Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El suicida

MARCO MARTÍNEZ

Cierro la puerta tras de mí y camino con ganas de mirar hacia atrás y cagarme en la madre de todos los que me rodean. No lo hago, solo sigo caminando y una lagartija cruza corriendo debajo de  mis pies y casi la aplasto. Llego al carro y como siempre tengo la sensación de que no me va a prender. Arranca y pongo  el aire acondicionado. Me salió bastante barato arreglarlo. Pasé más de un año con calor, sofocándome en las calles de esta ciudad, que es un horno, porque pensaba que era demasiado para mi bolsillo en crisis. Bolsillo, casa, amigos, mi madre, todo en crisis. Matrimonio en crisis, trabajo en crisis, el coño de su madre. Tengo un encabronamiento que me gustaría poder tirarme con el carro desde un puente. ¿Pero qué puente sería? Tendría que manejar hasta la 27, atravesar todo el nigger town, llegar a la 20 y en ese punto acelerar, romper la barrera y lanzarme al río asqueroso que atraviesa la ciudad.  Hasta hace poco tiempo atrás, no me había dado cuenta que a esta aldea la cruzaba un río. Una vez un amigo mío, maricón y estúpido, me contó que las grandes ciudades siempre tenían un río. Nunca el mar. ¿Será verdad eso? París tiene un río, Londres también. Ríos horribles, feos como todos ellos. Las construcciones a su alrededor son lo que hacen el lugar agradable. Los ríos son una mierda. Agua sucia, desechos, basura, contaminación.  Pero en esta ciudad no construyen nada junto al río y solo se pueden ver barcos viejos cubiertos de herrumbre, borrachos, negros, homeless, almacenes, camiones y miseria. Sabía que estaba ahí, pero ahora me di cuenta que sí, que aquí también hay un río y que me podría lanzar a él. Del carajo  morir así. ¿Manejar hasta allá, para después hacerlo? ¿Qué dirá toda la gente que conozco? Mi madre dice que me pego mucho a los carros; después pensará que fue un accidente por ese motivo. Mi mami. No puedo dejar de sonreír cuando digo eso. Me gusta decirlo. Mi mami. Es el título o parte del título de una novela. No me gustó. El título sí. La gritería de mi mujer la tengo todavía en las orejas. No recuerdo bien por qué me gritaba. No la escuchaba. O sí la escuchaba pero no lo recuerdo. Recuerdo una pelea que tuvimos en el Rockefeller Center hace ya no sé ni cuantos años. ¿Por qué fue aquello? No sé. Lo olvidé. Tambien olvidé porque salí de la casa. Hacía frío en la casa. Afuera hace calor, insoportable calor. En esta ciudad te congelas y pasas al mayor infierno en cuestión de segundos. Solo tienes que abrir la puerta. Creo que Rodin pensó en este lugar cuando creó Las puertas del Infierno. Estoy convencido.  Lo imagino en un almacén del North West, martillo y cincel en mano, sudando como un condenado, dale que dale a martillazos, hasta terminar el armatoste. Una muchacha negra con un culo redondo y perfecto se me acerca mientras espero  que cambie la luz del semáforo y me ofrece un paquete de medias blancas. Se las compro. Están buenísimas. Ella también esta buenísima. Tengo ganas de decírselo. Negra, qué rica estás. Pero no lo digo. La miro. Suda. Imagino el olor de su sexo y de sus sobacos. Thank you, le digo.  Me mira y creo que no me entiende. La semana pasada llegó a mi trabajo un negro trayendo una mercancía que yo tenía que recibir. Le dije good morning y el me dijo ¿what? good morning volví a repetir y creo que entonces me entendió porque no dijo nada más. La luz verde me indicó que tenía que seguir y eso hice, aceleré y me fui con el paquete de medias y el olor de la negra metido en mi cabeza. Como el paquete está sellado, flotaría. No lo abrí para sentir la calidad  porque creí  que así no se hundiría. Imagino la bolsa de medias flotando y me siento triste. Una bolsa de medias sobre un río sucio puede ser algo triste. De todas formas, para mí cualquier cosa puede ser algo triste. Creo que ese es el problema o uno de ellos, con mi mujer.  Quiere que  no sea negativo, esa es su palabra predilecta. Yo soy negativo. Me lo dice tantas veces que  pienso que tiene la razón. Bueno, algo tengo que ser. Y jardinero y mecánico y friega platos y limpiador de casa y todo lo demás. Hace treinta y dos años ya (¡cómo pasa el tiempo!,¿ no?) acababa de llegar desde Wisconsin y estaba en la casa de unas personas  que ya no recuerdo ni sus caras. Éramos yo, dos amigos míos y la mujer de uno de ellos. El otro quería aprender a manejar (es la constante en este pueblo, lo primero, lo imprescindible,  la biblia, tienes que aprender a manejar o te jodes, eres un handicap, un lisiado, alguien sin piernas, un comemierda más que pasa horas esperando una guagua en una parada bajo el sol aterrillante o la lluvia inmisericorde)  y al rato regresaron chorreando agua. Se habían caído en un canal. Salieron los dos por la misma ventanilla.  Siempre pensé que por qué cada uno no usó la ventanilla que tenía más cerca; pero bueno, eso no tiene la menor importancia, cada cual sale por la ventana que le venga en ganas. Cuando fuimos todos corriendo hacia el canal a ver qué pasaba con el carro,  dos banderitas que estuvieron en la pizarra de aquel cacharro, flotaban de lo más tranquilas, como si estuvieran disfrutando del frescor del agua. Era bonito verlas y lo dije. Elizabeth, la mujer de uno de mis amigos, me miró con unos ojos de lanzarme a mí al agua y me dijo mira que tú eres comemierda chico no se qué vamos a hacer ahora sin el carro que está allá abajo. Cuando me dijo eso, la verdad es que me sentí como si hubiera sido yo el que tiré el carro a las aguas de aquel canal. De pronto comprendí que el traste estaba debajo del agua y no se por qué sentí pena, creo que lástima, pero me quedé callado por miedo a las saetas que disparaba Elizabeth y también para no perder la lata de sardinas con arroz blanco que comíamos todas las noches, religiosamente, cuando regresaba del trabajo y que encabronada y cagándose en todos nosotros, nos tiraba encima de un plato desechable. Le dije lo siento, Elizabeth, y no me miro más durante toda la tarde. Después terminamos de ver una película de un submarino que viajaba por el cerebro de un hombre y que yo no entendí nada porque no sabía inglés. Las barreras del tren comienzan a bajar. Quedo cerca de ellas. Me entusiasma la idea de ver pasar tan cerca al tren. Cuento los vagones, uno, dos, tres…. Me canso. No sigo contando. Siempre me gustaron los trenes, debe ser porque nunca he viajado en ellos.  