Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Un pie en lo alto

SINDO PACHECO

La señora Mercedes regresaba del baño a media madrugada, cuando observó que Sebastián dormía boca abajo con la pierna derecha doblada hacia arriba. Se detuvo junto a la cama, y con el dedo índice le hizo cosquillas en la planta del pie. Éste sacudió el tobillo varias veces y ella sonrió antes de meterse entre las sábanas.

Dos noches después volvió a despertarse y lo primero que vio fue el pie de su esposo apuntando hacia el techo. De modo que aquello pasaba ya de castaño oscuro. Mercedes carraspeó, tosió, se movió de un lado a otro, hasta que agarró la pierna y, con movimientos resueltos y agresivos, la colocó al lado de su compañera; sin embargo, cuando la soltó, ésta volvió a su posición anterior, y se quedó allí, en una extraña suerte de equilibrio.

Mercedes no podía aceptar tamaña insubordinación, y para disimular que semejante rebeldía le impidiera dormir, le echó mano a una revista Vanidades que tenía sobre la mesa de noche, y se detuvo ante una hermosa foto de familia. A Angelina Jolie, ser madre la enriqueció más de lo que había imaginado, había necesitado cuidar de sus hijos para alcanzar la verdadera felicidad, y se veía a la estrella junto a Brad Pitt, rodeados por sus seis pequeños. Mercedes suspiró desconsolada, mirando aquella variedad de vástagos de insospechadas geografías. Estas cosas no le pasaron nunca a ella. Había llegado con su esposo y con su hija de diez años al Miami de los sesentas, cuando el gobierno de Fidel Castro expropió los últimos reductos de iniciativa privada allá en la Isla y la escasez de suministros iba en aumento.

Cincuenta años después, ambos estaban en peores condiciones. Isabel, que entonces lloraba todas las noches por regresar a la infancia de su Guanabacoa perdida, ahora residía en New Hampshire, casada con un americano pecoso que conoció en La Pequeña Habana, durante la temporada en que los Dolphins de Miami ganaron el Super Bowl, y con el cual no tuvo descendientes. Se visitaban una vez al año, el Día de Acción de Gracias, y parecían familiares remotos. Su hija detestaba los chicharrones de puerco de su patria natal, y se deshacía en elogios hacia la sopa de almejas de Nueva Inglaterra, un brebaje amarillento que sabía a perejil, a queso rancio y a vinagre podrido.

Mercedes no pudo conciliar más el sueño. Dos veces bajó el pie de Sebastián, y dos veces el pie se rebeló, como si fuera un pie autónomo, independiente o soberano. Aquello comenzó a preocuparla. Podía írsele la sangre hacia la rodilla, complicarse, coger una linfangitis o una gangrena, sabía Dios.

Mercedes se levantó como de costumbre y preparó el desayuno. Sebastián lo hizo un rato después y se quedó mirando a su esposa.

—¿Qué te ocurre, mujer…? Tienes los ojos irritados.

—Por tu culpa, te pasas la noche con la pierna hacia el techo.

—¿Yo…?

—Sí, tú mismo.

—¿Y eso qué tiene que ver con tus ojos?

—Nada. Pareces un anormal. Debías acostarte boca arriba igual que antes.

—Cállate, que si duermo boca abajo es por tu culpa. Decías que roncaba como un puerco, ¿no te acuerdas…?

—Yo prefiero que ronques a verte con esa pata alzada como una bandera de carne y hueso.

—Es mi pata y no la tuya. No debería importarte.

—Sí me importa, dormimos en la  misma cama.

—Bah, entonces no me mires, vete a dormir al otro cuarto.

A veces ella dormía en el cuarto que fuera de Isabel, cuando tenía catarro alguno de los dos, o cuando, raras veces, se enojaba con él.

De modo que la noche siguiente, Mercedes recogió sus bártulos y se sumergió en el cuarto que fuera de su hija, lejos de aquel pie maldito que le arrebata el sueño. Sin embargo, se despertó en varias ocasiones. Sabía, o más bien sentía, que Sebastián tenía el pie en lo alto. Las dos últimas veces llegó a su habitación a comprobarlo y, la última, empujó al rebelde contra la superficie del colchón, para observar, enfurecida, como regresaba a su lugar.

