Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El Guardián

MARÍA CRISTINA FERNÁNDEZ

–¿Esa no es la excéntrica que tú vigilabas cuando estuvo subida en aquel árbol? –pregunta mi mujer frente al televisor encendido.
–Le digo que sí a secas, como si nada se arremolinara dentro de mí al mirar la pantalla. Como si ignorara que aquel árbol tenía su propio nombre, Luna. Pero un vendaval de recuerdos cae como hojarasca al suelo y siento el temor de pisotearlos. El recuerdo de su voz, por ejemplo, que resonando en el bosque me sacaba del letargo…
–Cantas muy bien –me atreví a hablarle al pájaro que debíamos flechar y tumbar a tierra. El desafío tenía una bella voz: “Love in any language, straight from the heart…”
Yo estaba entonces en una banda y tocaba la percusión. Invité al pájaro a entrar por su propia voluntad en la jaula.
–¿Quisieras cantar con nosotros? Te puedo llevar a un ensayo cuando me dejen ir a casa. Será mejor que estar allá arriba sin nada que hacer. Tal vez hasta te hagas famosa, quién sabe…
–La respuesta más o menos fue que no estaba allá arriba para hacerse notar y que la única protagonista de esa historia era este árbol venerable que no debía morir.
–¿Vas a morir por un troncazo viejo que de todas maneras, tarde o temprano, se pudrirá o acabará partido por un rayo? –alcé bien mi voz para que le quedara claro allá en su altura.
–¿Tú tienes abuelos? –me devolvió una pregunta con otra.
–Sí, claro que tengo abuelos. Cuatro por falta de uno.
–¿Por qué no los matas de una vez, si de todas maneras van a morir?
Aquellos diálogos sin acceso frontal llevaban la imposibilidad de sojuzgarla con una mirada, o guiñarle un ojo cómplice, o tal vez besarla para obligarla a abandonar ese juego del gato y el ratón. A la foto sí la besaba a escondidas, después que me la diera como señuelo. Pero ella, la real, se mantenía esquiva, incapaz de dejarse horadar.
–¿De verdad que es así como luce? –se asombró uno de mis otros colegas al ver el retrato–. ¡No me digas que nuestra maldita comedora de avena tiene esta cara!
–Con esa boca la dejaría estar prendida a mi tronco el tiempo que le diera la gana –fueron las sucias palabras de Jeff, quien además dijo que pagaría lo que fuera por saber a qué olía su sexo luego de tanto tiempo sin un baño de verdad.
–Traté de razonar varias veces con ella queriendo conjugar la imagen que nebulosamente enfocaba desde abajo y la evidencia de la foto, porque se sabe que no hay nada que reblandezca más a una mujer que magnificar su apariencia.
–Si bajas te llevaré a comer en el restaurante vegetariano que más te guste.
Desde abajo pude oír su risa estallar como cristales.
–No la vas a convencer –me dijo el colega que hacía la guardia ese día conmigo–. Esa es de la gente que se parte la cabeza en dos antes de darse la oportunidad de acabar un lío en paz. Creo que ni aunque Dios sacudiera ese árbol, la muy empecinada bajaría.
 

En principio era apenas una ardilla que se movía en la fronda del árbol. Yo miraba para arriba y veía ese tronco que se perdía en el cielo, y me preguntaba cómo ella habría podido subir hasta allí. Y lo mismo me cuestionaba cómo hacía para bajar. A veces se acercaba lo bastante como para que yo intentara comparar ese rostro con el de la foto, donde no tiene esas greñas salvajes sino que su pelo parece aplacado en algún salón de belleza y luce un vestido color rosa, como de seda. Parece una actriz de cine, con ese brillo en los ojos y la boca larga, pulposa, coloreada. Dios, he tenido sueños…
En uno de ellos yo subía por la noche al árbol. No sé cómo pasó, pero no había luz de reflector y yo trepaba por una especie de escalera de barco antiguo. Trepaba y trepaba por mi escala de soga… El árbol tenía ojos de insectos, oblicuos y fosfóricos. Algunos ojos se parecían a los de mis colegas, y otros a los de Dan Climber. Pero yo trataba de obviar los ojos-insectos y seguía escalando la cuerda, la escala se reducía e eso, a una sola cuerda, que a veces era tensa, y luego la agitaba un viento imposible. Fue difícil, mis bíceps dolían, pero valió la pena porque al fin pude alcanzar la plataforma.
Sentí mis pies tocar la madera y mi cabeza golpearse contra algún objeto colgado entre las ramas. Saqué mi linterna y alumbré hacia el piso. Allí, envuelta en un zurrón, estaba ella. Me acerqué y le hablé al oído: “Julia, Julia…es Mathew”. Sonrió con alivio y me hizo un espacio en su saco de dormir. Había frío, pero yo jadeaba. Podía sentir un ruido como de roedores mascullando algo. Tenía la sensación de que todo este tiempo ella había estado esperando que yo subiera. Y yo quería probar el olor agridulce del sexo de la mujer mariposa, ungido por sus propios aceites, rebosante de humedad.
Mi uniforme y la pertenencia a un clan me legitimaban para hacer un trabajo, si se puede decir, no muy ordinario, haciéndome creer que yo estaba del lado de los que tenían razón. Razón y poder, eso sentía en las mañanas que me tocaba vigilar que se cumpliera el asedio. Ella, como Luna, estaba marcada para morir: Ni un grano más de cereal para esa boca que deseaba en las noches lúdicas.
Antes de ser contratado me habían advertido que iba a enfrentarme a una activista más que empecinada, no como esa muchacha que tuvo una crisis de histeria cuando comenzó a oír el ruido de los troncos cayendo a su lado… En verdad la resistencia no se les presenta fácil. Están los vientos, el frío nocturno, el ruido insoportable de las sierras, el humo, los perros de los guardias, el zumbido atorrante de los helicópteros y sus chorros de agua a presión. Hay que tener nervios…
Yo estaba ahí para que la voluntad de la corporación Maxxam se cumpliera. No sé en qué momento empecé a fallar. Sin duda la foto tuvo que ver. Pero los demás también la vieron y lo único que se les ocurrió fue bromear: “oye, si tú luces como apareces aquí, ¿qué diablos estás haciendo allá arriba? ¿Es que no encontraste el tipo que te va?” Pero no fue solo la maldita foto, fue también la canción, fue hacerme preguntas como si la decisión fuera mía. Y luego, engancharme en la búsqueda de lo que parecía ser un simple e inofensivo amuleto… Era una amatista, y según me dijo se le había caído del árbol.
–Olvídalo –le dije–. No voy a encontrar una piedra entre tanta yerba. ¿Y que tal si se ha quedado atrapada entre las ramas?
Bajó un poco más y la escuché implorar:
–Por favor, Mathew, tú eres aquí la única persona a quien pudiera pedirle algo.
Ya me habían advertido del síndrome de Estocolmo, así que estaba preparado para que ella pretendiera ablandarme de algún modo. Esto es lo que venía haciendo desde hacía tiempo con sus canticos y las pequeñas raciones bajadas por la cuerda.
–Se me cayó ayer –me dijo–. La saqué de la bolsita donde la pongo porque estaba mojada.
–Es solo una piedra. Te la arreglarás sin ella.
–No, no podría. Es mi piedra de nacimiento. La encontré justo cuando buscaba una respuesta vital.
Sé que hacía un gran esfuerzo para que la escuchara, a pesar del ruido del viento que azotaba los gajos de los árboles. Hacía unos días habían vertido napalm en un claro del bosque y no sé si eso tenía que ver con cierto olor a azufre, o sería porque a lo lejos relampagueaba.
–¿Respuesta vital a qué, mujer? ¿Hablaste con Dios? Baja un poco más. Te prometo que no voy a treparme para agarrarte–. Quería decirle que solo lo haría en sueños. Le tengo miedo a las alturas.
La vi bajar un poco más de acuerdo a mi reclamo.
–¿Y sin esa piedra, ¿qué pasaría? ¿Morirás acaso?
–Ya una vez morí, Mathew –sé que decía mi nombre con toda intención de hacerme sentir familiar–. Me tomó tiempo volver a mi cuerpo. Cuando regresé a él tenía una luz muy fuerte dentro…
–¿Una luz? Dios mío, tu cerebro debe haber sufrido una conmoción muy grande –razoné.
–Sí, fue un accidente de carro. Después de un tiempo de parálisis en el que los médicos no podían asegurar que volviera a ser la misma, me recuperé. Quise viajar, visitar lugares sagrados. El Tíbet, la India, Japón, todos esos destinos me llamaban. Quería conectarme con lo más profundo del Espíritu Universal que se me reveló durante aquella larga convalecencia.
–¿Y luego te diste cuenta que no tenías dinero para viajar y te metiste en el primer bosque que encontraste?

Calló por un momento, que ya empezaba a hacérseme tan largo que creí que la había ofendido. Pero su voz volvió firme cuando encontró el argumento apropiado.
–Todo fue aparentemente casual. Mis vecinos iban a un parque en Washington y me dijeron que tenían espacio para mí en el carro. Después apareció aquel extraño hombre en la carretera que nos persuadió para que fuéramos a ver las redwoods. Mis amigos no pudieron entrar a causa de su perro, y yo decidí que seguiría sola. El olor de estos bosques me reconectaba desde entonces con algo más real que cualquier divinidad distante. Pero el dilema seguía estando en mí: ¿debía visitar los santuarios del mundo, o peregrinar en casa? Caminé largos tramos, medité, desesperé, lloré, todo por encontrar una respuesta interior. Fue entonces que vi la amatista en medio del camino.
–¿Y entonces decidiste quedarte a vivir en el bosque?
–No, volví a casa. Vendí todo lo que tenía, menos unas pocas pinturas y mi violín. Me compré una tienda, una bolsa de dormir, recogí unas mudas de ropa y regresé a California.

Así que fue esa amatista la que la hizo trepar al árbol. Fue por esa amatista por quien la Corporación Maxxam nos contrató como guardias de seguridad. ¿Qué sentido tenía todo esto?
La piedra se había caído y luego había llovido. O sea, que perfectamente podía estar hundida en la tierra mojada. Intenté encontrarla en mis horas de guardia, y lo logré apenas dos horas antes de ser relevado, escondida entre un montoncito de arándanos.
–Eres un ángel, Mathew –me gritó cuando vio que la amatista metida en una bolsa plástica regresaba a Luna.
Deseé que nadie hubiera escuchado su voz. No quería comprometerme. De todos modos le respondí que se suponía que los ángeles estuvieran arriba, como ella, y no en tierra como yo. Quería quitarme de encima el sabor de esa incierta nobleza que parecía sumisión. Se supone que en este peligroso juego fuera ella quien cumpliera nuestra voluntad y no al revés. Pero cada vez que la imaginaba al borde de la muerte por hambre, o incomunicada porque su celular no podía ser recargado y se acercara el último plazo para recurrir a métodos más crueles, me estremecía. Sabía que hay gente que defiende algo hasta dejar la vida en ello. Sé que hubo un activista de estos que murió aplastado por un árbol. Lo mismo pudo pasarle a ella cuando cortaron ese abeto Douglas… Demonios…ella no merecía algo así. Pero ya habíamos impedido varios intentos de reabastecerla, ¿cuántos más se necesitarían para su rendición?
Sentí un gran alivio cuando me dieron unos días para visitar a mi familia en mi casa en Arizona. Sí, era un alivio parar de sentirme responsable por no poder cambiar el curso de una historia que podía tragarse a un ser humano tan terco. Una historia que no pintaba nada bien. Demasiados intereses encontrados, demasiada tensión entre lo que ocurría en el suelo y esa mujer trepada a unos ciento ochenta pies de altura. Tal vez a mi regreso, pensé, logre tomar distancia. Tal vez si hacía un esfuerzo hasta paraba de soñar…
El 101 es una cinta rápida y estrecha con curvas impredecibles. Por eso cuando la lluvia arreció entré a un sitio que se anunciaba como bar en la orilla de un pueblito de carretera. Adentro sonaba una canción bien retro y le pregunté a la muchacha del local quiénes eran.
–The Stephen Wolf –me respondió.
–¿Hace mucho que trabajas aquí? –comencé a sacarle conversación, tal vez aliviado de poder conversar con una mujer sin tener que dar voces hacia lo alto para llamar su atención.
–Hace dos meses… –respondió mientras me alcanzaba un menú.

Mi vista saltó del menú a su brazo izquierdo donde resplandecía un animal muy raro. Era un tatuaje, sin duda hecho con gran profesionalidad, pero mi ignorancia de la especie me hizo preguntar qué representaba.
–Es una nutria de mar. Se han extinguido en los últimos años a una velocidad increíble. Por cierto, pareces tan jovencito que debería pedirte una identificación. ¿Pasas de los dieciocho?
–Aquí tienes –le mostré con orgullo el cartón plasticado que me identificaba como agente de seguridad–. Me decidí al azar por una de las tantas cervezas destiladas en el lugar, y una porción de salmón ahumado para comer.

Cuando regresó con la jarra rebosante le insistí en lo de la nutria. De un tiempo a esta parte tenía que enfrentarme a mujeres muy raras. Adoradoras de nutrias y amatistas; ¿no me tocaría cruzarme con una simple mujer normal? Luego vi que en el brazo contrario tenía otro tatuaje, pero ese era más común. Estábamos en el llamado “triángulo Esmeralda” y una hoja de ganja en la piel de una muchacha no hacía la diferencia.
–Perdona –insistí yo–, pero ¿no te hubiera gustado grabarte otra cosa en ese brazo? Tengo una amiga que se hizo tatuar un dragón…
–No me interesan los dragones –me interrumpió tajante, lo que me llevó a pensar que es un error lo de la propina obligatoria en lugares como éste. Tal vez, si no fuera así, me hubiese encontrado una camarera más dada a complacer. El feminismo lo ha arruinado todo, según dice Jeff, mi colega. Pero ella, como si me leyera el pensamiento, regresa y me pregunta si todo está bien con mi orden.
–Sí, todo bien, sólo que hay algo en las papas…
–El cocinero le pone eneldo, si quieres te traigo unas sencillas.
–No, está bien, no te molestes. Por cierto, ¿las nutrias comen salmón?
–¿Y tú qué crees?… Pero ya te dije que las nutrias se extinguen, lo mismo que los salmones. Vamos triturando todo lo que encontramos. Somos insaciables.
–Yo no soy así. Mira, ya casi estoy lleno –pretendo hacerle un chiste pero no se ríe. Los obsesivos son así–. Conozco a alguien con quien te llevarías muy bien. Piensa más o menos como tú.

Al menos me pregunta a quién me refiero y así me da pie para contarle de esa alucinada que no quiere bajar a tierra. Sus ojos se iluminan cuando le cuento que soy uno de los “elegidos” que la cuida. Quiere saber cómo está ella, si creo que resista y por cuánto.
–¿No vas a preguntarme como orina o si alguna vez se baña?
–No, no voy a preguntarte semejantes bobadas –se defiende de mí impetuosamente–. Pero sí te preguntaré si conoces lo que pasó en un pueblo llamado Stafford.
–¿Stafford? –no, no recordaba ningún pueblo llamado así.
–Deberías indagar –me asegura–. Somos responsables por lo que sabemos y por lo que no sabemos.

Se disculpa porque debe ir a tomarle un pedido a una pareja que se ha sentado en una mesa distante. Pero antes de irse me confiesa algo con la entonación del que busca complicidad:
–Los antepasados de mi padre vinieron de Rusia a este país a cazar y a traficar con pieles; sobre todo animales como éste. –se señala su brazo bien torneado–. Dile a Julia que la amo, que ella es mi heroína, que resista… Y tú, recuerda buscar este nombre: Stafford, no lo olvides…

 

Fue al segundo día de estar en mi casa que rastreé ese nombre en el ordenador. Era un pequeño pueblo al que sepultó un alud de fango venido desde una montaña reducida por la tala rasa. Lo que ocurre es que los árboles aprisionan con sus raíces la tierra y la materia rocosa a su alrededor. Cuando se cortan los árboles el agua no encuentra obstáculos que la retengan y las lluvias arrastran consigo todo lo que encuentran. Sobrevienen los desastres. Las fotos eran claras. En una de ellas se ve un sofá en medio del fango y encima del sofá, la foto de una niña. ¿Cómo llegó la foto de esta niña ahí? ¿Se desprendió de un cuadro roto durante la catástrofe? ¿O lo colocaron después para recordar a una víctima del deslave? ¿Y la carriola bocarriba, en medio de las ruinas de lo que fue una casa que no conocía el pánico? La compañía taladora que trajo la desgracia a ese pueblo en las laderas de la montaña era la misma compañía a la que yo respondía, la misma compañía que pagaba por el acoso contra Julia… ¿Pero era ella realmente el enemigo? ¿Esa foto de la niña en el sofá de una casa destruida por un alud de fango, a quién realmente miraría con todo el peso del reclamo en sus ojos? Otra vez volvían las palabras de la camarera: “Somos responsables por lo que sabemos y por lo que no sabemos.” ¿Será porque lo que no sabemos es una página en blanco que pende sobre nosotros esperando completarse? ¿O guillotinarnos? Parece que se me ha pegado el humor de la tatuada, porque no consigo hacerme reír a mí mismo.
 

Fue mi madre, con total convicción fatalista, quien me anunció la peligrosa tormenta que vendría desde el Pacífico a irrumpir en la costa oeste. Tal vez por eso llovía más de lo acostumbrado en el camino de vuelta. Puse el radio y así me enteré que la tormenta se llamaba “El Niño”, un fenómeno meteorológico que alteraba el patrón regular del clima.
Como si no fueran bastante tensas las expectativas, al llegar a mi destino pude ver que a Luna le habían entorchado con un tape color neón, otra señal de que su día llegaba. También le habían tirado unas cuerdas hacia arriba. El cerco se recrudecía; debíamos estar alertas porque se sospechaba que los activistas iban a intentarlo una vez más.
Eran unos veinte y llegaron bajo la llovizna creando confusión. Yo les gritaba que no podían pasar, que estaban en propiedad privada. “¡Váyanse al infierno!” Pero sabíamos que no sería tan fácil. Cuando alguien gritó el número 23, la edad de ella, la oímos cantar. “Love in any language…” El caos aumentó alrededor. Estábamos solo dos guardias esa vez, el otro había caído enfermo la noche anterior. “Por allá vienen más”, le dije a mi colega, tratando de que se moviera del lado mío. Ya Julia había bajado lo suficiente como para estar alerta a cualquier descuido. Vi las bolsas subir y me imaginé lo que allí había: avena, fruta fresca, baterías, propano para hacer el té… Bolsas de sobrevivencia. Aliento y sustento para la madre de Luna. La Mademoiselle Butterfly. La reina del bosque. La madonna de la amatista. La gitana de las bolsitas. La poseída por el Espíritu Universal…
La de entonces fue la peor tormenta vista en esos años, descartando a los taladores, claro. El reabastecimiento de Luna probó que la presencia de unos guardias pagados no hacía infalible el cerco. Además de que la prensa y la radio ya estaban sacándole lascas al caso y no convenía el escándalo. Tampoco ningún guardia ni sus perros iban a soportar el rigor de las bajas temperaturas y el viento exacerbado que vinieron en breve. Sólo ella pudo resistir, con su amatista metida en la bolsita con salvia y otras supercherías. Después supimos que estuvo a punto de morir abatida por el viento y el congelamiento. Sobrevivió a pesar de todo y siguió dándole guerra a toda esa gente que puede dormir tranquila a pesar de que un deslave se ha tragado un pueblo.
No volví por el bosque luego de presentar mi renuncia. Nunca más trabajé como custodio, tampoco he vuelto a tocar en la banda. Soy un hombre demasiado común, aunque ella dijera de mí que fui su ángel. Un ángel guardián y no un guardia más. La vida está llena de protagonistas, heroicos, perversos, una mezcla de todo. Yo no aspiro a ser más de lo que fui: el tipo que encontró la piedra y el que dejó subir las vituallas al árbol. En la retaguardia se está bien, aunque te mueras de ganas por besar unos labios carnosos untados de miel a cientochenta pies en el aire, en un bosque donde se libra una batalla entre permanecer o morir. Esos labios que sólo besé en el sueño o en esa imagen que aún está conmigo, porque, debo admitirlo, la foto, a diferencia de la amatista, nunca se la devolví.
Hay muchas páginas en blanco suspendidas sobre nosotros como para no creer en algo que se contempla o se estampa en la piel. Miro a mi mujer que cambia de canal y me digo que ella nunca haría algo que la levantara del suelo. Entonces le pido que salgamos al patio, tratando de ahuyentar los recuerdos que han entrado por esa ventana que es el televisor encendido.
 

María Cristina Fernández (Foto de Ena Columbié)

María Cristina Fernández (Foto de Ena Columbié)

María Cristina Fernández. Narradora. Tiene publicados los libros de cuentos “Procesión lejos de Bretaña” y “El maestro en el cuerpo”, además de otros dos libros para niños. Cuentos y textos suyos han aparecido en revistas y antologías de Cuba, EEUU, México y España. Desde el año 2006 vive en Miami.

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Esta entrada fue publicada el 01/01/2014 por en Narrativa.
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