Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Luis despacha mermelada

TOSO DONCSEV

 

La tienda estaba repleta de clientes, cuando una mujer corpulenta pidió media libra de barra de mermelada. El viejo Luis, visiblemente congelado, a pesar de la camisa de franela y del pulóver de lana que llevaba bajo la chaqueta, tiritaba en la tienda sofocada por el hedor de los cuerpos, y su mano temblaba como una hoja de álamo. Cuando agarró el cuchillo parar cortar la masa prensada en forma de ladrillo, dio miedo que se cortase un dedo. La balanza mostraba apenas una onza más de lo que había pedido la mujer, pero la doña se aferraba a la media libra. En vano el viejo Luis trató de persuadirla. Hasta que al fin suspiró, se encogió de hombros, y para poner fin a la disputa, mordió un pedazo del llamado tocino de Hitler, lo envolvió en papel encerado y se lo puso a la mujer en la mano. La arpía horrorizada se puso a chillar al tocar el paquete baboso, y con asco lo echó al suelo; luego recogió la mermelada maciza.
Todo el mundo se quedó mirándolos. Pero el viejo Luis los observaba sin entender nada. Tomó lo que le había quedado de mermelada y se embadurnó la cara verrugosa, de mentón hirsuto. Aún después de salir a la calle, los clientes comentaban indignados el escandaloso suceso.
Cuando el dueño arrastró a Luis al almacén, un olor penetrante a orina le asaltó. Se dio cuenta que el viejo iba con la bragueta abierta y el pantalón mojado.
–¡Tómese un trago para reponerse! –le dijo acercándole un vaso de aguardiente, que él mismo vació para calmar su rabia–. Y cámbiese el pantalón, tiene uno colgado detrás de la puerta. Después póngase a barrer o váyase a casa, lo que quiera, pero no me haga más líos aquí.

 

