Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Eros otoñal

REYNALDO DURET SOTOMAYOR

 

                                            Esta soy yo: fundida con mi sombra, entera y sin rezagos.

                                                      Llévame a tu corazón, que peso poco y no tengo otra

                                                                                                     almohada ni otro sueño.

                                                                                                            Dulce María Loynaz

El cambio en la vida sentimental de tía Cándida comenzó la tarde que al bajar la escalera del edificio pisó aquella plasta de mierda. ¡Jesucristo!, exclamó, al tiempo que observaba con asco la suela de la valerina, y dando un giro subía hacia el apartamento.

Se dejó caer sobre el sofá. Pidió con los ojos cerrados y la respiración contenida que le quitara los zapatos y los arrojara en la basura, mientras que degradando su diaria serenidad al hablar maldijo al que había hecho tamaña gracia en el escalón.

Nunca la vi tan molesta. Tía Cándida es una de esas mujeres con una educación especial. Hasta para soltarnos un regaño utilizaba como recurso frases sosegadas, exentas de malas palabras, con las cuales nos conmovía de tal modo que acatábamos culpas y castigos. Solo con un temperamento así una mujer podía haberse echo cargo de la educación de cinco sobrinos, cuatro de ellos excelentes profesionales, y yo, la última, recién terminaba el segundo año de Filología.

Traté de aliviar su ira. Esos zapatos, además de cómodos y elegantes, son tus preferidos; si quieres me ocupo de lavártelos. No contestó. Si supieras lo verídica que resulta la frase que dice que pisar mierda trae buena suerte, no te sentirías tan lastimada. Cambió las facciones del rostro. ¿De veras?, preguntó. ¡Claro!, exclamé, y seguí dándole a mis palabras un realismo mágico tan perceptible, como ver a Dios cruzando 23 para pedir el último en Copelia. Pide un deseo y verás que se cumple. Todo lo que buscaba era situarla en su habitual paciencia, agraviada en ese momento en que la peste a mierda sumergida en la sala la había sacado de quicio. Cerró los párpados y meditó. ¡Ya!, dijo tranquila al abrirlos. ¿Se puede saber qué pediste? No; será mi secreto, por lo menos hasta que se cumpla.

El domingo se vistió temprano para ir a misa. A su regreso lucía distinta. Le brillaban los ojos. Era otra su forma de soltar las palabras.

No sabía que el señor Heriberto fuese católico. Nunca lo vi en la iglesia. Es que me concentro tanto en la misa del padre que solo me fijo en la gente cuando nos manda a darnos el saludo de paz. ¿Heriberto, el señor de la otra esquina? Sí, ese mismito. Recordé que conocía a Heriberto por lo que aún se comentaba en la universidad sobre su persona. Había sido profesor de filosofía y letras. Se jubiló luego de la muerte de su esposa.

Te he comentado sobre él, le dije. Es un hombre flemático, enchapado a la antigua. Menciona todas las s, d, y t finales, como un lord inglés, y habla tan pausado, que de una frase a otra te daría tiempo de ir hasta Pinar del Río y regresar. ¿Qué hay con él?, indagué. Se puso rubicunda. Conversamos cosas de la vida y sus argumentos me parecieron fenomenales. Comenzó a abanicarse. Cómo no serlos si es una enciclopedia filosófica. – aclaré – Sabe tanto de dialéctica como para organizar un país. ¡Dios nos salve!, exclamó. Dejó a un lado el abanico, se incorporó, y puso el ventilador en tercera velocidad. ¿Entonces el pobre hombre quedó viudo y no volvió a casarse? Al menos es lo que se dice, aunque hay ciertos chismes de barrio con respecto a él y una negrita flaca que le hace las cosas de la casa, una especie de criada. Dejó de moverse en el balance para escucharme. ¿Acaso una que parece medio monga? De monga nada, que el viejo no tiene descendientes ni otra familia que lo herede, y siempre fue de buena posición. Volvió a levantarse y puso el ventilador en segunda velocidad. Es un hombre apuesto, a pesar de su edad conserva ese porte de los caballeros de mi época. Arregló el cabello que comenzaba a erizarse. El miércoles próximo será el conductor de la catequesis de adultos. Tratará el tema de la comunicación en la familia. Observé que la emoción le producía una ligera falta de aire. Tía, no me vengas ahora con que te gusta el profesor. Carraspeó con nerviosismo. Se levantó por última vez y puso el ventilador en primera velocidad. Tomó el abanico para airear aún más su rostro. Sudaba abundantemente. Se justificó: la menopausia acabará conmigo. ¿La menopausia, o Heriberto? Chasqueó los dientes. Aimé, tú siempre con tus barrabasadas. Sacó el pañuelito bordado de su cartera. Limpió la frente. Terminó de recuperarse del agobio. Incorporó el cuerpo con pesadez y se dirigió a la cocina. Antes de entrar se viró hacia mí. Bueno, chica, me gusta, ¿Y qué?

Me sobrevino una explosión de risa al ver la chusmería con la que había soltado la última frase. Tía Cándida amaba su soltería tanto como la Madre Teresa de  Calcuta su amor por el prójimo. Nunca se había quejado de la falta de un hombre, al contrario, los consideraba seres hechos para molestar la ensoñación de los hogares. Ni en sus momentos más difíciles, cuando mamá murió y tuvo que asumir sola nuestra crianza, siendo aún tan joven, pensó en el matrimonio. Tal vez no tuvo tiempo para enamorarse, o simplemente decidió obviar todo lo relacionado con la sensualidad de una mujer. Por eso ahora, ante su marginal confidencia, no tuve otra elección que burlarme, segura de que era una revelación banal, que pronto olvidaría por su apego a la soledad.

No fue así. El miércoles al regresar de la universidad la encontré embellecida como Lady Di, con un juego de saya, blazer, zapatos y bolso rojísimos, que jamás había usado desde que se lo trajera una prima de Miami, por considerarlo inconveniente para una “señora de su condición”. ¿Se puede saber adónde va Changó? Me dirigió una mirada de hostilidad, y sin hacer caso tomó las llaves que descansaban sobre la credencia y las colocó en el bolso. En la cocina está el almuerzo tapado. Caliéntalo si quieres. Voy a la catequesis. Abandonó el apartamento: Fíjate bien en los escalones, advertí, no vaya a ser que te cortes con otro petardo. El portazo me dio la respuesta.

 A su regreso lucía espléndida, pero se guardó de pronunciar una palabra. ¿Cómo te fue? Ahí, delimitó. Se quitó los zapatos y pasó los dedos por la planta de los pies para socorrer la fatiga con unos breves masajes. ¿Y el señor Heriberto? Ahí. ¿No vas a contarme?, mira, que imagino el deseo que pediste aquella tarde, y se está haciendo realidad. Sonrió y reclinó la espalda sobre el balance. Observó el sagrado corazón de Jesús que colgaba de la pared. Eres muy chota, por eso no te digo. Se persignó. Anda, cuenta, reiteré. Bueno, pero a la primera que te rías de mí suspendo el relato. Convenido, dije.

Hoy dio la impresión que solamente yo existía para él. Todo el tiempo que duró la catequesis no hizo otra cosa que mirarme. Era una mirada que nunca observé en los ojos de un hombre. Luego salimos juntos y me invitó a tomarnos un helado. Recitó poemas de José Ángel Buesa. En ti recuerdo una mujer lejana, lejana de mi amor y de mi vida. A la vez diferente y parecida, como el atardecer y la mañana. Me dejó a la entrada del edificio. Al despedirse me tomó las manos; eran una brasa de fuego. Hizo una pausa y acarició las suyas. Me imagino – sentencié – hace una pila de años que no la ve pasar, debe estar hecho un horno. Se levantó disgustada. ¿Vas a empezar de nuevo? Discúlpame tía, es que no te imagino a estas alturas enrolada en amoríos. Jamás miraste a nadie, es más, odiabas a los hombres, ¿Cómo es que ahora… Me interrumpió. Tú siempre me dijiste que los hombres hacen falta. La interrumpí: pero a tu edad más bien sobran. Me contradijo: no existe edad para el amor. Heriberto es un hombre muy especial.

Con el paso de los días el profesor pasó a ser el único tema de diálogo. La dejé por imposible. Si su deseo era dejar de ser soltera, y el de Heriberto desistir de ser un hombre viudo, no sería yo quien importunara, aunque el hecho de perder toda la atención de tía me provocaba disgusto. Le dije que lo invitara al apartamento. Se negó argumentando que le temía a mis bromas. Era una relación seria, sin embargo no estaba aún fortalecida. Le regalaba flores, poemas, vivía elogiándola como mujer. Todos en la iglesia se han percatado de sus galanteos. Y como le brillan los ojos cuando me mira… Llegó a convencerme de la fidelidad del romance y advirtió que no les comentara a mis hermanos. Hasta el padre nos nombró en la misa como ejemplo. ¿Y si deciden formalizar una relación, dónde van a vivir? Quedó callada ante mi pregunta. No es algo que me preocupe ahora, sea aquí, o en su casa, no te dejaré desvalida.

Su enamoramiento rebasaba normas, conceptos. Parecía una jovencita abrumada por todas aquellas sensaciones que se despiertan con la adolescencia.

Comenzó a preocuparme la noche que desperté después de haber quedado dormida en mi cuarto. Hablaba con él en la cocina. Le decía, risueña, que una tal Vicentina se moría de envidia cada vez que los veía juntos, al igual que Clara, y Josefa. Luego de un intervalo de silencio volvía a responder, hasta que comenzó a susurrar frases tiernas, y a ronronear en voz baja. Todo el apartamento estaba oscuro. Heriberto había decidido, al fin, dar la cara. Caminé despacio para no interrumpirlos y escuchar mejor. Me interné en la cocina en el mismo instante que llegó la electricidad. Tía estaba parada frente a la meseta, con un vaso de jugo en las manos, y más nadie. No se asustó con mi presencia, al contrario, estoy hablando con Heri, dijo. ¿Y dónde está que no lo veo? Se señaló el pecho. Aquí, aquí lo tengo, a toda hora. Terminó de tomar el jugo y pasó por mi lado cantando un bolero. Mañana quiero al profesor en este apartamento por la tarde, o de lo contrario iremos a su casa. Contestó cantando la respuesta. Mañana estará todo el día grabando un programa de televisión, Universidad para todos, creo. Insistí en definir una visita. Pasado, entonces. Volvió a defenderse. Tenemos pensado ir a los ensayos del concierto de navidad. Yo iré contigo, sugerí. ¿Tú, que siempre has dicho que Dios es dueño de la nada? ¿Qué a pesar de que siempre te inculqué el amor a la iglesia y a Cristo, me dijiste una vez que para ti el mundo había sido construido por Carlos Marx y Engels, y no precisamente en siete días? Me dejó sin defensas. Si vas a la iglesia con nosotros es capaz de caerse algún altar ante tu mal pensamiento comunista. Retornó sobre sus pasos y me encaró con seriedad. Aimé, has tenido todos los novios que has querido y siempre respeté tus decisiones. Haz ahora lo mismo conmigo. Heriberto vendrá cuando él, y yo, lo decidamos. No quieras adoptar actitud de mamá, que la tuya murió hace años y me hice cargo de todos ustedes y los convertí en personas de bien, olvidándome que el amor existía, y dejando de fundar mi propia familia.

Tenía razón. Quedé petrificada con su respuesta, y allí mismo juré, ¿por Dios?, que no me inmiscuiría en su romance.

No se habló más de Heriberto entre nosotros. Incluso, si lo observaba pasar por mi lado respondía a su sonrisa, que a veces me parecía malintencionada, y otras, sincera, con un saludo parco.

Cerca de cuatro meses tenían de relación, cada cual en su casa, cuando nos llegó la noticia. Tía Cándida cayó desvanecida sobre el balance y no atinó a otra cosa que no fuera dar rienda suelta a un llanto incontrolable. ¿Cómo que murió?, pregunté a la vecina que parada frente a nosotros no se atrevía a moverse, al ver la actitud asumida por tía. Al fin logró decir: un infarto masivo, ayer por la madrugada. Lo entierran a las cuatro.

Pasada un poco la ofuscación de la noticia, señalé: Si quieres te acompaño al velorio, o al entierro. No, mejor quédate, tienes que estudiar para el examen de mañana. Quiero una buena nota, como siempre.

Se acomodó en un vestido de luto y salió secándose las lágrimas.

La muerte de Heriberto no pareció frustrar el amor de mi tía. Comenzó a visitar su tumba una vez al mes, y le llevaba flores. A veces, al despertar, la encontraba meciéndose, con un libro de Buesa en el regazo que el difunto le había regalado. A Cándida, con todo el amor del mundo. Heriberto, una vez leí. La noche anterior a cada visita al cementerio se acostaba tarde. Así, durante dos años. Una semana antes de la exhumación de los restos cayó enferma. Me pidió que acudiera, junto con algún miembro de la iglesia, al cementerio. Decidí obedecerla, aunque no fuera de mi agrado.

Fuimos la negrita flaca, una señora vestida de gris que sostenía un rosario en la mano, y yo. El sepulturero, con ayuda de otros hombres, quitó la losa que cubría la bóveda. Mi vista alcanzó a ver infinidad de papelitos doblados y dispersos sobre el ataúd. Uno de los hombres tomó en sus manos dos o tres de ellos, y los abrió. Comenzó a reír asombrado. Al ver la seriedad de nuestros rostros cambió la facción. Le sugerí que me los entregara. Eran notas escritas por mi tía. Le contaba al difunto como iba su vida sin él, las cosas de la iglesia, cuánto lo extrañaba. En otras pedía amparo y bendición para superar cada dificultad, dolor, que atravesara ella o alguno de nosotros. Se me aguaron los ojos. El sepulturero dijo que a veces veía a una señora cargada de flores sentarse ante la bóveda; pasar un tiempo hablando sola, extraer algo del bolso, y meterlo por una rendija de la tumba.

La mujer de gris se acercó a conversar mientras esperábamos el ómnibus. Sin rodeos me dijo: debes ingresar a Cándida en una clínica psiquiátrica. ¿Por qué? A medida que hablaba mi preocupación se hizo enorme. Subí las escaleras del edificio con la cabeza hecha una hoguera. Abrí la puerta del apartamento. En ese instante tía Cándida sacaba algo de una gaveta. Tenía los ojos enrojecidos. Supuse que había llorado. Estuve en la exhumación como pediste, dije molesta;  fue Vicentina. Sin dejar lo que hacía preguntó, ¿qué te dijo esa víbora? La ira me provocó calor. Cerré con un portazo. La miré atravesado. Me dijo que Heriberto jamás estuvo enamorado de ti, es más, si cruzó contigo tres o cuatro frases fueron muchas, la tal invitación a comer helado fue colectiva, por el día internacional de la mujer, al igual que el libro de José Ángel Buesa. Eras el hazmerreír de la iglesia con tus cuitas imaginarias que contabas a todas tus amigas como si fuesen ciertas. No hubo ni rosas, ni poemas, ni salidas, ni miraditas a los ojos, y mucho menos el mensaje de amor que dijiste te mandó mientras dictaba  la conferencia de Universidad para todos. Prepara tus matules, que hoy mismo quedas ingresada, a ver si te ponen la mente al derecho, que hasta me dijeron que esa enfermedad se llama Paranoia. Me miró perpleja. Aimé, ¿te sucede algo? Todo lo que le había dicho imaginariamente me llevó a impulsarme. Debía repetírselo en vivo y directo. Había jurado hacerlo durante el trayecto hacia la casa. La vi pasar un paño a la superficie del retrato y lo mostró. ¿Quedamos bien? Ella y Heriberto, junto a otras dos mujeres, en un parque. Abrí los labios. Tía, dije dispuesta a todo. Besó la parte de la foto donde estaba el amante ficticio. No voy a llorar más, te lo prometo. Volvió a besarlo. Pensé si sería necesario acabar con su delirio. Si debía ingresarla. Algo pareció responderme. Una calma repentina, indecisión tal vez. El cuerpo se me puso liviano, fue disipándose la ira y dio paso a cierto estado de conformidad. La vi colocar el cuadro al lado del sagrado corazón de Jesús. ¿Qué querías decirme?, preguntó.

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Esta entrada fue publicada el 07/10/2012 por en Narrativa.
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