Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El platanal

ERNESTO GARCÍA

 

Estábamos allí, en el platanal, detrás de las letrinas. De frente, mirándonos con caras de pocos amigos, con odio, mascullando frases hirvientes que sacaban chispas a nuestros rencores.
  No recuerdo más que el inicio de su nombre, que comenzaba con X, y no me importaba, estaba dispuesto a herirle su hombría como él a matarme mi fama de bravucón.
  El platanal rezongaba, el viento traía la pestilencia de las letrinas. La mierda daba al cuello sin que medie la poesía o el símil. Ese olor penetrante se fundía con nuestro olor a batalla. Ambos estábamos convencidos de que la peste delataba la debilidad del contrario. La realidad era otra, ni él ni yo estábamos cagados, ni había entre el espacio que nos dividía ningún indicio de miedo.
  Tres horas antes, en el surco de tomates, X creyó que yo era “carne fácil de tragar”.
  –Oye, comemierda, termíname el surco que voy a surnar.
  Me echó una mirada profunda, de esas que suele retumbar en las piernas del cobarde e invita a humillarse. No era mi caso, estaba acostumbrado a lidiar con toda clase hombres; de todas las edades, razas y tamaños. Mi barrio me había entrenado en la capacidad de vencer y en la defensa del honor. El miedo era para los gallinas. Cuando suena el silbato de las hostilidades, no solo se defiende la hombría propia sino el buen nombre de todo un barrio.
  –Que lo termine tu madre –le dije con seguridad.
  No dijo ni pío, entendí que el mensaje había llegado claro. “Yo no soy criado de nadie, que cada cual termine su trabajo y se joda todo el mundo a la par”. Se dio la vuelta y buscó a otro para sus trajines.
  Él tampoco sabía mi nombre, no le importaba, seguramente me veía como otro “chamaco sin temple” al que sería fácil traquetear. Estaba equivocado de a cuajo, “yo soy la espina”, “la piedra en el zapato” y no perfume de ensoñaciones. Entre el quejido de las largas hojas; los improperios: “Maricón”, “El coño de tu madre”, “Hijo de puta”… eran un bumerang que retumbaba de uno y otro lado. Frases cortas, punzantes; la fanfarria obligatoria para alarmar las propias huestes: la hombría.
  Estaba comiendo un trozo de pan viejo cuando vino “el tilapia”. No necesitaba hablar, sabía que traía noticias de duelo. Pequeño y asustadizo con ojos de igual manera. Casi no podía tragar. No necesitaba hablar pero lo hizo:
  Él quiere verte en el platanal.
  Era la noticia que esperaba. Pensé que se había olvidado y me convenía, mi historial de peleas era más extenso que el de surcos de tomates terminados y corría el riesgo de la expulsión. No se puede evitar lo inevitable, por lo que no di asomo de sobresalto. Sin dejar de mordisquear el pan y con la boca llena de migajas secas, asentí.
  “El tilapia” salió corriendo rumbo a las letrinas y lo perdí de vista más allá de sus propios olores.
  Cuarenta y cinco días al año nos llevaban internados a trabajar los campos. A veces eran tomates, otras papas, tabacos; las menos frutas. Cuarenta y cinco días de total supervivencia, de disciplina militar. No eran las cinco de la mañana cuando se escuchaba aquella detestable frase “De Pie” que se repetía y crecía entre los profesores y se fundía con los bostezos de los muchachos. Algunos profesores eran patrióticos a esas horas de la madrugada y cantaban: “De pie América Latina (…) ¡a luchar, a luchar, a luchar!”. No sé que odiaba más si aquel despertar estrepitoso, la jornada de ocho horas en el campo o todo el componente político-educativo que nos esperaba en unos diez minutos cuando en formación escucháramos el matutino.
  Habíamos dejado las comodidades de la ciudad, no por voluntad propia, para devolver a la sociedad las “gratuidades” de estudiar y tener hospitales. Yo vivía en un cómodo apartamento en una zona que antaño había sido barrio de la clase media. Vivíamos, mi madre, mi padrastro, una jicotea y yo. Había suficiente espacio para todos; sala-comedor, dos baños, dos cuartos, cocina y un pequeño patio donde mi abuelo solía refrescarse de los calores tropicales y las amenazas constantes de infartos.
  “La escuela al campo” era voluntariamente obligada, como casi todo en nuestro entorno social. Todas las escuelas de la ciudad eran trasladadas seis semanas al año a campamentos en zonas rurales, donde vivíamos y trabajábamos como adultos en tareas de la agricultura. Durante ese tiempo, y esta era una de las pocas bondades de aquel encierro, no estudiábamos, no había pruebas; las preocupaciones cambiaban radicalmente. Los más pequeños; ocuparnos de sobrevivir en aquel medio hostil. Los mayores disfrutaban de ocultas libertades: bebida, cigarro y sexo. Yo tenía doce años, mi prioridad era sobrevivir y abrirme paso en la vida de las disparidades. “Cría fama y acuéstate a dormir”. Era mi primera “escuela al campo” por lo cual tenía que asentar mi nombre a costa de la violencia.
  Caminé hacia el platanal mientras calculaba como ganar aquella pelea desigual. X era tres años mayor y a esas edades la diferencia en tamaño y fuerza es abismal, agravado por algunos meses de ejercicios y pesas que delataban sus desarrollados bíceps y pectorales.
  Llegué al ruedo escogido, entre el verdor y la peste. Aquellos platanales parecían sembrados con entera voluntad de crear un coliseo para las peleas de los muchachos. Durante los próximos seis años reparé que cada campamento tenía su arena donde citarse para apolismarse la cara.
  Llegué sin un plan, pero me asombró la bajeza de este personaje. X había convocado a tres muchachas para que vieran seguramente como el gran gladiador abatía a la bestia. Aquello me molestó pero inmediatamente acrecentó mi valor y mi odio. Era inexcusable perder la pelea, aquellas niñas correrían la voz por todo el campamento un par de minutos después del último golpe. Perder no era una opción, pero ganarle a aquella mole era un sueño.
  Allí, uno frente al otro no quedaba más que comenzar.
  No perdí tiempo, me abalancé, sentí el contacto y mi cuerpo volar. Caí de espaldas sobre la tierra y ágilmente me repuse para la segunda embestida que produjo el mismo resultado. En fracciones de segundos reparé en que la batalla tenía que ser cuerpo a cuerpo, enredarnos lo más rápido posible antes que comenzaran los golpes y puñetazos en los cuales yo tenía menor alcance. Abracé, sujetó, trabé, apretó, empujé y caímos. El peso de sus músculos me aplastaba contra la tierra. Pasaron muchas ideas e imágenes por mi mente. Vi a las muchachas gritar y aplaudir a su favor, mientras “el Tilapia” ardía en tracatanerías –¡Termínalo! ¡Termínalo!
  Mi mano, sin que mi consiente interviniera, tanteo dentro de mi bolsillo y encontró un viejo abridor de latas ruso que tenía una punta oxidada de un centímetro. Empuñe el cabo de madera mientras él presionaba violentamente su codo contra mi garganta. Ahogándome elevé el abrelatas y con la otra mano apreté su cuerpo contra el mío para que no se escapara. Le clavé más de cinco veces aquel centímetro de hierro afilado y en cada estiletazo le apresaba con brazos y piernas dejando correr el corte como quien afila un machete.
  Un aullido agudísimo aterró a las bellas espectadoras y sobrecogió a su compinche. “El Tilapia” huyó tras el primer chillido. X gritaba como un puerco escurriéndose de mi magistral corchete de manos y piernas.
  Yo estaba tumbado cuando le vi correr hacia los lavaderos al costado de las letrinas. Llevaba la espalda tasajeada y maltrecha.
  Me puse en pie, desempolvé el pantalón y la camisa beiges, limpié la sangre del abrelatas y me interné en el platanal. Tanta pelea y tanta sangre hizo que el trozo de pan viejo me produjera cólicos.
  En un platanal no solo es un placer reñir; también cagar.

1996

 

Ernesto García  (Foto de Eva M. Vergara)

Ernesto García
(Foto de Eva M. Vergara)


 

Ernesto García (La Habana, 1969). Dramaturgo, director teatral, músico y diseñador. Cursó estudios de Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Desde muy joven comienza su carrera como músico trabajando en radio, cine y televisión. En 1990 se une como actor y músico a la compañía teatral más importante del país, Teatro Estudio, donde trabaja bajo la dirección de Raquel y Vicente Revuelta en obras como Concierto Barroco, Medida por Medida entre otras. Es en esa época que escribe su primera obra teatral, El mismo viejo temor y algunos entremeses. A fines de la década de los ochenta comienza su trabajo en la radio manteniendo por años varios proyectos y programas. En 1995 se exilia en Miami, donde inmediatamente trabaja con diferentes grupos teatrales como Avante, Prometeo, La Ma Teodora por nombrar algunos, como músico y diseñador de luces en obras como; Balseros, Suandende y Persecución, A Park In Our House, El álbum, El enano en la botella, La Feria de los inventos, Manteca… En el año 2000 crea uno de los portales en español de Teatro más importante: TeatroenMiami.com, escogido por Yahoo como uno de los 10 mejores portales en Español en el 2003. Es precisamente en ese año que estrena y dirige su primera obra en Miami, El Celador del Desierto ya con el sello de su propia compañía teatral Teatro en Miami fundada junto a su esposa, la actriz y profesora Sandra García. En el 2004 escribe y dirige el documental Raíces Aéreas: Dramaturgos, estrenado en varios festivales y universidades en todo el país. Improvisando a Chejov es su última obra antes de fundar en el 2007 Teatro en Miami Studio un laboratorio de investigación teatral donde escribe y dirige sus obras: Sangre, Aromas de un viaje, El Reloj Dodecafónico, Enema, Al Horizonte no se llega en una barca de papel, Fifty Fifty, Oda a la tortura, Diente por Diente. Hace versiones con piezas de Shakespeare, Chejov, Pirandello y Montes Huidobro. Ha escrito y dirigido dos cortometrajes: En un lugar… y El Cuadro. También innumerables proyectos y guiones para la cadena televisiva Telemundo. Parte importante de su trabajo teatral es la formación de jóvenes teatristas; actores, diseñadores de luces; la formación de creadores a partir de la investigación teatral y el trabajo sobre el escenario. Este estudio será material para un libro sobre el arte del teatro.

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Esta entrada fue publicada el 28/06/2014 por en Narrativa.
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