Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Médium

RAFAELA VERGARA AYALA

I

Sin lugar a dudas se trataba de una nave de otro planeta. No por la forma, porque era igual a cualquier cohete de la Tierra, pero lo que había dentro no se parecía a nada inventado por los hombres, ni siquiera en realidad virtual. Además, hasta ahora una cabeza humana no puede vivir sin el resto del cuerpo y aquella cosa estaba viva. ¡Bien viva!

Los primeros en llegar al sitio del aterrizaje fueron los vecinos del lugar, que venciendo el miedo del primer momento se decidieron a tomar lo que más les gustó de la nave, o mejor dicho, todo lo que pudieron llevarse para tenerlo de recuerdo o para sacarle algún dinero vendiéndolo a los pocos turistas que llegaban hasta aquella apartada zona del país. Y fue por esto que las autoridades supieron de la extraña nave accidentada. Un italiano quiso sacar algo parecido a una pistola de soldar, que no soldaba.

Después de pasar por mil interrogatorios y de ser tratado como un terrorista que planeaba un magnicidio, el hombre se decidió a decirlo todo. Así las autoridades se enteraron que en un apartado sitio del oriente montañoso había caído la nave en cuestión.

Y, si el intento de magnicidio iba a explotar en primera plana de todos los periódicos y ser la noticia del día, o mejor dicho de muchos días y hasta años, ahora las autoridades ordenaban todo lo contrario. Aquello tenía que quedar en el más absoluto silencio, si los poderosos, los que tienen todas las riquezas y el adelanto tecnológico se enteraban de aquello, se llevarían al extraterrestre y el mérito sería de ellos, y bla, bla, bla… Así dijo El Supremo y todos aceptaron sin ninguna objeción. Y después ordenó: Ahora lo principal es ir a las montañas y comprobar que pasó allí. Entonces comenzó todo.

II

Un equipo de científicos se preparó rápidamente y en menos de veinticuatro horas llegaban al lugar del desastre. De la nave sólo quedaba el casco; los paneles solares, que servían de fuente de energía a los motores, ahora daban luz al pueblecito, donde se había montado una sala de vídeo con los “televisores” de la nave y un salón de baile con aquellas magníficas reproductoras y amplificadores que daban una música electroacústica insuperable. ¡Qué horror! ¡Qué sacrilegio! Exclamaron los científicos ante aquel acto de inconsciencia y falta de ética cósmica. Tenemos que recuperarlo todo, eso es patrimonio de la ciencia, dijo el jefe del equipo, el Científico Mayor. Mas, la negativa fue rotunda. No podían despojar al pueblo de un bienestar social. Sería un mal precedente entre los lugareños, además, alertaría a los enemigos de que algo estaba pasando allí. Y eso no podía suceder, eran órdenes estrictas.

¿Qué hacer entonces? Aquí no hay nada en que trabajar, ni paneles de mando, ni muebles, ni… ni nada. Se lamentó el Científico Mayor.

Los tres hombres y dos mujeres, que formaban el equipo, se miraron entre sí, después sus miradas se clavaron en Dago, el jefe de la guardia que debía cuidar aquello. El hombre se turbó un poco, dio unos pasos hacia la salida de la nave, y ya en la puerta se decidió a encarar a los “sabelotodo” como les decía en secreto. Lo único que la gente no se llevó fue la cabeza, y como nos miraba con esos ojos de lástima, mi mujer se la trajo pa’ la casa, pa’ que esté acompañadita, aseguró Dago. El Científico Mayor saltó de alegría. ¡Al fin tenemos algo! Gritó y dio la orden de trasladar la cabeza nuevamente a la nave. Nadie nos quitará el mérito de ser los primeros en hablar con un extraterrestre, dijo una de las mujeres, la doctora Nevis.

