Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El Moro

RODOLFO MARTÍNEZ SOTOMAYOR

 

El negro Domingo ponía sobre la carretilla los tubos oxidados. Algunos niños jugaban a levantar el polvo con sucesivos golpes sobre los escombros, después corrían a pisotear las cucarachas que intentaban escapar. Alicia junto a una cerca se tapaba los oídos; no resistía el sonido agudo del metal contra las rocas. Mabel protegía su nuevo vestido del polvo, y Jorgito perseguía lagartijas junto al cercado de madera, que ahora parecía abalanzarse sobre la tierra, después de incontables martillazos. En poco tiempo no quedaría nada de lo que un día fue la casa del Moro, sólo restos que se esfumarían con los días, historias del barrio sin mayor trascendencia.
  …Nadie en realidad supo el preciso lugar de donde vino. Llegó con su hijo a un pequeño cuartucho que intentaba convertir en casa día a día. Con zines y cajas en desuso construyó lo que hoy son sólo restos. Su barba siempre parecía polvorienta, las manos callosas. Su pantalón dejaba entrever las huellas que delataban su origen de saco, eran pequeñas letras, mayúsculas semiborradas que una vez formaron las palabras: “CUBA AZÚCAR REFINO”.
  Usaba botas de esas que llamaban “cañeras”. Llevaba una camisa de mangas largas, a pesar del sol, y no puedo distinguir en el recuerdo si era gris o alguna vez fue blanca. Su pelado extremo hacía comentar a muchos que se trataba de un ex presidiario. Se cubría la cabeza, a veces, con un agujereado sombrero de guano.
  Lo acompañaba siempre un negro envoltorio de tela, cargado con las más disímiles cosas nunca vistas, pedazos de espejos, tubos de pasta dental semivacíos, betún para zapatos negros, y algún que otro escobillón ya gastado por el uso, que luego solía reparar. Con el tiempo supimos que su principal proveedor era Cayo Cruz, el enorme basurero de La Habana que tanta utilidad nos dio para pintar nuestros negros y gastados zapatos. Los tintes que conseguía tras largas horas de revolcarse entre aquel hedor, eran vendidos en el barrio por ridículos precios, y otras veces regalados tras un arrebato de alegría provocado por el alcohol.
  Su hijo de cuatro años hacía enorme contraste con su presencia. Nunca se le veía sucio o descalzo, a veces, entre las manos sostenía un juguete que mostraba a todos, extendiendo sus brazos, riendo y diciendo que lo trajo “papita”, que era su forma de llamar al viejo Moro.
  Fue difícil creer que eran ciertas las causas por las que un día la policía llegó a su casa, se lo llevaron esposado y lo encerraron por seis meses. Nadie supo de dónde llegó la delación, decían que había dado alcohol a su hijo, pero él juraba que eso no era cierto, que no era lo mismo ser un borracho que un hijo de puta. De nada valió. Al salir de la cárcel lucía diferente. El estado se había hecho cargo de su hijo, nunca más volvió a verlo, afiló su viejo machete y decidió encontrar otra forma de sobrevivir. Miró el solar de Delia lleno de hierba y ofreció el chapeo por un precio casi de limosna. A veces una limonada fría se unía al pago como la insinuación eficaz para una rebaja. Era el único capaz de deshierbar cualquier solar en sólo un día, era el único capaz de iniciar el chapeo en ocasiones sin condiciones de pago previas. Algunos lo tildaban de loco y sacaban ventajas de esto.
  Estuvo fuera de la cuadra por tres días. Reapareció acompañado de varios envoltorios y se encerró en su casa. Los vecinos comentaban en las esquinas el misterio del Moro. Alguien que no podía resistir la tentación de conocer dónde había estado era Fidelia. Pretextando la necesaria integración de su nombre para su lista de todos los miembros de la cuadra le hizo una visita.
  Fidelia escrutaba cada rincón. El Moro le ofreció café recién salido de una tetera, pero no se creaba la necesaria confianza para intimar con las palabras. Decidió entonces hacer preguntas de forma directa, extendiendo planillas que debía firmar como miembro del Comité; pero el Moro alegó como excusa que no sabía leer. A Fidelia le molestaban esas respuestas, el anhelo de saberlo todo se veía frustrado ante la parquedad del Moro, quien no veía razón para descubrirse ante los otros, más bien parecía molestarle esa sutil imposición a las palabras. Fidelia abandonó la casa sin saber siquiera su verdadero nombre.
  El Moro chapeaba ahora las hierbas silvestres que cubrían las esquinas de la calle. Un manojo de extrañas plantas no sucumbía totalmente al golpe de su machete. Decidió entonces hacerlo ceder halándolo con sus manos. Al salir de raíz, inesperadamente, provocó que el Moro cayera de espaldas sosteniendo aquella planta junto a un pedazo de tierra. En esta posición permaneció por un minuto. Fue entonces cuando vio un vestido de encajes negros cayendo sobre altos tacones. Un rústico bastón lo señalaba, manos enguantadas y ajenas a una imagen tropical. Un velo transparente cubría el rostro de lo que parecía ser una anciana de mediana estatura. Ella le señaló el solar de aquella mansión abandonada donde la enredadera cubría la cerca. Flores de romerillo y esas hierbas que llamaban escoba amarga rodeaban el borde de las paredes que una vez fueron blancas. La anciana dio dos pasos, a la vez que su mano derecha en alto y el dedo índice apuntaban hacia el patio. El Moro intentaba divisar un rostro entre aquel velo que cubría su cara, pero sólo escuchaba una voz que le pedía que limpiara el terreno junto a la casa deshabitada. Los ojos del Moro hicieron un recorrido por las paredes carcomidas, contemplaron la cerca semicaída y los helechos que llenaban el lugar donde alguna vez hubo un jardín. Volvió la mirada buscando a la anciana, pero ya no estaba.
  La primera sensación fue de asombro, después llegó el miedo, el temor a lo desconocido que lo hizo cruzar las rejas que protegían la vieja casa, pero sólo el sonido continuo de ladridos habitaba la mansión.
Fidelia pasó frente al lugar y detuvo el intento del Moro, diciéndole que estaba prohibido el acceso a ese terreno desde hacía mucho tiempo. La casa de la vieja de los perros está sellada, le dijo.
  El Moro obedeció sin gesto alguno de negación. Regresó a su casa sin dejar de pensar en la visión de la anciana. Aterrado por este último pensamiento decidió entrar de noche en aquel solar, limpiarlo, si era eso lo que quería la aparición, pero la vigilancia extrema de Fidelia en la cuadra se lo impidió.
  Al día siguiente, el inspector de la Reforma Urbana estuvo incursionando alrededor del barrio, se acogía a la hospitalidad dobleintencionada de algún vecino, dispuesto a negociar el último cercado fuera de la ley, con una taza de café y una promesa de futuras malangas u otras viandas escasas aún en bolsa negra. El viejo Moro era ajeno a la forma de diálogo en esta parte del mundo, y aún cuando no lo fuese, en realidad no poseía nada para el soborno. El resultado de aquel encuentro fue un plazo para el Moro de un mes como máximo para destruir aquella excusa de hábitat, que llamaban casa.
  Esa semana se abrazó con más fuerza que antes al ron, se le podía ver dando tumbos a medianoche, y a veces solía amanecer en la acera del bar, ahora deshierbaba los patios de una forma brutal. Algunos se aprovechaban de este desequilibrio mental para no pagarle. El trabajo para él no era un medio de vivir, sino la forma más breve de alejarse de la vida, ya no podía habituarse a la sobriedad, le dolía demasiado el sentido común para hacerlo perpetuo.
A sólo dos días de cumplirse el plazo señalado, el Moro salió con gran estrépito al patio sosteniendo una enorme “pata de cabra,” que lanzaba contra las frágiles paredes de su casa. Los pedazos de tabla atravesaban el aire y escapaban de la furia de sus gritos ¡Carajo! ¡Esto es mío! ¡mío!, decía, mientras lanzaba cartones y zines contra el viento en inefable violencia autodestructiva. Detuvo su festejo de golpes tras la visible sofocación de su ánimo, entonces su rostro sudado y languidecido por el sol se escondió en el resto de aquellas ruinas de vivienda.
  El primero en enterarse fue el negro Domingo, minutos después la casa era presa de la curiosidad colectiva. La noticia caminó de boca en boca como siempre pasa con la muerte, el viejo Moro yacía junto al borde de su cama. Dicen que entre las manos tenía una foto de su hijo, dicen que una mujer vestida de negro merodeó la casa aquella noche, dicen que latas con asas inventadas y una tetera blanca reposaban junto a una rústica mesa de la que aún emanaba un profundo olor a coladas de alcohol, ese que llamaban de madera y que intentando purificar con inventadas fórmulas, era ingerido en grandes dosis por el Moro.
  Fidelia recorría todas las casas del vecindario recolectando dinero para una corona, mientras lo hacía, su cara se vestía de muecas y gestos que iban del pesar a la indiferencia. Estos cambios lo hacía como un viejo oficio al que parecía haberse habituado con los años.
  …Recordar las desgracias en el presente, es como regresar a la puerta de un laberinto cuando atravesamos la salida. Las desgracias ajenas son distintas, con ellas podemos convivir sin que afecten nuestra estabilidad emocional, somos así de egoístas, no me quedan dudas.
  Al Moro lo empezamos a extrañar cuando creció la hierba sin que nos diéramos apenas cuenta, los solares lucen ahora irregulares. Unos chapeados con descuido y otros intocados, abandonados con el tiempo. Ahora se hace más difícil encontrar tintes para nuestros zapatos, nadie está dispuesto como el Moro a dar vueltas entre aquel hedor de Cayo Cruz con la esperanza de un betún entre los desperdicios. De los restos de la casa del Moro salieron nuestras espadas de madera para combatir en guerras inventadas, nacidas de improviso en los juegos de la tarde. Ya todo aquello se ha ido. Van a construir un parque, y han venido a recoger lo que quedaba.
  …Jorgito sigue cazando lagartijas. Una anciana, apoyándose en un bastón camina lentamente, se acerca a él, le comenta algo a la vez que inclina su extraño rostro cubierto por un velo negro; él corre hasta su padre que carga una carretilla con zines oxidados, y señala al lugar donde estaba la anciana. Pero ya no había nadie, tan sólo Fidelia, que miraba con una expresión de pánico en los ojos y sostenía en las manos un viejo bastón.

 

Rodolfo Martínez Sotomayor (Foto de Eva M. Vergara)

Rodolfo Martínez Sotomayor
(Foto de Eva M. Vergara)

RODOLFO MARTÍNEZ SOTOMAYOR (La Habana, 1966). Ha publicado los libros Contrastes (La Torre de Papel, Miami, 1996), Claustrofobia y otros encierros (Ediciones Universal, Miami, 2005I), la compilación de textos Palabras por un joven suicida: homenaje al escritor Juan Francisco Pulido (Editorial Silueta, Miami, 2006) y Tres dramaturgos, tres generaciones (Editorial Silueta, Miami, 2012). Cuentos suyos han sido incluidos en recopilaciones y antologías como Nuevos narradores cubanos (Siruela, Madrid, 2001), traducido al francés por Edition Metalie, al alemán por Verlag, y al finés por la editorial Like, Cuentos desde Miami (Editorial Poliedro, Barcelona, 2004), La isla errante (Editorial Orizons, París, 2011), Cuentistas del PEN (Alejandría, Miami, 2011), Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Ediciones Universal, Miami, 2001). Su cuento Encuentro fue traducido al húngaro por la revista Magyar. Algunos de sus poemas aparecen en las recopilaciones Poetas del PEN, (Ediciones Universal, Miami, 2007), La tertulia (Iduna, Miami, 2008), y La ciudad de la unidad posible (Editorial Ultramar, Miami, 2009), traducida al inglés por la misma editorial. Ha publicado críticas de cine, de literatura, de teatro, artículos de opinión en revistas y periódicos como: Carteles, Diario Las Américas, Encuentro, El Nuevo Herald, El Universal. Fundador y Presidente de la Editorial Silueta; codirector de la Revista Conexos.

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Un comentario el “El Moro

  1. Ximena Gomez
    03/08/2014

    He leído el moro con el mayor interés, me gustó mucho, gracias a Conexos.

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Esta entrada fue publicada el 02/08/2014 por en Narrativa.
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