Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El puente

RODOLFO MARTÍNEZ SOTOMAYOR

 

La gente no elige querer;
hay algo casual en el cariño.

Carlos Victoria

 

Estoy cayendo otra vez en la necesidad impostergable de llevar lo que pienso a las palabras, en esa rutina que se torna en un vicio que me domina violentamente como cualquier otro; y quiero encontrar la mejor forma de decir que esta noche contigo fue un fracaso. ¿Cuál será la manera en que más guste? ¿Cómo hacerlo sin ser acusado de tratar temas manidos? ¿Cómo lograrlo sin resultar monótono y escapar a la vez de lo trivial? Con tantas preguntas y sin una respuesta precisa, he decidido pensar sólo en mí. Si mido demasiado las frases para el gusto de todos, vendrá con los años la sensación de culpa, las condenas de un viejo que ha madurado con el tiempo, el rencor a la voz joven que no tuvo la osadía de ser sincero por temor a los otros, y aquí estoy ya, dispuesto a empezar sin tantos rodeos, diciendo o escribiendo que hoy tenía ganas, ese tipo de ganas que nunca concibe un rechazo violento, y en efecto, lo peor de todo fue que no lo tuvo, sino que te dejaste poseer. Tu gesto indiferente suele ser más ofensivo que un grito de rechazo… tu endurecido vientre, la resequedad de tu sexo, tus labios duros, no sé ya si con rabia inconsciente o fingida, tus manos apretando las sábanas en vez de mis pulmones o mis nalgas, y sobre todo, lo que más me dolió, tu cara, tus ojos abiertos y volteando el rostro.
  Por ese gesto definitivo me fui a la sala, recordando nuestros tiempos de gloria en una cama. Fue allí donde consumí un cigarro a pesar de mi tos excesiva, absorbí el humo, como quien desea llenarse de un minuto menos de este tipo de vida, y regresé después a tu cercanía, indagando la causa de tu frialdad. Entonces vi tu cara cubierta por la almohada y sobre un estante tus libretas. La última vez que dejaste de amarme le hiciste poemas a un ser desconocido, este original estilo de encontrarte en otros hombres a través de tus versos, te ha convertido en una Mesalina literaria, ese tipo de cosas me deja siempre vacío por dentro, pierdo el apetito y quisiera matarte cuando te veo comer con parsimonia. Soy así de envidioso y no puedo evitarlo por más que lo he intentado, pero hoy no encuentro nada en esta montaña de papeles, aún cuando he buscado cada rincón tentador para ocultarlo.
  Buscar entre cajones de forma ridícula, entre folios de estudio y de lenguas, entre pedazos de cartón donde sólo encuentro dibujos de vestidos que nunca usarás, diseños que nunca serán ropas, y actúan como escape de lo cotidiano, de tu obsesión por vivir en otro mundo, en otro tiempo y en un lugar donde nada es real, y cada beso está descrito de antemano por la pluma laboriosa de Corín Tellado o Caridad Bravo. Las cursilerías a veces nos llenan de emoción. A pesar de que nos parezcan ridículos esos amores sin intervalos de hastío en el placer, sin receso en los deseos; y es que la realidad es tan distinta, tan fría, que al final, se vive del recuerdo de los primeros encuentros, de la dicha de hundirnos, aunque lo olvides, en la creación incesante de perversiones para hacer prevalecer la dicha de nuestra desnudez, exteriorizar el lenguaje de las fantasías y penetrarte de diversas formas, hasta escuchar el quejido inevitable del último momento, el grito que me dice si he tenido suerte, haciéndome saber que te ha gustado. Pero hoy nada de eso ha pasado, tan sólo la amarga sensación de que estás distante, con una voluntad enorme de tirarme a mierda, de hacerme comprender que mi intento es inútil, que me ha fallado la vida como a todo el mundo, y no lograré ser un hombre feliz tal como es mi empeño, y heme aquí, fumando y escribiendo, rociando las palabras con alcohol y con humo, con una sensación de asfixia en todas partes, un sabor a nicotina que detesto, y un aliento a borracho que me denigra tanto como este afán por encontrar una respuesta, una explicación a tu falta de deseos.
  Sé que nunca será lo peor, el engaño físico es un acto que requiere mucho esfuerzo, está además fuera de los límites de tu calma.

¿Por qué siempre tendré que saber qué te pasa?
preguntarme y responderme siempre por ti,
escudriñar en ese complejo mundo de tu mente
qué nuevo dolor has creado en el empeño tenaz
de ahuyentar la alegría.
Resignarme a tu triunfo, que aunque efímero,
hace mi dolor perentorio.
Alucinar en la vanidad, el orgullo, o mi ego
exagerado que fantasea aún inventándome
que me amas.
Fingir después la indiferencia, y caer otra vez
ante el encanto propio de un gesto
que hará olvidar las tensiones pasadas
y me llevará a creer que cederás.
Ahora hago trazos en un crucigrama sin sentido,
buscando una herida aunque no exista.
Y descubro, parodiando a una vieja canción,
que a veces de tanto amarme me he olvidado
de ti.

Mañana, y quizás en una llamada telefónica hablaremos más que estando frente al otro. Una vez me advertiste de este peligro, pero no creí que las consecuencias fueran tales. Nunca logramos darnos cuenta de la acechanza de la muerte en todas sus formas, sin excluir la del amor, y es así que llega un día rompiendo el esquema de la vida, dejando truncos los proyectos y los sueños. Los años se encargaron de acrecentar las distancias, de reducir nuestro tiempo, los comunes movimientos se fueron olvidando para cederle el paso al egoísmo, y ya la cama no fue un fin sino un medio para llegar a las palabras. Ahora descubres tu rostro poniendo la almohada donde debo estar yo, ella no perturba tu silencio, se acomoda fácilmente a tu vasto deseo de quietud.
  No debo mirar el final de tu cuerpo descubierto, donde culminan tus piernas en forma ascendente, ese vértice que me hace daño, y no me canso de mirar, temiendo al ridículo de ser descubierto. Actuaré como esperas, imaginaré ser un amante de novelas pasadas de moda, besaré tu cara, bajaré mis labios débilmente, contaré tus pecas que aumentan con los días; miraré tus labios que con los años lucen más carnosos. Dejaré un roce apenas perceptible, demasiado frío para tu rechazo, e inventaré medios sin cesar para empezar a conquistarte.
  Tengo que trabajar y apenas he dormido, me hubiese conformado con un beso en la despedida, si supieras que ese sólo gesto cambiaría mi ánimo, pero dejarías de ser tú si lo hicieras… tu carro tiene ruidos insoportables, cualquier mujer con sangre en las venas me arrebataría mi moderno Toyota, pero en tu caso soy yo quien pido o suplico ese bienestar para ti que no consientes, y lo peor es que lo dices, te quieres muy poco y como dicen un sinfín de canciones o frases populares hay que quererse mucho, para saber querer. ¿Cómo lograr que te ames? ¿Cómo alcanzar que sepas que tienen validez tus pensamientos, que el hecho de haber vivido treinta años es de por sí un triunfo a la muerte, que el hecho de que esté loco por ti es un triunfo que logras sin apenas palabras?… ¿Cómo empezar otra vez con un arma distinta?
  Tu ira continúa, si tuviera tiempo intentaría convencerte, aunque sé que un leve roce no bastaría, si te hubiese tirado sobre la cama sería peor, con los años esta acción pierde el efecto deseado, con dieciocho años fantaseabas con ser violada, ahora responderías con patadas y algún que otro arañazo. No vale la pena provocarte, ni siquiera voy a enseñarte que te escribí un poema en la noche, empujarías el papel y me llamarías ridículo… un cassette de música melosa me aliviará el día… la carretera está llena de ruidos, tengo que adentrarme en mi propio mundo para sentir menos este peso en la cabeza, debe ser eso a lo que llaman estrés… siento la frente comprimida y un gran deseo de estar en otro sitio… aquella gorda aprovecha este semáforo para maquillarse… la rubia que conduce el carro a mi espalda no deja de mirarse en el espejo, tiene uno de esos rostros que me evocan el recuerdo de alguien, pero no puedo precisar de quién, no sé si se trata del fenómeno déjà vu, o si es el inicio a esa crisis que me ha dado por definir como puente en mis arrebatos de psicólogo empírico. Cuando esto pasa soy capaz de engañarte fácilmente, basta una imagen como la de esa rubia para darle pie a ensoñaciones eróticas… es un acto demasiado peligroso, un escape arriesgado al que me atrevo a recurrir para olvidar lo de anoche… los carros se detienen por una de esas causas misteriosas que provocan un tranque… el humo a lo lejos da la señal de una desgracia ajena, pero eso ¿a quién le importa?, el egoísmo es una prioridad en el expressway, aquí se lucha contra el tiempo, un auto moviéndose lentamente es algo molesto… a nadie le interesa que lo maneje un viejo de casi ochenta años, que ya no tenga concentración, que apenas tenga vida, esto no impedirá un ataque incesante del claxon a mi espalda que me niego a seguir para dar inicio a la caravana acostumbrada, a formar esa reacción en cadena de ruidos que pretenden alejar un obstáculo ante nuestra prisa, ante nuestra ira que crecerá hasta concluir con un grito a través de la ventana. La música me salva, me aleja, es un sedante para estas cosas, una especie de droga que me lleva a mi interior, aunque a veces vea cosas que desearía no estuvieran allí… si pudiera empezar otra vez, tal vez llegaría al mismo sitio ¿Quién sabe? Tal vez mi destino sea desear lo imposible.
  Esta senda es la ruta final para dejar de ser, estoy a dos cuadras de entrar en ese laberinto de simulaciones que nos impone la convivencia… Un guardia me pregunta mi nombre todos los días, casi siempre lo digo como si fuera otra persona, me siento ajeno a una palabra que sintetice mi existencia y mi cuerpo. Un nombre que además puede llevar alguien de rostro diferente. Apenas entro en este lugar y aparecen las voces… voces de ira que tendré que aplacar, voces de soberbia que esperan una súplica, una palabra que les dé la certeza de que se necesitan, clientes pequeños con ínfulas de inmensidad, grandes compradores con ambiciones pequeñas, rechazando mercancía día tras día como mercaderes de horarios, y heme aquí convenciendo, mintiendo a conciencia, sacando palabras de la nada, para transformar esas moldeables e inseguras pasiones del hombre. Respiro por segundos y ya listo para otro convencimiento, escucho quejas, quejas y más quejas esperando respuestas, elaborando soluciones o descifrando enigmas de facturas perdidas, de cuentas no pagadas, de faltas de servicios o atenciones, y aquí estoy prometiendo, llamando, respondiendo, siempre respondiendo, y estos malditos teléfonos no paran, no cesan de joder, de reducir mi tiempo para encontrar las soluciones a mi problema. Dirijo mis ojos alrededor de esta oficina que me ahoga, me consume, y crecen los deseos de llamarte, pero hoy no lo haré, no lo haré aunque necesite más cigarros para quitar de mi cabeza tu estúpida presencia. A lo lejos en el salón de conferencias una mujer hace llamadas. Parece tener veinte años, tiene los ojos verdes. Debe ser la muchacha nueva que dicen comenzaría hoy. La blusa ceñida sobre el cuerpo denota una apetecible silueta de mujer, no dejo de mirarla, desvestirla con los ojos, imaginar que han pasado varios años y estoy a su lado. No sé si en condiciones normales pensaría lo mismo, pero el hecho concreto es que desde que no he dejado de hacerlo se va aliviando, haciendo menos intenso el deseo insatisfecho de ti. ¿Será eso uno de los síntomas de lo que yo llamo puente?… qué difícil es pensar entre tantas llamadas, entre tantas cosas y la necesidad de salvarme, sí, de sobrevivir, de no dejarme aniquilar por la carga de la vida, porque después de todo, esto es parte de la lucha diaria, donde se puede ser todo menos un perdedor o un fracasado a los ojos de la inmensa mayoría de la que dependo tanto. Y después alguien será capaz de hablar de libertad, como algo más que una simple palabra… pienso que esto se me pase, imagino que la neurosis se ha disipado con tu ausencia, que soy alguien normal que ya no se atormenta buscando soluciones o culpándose una y otra vez por tus faltas, aunque tengo la certeza de que las culpas en realidad me pertenecen, quise crear algo inexistente, un zombi que sólo respondiera a mi voz, un cuerpo de mujer que sólo consintiera mis ganas. Un instinto muerto para cualquier otra imagen que no fuera yo, y al final ¿qué he logrado?, ha sido como cavar mi propia tumba, el zombi se niega a responder a mi voz, la mujer ha muerto, y queda en su lugar una silueta sin magia que no tiene vida. Estoy encerrado en un laberinto que yo he construido, soy una especie de prisionero de mí mismo, es como un síndrome de abstinencia que acrecienta el vacío, ¿cómo he de llenarlo? y ¿acaso me calmaría si lo logro? A veces no quiero buscar la respuesta, me complico demasiado con preguntas que no tienen sentido para un mundo pragmático que no da solución a problemas profundos, pero aún así, me empeño en pretender formar parte de ese mundo, en afianzarme a convencionalismos que me atan a la rutina, y después que lo logro por espacios breves de tiempo, llega otra vez con mayor fuerza el ilógico razonamiento de la ausencia, otra vez vuelvo a caer en cavilaciones sin sentido, que no juegan ningún papel en este afán para salvarme, pero sí lo es esta muchacha nueva que no deja de hablar y sonreír. La hora del break será un buen pretexto para acercarme, trataré de retenerla, usaré ideas que la aten por minutos a este lugar apartado de todos… habla con mucha prisa, como quien intenta descubrirse en cada frase, entregarse en las palabras, como buscando un receptor de sus locuras, de sus fabulaciones sin sentido y su excesiva alegría… regreso a los teléfonos con más ánimo, hay por fin un punto en qué pensar que no seas tú, paso junto a ella con excusas burocráticas, y siempre hay tiempo para una mirada, una insinuación. Un roce por sus senos me provoca una erección, ya ha llegado la hora de salir y sonríe en forma de despedida, ya camina lentamente, su cintura se pierde entre los espejos de una puerta con el letrero de salida y corro deprisa para consumir un cigarrillo entre el humo y el deseo.
  En este nuevo día la hora del break se hizo larga, ya las bromas tomaron más sentido y hubo un acuerdo de vernos ocultos de la gente, almorzar en otro sitio donde el tiempo no tenga límites y nuestra voz no se interrumpa con voces ajenas… voy adivinando sus gustos, los detalles de su instinto demasiado sensible, sus arrebatos de seducción que tienen el encanto de lo impredecible, juega con mis manos, con mi paciencia y mis rubores que me hacen darme cuenta que he envejecido a tu lado.
  Este nuevo día quedamos solos en el break, entonces sostuve su mano, a la vez que buscaba pretextos para un leve roce, sus dedos responden en un impulso voluntario. Me miró extrañada, como esperando un gesto agresivo que nunca llegó por mi miedo estúpido que aún me ata a ti.
  Ella debe estar en uno de esos momentos de arrebato sexual de juventud en que se consiente cualquier cosa, y por eso aceptó la propuesta de vernos… un día tras otro nos ha guiado a este sitio, y heme aquí, a varios pasos de engañarte. La cita del Bayside suena a un encuentro clandestino fuera del tiempo, aquí no hay góndolas ni puentes para lograr el hechizo necesario de un drama, pero tiene su encanto este moderno boulevard frente al mar, con multitudes que buscan el reposo, la evasión para los días y la lucha cotidiana, consumiendo alegrías fabricadas para esto, en barcos como discotecas flotantes, casinos que atraviesan un pedazo del golfo saciando la ansiedad premeditada, los sueños de grandeza o despilfarro, la obsesión del dinero ganado al azar o la sed de evasiones para quienes no la encuentran en la rutina simple de la vida.
  Estoy frente a este árbol y me llega tu recuerdo cuando menos lo necesito, y es que siempre junto a él repites el estribillo ineludible “me gustaría ser como ese árbol”, esas cosas sólo a ti se te ocurren, porque seguro estoy que no lo dices como snob de romántica frustrada, sino que en realidad lo quisieras. A lo mejor tienes razón, debe ser agradable estar expuesto siempre al viento, dejándose guiar con total ausencia de voluntad, ¿será por eso que lo dices? ¿Qué carajo hago pensando en ti cuando menos debo? ¿Por qué coño no me limito a ser más carnal y menos analítico? Tal vez sería mejor. Desde niño vivo buscando fantasmas para ser feliz, huyendo de la realidad, y quizás por eso me fijé en ti. Nada tan lejano a un ser terrenal, nada tan distante al común de la gente, tú eres como ese árbol y ahora lo entiendo, pero quise podarte a mi forma, y eso sería detener el crecimiento natural o hacer un bonsái a mi gusto… Ahora la veo a ella, formando parte de ese círculo que disuelve su tiempo mirando a un mono gibbón amaestrado recoger monedas que ponen en sus manos y guardarlas celosamente en una bolsa, mientras su amo toca música. En este lugar hasta un simio suele descubrir el valor de un dólar… me acerco a ella imaginando una de esas frases que le provocan el deslumbramiento acompañado de la risa, alguna que a ti ya te parecería aburrida, como que ese mono ha conseguido más dinero en una noche que una jinetera en Cuba en toda una semana… me lleva de la mano entre rostros y música, me señala a un hombre disfrazado de muñeco de hojalata con un sombrero donde dejan caer dólares como premio a la hazaña de mantenerse estático o moverse hábil y lentamente como un robot. ¿Qué pensará mientras se concentra para alcanzar una postura inmóvil? ¿el sueldo de la renta? o ¿los gastos del día? cualquiera sabe, el hecho es que lo logra, provocando con esto el placer casi sádico de quienes lo miran, y a su vez pagan por ello, es eso a lo que llaman demanda o consumo, el talento de todo tipo es un medio eficaz para alcanzar el deseo y a veces para vivir… Ella pasa deprisa frente a una tienda de artesanía india, tú por el contrario te detendrías aquí, apenas mira las cosas que te gustan… un muñeco de trapo no la seduce, ella mira las ropas expuestas detrás de vidrieras con precios inalcanzables, los brillantes custodiados con alarmas invisibles… es extraño que se haya detenido en esta tienda que siempre visitas, me parece un buen nombre para un lugar donde se vendan desde fósiles hasta ónix en forma natural, Art Of God, se detiene a mirar un cocodrilo disecado en forma de jugador de golf, su risa imprevista trajo a mi memoria el día que lo viste, te pusiste en el lugar del reptil y casi murmuraste que era terrible terminar así.
  Camino entre el mar y la ciudad, junto a ella, que no deja escapar un motivo para la risa. Ahora se burla de esa estatua de Colón, diciendo que parece un pigmeo marinero. Llegamos así a las pequeñas palmas y la arena. Nos sentamos en este muro y ponemos los pies sobre los arrecifes. Aquel puente hace un arco de luz a lo lejos. Me gusta este lugar, me gustan los ruidos que llegan hasta aquí como un eco lejano. Si no hubiera nadie podría desnudarla detrás de aquellos arbustos, pero los homeless han tomado posesión de ese lugar. Detesto los sitios de lujo para estar con alguien que no seas tú. La intento llevar a la expresión máxima del deseo. Se dejó besar y tocar los senos, ahora cierra los ojos y se abalanza sobre mí. Su pelo cae suavemente sobre mis piernas y la portañuela se va abriendo con la habilidad asombrosa de sus manos. Ahora me succiona suavemente, bruscamente, devorando con prisa, con precipitados gestos de desatino. El impudor es algo en lo que no se me hace preciso tu recuerdo. Sus manos permanecen en mi cintura y ella ni siquiera ha escupido, pero ya mis ganas han concluido, en mi caso la erección no perdura más allá del deseo satisfecho, ¿será que no se trata de ti? La llevo hasta su auto y alejo el beso de despedida, con la promesa de un nuevo encuentro.
  Regreso por esta ruta donde me he extraviado tantas veces, la policía parece haber limpiado de vagabundos cada rincón, la calle Flagler nada tiene que envidiarle a esta hora a un barrio marginal del tercer mundo, la diferencia consiste en la abundancia de luces, de mercancías abarrotadas y dispersas en supermercados de mala muerte, con su arquitectura de cajones de bacalao y sus rejas dobles como amuletos para ahuyentar el atraco inevitable.
  Llego a la casa y la luz de la sala está encendida. Abro lentamente esperando verte frente a ese televisor que te retiene tanto. Allí está tu cuerpo echado sobre el sofá. Te has dormido, imagino que no habrá preguntas sobre dónde estaba. Debería alegrarme de esos detalles, pero nunca es así. Me acerco y te dejas tocar sin un rechazo, me atraes lentamente, dejo al descubierto tu pecho y bajo mi boca hasta tu pubis que se mueve deprisa. Tomo más energía de ese temblor inesperado. Pongo mi sexo sobre tu boca que lo posee, dejando atrás cualquier ridículo pudor, siento tu lengua jugar con mis genitales, con mi pecho, con mis manos. No me detengo a pensar qué ha pasado, tan sólo disfruto el momento, contengo el semen que finalmente escapa sobre ti, y espero más allá del tiempo de los besos, de las palabras y el roce preciso, hasta la penetración final. Te convenzo para que duermas desnuda y recostando tu brazo y tu muslo derecho sobre mí. Comienzo a descubrir que esto es a lo que llaman un momento feliz, al menos es lo más cercano que conozco. Lo del Bayside se pierde como una idea difusa, lo alejo para que el remordimiento no ocupe el espacio de la razón. Mañana la veré a ella y pensaré en ti sin amargarme el día. Me daré entonces cuenta que el puente ha concluido. En esta vida todo tiene un precio. De tenerte siempre al alcance, no serías la misma, dejarías de ser tú. Mañana me apartaré de toda ilógica ilusión cuando la vea a ella. Trataré de llevar mi imaginación al reposo. No creo que después de hoy sea difícil. Después de todo, el puente ha concluido.

 

Rodolfo Martínez Sotomayor (Foto de Eva M. Vergara)

Rodolfo Martínez Sotomayor
(Foto de Eva M. Vergara)

 

RODOLFO MARTÍNEZ SOTOMAYOR (La Habana, 1966). Ha publicado los libros Contrastes (La Torre de Papel, Miami, 1996), Claustrofobia y otros encierros (Ediciones Universal, Miami, 2005I), la compilación de textos Palabras por un joven suicida: homenaje al escritor Juan Francisco Pulido (Editorial Silueta, Miami, 2006) y Tres dramaturgos, tres generaciones (Editorial Silueta, Miami, 2012). Cuentos suyos han sido incluidos en recopilaciones y antologías como Nuevos narradores cubanos (Siruela, Madrid, 2001), traducido al francés por Edition Metalie, al alemán por Verlag, y al finés por la editorial Like, Cuentos desde Miami (Editorial Poliedro, Barcelona, 2004), La isla errante (Editorial Orizons, París, 2011), Cuentistas del PEN (Alejandría, Miami, 2011), Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Ediciones Universal, Miami, 2001). Su cuento Encuentro fue traducido al húngaro por la revista Magyar. Algunos de sus poemas aparecen en las recopilaciones Poetas del PEN, (Ediciones Universal, Miami, 2007), La tertulia (Iduna, Miami, 2008), y La ciudad de la unidad posible (Editorial Ultramar, Miami, 2009), traducida al inglés por la misma editorial. Ha publicado críticas de cine, de literatura, de teatro, artículos de opinión en revistas y periódicos como: Carteles, Diario Las Américas, Encuentro, El Nuevo Herald, El Universal. Fundador y Presidente de la Editorial Silueta; codirector de la Revista Conexos.

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2 comentarios el “El puente

  1. vlaco
    10/09/2014

    Te juro que he llegado por curiosidad por el titulo y he rodado hasta el final.viendo lo atrevido de la narración. Atrevido. No escandaloso, definición puritana e hipócrita que en nada me vincula. Pero he vivido el personaje muy bien descrito, en tiempo, lugar, sentimientos y contradicciones fluidas.tu atrevido puente lo han
    Pasado muchos que se identificaran al leerlo. Pues lo que me toca es brindarte un lógico Ole, amigo

  2. Carmen Karin
    16/09/2014

    Muy bueno.

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 07/09/2014 por en Narrativa.
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