Revista Conexos

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Sobre Diógenes el Cínico y otros relatos breves

REINALDO BRAGADO BRETAÑA

Sobre Diógenes el Cínico

Diógenes el Cínico atravesó Atenas cabizbajo y con su farol apagado. Unos dicen que no encontró “el hombre” que buscaba y otros que se le apagó el farol antes de dar con él.

Al llegar a una céntrica plaza, un hombre muy raro, extemporáneo, se le acercó y le propuso una linterna que alumbraba incluso bajo el agua. Sólo le exigía a cambio que accediera a posar para un comercial televisado. Además, prometió un farol tan brillante como el sol para que Alejandro Magno no lo molestara más y, gratuitamente, un tonel con aire acondicionado y calefacción. ¡Ah! Muy importante: a prueba de sofismas.

 
Anomalía

Una vez, en contra de todas las costumbres, el miércoles no cayó después del martes. Se levantó un gran alboroto. Encarcelaron y fusilaron al miércoles y lo enterraron sin honores.

Los hombres se acostumbraron a su ausencia.

 
La puerta

Comenzaron los problemas cuando noté que nadie quería abrir la puerta. Todos alegaban excusas vagas, carentes de sentido, para evitar tocar el picaporte que se convirtió para mí en una obsesión.

En resumidas cuentas era posible continuar la vida sin hacer uso de la puerta, pero no podía pasar por alto el acuerdo secreto que mis tres compañeros de oficina habían suscrito para no tocarla. Así que no pude desprenderme de la obsesión, aunque hice esfuerzos por lograrlo.

Seguí con mis libros de contabilidad, mirando por encima de la armadura de los lentes de vez en cuando, tratando de sorprender algún gesto conspirativo. Pero nada. Incluso abandonaba la oficina sin motivo y me quedaba junto a la puerta de entrada para escuchar furtivamente. Tampoco. Si hablaban, lo hacían sobre asuntos del trabajo.

Así llegó el día del incendio. Fue fulminante y las llamas cercaron, en cuestión de minutos, el pasillo que daba acceso a nuestra oficina y su entrada. Sólo quedaba la puerta. Los tres miraron al picaporte, después sus rostros se volvieron a mí.

No sé de dónde me salieron las palabras, pero lo dije:

––Yo no la abro.

 
El mensaje

Si la máquina obedece mis órdenes no hay motivo alguno para preocuparse. Es cuestión de saber accionar los mandos, los sensibles botones, y entender los mensajes que la pantalla me envía. El técnico que instaló mi computadora se marchó anunciándome que yo había entrado en el mundo moderno al comprar el equipo. No tenía motivos para dudar de sus palabras, pero noté un ligero tono cínico cuando lo dijo.

Ahora, después de tres meses, ya no puedo dejarla. Es como una droga. Por mis dedos entran las órdenes. Los diminutos surcos de las huellas dactilares son los conductores que sirven a la máquina para dominarme. Ahora recibí la orden de dormir, pero al parecer hay algún fallo: con un pedazo de papel logré escribir este mensaje. Espero que alguien me salve.

 
El marciano

No es fácil entenderse con un marciano, al menos así pensaba. Por eso quedé impresionado cuando en perfecto español pidió que le enseñara mis dientes. Recuperado de la primera impresión establecí una charla amena y después accedí a su petición. Quería ver especialmente los molares. Alegó que estaban realizando un estudio sobre el ser humano en el Instituto de Ciencias de Marte. Abrí la boca para que mirara y, con la rapidez del rayo, se introdujo en ella abriéndose paso por la garganta hacia el interior de mi organismo. Han pasado varios años y nadie me cree. No he podido determinar en qué lugar de mi organismo está alojado.

Foto: Luis de la Paz

Nacido en 1953 en la Ciudad de la Habana y fallecido en el año 2005 en la Ciudad de Miami. Se graduó de Licenciatura en Historia en la Universidad de La Habana. En  1977 fue arrestado y condenado por intentar abandonar el país. Bragado fue liberado en 1981 y no cesó en sus empeños literarios, que fueron invalidados por la censura. Se integró a las actividades del Comité cubano de derechos Humanos, donde dirigió la sección de arte y fomentó las creaciones independientes.

Salió al exilio en 1988 y se radicó en Miami, donde desarrolló una prolífica obra narrativa, ensayística y periodística. Fue columnista de Diario Las Américas.

Entre sus obras más conocidas figuran las novelas La estación equivocada (1988), La ciudad hechizada (Finalista en el concurso “Letras de Oro” de 1989) y La noche vigilada (publicada en inglés en el año 2004); también sus libros de cuentos Bajo el sombrero y En torno al cero, y sus poemarios El álbum de las sombrillas (1995) y Curazao 24: cuidado con el perro (2004). Publicó además La Fisura, dos tomos de testimonios sobre los derechos humanos en Cuba. En Miami creó también el Magazín literario El pequeño Café.

Los cuentos cortos que aparecen en esta revista pertenecen a su libro Bajo el sombrero.

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3 comentarios el “Sobre Diógenes el Cínico y otros relatos breves

  1. Alberto Lauro
    03/11/2012

    Qué alegría encontrar aquí textos rescatados de mi querido amigo, a quien Reina María Rodríguez y yo queríamos mucho y le llamábamos cariñosamente el Doctor. Saludos. Alberto Lauro

  2. marco martinez
    03/11/2012

    bragado es excelente, contemporaneo a pesar del tiempo. estos cuentos cortos son una muestra de su ingenio. vivo esta en ellos.

  3. Antonio
    04/11/2012

    ..apenas descubro el talento de Bragado,claro su nombre me sono familiar,pero al leer estos textos no creo que pueda dejar de leer su obra literaria,sin dudas un poeta,y escritor genial !

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 03/11/2012 por en Narrativa.
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