultura, la joven escritora salió de la Isla para iniciar su exilio, y cargó en su visión del mundo aquel horror, que ha estado presente en su poesía desde entonces.

Poemas del 42 se nos presenta como un resumen de sus intereses expresivos al cumplir esa edad, y es publicado 17 años después de su primer poemario. El largo silencio parece ser un tortuoso precio que algunos poetas cubanos exiliados tienen que pagar entre un libro y otro. No debe sorprendernos que, durante esos silencios, como en el caso de Moro, la voz se reordene y concentre, arda como un metal sometido a presiones cósmicas, y al final retorne con resonancias desconcertantes, que tranquilicen o sobrecojan.

En La cara de la guerra, publicado en 1972, Moro nos hablaba todavía con una voz volcada hacia la Isla, desgarrada de nostalgias fecundas, sobresaltada a veces por la decisión de exiliarse, pero sobre todo aceptando las nuevas experiencias. En el primer poema de ese libro es visible tal actitud: “creamos en algo (…) hagamos el amor y no la guerra / el pasado es un eco tumultuoso y sagrado (…) hagamos nuestra trampa (…) que cada frase / cada día que pase / sea un acto de fe (…) nuestro castillo personal / contra los contratiempos y los graves / augurios”.

En los textos de ese primer libro aparecen la familia, los amigos, incluso la figura un tanto inalcanzable de José Lezama Lima (a quien Moro dedica un memorable poema), como elementos propiciadores del discurso, casi como dioses tutelares que vigilaran el tránsito de la autora por ese exilio que recién comenzaba y que hasta el momento parecía pleno de promisorias alternativas. El estigma histórico, la humillación política, estaban circunscritos al pasado. Aunque por momentos la autora sospechase que las cosas podrían ser de otro modo (“quizás todo no sea más / que una bien preparada equivocación (…)  que el mar que desgasta mi memoria / no tenga nada que ver con la Isla de Cuba”), [3] el tono predominante es la liberación, y el placer de poder interpelar por fin a quienes intentaron destruirnos.

El panorama en Poemas del 42 es muy diferente. Aquí Moro no busca ya halagarnos con alocuciones sonoras, con autocompasiones melodiosas; es como si, tras esta meditación de 17 años, hubiera optado por despojarse de cualquier intento seductor. El enjuiciamiento del acontecer no aparece referido exclusivamente al pasado, a un inventario más o menos quejumbroso de percepciones perdidas. Ese examen se prolonga hasta el presente; la labor serena del poeta es ahora mayormente la de ir como rompiendo sin descanso la corteza protectora del hecho cotidiano, con el fin de sacar a la luz los burdos engranajes de la crueldad, de la desposesión, del infortunio. Su principal aspiración ahora es mostrarnos esos rejuegos ocultos, pero ubicuos y devastadores, que llevan a ciertos individuos a verse atrapados en una posición desventajosa ante sus semejantes.

De ahí que estos poemas parezcan a primera vista osamentas despojadas de piel, de ropajes, de cosméticos. Moro ve la disyuntiva de la condición humana ante la historia como una detención desgestante, un rictus azotado por las limitaciones del orden social. Para ella, los individuos son “muñecos de paja” que se contorsionan en un escenario inmóvil, fuera del cual carecen de relevancia. El poeta se conmueve ante ellos, pero lo hace en tono de airada advertencia, como si escribiera con los dientes apretados. Sus versos (áridos, poco complacientes, pero certeros como cuchilladas al vacío) no nos hablan sólo de humillantes enfrentamientos en Cuba; contemplan el destino humano en un escenario mucho más confuso y vasto, la sociedad postindustrial contemporánea, donde los predominios y desajustes adoptan múltiples aspectos y no es posible interpretarlos mediante unívocos teoremas. Por eso el poeta pretende sólo asociarlos con sus propias emociones.

La autora no ha abandonado su memoria, pero su pavor y su perplejidad abarcan igualmente su entorno actual en la Europa de los años 80. Lo que más teme ahora no es ya la irrupción del comisario político que le quemaría sus papeles; es ver llegar a unos “forasteros del espíritu” que le mutilarán su capacidad de acción e impondrán en el orden de las cosas una carencia de absoluto, una básica insuficiencia existencial: “llegan sin avisar (…) y se instalan para siempre en tu pecho (…) te arrinconan dentro de ti”.

Entre el cielo que sigue siendo su reverenciada Isla (“porque los árboles / de Itaca / son los verdaderos árboles”) y el destino que se perfila hoy en los “intentos de sobrevivencia”, repetidos y agotadores, Moro nos alerta sobre un lento desastre al que pueden  conducir en cualquier sitio los códigos inflexibles, tanto extraídos del materialismo desbocado como de sistemas de consuelo espiritual. Cuando pone su atención en el fusilado, en la mendiga, en el alienado, su gesto no es simplemente una compasión localizada en una mera anécdota; Koestler le mostró que en estas pobrezas triviales se esconde el verdadero rostro de la historia, el más implacable y el único válido para la literatura.

El vínculo implícito entre su pasado cubano y su actual conciencia diaria en Madrid lo completa Moro en la última parte del libro, Auto de fe, un poema en nueve partes. El soplo fantasmagórico de la represión que ella conoció en La Habana impregna estos versos finales con una amarqura de elemental exorcismo. Pero aunque el lector encontrará referencias más o menos flagrantes a un episodio ocurrido en Cuba (“papeles recién traídos de Santiago (…) hombres uniformados / abren y cierran rejas”), descubrirá enseguida que el texto deja atrás el patetismo personal para ofrecernos exploraciones trascendentes. De la vivencia traumática ha quedado la síntesis  decisiva, el poema, sostenido como una conquista inexplicable en un desierto arrasado por la omnipresencia del Estado moderno; de lo ocurrido, tras una lenta decantación de años, Moro ha obtenido al fin los datos esenciales, que por supuesto se refieren a las alternativas escasas del ser humano frente al ingente poder de las entidades que le provocan angustia.

Ese poder, más metafísico que político —parece admitir la autora sin excesivo dramatismo— puede tenerlo la llamada Razón (que al soñar no produce monstruos, como dijo Goya, sino paz, una paz basada en mentiras a medias), o puede tenerlo Dios (“El portazo de Dios”), cuyo sueño se concreta en olvido.

Reinaldo García Ramos

     Nueva York, enero de 1989


(1) Editorial Playor, Madrid, 1989. Un volumen de la colección Nueva Poesía.  El presente texto sirvió de prólogo a esa edición.

(2) Marguerite Yourcenar: With Open Eyes; Conversations With Mattthieu Galey. Boston: Beacon Press, 1984, p. 168. Traducción al español de R.G.R.

(3) Lilliam Moro: La cara de la guerra.  Madrid, Gráficas Arabí, 1972, páginas 17, 18, 20 y 39.

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Esta entrada fue publicada el 11/08/2012 por en Ensayo.
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