El jefe Dago salió de la nave sin decir una palabra, no quería oír a los sabelotodo cuando se enteraran de que su mujer le había cortado la lengua a aquella cabeza que no paraba de hablar cosas que ellos no entendían. Pasado el primer momento de temor, comprendió que no debía preocuparse, después de todo, la cabeza sin lengua no diría nada. Y con el alma vuelta al cuerpo entró de nuevo a la nave. Mire, docto, ya mandé a buscar al E.T., en diez minutos estará aquí.

Las palabras del jefe Dago fueron recibidas por la risa burlona de la doctora Nevis que haciendo un amplio gesto con los brazos para señalar a su alrededor dijo: Aquí no tenemos donde trabajar, únicamente que nos sentemos en el piso con nuestros instrumentos y el laboratorio de campaña. Todos asintieron. Pero la solución llegaría nuevamente del jefe Dago, ese mismo día convocó a todos los vecinos del lugar y los convenció para que donaran muebles y otras cosas que habían tomado de la nave. Era una obra voluntaria y humanitaria, para ayudar a un hermano que había perdido todo en un accidente. Aquella misma tarde comenzaron a llegar cosas, una mesa y cuatro sillas, el colchón de una litera y una bandeja con algunos vasos, por cierto, todo era bien terrestre.

El Científico Mayor estaba conmovido ante la solidaria respuesta de la población y contento, pues ya tenían donde poner la cabeza: en la mesa y sobre la bandeja. Es extraño, dijo la doctora Nevis acercándose. Nos mira y hasta parece entender, y si es así ¿por qué no se comunica con nosotros? Todos quedaron en silencio. La doctora tenía razón, no sólo era raro que viviera después de tantos días separada de su cuerpo, ni por el color blanquecino, lógico por la falta de sangre. No, eso no era lo único. Sus ojos, en estado normal eran almendrados como los de cualquier humano, pero según se hablaba con él o ella, se desconocía el sexo, el iris cambiaba de color, pasando por todos los matices del arco iris, hasta quedar por momentos convertido en dos bolas negras.

El Científico Mayor, después de mucho pensar, llegó a la conclusión de que los diferentes colores se debían a diferentes estados de ánimo. Aquel día le hicieron todo tipo de pruebas y análisis clínicos, comprobando que no era portador de enfermedad o virus que afectara a los humanos. Y lo mejor de todo, había cierta comunicación con la extraña cabeza. Pero, no sabían más. Cómo saberlo si no hablaba y, como sólo era una cabeza, no podía escribir tampoco. ¿Y ahora qué?, preguntó uno de los científicos. Gran problema era aquel, tenían en sus manos el primer extraterrestre vivo de la historia y no podían hacer nada. En otros lugares, aseguró la doctora Nevis, existen computadoras que trabajan con sólo mirarlas. Y nuestro huésped parece ser diestro en eso de mirar. Por suerte el Científico Mayor no tenía tales poderes, de lo contrario la doctora Nevis habría desaparecido del mapa universal. Usted no estará proponiendo que entreguemos al enemigo nuestro máximo logro científico, interrogó otro de los doctos. La doctora Nevis lo negó rotundamente, ella sólo insinuaba que debían buscar alguna forma de comunicación, porque el tiempo se acababa y El Supremo quería respuestas sólidas.

El jefe Dago se movió indeciso. Él tenía una idea, algo que había visto en una película, pero no se atrevía a interrumpir a los sabelotodo. Se rascó la cabeza y siseo una tonada popular. ¿Qué pasa, jefe Dago? ¿Quiere decir algo? Preguntó el Científico Mayor. Dago se rascó nuevamente la cabeza y se decidió: Bueno, tal vez sirva lo que pensé… Mire, docto, aquí cerquita vive André, él lee lo que uno piensa. Él es un babalao. ¡Un babalao! El grito fue unánime, los ojos del E.T. giraron en sus órbitas del sobresalto. Todos entendieron que habían alterado al visitante y las protestas se calmaron.

