Revista Conexos

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Lilliam Moro, el Cordero de Dios y el plato de sopa

MARÍA CRISTINA FERNÁNDEZ

 

Leídos están los poemas –los salvados por voluntad propia o por manos amigas- de una mujer llamada Lilliam Moro. Resuenan algunos en mi cabeza, tocadiscos donde pasan los vinilos donde grabó su voz que no conozco pero está en el papel, en ese compendio de libros que hizo llamar “Obra poética casi completa”, una entrega reciente de Editorial Silueta. Sé que los puedo hacer sonar una y otra vez, como ella haría con el disco de Bessie Smith, esos versos más elocuentes que algunos manuales de historia o sociopolítica: “Pastores y aleluyas, / calles sucias y blancos,/ idiosincrasia del oeste/ sur que se resquebraja entre sermones/ pasteles de cereza/ orgullo de franceses olvidados/ pasos de contradanza;/ un norte democrático, industrial, / dueños del mundo de antemano, por pura vocación”. Salta de estos versos la palabra vocación, que es lo que se demanda de aquel que persevera en el ejercicio, o sacrificio, de la poesía, contra el viento de la Historia y sus avatares.

Quiso la Historia, por ejemplo, que de su poemario “El extranjero”, premiado por importantes académicos en un concurso universitario en Cuba, no se salvara sino un poema: “Charles Baudelaire”. En esta muestra sobreviviente basta un verso elíptico para sopesar por dónde andaba esta veinteañera que hollaba en las zonas emocionales del desasosiego con pasmosa contención: “música horror fiereza el alma en una soga”. En breve a esta muchacha, acogida cálidamente por esa familia espiritual que formó el grupo llamado El Puente, la esperaba el cumplimiento de su profecía ingenua al tratar de marchar a ese gran desconocido que en Cuba se llama “el extranjero”, cuando en 1968 entró en la categoría de “no persona” por presentar su petición de salida del país. Vendrían años de exilio, de publicar poco y a grandes intervalos, de extrañar el país natal, de no extrañarlo. ¿Qué gracia tiene entonces empeñarse en la poesía si al poeta lo cercan la fatalidad o el olvido de sus semejantes? “Al final fuimos perseguidos, señalados, delatados,/ nos acusaron de traidores/ de vendepatrias/ de homosexuales. El destino de Moro no fue escribir los grandes poemas de la teleología insular, como “La Isla en peso” de Virgilio Piñera por ejemplo, pero sí una sentencia que define acertadamente ese lugar de donde somos: “-Una isla es una porción de tierra/ rodeada de paranoia por todas partes”.

La Isla es inspiración recurrente en varios de sus libros; se funde con su historia personal, amorosa, con sus elecciones literarias. Algunos de sus poemas deslumbran por su tesitura, como ese titulado “Los muertos hablan de Trinidad”, que nos pone en contacto con el mundo fundacional africano, y que por su intensidad es comparable con ese otro donde señorea Bessie Smith: “ Sobre la tierra humedecida/ los pies se hunden lentamente/ los tambores siguen sonando por el aire/ y el chasquido del látigo se compagina perfectamente/ con el susurro de los álamos/ y el traqueteo discreto de las carretillas/ sobre el adoquinado de las calles de Trinidad.” ¿Qué hay en ese mundo musical, telúrico, que seduce a la poeta? ¿Será esa porción de transparencia de la cual el mundo “civilizado” blanco muchas veces adolece? Ese mundo que profesa lo que Erich Fromm llama “la religión industrial” está bien expuesto por Moro en el poema “El privilegio de la época”: “El privilegio de ser hombre/ a finales del siglo XX/ es el privilegio de tener un coche,/ un frigorífico, una lavadora,/ un lavaplatos y el suelo de parquet;/ el privilegio de llegar a la casa/ y sentarse ante el cine doméstico de la televisión. / Es el privilegio de prevenirse contra la lluvia/ contra el frío, contra el calor/ casi contra la muerte…” Gran ironía todo esto que lo privilegia si el hombre está solo en medio de todas sus construcciones, sin nadie con quien compartir “un vaso de agua, un paisaje hermoso/ una tristeza”.

