Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El hombre tortuga

CLAUDIA AMENGUAL

El hombre tortuga estira su desmesurado cuello por encima de la línea recta de los hombros y mira cómo su pequeño hijo salta desde un trampolín. Aplaude satisfecho. Luego vuelve los ojos a un periódico que el viento se empecina en deshojar, pero el hombre tortuga una y otra vez pliega con paciencia las páginas y recomienza la lectura. Estoy a no más de diez metros de su sombrilla y lo espío sin disimulo, con una curiosidad algo morbosa de la que me avergüenzo, pero que no voy a evitar en tanto no lo incomode. Presiento que ha de estar acostumbrado a soportar el peso de las miradas y que puede sobrevivir a ello con dignidad y hasta con elegancia.

Desde mi percepción masculina, el hombre tortuga es un tipo apuesto. Si se mantuviera sentado nadie notaría la deformidad del cuerpo, pero apenas se pone de pie impresiona por el torso pequeño, los brazos larguísimos que caen hasta la mitad de unos muslos demasiado gruesos. Un hombre cuadrado como una caja, macizo y musculoso, con una extraña inserción de los huesos, en especial de la clavícula marcada sobre la piel. Me recuerda una percha fuera de lugar. Y los omóplatos salidos son como los muñones de las alas de un ángel a punto de nacer. Pero nada hay más dramático que su cuello sin fin que parece tener la propiedad de estirarse como un tornillo girando sobre su eje. Audrey Hepburn moriría de envidia, me digo en un intento por ser ingenioso y causarme algo de gracia, pero nada me anima. Nada anima a un hombre cuando está triste.

Quizá por eso, porque estoy triste, el hombre tortuga me ha llamado la atención. Hace tres días que deambulo por el hotel entreverado en una babel de extranjeros. He pasado buena parte de mis horas de siesta o las mañanas después del desayuno contemplándolo cerca de la piscina. No sabría determinar su procedencia. Por momentos, me parece reconocerle algo de latino en la piel morena, aceitunada, pero luego me despistan el té frío que toma a sorbitos entre página y página, y la compostura un poco flemática. Tiene de bestia y de humano; una mezcla de animalidad que me inquieta y me atrae. No puedo dejar de observarlo. Los libros se van apilando junto a mi silla y no alcanzo a leer ni media carilla cuando ya siento morderme la ansiedad por saber qué estará haciendo, qué sorpresa me dará con sus raros movimientos de  reptil antiguo.

A su lado hay una mujer bella, una joven mujer que cada tanto lo acaricia a la altura de la mandíbula, como si estuviera midiendo el crecimiento de su barba; pero no, porque el hombre tortuga es lampiño. Su mujer lo toca y también lo mira, como yo lo miro, pero sin curiosidad; lo mira con una ternura que se me clava en alguna parte del pecho y duele. Físicamente, quiero decir. Me duele en el cuerpo ver esa mirada en la que no hay compasión ni repugnancia, sino un afecto puro al que no quiero llamar amor, porque en el amor caben demasiados sentimientos, y esa mujer ama, sí, pero de una manera suave, única, con una delicadeza nacida quizá de un espíritu sensible que ha podido ver más allá, mucho más allá, donde otros nunca podremos ver.

La mujer se aleja hacia el niño que sigue jugando en el agua. El hombre tortuga los mira  y vuelve a su periódico con una expresión de calma como si acabara de poner el mundo en orden. Ese mundo ordenado me recuerda el caos del mío. Uno a uno vuelven los pensamientos transformados en reproche, las imágenes de lo que dejé ir, los desafíos que por miedo no acepté, la destrucción de lo más amado, una torpeza existencial que me carga de culpa y desprecio. He tomado mal cada decisión importante de mi vida. Llegado el tiempo de las encrucijadas, siempre me equivoqué, y cada vez aboné mi error con una teoría propia que era pura retórica falsa construida para la ocasión, una forma de convencerme de que estaba en lo cierto. Pero me equivoqué y ahora pago el precio. Pensé demasiado; el pensamiento siempre antepuesto al corazón. Ya no quiero pensar. No he venido a eso.

