Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El viaje y otros poemas

RODOLFO MARTÍNEZ SOTOMAYOR

 
El viaje

a Lavinia Sotomayor Arcís

 
Llegarán de un momento a otro,
el doctor ha dicho que se agotó la esperanza,
me parece que hace un lustro yo era un niño
y tú jugabas a estar muerta sobre una cama;
el llanto era la voz del pavor cuando te palpaba inmóvil.
Hoy quisiera que todo fuera un sueño
y tú estuvieses jugando nuevamente.
 
Ya llegaron,
esa enfermera con la espátula ha escondido
su constante sonrisa
para decir que quieren verme.
Deben haber elegido un doctor muy locuaz,
ayer fue una diletante con poder;
alguien que lleva tu apellido, dicen que administra
esta antesala de la muerte.
En este país siempre hay razones junto al miedo
para un trato especial;
tu hermano con su omnipresente cámara y ese séquito
de intelectuales que te sigue a todas partes,
te hace lucir importante ante sus ojos.
 
El dólar es un estímulo vital
para la consciencia en esta isla.
El dólar es un médico muy prominente, a veces, por supuesto;
él te ayudó a prepararlo todo de antemano,
por eso dicen que todo lo planificas, en eso coinciden
los que te odian y los que te aman,
pero nadie pone límites al azar;
eras un caótico con suerte hasta hoy,
ellos no lo saben, no se explican dónde estuvo el error,
si todo había salido tan bien,
ellos no lo saben, pero tú sí,
por eso no los culpas,
si pudieras odiarlos todo sería más simple,
pero sabes que somos víctimas
de un diseño fatal.
Esa atonía es algo que te duele;
el amor y el odio ya te son ajenos.
 
Uno tras otro los escalones son un tejido
del tiempo,
y te llevan hasta ese solar donde tu madre saca música
con sus nudillos contra el lavadero de cemento
y ese día las lágrimas eran un sucedáneo a sus cantos cotidianos,
la causa es un intruso desconocido
que chapea lo que llamas tu bosque
donde esperas a la niña bailarina
y pretenden convertir en un parque estatal.
Han dicho después que soy un niño agresivo
que se abalanzó con un machete
sobre aquel invasor que huyó despavorido;
ya no hay lágrimas sino risa en el rostro de tu madre,
quien le hará la historia orgullosa a todos los mensajeros
del norte que pasan por tu casa,
aun cuando hace mucho que dejaste de ser un niño.
 
Si pudieras tener aquel machete
para hacer correr a la muerte, despavorida.
Cuando niño todo era más fácil,
al final, por más que luches, te espera la derrota.
Aunque hayas evitado el elevador,
el paso sobre peldaños no puede ser eterno
y es inevitable que se abra la puerta
y que ese doctor sin rostro te diga la noticia,
ya todo ha concluido, tu madre ha comenzado el viaje.
 
 
 
Reposo

a Rigoberto Martínez

 
Trepa al árbol y
busca el gajo más fuerte
para sostenerse,
se oculta con las hojas y divisa desde allí
la tendedera donde sus camisas
flotan como velas de barcos.
Puede ver a su madre que lo llama,
pero él permanece en silencio,
todo luce más pequeño desde arriba,
su padre coloca la hamaca verdeolivo
entre dos vigas de hierro.
Apenas concluye su faena,
llega ese amigo de la casa
que siempre viste de uniforme.
Su madre ha detenido el llamado
y  prepara café,
algo ha pasado que la irrita,
ya no ha querido ofrecer la taza.
 
El hombre sólo hablaba de los tiempos pasados,
de un preso contemplando el disparo
de fusiles y la muerte.
Recuerdan el miedo y los llantos
de aquel que ve su posible futuro.
Ahora su madre ha lanzado la taza contra el pavimento
El hombre se ha marchado de prisa,
su madre no quiere que regrese.
Su padre habla de un viejo agradecimiento
entre tantos gritos sin un orden preciso
Se rompe con su pavor el gajo ya no tan fuerte.
su padre escucha el chasquido y mira hasta
la copa del árbol.
Recibe ahora al niño que ha saltado por el aire
hasta sus brazos,
luego solo quedará el recuerdo de
las caricias de su madre,
Su padre, después de un beso, lo coloca
sobre la cuna
que cada día se hace más pequeña;
le repite la promesa de nuevos juguetes
y él se duerme entonces,
como si la vida siempre fuese un sueño.
 
 
 
Entre guizazos, la niña acude
a sus juegos cotidianos.
La saya de nubes se ha teñido de hierba
y ella trepa sin miedo esa colina.
El niño que llega
a la frontera de cercas que delimitan sus casas,
es ahora un reflejo
en sus grandes pupilas de niña inquieta;
que zapatea sobre un pedazo de madera
recién descubierto,
como en un tablado infantil improvisado con prisa.
Un brazo se agita en el aire
y la mano abanica el espacio.
Su muslo naciente
es ahora una imagen
en los ojos del niño,
que deposita la memoria
en el altar de la inocencia.
La lluvia los aleja
y la futura tempestad,
es un estruendo
que los hace mirar al cielo.
 
 
 
Cuento de hadas

a María Cristina Fernández

 
Llega la noche, y el bosque de Sherwood
deja de ser una negra espesura,
se traza un camino de luz
y la aparición entre robles
canta un mantra que tú desconoces.
Como la promesa del verbo hecho carne,
ha llegado hasta ti, el hada azul
de los cuentos.
Ella pretende detener al leñador,
pero es frágil y apenas se escucha;
desconoce que el Ogro se apresura
a levantar puentes
que atraviesen el bosque.
 
Ella tiene el color del sol
y  todo el misterio de los Elfos,
pero el Ogro ha construido
árboles de piedra, como torres de Babel,
ha hecho prisa de la calma
y  tapiado todas las ventanas
de la selva.
él llegó aprisionando en frascos de ámbar
el olor de la lluvia.
 
Ya ha comenzado la tala inevitable,
y esa mujer se trepa a la secuoya más enorme
para salvar la tierra.
Mientras tanto, tú, decides finalmente
no quedar impasible,
te pones el dogal de caballero andante,
y la memoria te lleva
hasta los invencibles molinos,
dejándote apaleado.
Te despojas de esa inútil vestidura,
sabiendo que no es posible una victoria honorable.
Serás el caballero de la mesa redonda,
pero Excalibur requiere de mucho esfuerzo
en tiempos de pocos herreros.
 
El hada se transforma en mariposa,
y el Ogro coloca redes que demarcan las fronteras,
ahora has tomado un Carcaj  y una ballesta,
pero no quieres poner una manzana
sobre la cabeza de tu hijo.
Sacrificar a otros para lograr una hazaña,
te pareció siempre detestable.
Y renuncias de una vez a ser todos los héroes
que alguna vez has venerado,
y te tornas en un duende que detenga el hacha
con pociones de invierno,
y en ese instante se posa
sobre tu pequeñez, la mariposa
que vuelve a ser el hada azul
y ha salvado tu bosque;
haciéndote olvidar que fuiste alguna vez
el cómplice del Ogro.
 

Rodolfo Martínez Sotomayor (Foto de E.M.V.)

Rodolfo Martínez Sotomayor
(Foto de E.M.V.)

RODOLFO MARTÍNEZ SOTOMAYOR (La Habana, 1966). Ha publicado los libros Contrastes (La Torre de Papel, Miami, 1996), Claustrofobia y otros encierros (Ediciones Universal, Miami, 2005), la compilación de textos Palabras por un joven suicida: homenaje al escritor Juan Francisco Pulido (Editorial Silueta, Miami, 2006) y Tres dramaturgos, tres generaciones (Editorial Silueta, Miami, 2012). Cuentos suyos han sido incluidos en recopilaciones y antologías como Nuevos narradores cubanos (Siruela, Madrid, 2001), traducido al francés por Edition Metalie, al alemán por Verlag, y al finés por la editorial Like, Cuentos desde Miami (Editorial Poliedro, Barcelona, 2004), La isla errante (Editorial Orizons, París, 2011), Cuentistas del PEN (Alejandría, Miami, 2011), Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Ediciones Universal, Miami, 2001). Su cuento Encuentro fue traducido al húngaro por la revista Magyar. Algunos de sus poemas aparecen en las recopilaciones Poetas del PEN, (Ediciones Universal, Miami, 2007), La tertulia (Iduna, Miami, 2008), y La ciudad de la unidad posible (Editorial Ultramar, Miami, 2009), traducida al inglés por la misma editorial. Ha publicado críticas de cine, de literatura, de teatro, artículos de opinión en revistas y periódicos como: Carteles, Diario Las Américas, Encuentro, El Nuevo Herald, El Universal. Fundador y Presidente de la Editorial Silueta; codirector de la Revista Conexos.

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Esta entrada fue publicada el 01/01/2014 por en Poesía.
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