La poesía de Lilliam Moro actúa como un dique contra la demencialidad humana: “Qué ruidoso es el hombre, Señor desde que nace/ su tumultuoso ir y venir / su compra y venta/y hasta el amor/ con el mismo sonido de infatigable furia”. Llega a ser a veces una fusta capaz de desintegrar los ilusos moldes del ego: “No tengas nunca un hijo:/ ¿cómo vas a dar vida a alguien/ si aún no sabes que harás con la tuya?/ No plantes un árbol;/ hipócrita atenuante/ si no has movido un dedo/ para evitar la extinción de los bosques./ No escribas un libro;/ ¿qué coño vas a decir/ si formas parte de la mayoría silenciosa?”

En el poema “La Luz que aguarda” Lilliam habla de una luz redentora que la mente deja escapar “porque no sabe manejar el misterio”, y también nos revela que “El Cordero de Dios o la Belleza/ yace a los pies de cada uno/ esperando”. ¿Es esta promesa la que hace que el poeta se sobreponga a los golpes, la trashumancia, al conocimiento de que algo anda mal en un mundo que desoye la voz de la generosidad, del coexistir en paz; un mundo herido de muerte por las torpezas humanas? ¿ Es por ello también que pudo Lilliam Moro sobrevivir a la certidumbre que encontró bajo el cielo de Avila una tarde de frío cuando supo que “la tarde, el café, las palabras palabras/ ya no bastan amiga, para seguir viviendo/ como si pasara nada?” ¿O será que hay algo más que supere a la poesía, otra panacea que no pertenezca a los predios de la mística o del arte? Me respondo a través del poema “Ana Magdalena Bach”, que no por gusto pertenece a su libro “Tabla de Salvación”. En el poema, la mujer lleva la cena hasta la habitación donde el músico está componiendo. No hace ruido, no quiere interrumpir “la celestial inspiración”. “Lo imagina llenando el pentagrama/ dirigido por la mano de un ángel./ No se atreve a llamar./ Coloca, silenciosa, la bandeja en el suelo./ Ignora , en su inocencia,/ que a veces Dios está/ en la sopa caliente que se ofrece/ al otro lado de la puerta.” Cuando el músico lleve a sus labios ese plato de sopa que lo confortará y traerá de vuelta a lo terreno, ¿intuirá que la existencia de lo sublime no sería posible si alguien no dejara frente a su puerta este alimento hecho con bondad?

¿Qué sería de nosotros si Lilliam Moro, con esas manos “qué poco han aprendido a retener/ en tantos años”, no nos dejara frente a nuestra puerta esta obra poética casi completa, para confortarnos en la hondura de las noches, en la soledad del día? ¿Cómo agradecerle que se haya sobrepuesto a tantos eventos , que no corroboraremos más que con su decir: sus “pequeñas desgracias, varios intentos de suicidio/ y un mal alcohólico” y haya seguido entregándonos sus palabras, “las traspasadas voces”? Tendré que hacerlo con lo único que tengo a mano ahora mismo; el infinito goce de descubrir que la realidad de sus palabras no sólo nos deslumbra, sino que nos confirma en las verdades del mejoramiento humano, razón por la que tal vez aún no seamos una especie extinta.

Obra poética casi completa (Editorial Silueta, 2013)

Obra poética casi completa
(Editorial Silueta, 2013)

El libro Obra poética casi completa (Editorial Silueta, 2013) de Lilliam Moro se puede adquirir en http://www.amazon.com/gp/aag/main/ref=olp_merch_name_1?ie=UTF8&asin=0978875877&isAmazonFulfilled=0&seller=AAUKR7RDTGA89.

María Cristina Fernandez (Foto: Cortesía de la autora)

María Cristina Fernandez
(Foto: Cortesía de la autora)

María Cristina Fernández. Narradora. Tiene publicados los libros de cuentos “Procesión lejos de Bretaña” y “El maestro en el cuerpo”, además de otros dos libros para niños. Cuentos y textos suyos han aparecido en revistas y antologías de Cuba, EEUU, México y España. Desde el año 2006 vive en Miami.

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Esta entrada fue publicada el 01/01/2014 por en Crítica.
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