Como cada mañana, también ese día memorable, el viejo Luis fue a la tienda a través de la Plaza de la Libertad. Le agradaba el silencio del parque desierto a esas horas de la mañana. Miraba las estatuas grises y los árboles ondeando en la brisa. Sus vecinos le habían advertido que no pasase por allí, porque corría el rumor que chavales armados hacían estragos en la plaza. él no les había escuchado, seguro de que nada tenía que temer.
Ese día, frente al Palacio de la Bolsa, unas sombras colgaban de los árboles. Se frotó los ojos todavía adormecidos, se acercó y se dio cuenta que eran cadáveres. Se movían lentamente en la brisa. Los tobillos parecían que se hubiesen alargado o que los pantalones se hubiesen encogido. Era un espectáculo horrible y cómico a la vez.
El viejo se quitó la papalina marrón, y la apretujó en el bolsillo de su abrigo. Plantado allí, no se dio cuenta de los zagales armados que se le acercaban.
–¿Qué pasa viejo? ¿Estás papando moscas? ¿Acaso son parientes tuyos? ¿Tú también eres un judío apestoso como éstos? –le preguntó un joven alto con cara de niña.
–¡No, no soy judío! –se defendió el viejo–. No tengo nada que ver con esa gente.
Efectivamente, siempre les evitaba. No quería saber nada de lo que les estaba pasando. Y ahora se arrepentía de no haber escuchado las advertencias de sus vecinos. Una vez más, esa maldita curiosidad suya lo metía en líos. Se quiso ir, pero un muchacho con metralleta lo agarró del brazo:
–¿Adónde vas viejo? ¿Tienes prisa? ¡Ven a charlar un rato! ¿Entonces dices que no eres judío? –le interrogó con ironía.
–¡Sí, señor! –contestó–. No lo soy.
–Enseguida vamos a ver si dices la verdad, porque si mientes te colgaremos a ti también.
Luis miró hacia arriba, a las cabezas dando vueltas de los muertos, y se le pusieron a temblar las piernas. Pensó que los muchachos no bromeaban, a pesar que, dándose golpes en las rodillas, se reían a carcajadas.
–¡Vamos, sácate la cosa! –prosiguió el que llevaba el mando.
–¿Cómo dice? –balbuceó Luis. ¿Qué saque qué?
–¡El bicho, diablos! ¿Cómo tengo que decirte para que me entiendas, viejo idiota? Te queremos ver el rabo.
–Pero, ¿aquí, a la vista de todos? –protestó el anciano.
En la Plaza de la Libertad no se movía un alma.
–Sí, aquí, para que estos señores se aseguren que no mientes –y con una larga sonrisa le guiñó un ojo a sus compañeros.
La mano derecha del viejo Luis temblaba tanto que tuvo que ayudarse con la izquierda para desabotonarse. Luego se metió los dedos en el calzoncillo donde se escondía el instrumento, pegado entre cuatro pelos, como para sacar un conejillo del nido.
–¿Qué pasa? –gritó el joven. ¿Tengo que ayudarte?
Al fin Luis pudo sacarse el pene arrugado, que los mozalbetes examinaron soltando carcajadas estridentes.
–Está bien, viejo de mierda. No eres judío. Tuviste suerte de escaparte del cuchillo. Pero dinos: ¿por casualidad no eres uno de esos impíos comunistas?
–Yo señores –contestó el anciano– no soy ateo. Soy un húngaro honesto, católico romano de religión.
–Entonces, arrodíllate y reza.
No lo dejaron abotonarse la bragueta. Lo empujaron de rodillas.
–Este quiere rezar agarrándose el rabo. Junta las manos y empieza.
–Padre nuestro que estás en los cielos –balbuceó Luis. Desde su boda no recitaba la oración del Señor. Tampoco iba a misa, en vano se lo rogaba su triste esposa, domingo tras domingo.
–Sigue –le mandó una voz.
–Santificado sea tu nombre, venga a nosotros tu reino –murmuró–. El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy –aquí se paró un instante, pensando que no había pan en casa, y que debía llevar una molleta de la tienda–, y perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.
Se le hizo un nudo en la garganta. Ya había ajustado cuentas, solo esperaba que esa vergonzosa tortura se terminase.
–¡Sigue! –le ordenaron.
–¡No hay más! –se sorprendió el viejo diciendo.
–Entonces, vamos con el Ave María.
A Luis le vino un deseo irresistible de orinar. Se levantó para aliviarse contra el árbol, la horca de ocasión, pero el jefe del grupo lo mandó a ponerse otra vez de rodillas.
–¿Orinar rezando? –le gritó–. ¡Aguanta! ¿Eres un perro de realengo que orina en cada árbol?
–Ave María –susurró el anciano.
Pero no pudo aguantar el deseo impulsivo de la orina. Chorreaba, empapándose el calzoncillo, las medias y el pantalón. El líquido amarillo se acumulaba en un pequeño charco a sus pies.
Cuando terminó la oración y levantó la cabeza vio que los jóvenes bromistas ya andaban lejos, en el otro extremo de la plaza. Entonces, Luis se postró, apretó la frente sudada contra el suelo y así, aturdido y encorvado, se puso a llorar.
Luego se levantó y se fue a la tienda.

 
 
Traducción de György Ferdinandy
 

Toso Doncsev (Foto cortesía del autor)

Toso Doncsev
(Foto cortesía del autor)


 

Toso Doncsev nació en Budapest, Hungría en 1944, hijo de familia de inmigrantes búlgaros. Hizo sus estudios en filosofía y letras en la Universidad de su ciudad natal. Su carrera política culminó con su nombramiento como secretario de Estado. Es actualmente director de la Casa de Hungría en Sofía, Bulgaria. El cuento aquí presentado pertenece al libro La felicidad maldita de Tía Ica: una crónica familiar publicado por la editorial Qualiton, en 2006.

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Esta entrada fue publicada el 01/03/2014 por en Narrativa.
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