Pasaron varias noches que fueron una repetición de la anterior. Mercedes se pasaba los días fatigada por el mal dormir, el cuerpo le temblaba, cualquier cosa la irritaba y el desasosiego no la dejaba ni pensar, el pie de Sebastián vivía en su mente con la planta expuesta como una  mano que imploraba una limosna. Una tarde fue a la farmacia del barrio en busca de algún tipo de ayuda y, como no pudo adquirir ninguna droga sin la receta de un facultativo, regresó con un té de Valeriana, que según la dependiente, calmaba la ansiedad y era un sedante ideal para conciliar el sueño. Mercedes se hizo el brebaje antes de acostarse, y esa noche soñó que era un mariposa mecida entre las olas del viento, pero la siguiente se despertó varias veces para ver, atolondrada, el pie de Sebastián, erguido, oscilando tranquila y retadoramente.

Mercedes tenía pocas amistades, con las cuales cada vez se veía menos, y con quienes no tenía confianza para contarle un asunto tan extravagante. De modo que una tarde llamó a su hija y la puso al corriente.

—Mami, es normal, todos los viejos tienen sus manías.

—No es manía, es capricho. Se ha puesto insoportable. No me sentía así desde que Fidel me robó el taller de costura. Ya no sé qué voy a hacer, estoy harta, niña, ¡hasta el último pelo!, ¿me entiendes…? —Mercedes rompió a llorar desconsoladamente.

—No te preocupes, mami, que nosotros vamos a ir allá.

Mercedes no les dio mucho crédito a sus palabras porque no era Thanksgiving, pero Isabel preparó un viaje con su esposo hasta la tierra del sol.

El encuentro fue animoso —hacía más de seis meses que no se veían— y lleno de calor. Lo malo era que Mercedes tenía que volver a su cama, lo cual le causaba un profundo desconcierto. El primer día no salieron de la casa, repasando el tiempo transcurrido; pero al siguiente se fueron a Miami Beach a disfrutar del verano, sobre todo Isabel, a la cual el mar le fascinaba, como si llevara en su sangre —muy remotamente, claro—, la esencia habanera de Mercedes.

Esa tarde, por primera vez, madre e hija abordaron el asunto del viaje.

Isabel trabajaba en la página digital de una compañía de marketing, y casi todo lo resolvía en la red de redes. Como su mamá no tenía computadora, al día siguiente ambas fueron a una biblioteca pública donde se sentaron ante la pantalla.

—En la Internet está todo, mami, ya verás que lo de papi es absolutamente conocido.

Isabel abrió el Google y escribió entre comillas: “dormir con la pierna en alto”, pero solamente aparecieron casos de deportistas lesionados a los cuales se les recomendaba descansar de esa manera para ayudar al tratamiento. De modo que borró lo escrito y puso: “planta del pie hacia el techo”. Aquí salieron cosas como “Dobla la pierna a 90º, con la planta del pie hacia el techo y tira hacia arriba sin arquear la espalda”, que se referían a diferentes tipos de ejercicios terapéuticos. Isabel no se dio por vencida y escribió: “Manías de viejo a la hora de dormir”, pero no aparecía ningún resultado entre comillas, de modo que escribió “Manías de viejo”, y entonces anunciaban más de 14 000 entradas que nada tenían que ver con la pierna del pobre Sebastián.

—No te preocupes, mami, cuando yo llegue a New Hanpshire, buscaré todo con más calma —Isabel se puso de pie.

—Está bien, pero esta noche no me acuesto con tu padre.

—¿Por qué no?

—Porque estoy sin pegar un ojo desde que ustedes llegaron. No puedo con esa pata hacia arriba, como si fuera un pararrayos.

—¡Espera!

Isabel volvió a sentarse y escribió ilusionada: “Pie de pararrayos”, “pie que captura centellas”, “foot lightning rod”; pero fue un esfuerzo inútil. Existían Foot Bunions, Pie de atleta, Hammertoes, Pie de espolones, Pie de juanetes, Dedos de martillo…, así que se incorporó y tomó a su madre del brazo.