La doctora Nevis se acercó a la mesa y pasándole su dedo índice por la frente dijo: Tal vez esa sea una solución. Claro, tenemos que buscar algo más científico. Ahora la cabeza tenía una expresión extraña, uno de sus ojos miraba a los doctores atentamente y el otro, muy negro, estaba fijo en el dedo de la Nevis. ¿Algo más científico? No entiendo lo que quiere decir, estimada doctora, dijo el Científico Mayor con un halo de esperanza en la voz. La Nevis se tomó un tiempo, parecía complacida en acariciar el pálido rostro del E.T. Verá, comenzó a decir con toda su calma, en la capital hay un médico especialista en psiquiatría, que dejó la profesión para dedicarse a las ciencias ocultas. Todos se miraron sorprendidos. Eso da más dinero y menos responsabilidad, pensó el jefe Dago. El Científico Mayor esperó y al ver que la Nevis no continuaba indagó: ¿Y…? La doctora se aclaró la voz para continuar. Dicen que lee la mente de las personas y de los espíritus que lo rodean. Aquellas palabras fueron el detonante, todos hablaban a la vez: somos científicos, quién ha visto eso, eso es absurdo, únicamente los ignorantes creen en esas boberías. La Nevis no se inmutó ante la cólera de sus colegas, es más, los miraba con desdén y sonriendo ligeramente volvió a hablar. Todos tienen razón, es una idea descabellada, pero han pensado ustedes que dirá El Supremo, y para dónde nos mandarán, cuando como científicos discípulos de Sócrates, le digamos “sólo sabemos que no sabemos nada”. Todos callaron. La doctora Nevis, una vez más tenía razón. Era necesario comunicarse con aquella cabeza de cualquier forma. Además, el tal doctor era también un científico salido de una prestigiosa universidad. El jefe Dago continuaba en desacuerdo, él prefería al babalao, con éste se podía llegar a un acuerdo, así nunca se sabría lo de la lengua. El Científico Mayor trabajó rápidamente, redactó un informe detallado para solicitar la presencia inmediata de un experto en parapsicología y con una nota sugiriendo de modo especial el recomendado por la doctora Nevis.

III

La llegada del Médium fue más rápida de lo esperado. Por casualidad o porque realmente el hombre tenía poderes telepáticos, cuando se presentaron los enviados ante la puerta de su casa –por cierto que estaba en pésimo estado, con los techos de tejas casi caídos por la acción del comején–, ya el hombre tenía las maletas hechas y parecía conocer parte de lo ocurrido en las montañas.

El Médium tendría unos cincuenta años, era alto y delgado, con un espeso bigote algo descuidado. Tal vez fue su apariencia lo que molestó aún más al team de científicos, los hombres –menos el Científico Mayor que no estaba para eso– se burlaron abiertamente de él cuando les fue presentado, y sin decir una palabra recogieron sus cosas en señal de franca hostilidad. El salón principal de la nave otra vez quedó desierto. Las computadoras y el laboratorio de campaña pasaron nuevamente a la carpa que habían levantado a su llegada. Si los científicos despreciaban al Médium, éste los ignoraba. El Científico Mayor tampoco se inmutó con la actitud de sus colegas. Sabía que el tiempo se acababa, El Supremo pedía respuestas y ellos no tenían ninguna, y de continuar así las cosas, no se irían a una casa de campaña, sino ¡al fin del mundo!

Desde que llegó a la nave, toda la atención del Médium se concentró en el extraño ser. Estuvo largo rato observándole en silencio. Se había sentado en uno de los taburetes, junto a la mesa y parecía complacerse viendo los sucesivos cambios de color de las pupilas de aquel prodigio que podía vivir después de tantos días separado de su cuerpo. Al fin se levantó, y miró al Científico Mayor. ¿Logró la comunicación?, inquirió éste sin preámbulos. Está muy débil, respondió secamente Médium. Además, hay cosas que le alteran, dijo después de un rato y comenzó a enumerarlas. En primer término estaban la falta de su cuerpo, la poca higiene y el exceso de personas hablando a su alrededor. ¿Todo eso se lo dijo él?, preguntó el Científico Mayor. No, no. Aún no tengo comunicación directa. Estas son solamente deducciones mías. Deducciones, deducciones… repitió el Científico Mayor y miró su reloj. Sé que le quedan veinticuatro horas para aclarar esto, ya en la capital la prensa se huele algo, dijo Médium para demostrar su capacidad. Y fue lo necesario para convencer al Científico Mayor. La orden fue estricta, nadie podía molestar al Médium. A la nave sólo tendrían acceso el Médium, la doctora Nevis y él.