Decido que voy a hablarle. No sé de qué, pero quiero escuchar su voz, saber si emite gruñidos o palabras. Eso ha de confirmar mis sospechas. Guardo la esperanza de que no pueda responderme, de que, en efecto, sea un reptil con aspecto humano, casado con una bella mujer que le ha dado un bello hijo. Mi cerebro trabaja a ritmo de vértigo mientras recorro la distancia que nos separa y pienso cómo iniciaré la conversación. Pero nada se me ocurre y me encuentro demasiado pronto a su lado. El hombre tortuga siente mi presencia y baja apenas el periódico. Nos miramos. Buenas tardes, le digo. Me sonríe. Por mi mente pasa como un rayo una atolondrada disquisición acerca del valor de una sonrisa, y en mucho menos de lo que me toma contarlo, evalúo las distintas formas de sonreír, la simbología compleja que aprendemos desde la cuna; me pregunto si los animales sonríen, me digo que no, y, sin embargo…

El hombre tortuga sonríe con algo de perplejidad y, aunque no baja del todo su periódico, es decir, no me franquea el ingreso a su mundo ordenado, tomo esa sonrisa como un estímulo y me atrevo a más. Le pregunto por la cotización de la moneda. Acentúa la sonrisa y alza los hombros esos extraños hombros que no se arquean, sino que suben horizontales, como una barra de hacer pesas. Tiene unos dientes hermosos, unos grandes dientes blancos que me decepcionan un poco. Hubiera preferido unos dientitos pequeños, amarillos, puntiagudos, pero no, son unos hermosos dientes bien cepillados. La cotización, repito y veo en su rostro un ligero gesto desolado cuando no la encuentra. Me siento un idiota. Pido disculpas, ni sé cómo, con una reverencia o con las manos; es tanta la turbación que me he puesto colorado, torpe hasta el límite del tropiezo. Vuelvo a mi lugar y cierro los ojos por unos momentos hasta controlar el ritmo de la respiración.

No sé si el hombre tortuga me está mirando, si ha vuelto a su periódico o si piensa que un idiota se ha acercado a hablarle en un idioma que él desconoce, un idiota que no se dio cuenta de que las tortugas no hablan como los humanos. Quiero morir de la vergüenza y pienso si no debo abandonar el hotel. Pongo mis cosas en un bolso de lona y vuelvo a mi cuarto con la intención de no salir hasta la mañana siguiente.

Tumbado boca al techo sobre la cama de dos plazas en la que duermo atravesado, miro las aspas del ventilador y cuento las vueltas por minuto. Trato de olvidar, pero la imagen del hombre tortuga está instalada en mi pensamiento. Ya no es la deformidad lo que me atormenta, sino esa paz con que lo he visto sonreír. Es un hombre feliz, pienso, un hombre con una mujer que lo mira con ternura y un hijo que hace piruetas para él.

Mi soledad se espesa en la pequeñez del cuarto y siento que me voy a asfixiar aunque las ventanas estén abiertas. Nadie me echará de menos, nadie va a preguntar por mí. Me encontrarán muerto por la mañana cuando vengan a limpiar la habitación. Es una suerte que sea en un hotel, me digo; en casa demorarían más. Busco el teléfono y compruebo que está al alcance de la mano, aunque no sabría a quién llamar. Respiro como me han enseñado, con lentitud, pero con firmeza, concentrado en el aire que sale y entra. Poco a poco me sereno y ya no me siento morir. No sé cuánto vivirán las tortugas, pero supongo que yo estoy en la mitad de mi vida –o en el final, cómo saberlo y que no he hecho nada importante, ninguna huella que vaya a dejar cuando ya no esté.

Daría los años por venir a cambio de ser el hombre tortuga durante unos días, unas semanas quizá. Lo doy todo, mi casa, mi auto, la cuenta en el banco, este cuerpo de proporciones correctas a cambio de saber qué se siente en la piel de ese hombre. Quiero dormir junto a su mujer y que me despierte con el roce de su mano, y que al despertar vea su mirada enternecida. Y quiero que su hijo sea mi hijo, y que haga piruetas y salte desde el trampolín solo para satisfacerme.

También quiero llorar. Si pudiera, pero apenas una lágrima se forma, ya se está secando y nunca acaba de resolverse la tristeza en llanto. No sé llorar. Tampoco sé cuándo dejé de hacerlo, o cuándo desaprendí la función esencial del llanto. Ni si lloran las tortugas. Nada, esta tarde soy un hombre solo tumbado en diagonal, ahora boca abajo, sobre la cama estéril de un hotel al que he venido con la ilusión de inventarme unas vacaciones. Pero mi descanso está siempre lejos de mí. Llevo en mi alma el desasosiego del tiempo perdido y no hay lugar ni espacio a los que pueda huir.

Me incorporo con gran dificultad. Camino a paso lento, demasiado lento, hasta la ventana y miro en dirección a la piscina. Busco entre la gente que se oculta bajo las sombrillas blancas o toma sol en las tumbonas. Una pareja de viejos juega a las cartas y otro viejo los mira de pie, con las manos detrás de la espalda. Hay una mujer gorda que pela frutas para unos niños igualmente gordos que van y vienen del agua. Hay una familia, o algo que así me lo parece, una familia que tiene la indecencia de mostrarse feliz. Y hay alguna mujer y algún hombre falsamente solos porque es una soledad de búsqueda, de llamada, una soledad que es casi un grito de apareamiento, una soledad que quiere y pronto tendrá su compañía.

Y está el hombre tortuga que ya ha dejado su periódico y parece dormir o quizá tome sol mientras su mujer seca con una toalla al hijo de ambos y lo lleva de la mano a comprar comida. Peso mis posibilidades: leer, comer, caminar, tomar una siesta. Nada mal para un hombre que descansa, pero a mí se me antoja todo de un tedio insoportable, y el paso del tiempo un tormento pastoso del que solo el sueño me salva. A veces.

He venido a este hotel como voy a todas partes, es decir, huyendo. Pero siempre me topo con la frustrante realidad de que allí donde voy, me encuentro en el reflejo cruel que me devuelve la alegría ajena. Siempre estoy yo esperando a ese otro yo que viene en busca de algo que altere el ritmo de la noria y lo haga sentir de veras vivo; siempre estoy yo, el hombre abúlico, desesperanzado, el hombre que ha perdido toda fe y no tiene una razón para seguir viviendo ni fuerza para morir. Yo, el triste, aguardando al hombre que cada tanto encuentra un poco de aliento, empaca y sale hacia cualquier lado, a ver si la vida lo sorprende y lo arranca de este peligroso pretil por el que camina.

Mañana he de armar mi bolso para regresar a la realidad de la que nunca me fui, la de todos los días, el mismo aburrimiento que llevo conmigo a todas partes, que arrastro como una piedra de condena. Mi soledad es mi hogar, mi casa es mi dolor y llevo mi casa a cuestas. Allí donde yo estoy, ella va. Una vez más he fracasado en el pequeño intento por cambiar las cosas. Y una vez más he de regresar, con mi caparazón de hombre solo, vencido.

Tocan a la puerta. Me lanzo de la cama y corro a abrir, pero no hay nadie. Sobre el felpudo, han dejado el periódico de la tarde.

Cuento perteneciente al libro El rap de la morgue y otro cuentos (La Pereza Ediciones, 2013). El libro se puede adquirir aquí.

Foto: Leo Barizzoni

Foto: Leo Barizzoni

Claudia Amengual (Montevideo, 1969) es licenciada en letras por la Universidad de la República. Es autora de las novelas La rosa de Jericó, El vendedor de escobas, Desde las cenizas, Más que una sombra y Falsas ventanas. Forma parte de grupo de escritores latinoamericanos Bogotá39.

En 2006, su novela Desde la cenizas recibió el premio Sor Juana Inés de la Cruz que otorga la Universidad de Guadalajara y la Feria del Libro de esa ciudad.

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Esta entrada fue publicada el 01/03/2014 por en Narrativa.
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