Revista Conexos

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Del escrutinio a la fijeza: un zoom a la obra de Violeta Roque de Arana

MARÍA CRISTINA FERNÁNDEZ

 

En 1995 la galería Habana convocaba a una exposición bajo el título “A la carta”, con la que celebraba sus 33 años de inaugurada. Entre las piezas de Nelson Domínguez, Roberto Fabelo y otros, había un par de bodegones clásicos de dos jóvenes graduados unos atrás de la Academia de San Alejandro. Uno de ellos llevaba la firma de Antonio Villamil, y el otro había sido pintado por Violeta Roque de Arana, quienes asumían el género –siempre considerado menor en relación a otros– de una manera vehemente. A diferencia del pintor Arturo Montoto que deconstruía el bodegón al adentrarse en sus exploraciones sui generis de objeto-espacio, Roque de Arana se fue definiendo por pintar las frutas o los objetos relacionados con el ritual del comer, sobre pisos de mosaicos de influencia múdejar, tan comunes en las casas típicas cubanas de antaño. Una iconografía semejante fue asumida por otro artista visual, Elio Rodríguez, pero con un tratamiento postmoderno y un evidente desdén por la factura académica. Los primeros mosaicos que incorporó Violeta a su obra fueron reflejo de los de su casa familiar en la barriada de El Cerro. Ese era su toque personal, además de utilizar una perspectiva cenital, otra novedad en el género, de la que la artista comenta: “… el horizonte desaparece y se convierte en un punto que sustenta y lo abarca todo. Es la perspectiva del que medita, flota y transciende, se libera, permanece por encima y desde cualquier ángulo, punto de contacto o referencia, abre nuevas dimensiones de la percepción hacia otra idea aún más perturbadora: lo infinito”. Pero como dice el artista visual Cedey de Jesús al hablar del tema: “cuando un género está proscrito, no hay nada que hacer”. Así, Violeta Roque de Arana también fue sintiendo el estigma en la recepción de su obra, que aunque enriqueciera y refinara la tradición que el español Juan Gil García hizo florecer en la Isla en las primeras décadas del siglo, nada tenía que ver con los rumbos que lo contemporáneo marcaba en las artes plásticas.
  Gradualmente en las obras de Violeta la naturaleza muerta fue conviviendo con otros elementos, y a veces sustituyéndolos por entero, aunque el mosaico seguía omnipresente en sus composiciones. Parecería disparatado decir que encuentro empatías entre esta preferencia y su devoción por el ajedrez. Pero pensemos en un tablero, un tempo de concentración, el seguimiento en el espacio de unas piezas que se despliegan y repliegan según una lógica de batalla formalmente ideal. No están tan lejos como pareciera, el uno de los otros. El desarrollo del mosaico –importado luego a nuestra cultura insular– fue posible por la alta evolución de la matemática y el diseño que el Islam consiguió al aplicar la ciencia al arte de la decoración. Combinaciones de formas geométricas, rotaciones precisas, solapamiento de polígonos, todo ello se fusionó con una noción de belleza obligada a rendir culto a lo abstracto, en un contexto religioso que excluía la representación antropomórfica.
  En los cuadros de Roque de Arana la figura humana aparece sugerida en viejas estampas, incorporada en fotografías antiguas, en arcanos que nos miran desde las barajas del tarot. No se excluyen los retratos tampoco, pero aún en ellos hay un mundo de objetos que acompañan al hombre en su viaje vital. Esos objetos, vivos o inertes, buscan una progresión o un congelamiento en el espacio, aludiendo a sentidos cifrados de correspondencia. Estas analogías son justificadas por la artista como concreciones de ideas filosóficas y nociones prestadas de las ciencias exactas, pero me atrevo a decir que sugieren también un componente lúdico relevante. Puedo evocar en algunas tramas pictóricas los libros infantiles de la serie “I Spy”, donde el ojo goloso se distrae en el banquete visual. No consiente en que la clasifiquen dentro del fotorrealismo, por aquello de que prefiere confiar siempre en los dictados de su mirada sobre lo natural, en todo caso una hiperrealista que busca en lo posible crear a partir de modelos presentes. Cuando la época de los bodegones, en Cuba, recuerda lo difícil que era reunir un conjunto de frutas. Me cuenta del ejemplar de chirimoya que le compró una vez a un vendedor callejero, y de cómo la pintó con la boca hecha agua, pero deslumbrada.
  La mirada define al hombre; se es más o menos penetrante, más extasiado o más superficial, al hacer contacto visual con los objetos. Roque de Arana, quien desde el año 1997 en que se mudó a Miami no ha vuelto más a Cuba, ha comenzado a diseñar sus propios pisos al ir agotando el arsenal de la tradición. Es una creadora exhaustiva, a la que seduce la perfección, el equilibrio, lo analógico; para ello se apoya en la proporción áurea, las nociones del ying y el yang, los fractales, la espiral de Fibonacci… buscando que sus pinturas y fotografías sean otra cara más de lo infinito. Violeta nos lleva en sus obras del escrutinio a la fijeza, relacionando la materia por contraste o por empatía, o por su contenido alegórico, o todo mezclado. En algunas obras estos elementos remedan ofrendas expuestas en un altar; restos votivos del naufragio de la memoria, que es tamiz expandido en los mosaicos que nos correspondieron en heredad y luego perdimos en la trashumancia. Sobre ellos se despliegan estas presencias que insinúan historias íntimas, desgastes del vivir, sugestiones poéticas. Estos objetos no compiten entre ellos por prevalecer, son más bien complementos todos de una matriz que los sustenta en el espacio.
  En estados alterados de conciencia, así como en la degustación de ciertas experiencias artísticas, es frecuente que se dé una suspensión de los sentidos ante la secuencia de estímulos que se amplifican para connotar algo que a lo ordinario escapa. Como la yuxtaposición húmeda y circular de una jicotea y un tragante, o el contorno de una taza de té y el trébol que se delinea en el piso. En estas proximidades no se nos encima el logo, sino el éxtasis. Nuestra conciencia se inmoviliza en un lapsus atemporal y nos diluimos en lo contemplado. Es un viaje inusitadamente doméstico, donde lo divino se narra desde la altura del suelo formidable que pisamos.

 

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María Cristina Fernández (Foto cortesía de la autora)

María Cristina Fernández
(Foto cortesía de la autora)

María Cristina Fernández. Narradora. Tiene publicados los libros de cuentos “Procesión lejos de Bretaña” y “El maestro en el cuerpo”, además de otros dos libros para niños. Cuentos y textos suyos han aparecido en revistas y antologías de Cuba, EE. UU., México y España. Desde el año 2006 vive en Miami.

 

Violeta Roque de Arana (Foto cortesía de la autora)

Violeta Roque de Arana
(Foto cortesía de la autora)

Violeta Roque de Arana. Graduada de Bellas Artes en la Academia San Alejandro, La Habana, Cuba.

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Esta entrada fue publicada el 02/08/2014 por en Ensayo.
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