No sé si deje la laptop abierta. El jodido gato juega sobre ella. Mi mujer recoge todos los gatos que se encuentra  o los  que sus amigas le dicen que se encontraron. No entiendo la facilidad que tienen para esos encuentros. Gatos.  De todas formas a míi también me gustan esos bichos. Se suben en todas partes, cagan y yo tengo que limpiar la arena apestosa. Ella no lo hace. Ella hace otras cosas, dice. ¿Yo hago otras cosas? No sé, parece que no. Suben las barreras. ¿Cuánto tiempo demoró en pasar el tren? Alguien suena el claxon. Es por mí, que estoy comiendo mierda. Pero me encabrona que toquen el claxon aunque este comiendo mierda. Quisiera poder comer toda la mierda que quiera y que no tenga a alguien siempre recordándome que estoy comiendo mierda. Ayer fue sábado y yo estaba de lo más contento curioseando por el Internet, con un trago que me había preparado, un vodka y jugo de naranja y cubitos de hielo. La felicidad completa. Hasta puse el vaso sobre un portavasos que compramos en Ikea de un color verde muy bonito, para no manchar la mesa.  Yo solo en el comedor, el televisor apagado, las luces apagadas, solo la pantalla de la computadora iluminada y ella bajo las escaleras diciéndome algo atropelladamente. Le dije ah, si, porque no entendí un carajo. Entonces entendí: vístete, dale, que tenemos que ir al hospital. Fuimos. La madre de una amiga. Se muere y no lo sabe. Entré al cuarto. Ella iba delante de mí. Me da miedo entrar a los cuartos de los hospitales. No lo digo. Ella va rápido hacia la mujer acostada, con una máscara de oxígeno. La besa. La señora me mira. No me acerco, le digo cómo está señora y me siento  estúpido al preguntar eso. Bien mijo, me dice y veo sus ojos y recibo el mismo terror de esos ojos. Cómo has engordado, me dice. No, que va, es la ropa ancha, le contesto con ese chiste anormal. Ahora soy más anormal aún. La señora susurra cosas y la máscara de oxígeno se llena de humedad y mi mujer le contesta y yo miro las paredes, un lavamanos, una jarra plástica color rosa viejo un armario color chocolate. Otro hombre que estaba allí me mira. Lo miro y no baja la vista. Le sonrío. El no sonríe. Creo que debo de decir algo y no digo nada. Mi mujer le acaricia la mano a la señora. Una mano aún bonita, con las uñas pintadas, la otra está inflamada, parece que fuera a reventar. Miro el  techo. Salgo del cuarto. Respiro mientras busco el mismo elevador por el que subí. Me pierdo por pasillos que huelen a desinfectante. Pasa una mujer gorda vestida con ropas azules. Le pregunto. Me indica. Gracias, le digo. Me dan deseos de abrazar a esa mujer desconocida. Apretar su cuerpo gordo y decirle abrázame señora. Salgo. Se abre la puerta. El calor me golpea de pronto y me alegra. Me siento bien. Escribo un text message a mi mujer: estoy abajo, te espero. Lo envío. Recibo la respuesta: ok. Entro al carro. Pongo el radio. Estaba puesto un cd de Ney Matogrosso. A mi mujer le gusta mucho. Recuerdo la primera vez que me dijo mira, escucha esto y lo puso. No entendía casi nada, pero me gustó . Me gustó mas porque ella me lo mostraba y me miraba para ver mi reacción y mientras Matogrosso cantaba yo recordaba su olor a miel. Llegó mi mujer. Tiene los ojos rojos, ¿lloraste? le digo. No, me dice. La miro y me dan ganas de besarla en el cuello y sentir su olor y decirle no llores, no llores, así tiene que ser, pero no digo nada y salgo del parqueo y pago los tres dólares que me pide el muchacho antes de abrir la barrera. Ahora también recuerdo aquel olor. Del carajo. Ese es el problema. Voy hacia el río y me pongo con todo este lío. Siempre me pasa cuando conduzco por la 27 avenida. Es horrible, como casi toda esta ciudad y trato de no ver toda esta mierda. Suena el teléfono. Es un amigo. Que volá me dice, quiere venir a la piscina con los hijos. Estoy lejos, le digo. Ok, otro día será. Ok bro. Creo que no me cree. Siento mucho que no pueda venir a la piscina pero no se lo digo. En una luz un tipo se acerca a la ventanilla con un cartón escrito: tengo hambre, dice el cartel. Siento asco por el tipo. Se que si le doy un dólar sería para drogas o cervezas. No le doy nada. Jodete cabrón. El tipo me mira y veo que me dice el coño de tu madre. No lo dice pero yo siento que me lo está diciendo de la misma forma que le digo jodete cabrón. Está bien, pienso, si a mi alguien me dice eso, también me cagaría en su madre. Estoy llegando a la 20 calle. Después está el puente. Paso una cafetería horrorosa pintada de amarillo naranja. El olor a los chicharrones. Tengo hambre. Suena el teléfono. Es mi mujer. Qué haces, me dice. Nada. ¿A dónde vas? No sé, le digo. ¿Vamos a comer? ¿A dónde? A donde tu quieras. Ok. Ok. Cuelgo. Cruzo el puente. Trato de mirar el río. No se ve. Tiene barreras de concreto a ambos lados de la calle. En esta ciudad lo tapan todo, pienso. ¿Donde podríamos comer?

Julio 28 2012

       ***

Marco Martínez ( La Habana 1961 ) Generación de El Mariel. Escribe periódicamente en el blog personal:

Palabras http://marco1661.blogspot.com/

Anuncios

4 comentarios el “El suicida

  1. Joel Nunez
    08/10/2012

    Sin duda alguna esto es algo de lo mejor que has escrito últimamente. Tus narraciones tienen un poco de la vida cotidiana de cualquier persona, muy bien dramatizado todo este asunto sin resolver sobre la dependencia de un carro en esta ciudad, donde si no manejas no existes.

  2. Baby.
    08/10/2012

    “El problema de la vida es que incluso cuando es demasiado tarde sigues sin entenderla”.
    Me gusto mucho Marco,te felicito y mereces estar aqui y aun mucho mas.Aunque no a todo lo que escribes le de respuesta,todo lo leo y me resulta fantastico…Besos…BS

  3. Ximo
    15/12/2012

    Frases cortas, tempo pausado, marcando el ritmo. Tú dominas el relato. Lo conduces. Está bien que no concluya. Que se pase una vida comiendo mierda, como por ahí decís. He leído poco tuyo, pero éste está bueno, bro!

  4. Ximo
    16/12/2012

    Insisto: me parece bueno, el mejor de lo que te he leído. Tempo pausado, frases cortas, tajantes y otras más largas; rompiendo el ritmo y adueñándote de él (como debe ser en un relato) Poca profundidad en el desarrollo de los personajes y una idea más compleja (también esto debe ser así). Frases que pueden parecer duras, inclemente con el lector, eso es muy bueno. Final abierto. Muy bueno bro!! Jaja

Los comentarios están cerrados.

Información

Esta entrada fue publicada el 07/10/2012 por en Narrativa.
A %d blogueros les gusta esto: