Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El iluminado y otros relatos

JANISSET RIVERO

 
PAREDES

Cuando abrió los ojos estaba llena de sudores y temblaba. Allí, en un banco del parque, su cuerpo seguía tendido arrastrando hasta el suelo un vestido harapiento y gris. Tenía miedo, sus ojos lo decían. Tenía miedo siempre que despertaba. Volvían a aparecer aquellas paredes que rodeaban todo como un manto transparente.
  –Ellos las ven –pensó–, ellos deben saber que las paredes nos separan, nos aíslan y… no quieren escuchar los gritos, las quejas.
  Se incorporó con el rostro rígido y lleno de odio:
  –¡No quieren escucharme! –gritó–. ¡No quieren escuchar el dolor! ¡No quieren que les duela! ¿Verdad?
  Sus ojos se llenaron de lágrimas:
  –¡Las lágrimas no derrumban las paredes! ¡Malditas sean las lágrimas! ¡Malditas! No quiero que salgan. ¡Hacen daño! ¡No quiero que corran!
  Con un manotazo brusco quiso borrarse las lágrimas, pero fue inútil. Ya corrían por su rostro como una cascada.
  El parque tenía el suelo cubierto de hojas otoñales y la brisa era fría y seca. La gente caminaba sin prisa entre los árboles. Una mujer limpiaba la estatua del centro, un hombre leía pacientemente la página de sucesos en un viejo periódico, y un pintor, al otro lado del parque, concentrado en sus lienzos, silbaba alguna melodía.
  Nadie escucha el llanto, su llanto, aunque el aire intranquilo, sembraba los sollozos por todos los rincones.
  Caminó algunos pasos y se dejó caer sobre sus rodillas.
  –Hemos perdido el tiempo –balbuceó–. ¿Dónde? ¿Dónde lo habremos perdido?
  Las manos maltratadas y sucias buscaban entre sus ropas, dentro del saco de papeles viejos, entre las grietas del piso.
  El pintor levantó levemente la cabeza y lanzó una mirada de tristeza hacia la mujer que aún buscaba inútilmente.
  En un instante paró de buscar, y súbitamente levantó la mirada como si hubiese descubierto algo.
  –¿De qué nos sirve encontrar el tiempo –pensó–, si también nos robaron la esperanza?
  Se incorporó con rapidez y gritó a todos.
  –¡Oh! ¡Sordos!, ¡Mil veces sordos, y ciegos y muertos! ¡Anestesiados por el cansancio! ¿No veis que el camino lo obstruyen las paredes? ¿No veis que han robado nuestra esperanza? ¿Acaso no escuchan el aire chocar contra aquel manto transparente?
  Comenzó a correr atravesando el parque de un lado a otro. Comenzó a gritar frases incomprensibles.
  –¡Por ti!, dijo señalando con su índice el frente de la estatua. ¡Ha sido por ti! –prosiguió acercándose a la mole de hierro y mármol.
  –¡Es hora de hablar! ¡Ya es hora! –gritó mirándola fijamente.
  Un sonido de armas traqueó. Dos hombres fuertes y uniformados la sacaron del lugar entre llantos y gritos.
  Una ráfaga de aire frío levantó algunas hojas del suelo.
  Segundos después, la mujer que continuaba limpiando paralizó su trabajo y miró con asombro la mejilla húmeda del rostro oscuro y brillante de la estatua.

 
 
 
REGRESO

Apenas los primeros rayos de luz rozaban la escueta ventana y ya estaba de pie frente al pedazo de espejo que año tras año lo había visto envejecer. La estrecha cama tenía encima un escaso bulto de libros y otras pertenencias. Silbaba, mientras se afeitaba descubría un rostro pálido y reseco, sólo la oscuridad de aquel lugar pudo haberle coloreado de gris la expresión de la cara. Se quedó entonces pensativo; se le secó el silbido entre los labios y permaneció inmóvil como perdido en algún recóndito agujero de su mente. Un ruido de alas apuradas vino a romperle el silencio… miró suavemente hacia la ventana, una paloma muy blanca acababa de posarse entre los barrotes.
  Ya estaba listo, tomó el bulto y sacó una vasija que tenía grabado algún nombre. Tocó con ella dos o tres veces las rejas que lo separaban de un largo pasillo. Un oficial comenzó a abrir la cerradura mientras él con su mirada recorrió cada rincón de aquella celda, sus ojos se humedecieron y el ave que aún permanecía entre los barrotes, voló repentinamente.
  El estruendo del portón a sus espaldas marcaba la frontera con el pasado. La primera sonrisa, el primer camino libre después de tantos años.
  Había avanzado algunos pasos. Una multitud enardecida se acercaba veloz por la anchísima avenida. Eran miles de voces, miles de cantos y de gritos. Miles de manos alzándose. ¡Se acercaban! Imágenes terribles, armas, violencia. ¡Se acercaban! Un escalofrío le cubrió todo el cuerpo. Ya estaba allí. Retrocedió algunos pasos; una mujer corría cubierta de llanto y con un niño entre los brazos. ¿Cómo saber por qué? Un hombre rudo y armado la apartó del camino de un empujón. Sus ojos no sabían hacia dónde mirar, sintió miedo… regresó hacia el portón y tocó con insistencia. La gente seguía gritando palabras incomprensibles. Volvió a tocar, pero no hubo respuesta. El portón permanecía cerrado, acorralándolo contra la multitud. Todo era inútil. Volvió la vista a la gente y apoyado en el portón se deslizó hasta caer en la acera sin aliento.

 
 
 
EL ILUMINADO

Lo seguí hasta el pie de la montaña. Su paso era lento y despreocupado. Lo había visto pasar tantas veces con el mismo cuaderno entre las manos…
  La gente del pueblo lo llamaba “el iluminado”, decían era una especie de santo que subía a la montaña a comulgar con Dios. Yo presentía que era algo más y aquella premonición guiaba, ahora, mis pasos.
  Comenzó a subir. Ya se encendían los primeros rayos de la aurora. El aire olía a azahares y la montaña era una mole de sombras, llena de pequeñas maravillas. Su paso había asumido algo solemne, religioso. Comencé a subir. Mi corazón no abandonaba el sobresalto. Lo seguí por senderos anchos y llenos de frondosos árboles y flores exuberantes; lo seguí por caminos estrechos y oscuros. Era un extraño elíxir la naturaleza en aquel lugar. Un elíxir que embriagaba el alma. Ya el corazón salía del pecho y caminaba solo. El aire con su inquieto andar producía placer y hasta la tierra, profunda y sedienta, parecía que acariciaba.
  Llegó a la cima cuando el cielo era un enjambre de colores y la luz del sol estaba a punto de romper el hermosísimo velo. Se sentó bajo un árbol milenario cuyas ramas eran tan fuertes y verdes que hubiera jurado que aquél era el árbol de la esperanza. Me quedé a unos metros observando sus movimientos.
  Estuvo allí mirando fijo al infinito por varios segundos. Mientras yo esperaba con impaciencia sin saber exactamente lo que esperaba. Traté de acercarme más.
  Rompía ya el sol el poco gris que le quedaba al cielo, y todo comenzaba a iluminarse. Justo en esos instantes el hombre tomó el cuaderno, sacó un lápiz muy pequeño y comenzó a escribir. Luego de enhebrar casi una hoja de palabras comenzó a decirlas suavemente.
  En un segundo todo se inundó con la gracia de aquellas palabras. Parecía que las cosas nacían todas en el supremo instante en que cada una de ellas era pronunciada. Y mientras se elevaban de la tierra hacia el infinito, corrí cuesta abajo para contar a todos que aquel extraño hombre, huidizo y solitario, no era más que un poeta.

 
 
 
HEBRAS

Despertó antes del amanecer y como cada día, tomó el tejido de sueños inconclusos que había quedado la noche anterior y desatando una a una sus doradas hebras, comenzó nuevamente a tejer cuando ya el sol asomaba sus brillos.
  El tiempo pasaba lentamente en aquella casita solitaria entre montañas y cascadas.
  El camino hacia el sembradío estaba bien definido por una tierra pedregosa que guiaba los pasos. Las flores salían por la pequeña ventana como queriendo saludar al sol, mientras el tejido avanzaba. Pensó en la soledad de un camino definitivo; de un solo tejido; de amanecer con el peso de ayer sobre la espalda, y tejió, entonces con más energía. Rememoró cuantos sueños había tejido a diario desde que tenía tiempo para pensar en ello. Recordó cuantos sueños siempre se le quedaban a medias cuando la noche se hacía más cerrada y cómo así de pequeños y frágiles los echaba a andar a través de la misma noche oscura para que se albergaran desde las oscuridades en la luz próxima del alba. También sabía que muchos de ellos jamás llegaban a cruzar la alta montaña que separaba el camino inmediato de los otros caminos, tan extrañamente infinitos. Y prefirió apurarse porque ya casi iba a ser mediodía. Sólo el interés de nuevos sueños, de nuevos hilos tejiéndose desde sus manos la impulsaba. Esa misión de hacedora de sueños le recordaba qué serían los hombres sin esas miles de hebras con las cuales construir sus esperanzas. Una curiosidad por saber ese destino incierto que suelen tener todas las hebras comenzó a rondarle los pensamientos. Pero luego se convenció que tal vez el por qué es lo único absurdo y terrible de cualquier tejido. Invariablemente cuando a sus párpados los vencía el cansancio de las horas, cada hebra tomaría su camino, y algunas quedarían allí enredadas esperando el amanecer.
  Por un tiempo trató de vigilar las hebras, la curiosidad de saber qué hacían, cómo lograban desatarse de su inmovilidad y ¿por qué? ¿Hacia dónde? Hasta que nunca pudo vencer todo el cansancio de las horas.
  Pero hoy, que tejía con inaudita destreza, cuantos más sueños se le enredaban en las manos, más presentía que habría poco que echar a la noche cuando al fin se doblegaran sus fuerzas. Pensó, entonces, atareada y silente, en una hermosa criatura atravesando todos los sembradíos y tragándose el aliento de sus flores. Caminando (intranquila criatura) entre todos los verdes y todas las piedras y adueñándose con el brillo de sus ojos, de todo cuanto hay por hacer. En verdad le esperaba con toda ansia para entregarle las agujas y las hebras, sólo a aquella criatura podía vibrarle entre los dedos la fibra inextinguible del tejido. Blanco ya de un cansancio inusual, por vez primera, en todos los segundos de sus días, abandonó el tejido en el viejo sillón, se asomó a la ventana y entre un pétalo y otro, dejó correr su vista hacia el final de camino y escuchó, ya muy cerca, un silbido extraviado entre miles de aromas y riachuelos, y apoyando una sonrisa en el marco blanquísimo de la ventana, alcanzó a ver cada hebra deshaciéndose entre la luz de los últimos rayos de la tarde.

 

Janisset Rivero (Foto cortesía de la autora)

Janisset Rivero
(Foto cortesía de la autora)

Janisset Rivero (Camagüey, 1969). Salió de Cuba exiliada y residió en Venezuela licenciándose en Comunicaciones y Publicidad por el Instituto Universitario de Nuevas Profesiones en Caracas, y más tarde en Español por la Universidad Internacional de la Florida (FIU) en Miami. En el año 2003 termina sus estudios de maestría sobre literatura hispanoamericana en FIU.
  Es miembro fundador del Directorio Democrático Cubano. Ha representado al Directorio ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA, y el Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Además es coautora de los informes “Pasos a la libertad” (1997-2008) y “Situación de los derechos humanos en Cuba” (2003-Presente). Asimismo ayudó en la preparación del informe “La tortura en Cuba” (2007).
  Dirige el programa radial “Barrio adentro”. También es co-presentadora del programa radial “Valores humanos.
  Fue instrumental en la preparación y publicación de la novela “Una tumba sin nombre”, del escritor argentino Fernando Gril en el 2009. Y colaboró en la preparación de los poemarios de los prisioneros políticos cubanos Regis Iglesias Ramírez (2004) y Néstor Rodríguez Lobaina (2006); así como el libro testimonial del prisionero político cubano, Jorge Luis García Pérez “Antúnez” (2000).
  Trabajó como editora de la Revista Ideal. Fue organizadora de la peña de lectura e intercambio entre poetas “Poesía desobediente” (2013).
  Ha publicado poemas, ensayos y artículos en periódicos y revistas de Venezuela, Puerto Rico y Estados Unidos. Es autora de los poemarios publicados “Ausente” (Aduana Vieja, 2008) y “Testigos de la noche” (Editorial Ultramar, 2014).

Anuncios

Información

Esta entrada fue publicada el 02/08/2014 por en Narrativa.
A %d blogueros les gusta esto: