Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El viaje de Alex

LEVENTE  CSENDER

  

“Sabes, abuelo, el que vive en dos países, no tiene más que medio tiempo en ambos lugares, vive solamente dos mitades de vida en lugar de una entera –en un sitio su cuerpo, y en el otro, su alma. Y precisamente nunca está donde en aquel momento debería estar”.

 

    Con el periódico en mano, Alex dormitó. La mañana flotaba lentamente. Nunca sintió nada tan emocionante, quizás en tiempos pasados cuando abrazaba a su mujer. Se sentía tan bien como si una buena sopa de pollo casera hubiera llenado su barriga, como si se hubiera tumbado en el sofá después de una buena botella de tinto con un exquisito habano, angelitos rodeándole, y como si le hubieran crecido alas a él también y se meciera en las nubes.

    Su familia volaba con él. Su mujercita le daba pequeños pedazos de pan dulce y le traía un café recién hecho. Sus muslos centelleaban por debajo del camisón, y un poco más atrás, estaban los parientes que hace tanto tiempo no ve. Ahora, le abrazaban, hacían crujir sus hombros, le decían: “Alex, te has hecho un hombre. ¡Qué bien te va en el extranjero!” Él, derecho, orgulloso, llena las copas y pronuncia el brindis mas cortito: “¡Así es!” Y se ríe balanceando las piernas y luego empuja la nube para viajar un poco más allá.

    En la distancia retozaban sus hijos y si espolea aún más su balsa celeste, entonces ahí le espera su caballo que inclina la cabeza sobre su hombro y bufa fuerte. Alex le pone una manzana en la boca y le palpa el cuello. Al seguir su viaje, subió al bosque, aspiró el aire fresco lleno de perfume, de pino, setas, y volaba, volaba en una infinita felicidad.

    Era como si soñara así desde hace ya cien mil años. Sin embargo, hace apenas un minuto que colgaron del gancho de la grúa el inodoro móvil, el Pupú del sexto piso, en el que después de una cerveza y las tres líneas de aguardiente de pera matutinos, dormitaba Alex con el periódico en mano.

    ¡Qué bien lo pasaba en esta caja azul! Le gustaba meterse allí en las mañanas. El problema fue que se le olvidó que ese día terminaban los trabajos y bajarían el Pupú del sexto piso.

    Oyó unos gritos débiles:

    ––Alex, Alex ¿por dónde estás?

    Sentía que por debajo el suelo vacilaba un poco. Con tan poco no se mareaba, ni tan siquiera con tres veces más. Abrió lentamente la puerta y frente a él- el maravilloso panorama del séptimo distrito de la capital extranjera visto desde arriba como desde el vuelo de un pájaro. Reconoció inmediatamente el timbiriche El Derby que queda detrás de la estación de ferrocarril, veía el zoológico, y más lejos, vio el Parlamento, la Basílica y el Castillo Real.

    Luego, tras la gran llanura, se figuraba ver el Paso del Rey, y los picos de su país. Entonces su mirada se deslizó sobre la maravillosa terminal del Este, adonde llegó con el Transbalcánico, y a la esquina de la avenida donde le esperaba una estación inundada por el calor dorado del suntuoso sol matutino… la calle Muranyi, su apeadero.

    La cuerda de la grúa descendía lentamente, y Alex apareció calzoncillo bajado, periódico en la mano, sentado en el pupú, ese inodoro móvil.

    Los niños de la escuela cercana corrían a las ventanas para verle. Le miraba Giselita, la administradora, con los nervios a mil. Stani, el profesor de francés, Miguel, el guitarrista español, el cajero de la tienda de ropas usadas, el mecánico de computadoras, y el cimbalista ilustre desde la ventana del café.

    Todos los que pasaban debajo, se paraban para ver a Alex volando en el Pupú. Le admiraba el séptimo distrito entero lleno de envidia. A él le fue dado volar en las alturas así, en una máquina sin motor.

    Pero Alex no hacía caso. Flotaba dando vueltas hasta que la caja plástica de necesidades frenó con un ruido sordo sobre el asfalto gris.

    Entonces, se levantó, subió despacio su calzoncillo, apretó el periódico debajo del brazo, arregló su capacete y ante el asombro de los albañiles, salió a la acera con esa alegría que se ve solamente en los ojos de los que estuvieron muy lejos y en un muy buen lugar. En aquellos en los que sus mentes no se desprenden de los recuerdos, ni los recuerdos los sueltan a ellos. Los hombres se agolpan y le hacen sonreír, aun cuando le gritan: “¡Si vuelves a subir, trae una pala!”

 

Traducción: György Ferdinandy y María Teresa Reyes

 

 

Levente Csender (Foto: Szalontai)

Levente Csender (Foto: Szalontai)

Levente CSENDER: Nació en Transilvania, región húngara en Rumanía, en 1977. Vive en Budapest desde 1991. Su prosa ya cuenta con tres volúmenes publicados. Se desempeña como profesor de secundaria en un colegio de Szentendre.

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Esta entrada fue publicada el 05/01/2013 por en Narrativa.
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