Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Augures

WALDO PÉREZ CINO

Sueño que estoy en la playa, pero resulta que esta playa mía –por cuestión seguro del sueño– consigue entreverar en un solo paisaje los acantilados de Hydra y el olor aquél a uva caleta de Guanabo, importa sobre todo que sea un olor de cuando éramos niños. Como parece que sobrara sitio allí para más, quiero decir allí en el paisaje del sueño, pues de hecho lo había, más sitio: siempre que cabe un poco más de algo en un sueño termina por haber más de eso que falta, se vuelve enseguida carencia, y era entonces un confuso no sé qué de Vilanova i la Geltrú, pero quizá haya sido efecto de la arena y eso me lo dije luego despierto, demasiadas las presencias para un único sitio. La arena, en cambio, ¿qué podrá decirse de la arena? La arena termina en todas partes por parecer la misma, y yo anoche estaba y no estaba en el sueño. O en la playa. Repaso un periódico y me tumbo a ratos al sol, trato de pasar desapercibido. Por momentos, no obstante, no estoy allí –no hay sol entonces y leo al abrigo de una casa, aunque sea el mismo el periódico–. ¿Qué periódico? La verdad es que en estos tiempos que corren que haya sido uno u otro tampoco es que quite ni ponga mucho, da igual. Un periódico cualquiera, un diario de páginas grandes, con muchísimas fotos a color y algunas páginas en sepia o de color salmón, depende cómo se mire, en una tarde cualquiera de verano, cuando todo el mundo se tiende al sol como si no  hubiera más nada que hacer.

Justo en el momento que paso las páginas color salmón es que aparecen las augures, es ahí que llegan: llegan en dos camionetas blancas y el conductor, que pareciera ser el mismo en las dos, las ayuda a desmontar a todas, una a una. A veces comenta o le susurra algo a alguna, que da lo mismo la que sea, lo que diga, porque siempre todas las chicas asienten con la cabeza y no dicen nada. Como si ya supieran el versito. No sé cuánto tiempo haya tomado aquello porque estuve toda la noche soñando lo mismo. Sé en el sueño, eso sí, y lo sé con certeza completa, que son las augures y que el momento preciso de su arribo cuenta mucho, es relevante del todo para alguna cosa –¿cuál?– que ya se me pierde. Pero esa cosa o asunto o affaire, el que fuere, es lo que me hace seguirlas. Vuelvo. Todas las chicas llevan faldas largas y la mayoría va desnuda de la cintura hacia arriba. El chofer gasta maneras de chulo o de patrón de patera; que sus pupilas no hablen español ayuda a lo segundo, de dónde serán. El hombre va desmontando sombrillas y cada una de las chicas toma la suya. Se reagrupan un momento y luego avanzan por la arena en parejas, una fila absurdamente larga que pareciera primero una procesión pero que poco a poco se va espaciando, las chicas van tomando distancia entre sí y caminan sin ninguna dificultad ahora, avanzan como si se desplazaran sobre la arena y no con esa aplicación o esfuerzo que supone siempre caminar en la playa, los pies que se hunden o se traban al andar sobre arena.

Sobre todo: me percato ahora de que no soy el único que ha venido por esto. También, con esa certeza absoluta de los sueños, me doy cuenta de repente de que estoy aquí para escuchar un vaticinio, para qué otra cosa si no, y me doy cuenta además (pero no me sorprende) de que era por eso que me escondía antes, también eso lo sé, sabio en el sueño: reconozco de lejos a algún que otro conocido, a pesar de sombreros extemporáneos y de todos esos periódicos previsibles u obligados que fungen de parapeto o refugio. Dejo el mío en una papelera, me levanto. Hay algo liberador en esa renuncia, y algo así recuerdo haber sentido o pensado en el sueño. De pronto una amiga se asoma detrás de un pino y me saluda, pero enseguida se enmienda o corrige con una seña, un gesto como de quien estuviera en falta (algo complicado pero de sentido preciso, admonitorio, De esto a nadie, o mejor: Si te he visto no me acuerdo).

Vale, habrá que ser discreto, y sabré serlo yo, me prometo eso mismo como quien sella un pacto: De esto a nadie, ni palabra, aquí no ha pasado nada, cual tumba ciega y sorda y muda, etcétera.

Comienzo entonces a caminar sin rumbo y me doy cuenta mientras camino de que ya no puedo echarme atrás. No quiero echarme atrás, pero aun cuando quisiera no podría, o lo menos no creo que pudiera y me convenzo yo mismo de eso. Avanzo. Los pies de las muchachas, y en eso me fijo como por casualidad primero y una vez que lo he descubierto no consigo levantar la vista de los agujeros, dejan huellas imposibles: huellas húmedas y demasiado profundas sobre la arena seca –sí, en la arena caliente de la primera línea de pinos– pero eso es algo que no parece espantar a ninguno, o que no nota nadie. Trato de no ser obvio y paso de largo, como si no fuera conmigo la cosa, junto a las dos chicas que me han quedado más cerca (se han dispersado en unos pocos minutos y por un momento, en ese momento, me pregunto cómo lo han hecho). Éstas que dejo atrás ya se han desvestido del todo y esperan, arrodilladas las dos, a su primer consultante, que no seré yo. Cuando estoy más cerca las oigo conversar y mientras me alejo y se va desvaneciendo el sonido me doy cuenta de que la lengua que hablaban no me había resultado ajena del todo. Que sonaba como griego o algún dialecto o variante suya que por supuesto no reconozco, pero eso es repentino, como un asombro muy breve, un soplo. Esto sí quitaría o pondría (no como la cabecera del periódico), pero qué le vamos a hacer, porque no me acuerdo, o acaso porque no hubo más que eso, un atisbo. Sólo quedó eso de haberlo pensado así entonces, escuchándolas de soslayo: que sonaba como a griego, pero nada más. Una interferencia en el sueño, quizá.

Las mías, o las que he decidido que lo sean, están arrodilladas mucho más lejos, en un recodo de la costa. Son muy parecidas, tanto que podrían ser hermanas, aunque salvo por el físico no lo parezcan; no se hablan casi ni se toman confianzas, y se miran cuando se miran como personas que no se conocen o a las que acabara de presentar un tercero. El último tramo se hace casi solo, como si no caminara o las distancias se trastocaran hasta casi anularse, y ya estoy ante ellas y ahora me arrodillo también yo, me hinco de rodillas en la arena y tiendo la mano. Debo haberme equivocado porque una, la más alta, niega con la cabeza y me señala, por alguna razón que ignoro pero que enseguida entiendo, a la otra: es con la otra lo mío, no con ella. La otra toma, ahora sí, mi mano extendida y cerrada y la vuelve con la suya y la abre; la palma hacia arriba y algo hacia abajo, los dedos apuntando al suelo (la posición, si no se está acostumbrado, resulta algo incómoda). Pero no lee la palma de mi mano, sino la muñeca: pasa los dedos como un ciego que estuviera leyendo braille y musita palabras que no comprendo. Por un instante, parece –me parece a mí, entonces– que hubiera encontrado lo que busca (mira de reojo a su compañera y sonríe, un gesto mínimo), pero luego continúa, así como si nada. Y así todavía por un rato. La más alta sigue con la mirada perdida, tiene los ojos de un verde intenso y en todo ese tiempo –¿cuánto?– parpadea sólo dos o tres veces. Parpadea rápido, como si le hubieran pedido tomarle una foto donde no debe bajo ningún concepto moverse y aprovechara ese segundo anterior a la foto para refrescarse los ojos.

Antes de devolvérmela, la chica me cierra la mano y la vuelve hacia arriba, un puño. Me sonríe mientras niega con la cabeza –algo así como decir No, despreócupate, tú tranquilo, o mejor: No, tú no. No hay más, ni vaticinio ni pronóstico, ninguna cosa que escuchar, pero tampoco echo de menos yo que lo haya. No hay nada ahora sino viento. Me levanto. La de los ojos verdes, pues tampoco, está ella en lo suyo. Absorta. Me alejo. Ya está hecho, me digo, y camino sin saber bien por qué sin volverme hasta ya no verlas (a las mías: las otras siguen desperdigadas por toda la playa) y cuando me he alejado lo suficiente me tumbo al sol como antes. Me tumbo bocarriba, cerca del agua. Al principio el sol quema pero al cabo de una hora o dos empieza a atardecer o a nublarse (no llevo reloj) y decido que ya está bien por hoy. Recojo algunas cosas y camino hacia la carretera, la arena está toda llena de huellas, como si la carcomieran esas huellas profundas que más que pisadas sobre arena parecen agujeros o cráteres, y es curioso, me recuerdo pensando eso, la palabra misma, cráter. De pronto me topo con mi amiga, que ahora sí aparte de saludarme me reconoce con aspavientos varios y se acerca, habla frivolidades y se ríe todo el rato con una risa que me parece, no puedo evitarlo, impostada. Ninguno de los dos, por supuesto, menciona nada de lo que no deba (de hecho, hacemos los dos como si nos hubiéramos encontrado recién y de ningún modo antes, no existe la víspera y todo pareciera transcurrir en presente). Ya casi me despido cuando me fijo en un círculo azul o más bien un anillo o un aro, algo como una O incisa en su muñeca izquierda, un punto grueso y que parece de porcelana (brilla); como una marca o tatuaje, pero a relieve. De todos modos hago como el que no ha visto nada, me despido por fin y corto camino entre los pinos, buscando la carretera. Más que a pinar, huele a salitre. Más que a pinos huele a mar. La arena se ha ido veteando de césped, y ahora caminar sale más fácil. En mi muñeca –aunque parezca absurdo me la he revisado bien, frotándola con el pulgar– no hay nada, está limpia. Estoy limpio, me digo.

Las dos camionetas blancas siguen en el arcén, y el chofer o chulo o lo que sea que fuere ayuda a subir a alguna de las chicas, ya de vuelta. Negocia algo con un hombre en un coche rojo, y de lejos me parece distinguir billetes y la dilación de quien compra o elige. Hay más coches. Qué cosa estarán esperando, me pregunto y me contesto yo mismo. El del coche rojo al fin se decide por una, si de eso se trata, si se trata de decidir o escoger o preferir a una de entre tantas, y se la lleva con él. Las otras los siguen con la vista, pero no como una despedida sino con algo de desgana o algo que incluso podría ser compasión. Yo los miro pasar delante mío y los veo alejarse luego mientras cruzo despacio la calle, ya casi es de noche y ha comenzado a caer una llovizna fina, sin pausa, por qué son tan nítidas –me da tiempo a preguntarme– las gotas ante la luz de los faros.

Waldo Pérez Cino

Waldo Pérez Cino

Waldo Pérez Cino (La Habana, 1972). La demora, su primer libro de relatos, se publicó en La Habana en 1997. Desde entonces reside en Europa. Recientemente ha publicado los volúmenes de poesía Cuerpo y sombra (2010) y Apuntes sobre Weyler (2012) y los relatos de La isla y la tribu (2011) y El amolador (2012).

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Esta entrada fue publicada el 05/01/2013 por en Narrativa.
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