Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

“Espectros” y “Mercaderes”

RODOLFO MARTÍNEZ SOTOMAYOR

 
Espectros
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El pidió otro vaso de cerveza ligera; detrás del mostrador las meseras se movían con prisa. Ella se inclinó sobre su hombro y puso la mano derecha en su muslo.
  Contemplaba su pelo en el espejo, le gustaba ese color rojizo y sus ojos color del tiempo cuando la luz mortecina le acentuaba el brillo. Miraba ahora el orden irregular de las botellas que descansaban sobre el gabinete con un anuncio de Johnny Walker. Ella dijo con voz parsimoniosa… “el amor es una droga dura”, esa voz aniñada lo calmaba. Ella citaba ahora a la autora de aquella frase.
  No pudo escuchar el nombre, pero prefirió no preguntarlo, para que no se rompiera la solemnidad de ese instante. El amor era una palabra prohibida hasta ese día, como un acuerdo tácito sin decirlo.
  Miraba alrededor, un hombre con casco de marinero hacía chocar su jarra de cristal con la de una anciana que parecía vestida de luto. Tomaba después la cerveza, dejando caer la espuma en su rostro. Una joven con un vestido lleno de plumas provocaba un círculo de cuerpos hacinados que la rodeaban en aquel pequeño bar. La joven danzaba al toque de un tambor que no podía vislumbrar, solo le llegaba un eco prolongado. El círculo aplaudía y la mujer con el plumaje se movía como en un ritual legendario. Un viejo con una espesa barba que decía ser pescador se apareció en la puerta. Ella dijo que lo conocía, que la había invitado varias veces a su barco, pero lo daba por loco; lo que le extrañaba era ese garfio en su mano derecha que no recordaba haberlo visto antes.
  Dejó de mirar a otro sitio que no fueran sus ojos. La tomó de la mano y le dijo que le gustaba su fragilidad. La colocó debajo de su abrigo, le pidió que le contara esa extraña teoría de Schopenhauer sobre los puercos espines.
  Ella le dijo otra vez que en toda relación humana somos como esos animales nada tiernos y con espinas, que el acercamiento siempre es peligroso, pero poco a poco se acoplan buscando esos espacios vacíos hasta fundirse finalmente. No quiso preguntar, según esa teoría, en qué fase estaban ellos; pero le gustaba la manera en que la sentía tan cerca, la forma en que escuchaba su rápida respiración. Salieron de aquel bar y atrás quedaba la música, ya colindante con el ruido. Ahora veían un anuncio de fonda griega donde una adolescente danzaba mientras un hombre vestido de blanco, dejaba caer papeles a sus pies. Llegaron hasta el árbol enorme y él le dijo que se trataba de un Banyan. La luna llena emitía una luz abarcadora. Se iluminaban las raíces que sobresalían de la tierra y formaban una escultura orgánica que convidaba a su contemplación. Ella se recostó a la corteza y colocó los brazos alrededor de su cuello. A él le gustó besarla despacio, recorrerla después hasta su cintura, entre los muslos, por sus senos pequeños. Ella intentaba evitar ese viaje, pero disfrutaba sentir el peso de un cuerpo cálido, manos que se le hacía difícil detener mientras parecían dibujarla, más que palparla con total desenfado. Una mezcla entre ternura y ese instinto primitivo que le gustaba, hasta el punto de dejarse colocar sobre la tierra húmeda, cuando él puso su camisa sobre la hojarasca, y la penetró con intensa euforia sin apenas quitarle el vestido. Vino después el convencimiento de que mejor estarían entre cuatro paredes. Entró en su auto y él dijo que la seguiría, pero al salir de la oscuridad, la perdió de vista. Inútil fueron las insistentes llamadas, ella nunca respondió. Él regresó al bar al día siguiente, el lugar no parecía el mismo, la luz del sol le borraba el misterio que ejercía la noche. Le preguntó sobre ella a un hombre vestido de frac que lo había visto saludarla al entrar; pero la respuesta fue desconcertante, le dijo que él estaba solo aquella noche y no lo recordaba junto a ninguna mujer.
  Ella también lo vio perderse en aquella estrecha senda oscura, lo miraba por el espejo retrovisor, como una luz difusa entre las ramas, hasta que solo fue un destello tenue, leve. Inútiles fueron las llamadas, no hubo respuesta alguna.
  Regresó a aquella antigua mansión de estilo mediterráneo, grandes columnas de corales formaban una cerca de la que brotaban helechos. El olor a jazmines húmedos se impregnaba en el aire, y ese viento penetraba por las grandes ventanas entreabiertas. Se detuvo a la entrada de la casa club entre los Banyans y preguntó al custodio, un hombre vestido con un viejo frac, por un joven merodeando los alrededores. Él dijo que esa casa era un museo, y que solo venían turistas en grupos.
  Una guía señalaba la foto del antiguo dueño, mientras un grupo de turistas escuchaba la leyenda sobre el extraño suicidio de ese industrial, después de la desaparición de su esposa; también contaba cómo fueron encontrados durante una excavación de las propiedades, los restos de una mujer y un hombre. Se ha comentado mucho de su origen, pero dicen que es pura leyenda.

 
 
 
Mercaderes

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Sara colocó palomas en el hombro de David, y sobre su asno trabajos de alfarería, segura que con la venta en el templo, se convertirían en denarios. David puso una sobre otra las jaulas de palomas. Después de un largo camino tenía al Templo frente a él. Las pesadas escaleras tornan en lentos los pasos. En ese sitio se suplica el milagro y se ofrece a cambio un sacrificio. Un cordero bala como un preludio a la muerte segura. David intentará volver en oro su mercancía. Todo canje es un negocio, piensa él, no es pecado entonces vender palomas para ganarse la vida.
El horizonte orlado se convierte en arcoíris de mantas que levantan el polvo. Los corderos siguen el lamento como una súplica inútil sobre el hombro de los pastores. David mira la muchedumbre que va llenando todos los espacios en el Templo de Herodes. Allí estaba el patio que llamaban, la corte de los gentiles, donde peregrinos llegados de todas partes se acercaban hasta las tablas de los cambistas, ponían sobre ella monedas griegas y romanas y recibían a cambio las judías y tirias. El sonido del ganado se confundía entre los gritos y un olor a pasto verde se aspiraba en el aire. Un hombre de espesa barba y lujosa túnica llegó lentamente junto a un séquito de criados.
  David pregonaba las virtudes de sus palomas. Susurraba en su mente una plegaria al Dios de Israel para que aquel hombre de rica apariencia llegara hasta él. Las palomas asoman sus cabezas entre los barrotes de madera. El pudiente mercader dice que comprará toda la mercancía de David. Él miró al cielo y agradeció a su Dios por este día; pero entonces llegó aquel loco violento y entró al templo con gritos y ofensas, tomó un látigo y lanzó sobre el piso las jaulas, rompió en pedazos enseres y transformó en cenizas el preciado barro.
  Hizo también volar muy lejos las blancas palomas. Fue difícil que Sara escuchara en paz la historia del látigo y el loco, pero el Dios de Israel es vengativo. Sara y David conocieron esa tarde el llanto y el crujir de dientes, llamaron al gran Dios de Israel pidiéndole venganza, se postraron ante el altar con ofrecimientos de corderos. La divinidad se hizo presente y David ha sabido que días después su pueblo justiciero capturó al villano. Ellos agradecieron a Yahveh por el milagro de la justicia, el ojo por ojo y el saber ensangrentado al loco del templo. Corren a ver con placer, la manera en que camina entre latigazos por la calle, mientras la multitud le grita. Ellos también lanzan piedras y van más tarde al lugar del suplicio. Ha crecido su fe y la confianza en su Dios, saben que la ley del talión siempre llega de un cielo justiciero. Han reído después al saber que aquel loco se proclamaba hijo de Dios y se llamada Jesucristo.

 

Rodolfo Martínez Sotomayor (Foto de Eva M. Vergara)

Rodolfo Martínez Sotomayor
(Foto de Eva M. Vergara)


 

RODOLFO MARTÍNEZ SOTOMAYOR (La Habana, 1966). Ha publicado los libros Contrastes (La Torre de Papel, Miami, 1996), Claustrofobia y otros encierros (Ediciones Universal, Miami, 2005I), la compilación de textos Palabras por un joven suicida: homenaje al escritor Juan Francisco Pulido (Editorial Silueta, Miami, 2006) y Tres dramaturgos, tres generaciones (Editorial Silueta, Miami, 2012). Cuentos suyos han sido incluidos en recopilaciones y antologías como Nuevos narradores cubanos (Siruela, Madrid, 2001), traducido al francés por Edition Metalie, al alemán por Verlag, y al finés por la editorial Like, Cuentos desde Miami (Editorial Poliedro, Barcelona, 2004), La isla errante (Editorial Orizons, París, 2011), Cuentistas del PEN (Alejandría, Miami, 2011), Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Ediciones Universal, Miami, 2001). Su cuento Encuentro fue traducido al húngaro por la revista Magyar. Algunos de sus poemas aparecen en las recopilaciones Poetas del PEN, (Ediciones Universal, Miami, 2007), La tertulia (Iduna, Miami, 2008), y La ciudad de la unidad posible (Editorial Ultramar, Miami, 2009), traducida al inglés por la misma editorial. Ha publicado críticas de cine, de literatura, de teatro, artículos de opinión en revistas y periódicos como: Carteles, Diario Las Américas, Encuentro, El Nuevo Herald, El Universal. Fundador y Presidente de la Editorial Silueta; codirector de la Revista Conexos.

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Esta entrada fue publicada el 28/06/2014 por en Narrativa.
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