IV

Médium no se equivocó, la cosa comenzó a funcionar como lo esperaba. La comunicación era casi perfecta y se aclararon situaciones que de otra forma nunca serían descubiertas. Por eso pidió la presencia inmediata del jefe Dago en sustitución de la doctora Nevis que había enfermado repentinamente y quedaba fuera del equipo.

A Dago no le gustó aquello. Si como pensaba, el hombre de verdad podía comunicarse con la cabeza, la suya estaba perdida. Sin temor, jefe Dago, le dijo Médium cuando entró al salón. Y le explicó que era necesario conseguir el cuerpo donde quiera que se encontrara, porque la lengua ellos dos sabían bien donde estaba. Dago se hizo el tonto, y nuevamente Médium tuvo que dar muestras de su poder, con él no existían tapujos, los conocía todos. Pero el guajiro no quiere dar el cuerpo –refutó Dago al final– lo tiene arando la tierra día y noche. Médium sonrió a medias y dijo: No importa, convénzalo. Usted tiene una yunta de bueyes y dos caballos, son un buen cambio por el cuerpo. Y eso es ¡ya! Dago tuvo ganas de mandarle al diablo, pero se aguantó. Haría todo con tal de que nadie supiera lo de la lengua, más ahora que el tiempo se acababa. Además, no podía ser malagradecido, Médium le demostraba confianza, hasta le pidió que consultara algunas cosas con su amigo Andrés, el babalao. A fin de cuentas los médiums y los babalaos eran una misma cosa.

V

El Científico Mayor comenzaba a desesperarse, no veía adelanto en la investigación y a cada momento la presión de la capital era mayor. Por fin, ¿se comunica o no se comunica? Indagó algo descompuesto. Ya le dije, está muy debilitado, la comunicación con él se hace casi imposible, respondió Médium. Los ojos del E.T. comenzaron a cambiar de color. Además, prosiguió después de una pausa, parece afectarle mucho el ambiente nuestro, los microorganismos que existen en el aire y que él tiene que respirar sin la purificación adecuada. Aquellas palabras cayeron como un mazazo sobre la cabeza: las pupilas se le pusieron negras y la palidez del rostro pareció hacerlo transparente. Médium lo observó con el rabillo del ojo. Es mejor no hablar esto en su presencia, dijo en tono lastimero, a nadie le gusta saber que el fin está cerca. El Científico Mayor sintió que la tierra se abría a sus pies, sabía que el fin estaba cerca, pero no del E.T. sino de todo el grupo. ¿Qué podemos hacer?, indagó con un hilo de voz. Médium se encogió de hombros, aquel ser era tan diferente a los humanos que ni el médico chino podría curarle. Yo no puedo hacer nada, dijo al ver que el Científico Mayor esperaba alguna respuesta, mi labor aquí está por terminar. Aunque… Médium no continuó hablando, movió la cabeza de forma negativa. El Científico Mayor estaba al borde de un ataque, pronto tendría que informar los resultados de la investigación y no tenía nada. Nada.

Médium sintió lastima del hombre y sabía que en aquellas circunstancias aceptaría cualquier salida, por eso se decidió a continuar: Yo podría darle un consejo, pero sé que va en contra de sus principios, por eso le pido disculpas. La severa mirada del Científico Mayor le hizo callar. ¡Continúe, diga lo que sea! Médium pensó bien cada palabra, no era momento de dudas o equivocaciones. Si yo estuviera en su lugar, dijo midiendo bien cada palabra, comenzaría a informar que todo fue un equívoco. Que no hay nada extraño en esta nave y menos aún un ser extraterrestre. El Científico Mayor se puso rojo de ira, por un momento pareció que sufriría una apoplejía. ¡Usted está loco!, vociferó, aquí están los mejores científicos del país y ninguno está dispuesto a una artimaña como esa. Médium no se dejó amedrentar, sabía bien lo que pensaban los científicos, pero también sabía que El Supremo no admitía fracasos. Le estoy dando un consejo, doctor, dijo con toda la calma que requería el momento, aquí está en juego el futuro de todo el equipo, El Supremo no perdonará éste fracaso, piénselo bien. El Científico Mayor pareció desplomarse, con torpeza fue a sentarse junto a la mesa, ahora estaba más pálido que el E.T. que le miraba con los ojos de color violeta oscuro. ¿Qué podemos hacer, como dar ahora un giro y volver atrás?, preguntó casi sin aliento. No será fácil, pero hay un medio, comenzó a decir Médium posando las manos en los hombros del científico. Tendremos que apoyarnos en el jefe Dago, él puede encontrar una cabeza humana para sustituir esta. Y no me pregunte dónde, pues todos sabemos que en los cementerios las hay de todo tipo, raza, edad y sexo. El Científico Mayor le miró sin entender, ¿para qué necesitaban otra cabeza? ¿no eran suficientes los problemas que les había traído aquella? Médium sonrió. De verdad que los científicos son algo estúpidos, pensó y después dijo: Doctor, el E.T. desaparecerá como una fuente de luz que se apaga, por eso en su lugar tenemos que dejar una verdadera cabeza. ¿Entiende ahora? Así El Supremo podrá hacer todos los análisis forenses que quiera y la respuesta segura será que es de un ser humano, y nada más.

VI

Aquel hombre no sería un verdadero médium, pensó el Científico Mayor, pero sí conocía las cosas buenas y malas de la vida, claro, sin importarle la base científica de éstas. En cambio ellos, que dedicaron sus vidas a las investigaciones y el estudio, se ahogaban ante aquel problema sin salida. O mejor dicho, El Supremo los ahogaría si no encontraban la salida. Y ésta no podía ser otra que la ofrecida por el ex-psiquiatra. Sin perder tiempo el jefe Dago fue citado y encargado de conseguir un cráneo que no sobrepasara los siete días del fallecimiento, también debía ser de la raza blanca, porque así habían informado a El Supremo que era aquella extraña cabeza.

Para Dago aquello no fue noticia nueva, ya tenía contactado al babalao Andrés y la cabeza de Ñico el pescador no tardaría más de una hora en llegar a sus manos. Médium respiró aliviado, sólo quedaban los últimos detalles para terminar con todo aquello. Trajo la lengua, preguntó a Dago, sin preámbulos, éste asintió y puso sobre la mesa una mochila. Médium miró al Científico Mayor que movía los labios sin pronunciar palabras. La lengua apareció, explicó Médium, según parece la perdió en el accidente y ya que pronto morirá lo mejor es que tenga su lengua, ¿no le parece, doctor? No hubo respuesta, el Científico Mayor se quedó mirando como Dago introducía aquella cosa en la boca del E.T. que después de hacer algunas muecas pareció satisfecho. Médium sonrió. Menos mal que la encontramos en buen estado, un perro del vecindario se la había tragado, dijo mientras se acomodaba en el taburete junto a la mesa. ¿Cómo que se la tragó?, inquirió el Científico Mayor sin entender nada. Así mismo, docto, repuso Dago, el perro se la tragó y parece que le cayó mal porque yo la encontré entre la mierda enterita, como usté la vió. La cabeza saltó sobre la bandeja, se puso roja como un tomate maduro y después fue palideciendo hasta casi hacerse transparente. Médium dejó el asiento y se apartó rápidamente de la mesa. Esto llegó a su fin, dijo, llame a los otros doctores para que vean como se apaga y no haya dudas de que el E.T. dejó de existir. El Científico Mayor salió de la nave, todo sucedía como Médium había dicho. Sin preámbulos explicó a sus colegas lo que estaba ocurriendo y las medidas que tomarían en cuanto llegara la nueva cabeza.