—¿Cómo vamos a hacer esta noche?

—Muy simple: yo duermo contigo, y que Maurice se acueste  con tu padre.

El americano era un hombre noble, pasivo y sosegado, y no le importó mucho aquella metamorfosis temporal.

El día antes de irse, Mercedes quiso preparar una cena de despedida.

—¿Qué quieres comer, Maurice?

Sorry? —dijo el americano, que no había entendido.

What do you want to eat, honey? —intervino Isabel.

Maurice miró a su suegra:

—Mi querer un vaca frita.

El plato, aderezado con pimentones, cebollas y salsa de ajo al limón, fue acompañado de arroz blanco, yuca al mojo, ensalada de tomates, y una botella de vino Viña 25.

Antes de marcharse, Mercedes le preguntó a su hija si Maurice había podido conciliar el sueño al lado del excéntrico de Sebastián. Isabel se lo preguntó a su esposo y éste se limitó a fruncir el ceño y encogerse de hombros.

Una semana después de su partida, Isabel aún no parecía haber hallado en la Internet, la solución al problema de su padre; sin embargo, Mercedes había pasado a un plano más reflexivo. ¿Qué podía haber llevado a su esposo a patentar esa manera de dormir si no fuera un secreto instinto de justa rebeldía…? Todo aquello era una expresión de inconformidad que, como hombre tímido y sumiso, lo hacía desde la profundidad del sueño, al amparo de la noche y de la alcoba matrimonial, ya que, despierto y en sus cabales, nunca había reclamado sus derechos, ni siquiera cuando los interventores de Fidel, se llevaron su mesa de cortar, sus máquinas Singer, sus telas y sus hilos y lo tiraron sobre un camión de volteo, como trastos inservibles. Ahora protestaba de esa forma; pero no podía ser contra un gobierno ni contra ley alguna; tal vez lo hacía contra la vida, o contra la existencia, contra este fracaso de llegar a viejo sin descendientes, sin amigos, sin patria…; al diablo, dijo Mercedes en voz alta, ya era demasiado tarde para protestar por nada, y mucho menos de esa forma extravagante. Así pues, lo que era ella, no iba a hacerle el más mínimo caso al proceder de su esposo.

A partir de ese instante fue que Mercedes empezó a mejorar, a despertarse dos veces, y luego una en toda la noche. Cuando se asomó al cuarto de Sebastián se quedó sobrecogida al verlo con la pierna hacia abajo. La noche siguiente, para comprobar sus anheladas sospechas, puso el reloj despertador cada una hora, y vio que su esposo había vuelto a ser el dormido de siempre, con su insipiente rebeldía por fin capitulada. De modo que recogió sus enseres y regresó a la habitación matrimonial.

El domingo, Isabel la llamó de New Hanpshire, pero antes de que dijera una palabra, Mercedes la puso al corriente de los progresos de su padre, de lo bien que dormía a pierna suelta, de su sueño relajante, pasivo y sosegado. Isabel esperó que su madre se desahogara antes de decir:

—¿Sabes? Para eso mismo estoy llamando. ¿Papi levantaba un pie o eran los dos?

—¿Tu padre…? Uno solo, el derecho, ¿por qué?

—Por nada, mami… —Isabel suspiró apesadumbrada—. Seguramente lo de Maurice es otra cosa. Tengo que buscar bien en la Internet.

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5 comentarios el “Un pie en lo alto

  1. Manuel Vazquez Portal
    14/09/2012

    Guajiro. Me gusta. Te comento en persona.

  2. Amaurys
    15/09/2012

    Desenfadado, fluido, sugerente…
    Gracias, Sindo.

  3. dovalpage
    15/09/2012

    ¡Sindo, me encanta! Es lo que más me ha gustado hasta ahora de todo lo tuyo…por cierto, encontré una sorpresa entre los libros que traje de Cuba. te lo pongo en Face…

  4. sindo Pacheco
    15/09/2012

    Gracias, Amaurys, abrazos.

  5. sindo Pacheco
    16/09/2012

    Gracias, Té, espero la sorpresa.

    abrazos

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Esta entrada fue publicada el 09/09/2012 por en Narrativa.
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