El informe fue redactado inmediatamente y con las palabras más sabias posibles. Allí no había ocurrido nada. Absolutamente nada. Si se pidió la asistencia de un psicólogo fue para atender a los pobladores del lugar que se afectaron con la caída de la nave enemiga. El magnicidio volvía a tomar su lugar. Y esta vez en la primera plana de todos los periódicos del país.

VII

Dago pensó que estaba equivocado, miró el papel con la dirección nuevamente. Después volvió la vista hacia la casa, era una mansión hermosa, de dos plantas con balcones que daban a un amplio jardín lleno de flores de todos los colores y una fuente con una extraña escultura parecida a un platillo volador en el centro. Una alta verja cercaba todo la casa y en la acera, junto a la entrada, se agrupaban más de veinte personas. Está en la dirección correcta, –vamos, entremos a su nueva casa jefe Dago–. Aquella voz le sorprendió y tardó aún algunos segundos en reconocerlo. El hombre no pareció darse por enterado, continúo sonriendo mientras abría la verja y prosiguió diciendo: Como acordamos es de dos plantas, la de arriba es la suya y abajo, está mi casa y la consulta. Dago sintió temor, las personas que estaban en la acera no dejaban de mirarlo. Y… y esa gente, no será peligroso que nos vean juntos –se atrevió a decir cuando el hombre le haló del brazo–. No, de ninguna forma, ellos están haciendo la cola para la consulta, sólo les interesa coger turno para hoy, se lo aseguro.

Dago se dejó llevar, pasaron al jardín y después subieron los escalones que le llevaban al amplio portal donde una mujer vestida de blanco, dejando el cómodo sillón de mimbre donde había estado sentada, le tendió los brazos para estrecharlo en un abrazo. Casi un año sin verlo, caramba, dijo dándole unas palmaditas en la espalda, fue un largo tiempo, pero valió la pena, ¿no? Dago le sonrió tímidamente, y le dijo casi al oído: Claro, doctora Nevis, todavía me parece que estoy soñando. Ella rió y moviendo la cabeza le dijo: Ya no soy doctora, todos perdimos nuestros títulos, ahora soy solamente Nevis. A Dago le pareció una injusticia, pero no era momento para protestar y mirando al hombre que estaba a su lado indagó: Y usted, ¿también fue castigado por aquello? No, a mí me ignoraron completamente, y fue lo mejor. Ahora dígame, ¿cómo dejó aquello por allá? Dago se encogió de hombros. Después que ustedes se fueron, la nave la cogieron para chatarra y ya nadie habló más de eso, dijo moviéndose intranquilo, la estancia en el corredor le ponía nervioso. La Nevis lo entendió y sin más le invitó a pasar a la casa, pero el hombre no estuvo de acuerdo. Primero debían entrar en la consulta, a fin de cuentas, aquella era la parte más importante de la casa. Dago, sonrió irónico cuando llegaron ante la puerta y sin pensar mucho dijo: ¿Qué, Médium, me va a consultar? El hombre no respondió de momento, abrió la puerta de la consulta y señaló hacia un apuesto joven, que sentado en un cómodo butacón tapizado en piel de leopardo les miraba con unos ojos que cambiaban de color desde un violeta subido a un azul celeste, entonces dijo secamente: el Médium es él.

Médium y otras historias (Editorial Silueta, 2010)

Este cuento pertenece al libro Médium y otras historias, publicado por Editorial Silueta en 2010 a la venta en la Librería Universal, 3090 SW 8 Street, Miami, FL 33135, Tel: (305) 642-3234.

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Esta entrada fue publicada el 09/09/2012 por en Narrativa.
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