Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Confesiones del reverso [Entrevista a Lorenzo García Vega]

PABLO DE CUBA SORIA

 

A modo de presentación

Lorenzo García Vega (Jagüey Grande, Cuba, 1926 – Miami, 2012) fue uno de los últimos/pocos raros de la literatura hispana. Formó parte del “Grupo Orígenes”, que tuvo en José Lezama Lima a su figura rectora. La tensa relación maestro-discípulo entre Lezama Lima y García Vega fue una de las constantes temáticas de la obra de este último. Desde que en 1948 publicara el poemario Suite para la espera (La Habana, Ediciones Orígenes), García Vega comenzó a construir una escritura enrarecida, extraña, burlona de torpes encasillamientos. Una escritura que, desde entonces, empezó a alejar de las directrices estéticas del origenismo, independientemente de que la energía tutelar de Lezama estuvo presente en aquellas primeras publicaciones. Este primer poemario se sostuvo en marcadas improntas surrealista y cubista, a saber, una estética y cosmovisión artística en buena medida contrapuesta al ideal estético origenista, por lo general muy críticos con los postulados de vanguardias, a pesar de que la obra misma de Lezama tiene rasgos surrealista y surrealizantes.
  En 1952 García Vega ganó en Cuba el Premio Nacional de Literatura con la novela Espirales del cuje (1952), siendo este el último premio nacional que se otorgó en la isla previo al triunfo de la Revolución Cubana en 1959. En 1968 emprendió el camino del exilio, por lo que residió en España hasta principios de los setenta, cuando se traslada a New York. Luego vivió un tiempo en Caracas, para entonces establecerse definitivamente en Miami. El ensayo autobiográfico Los años de Orígenes (1979) se ha convertido en uno de los libros más polémicos de la cultura cubana, ya que en él desmonta los “mitos fundacionales” en los que se pretende sustentar la cubanidad. Asimismo, este libro mostró el reverso del imaginario católico-origenista.
  Otros libros importantes de García Vega son, entre otros que excedieron la veintena, Ritmos acribillados (1972), Rostros del reverso (1977), Poemas para penúltima vez [1948-1989] (1991), Variaciones a como veredicto para sol de otras dudas (1993), Vilis (1998), Palíndromo en otra cerradura (1999), sus magníficas memorias El oficio de perder (2004), la novela Devastación del Hotel San Luis (2007), Palíndromo en otra cerradura. Homenaje a Duchamp (2011) y Erogando trizas donde gotas de lo variopinto (2011), donde recogió su labor poética de los últimos años.
  Para las dos últimas generaciones de escritores cubanos, Lorenzo García Vega ha devenido una de las figuras más atractivas, tanto por su mirada crítica y corrosiva sobre la “República de las Letras cubanas”, como por su singular idea del hecho literario en sí. Su escritura está construida desde un barroco atípico, para nada exuberante, sostenido en una narratividad (aunque con matices líricos) que jamás logra alcanzar lo que promete narrar. Del mismo modo en que García Vega se llamó un “escritor no-escritor”, podría decirse que su literatura de un anti-barroco barroco, o anti-barroco barroquizante. Barroco de desmontaje, de palíndromos, o para decirlo de otro modo, un barroco que nunca llega a operar en tanto tal, debido a que no hay unión/conjugación posible de los elementos formales y temáticos que lo componen. Su escritura está en las antípodas del aluvión verbal lezamiano que pretendió trasmutar y abarcar el todo —barroco explosivo (Lezama) vs. barroco implosivo/barroco vanguardista (García Vega) —, o como el mismo Lorenzo dijo en la entrevista que transcribimos a continuación: “me obsede dar con el hacha para quedar en la seca estructura, en el hueso último”. La obra de Lorenzo García Vega es el testimonio de una operatoria de escritura, de los andamios que la sostienen.
  La siguiente entrevista se realizó en dos compases, el primero data de mediados del 2006 (a propósito de un número homenaje que en Miami el periódico El Nuevo Herald le dedicara), y el segundo se llevó a cabo entre finales de 2010 (fecha en la que García Vega visitó Texas A&M University como invitado de honor, en el marco de un congreso de estudiantes graduados) y las primeras semanas de 2012. Este segundo compás es posiblemente la última entrevista escrita que concediera Lorenzo. Temas como su obra y vida mismas, su relación amor-odio con Lezama y el origenismo, el surrealismo y el cubismo, y cuestiones estético-literarias son tratados en las preguntas que siguen.

Pablo de Cuba Soria

 

I (2006)

Pablo de Cuba Soria: García Vega, comencemos por los últimos acontecimientos que, de muchas maneras, se conectan con su inicio existencial en la provincia cubana de Jagüey Grande. Se acaba de publicar tanto en México como en España sus memorias, El oficio de perder; ¿qué representa este libro para usted a sus setenta y ocho, después de una vasta obra que data desde el ya lejano 1946 cuando publicara en Cuba el poemario Suite para la espera?
Lorenzo García Vega: Representa una iniciación que comenzó cuando, al ponerme el uniforme de bag boy para trabajar en Publix, terminé, como única alternativa, convertido en escritor de autobiografía. Pero…, te he respondido inmediatamente y…, resulta que me está entrando miedo. ¡Miedo! Ya que empiezo a mirar para otra parte, no vaya a ser que me encuentre con los fantasmas. Pues fíjate en lo que empecé diciéndote, Pablo: iniciación. Pero ¿cómo he podido decirte esto? ¿Pues qué clase de iniciación puede pretender un viejo bag boy que acaba escribiendo una autobiografía? ¿No será que me estoy soñando la muerte? No sé qué contestar. Después de esta autobiografía que acabo de publicar, me parece que me están sucediendo cosas raras. No sé, quizá tendría que verme con algunos teósofos, a ver qué cosa me podrían decir.
 
 

PDCS: Después de El oficio de perder ha publicado Papeles sin ángel, un raro libro difícil de encasillar, por suerte, en género alguno. Háblenos un poco de este libro sostenido en una rara escritura.
LGV: Papeles sin ángel, son, o creo que son, minicuentos: un anticipo de otros mini, Cuerdas para Aleister, que acaba de publicar la editorial tsé-tsé de Buenos Aires. ¿Soy difícil de encasillar? Quizás, te confieso que no me gustan los géneros —a mí, por ejemplo, los poemas poemas, los poemas pertenecientes al género poema, me molestan con su ruido como de zapatos de charol recién estrenados—. Pero, por supuesto, esto que te acabo de decir, y que puede parecer una greguería, es un prejuicio. Nosotros, los viejos, y más cuando somos viejos que nunca supimos fabricar bien un poema, estamos llenos de prejuicios. Pero, para hacerte el cuento corto, creo que me están gustando los minicuentos, ese género que parece que se ha puesto de moda. Y es que a mí me gusta caer sobre las modas como antes, en mi infancia, caía sobre los juguetes: dispuesto —hachita en mano— a romperlos, a ver lo que tenían dentro.
 
 

PDCS: Usted habla de “poemas poemas” y me surge la siguiente pregunta: Dentro de toda su obra, el único libro que podría llamarse de poemas es Suite para la espera, que publicó por 1946. Pasado más de medio siglo, ¿qué experimenta al abrir las páginas y pasar la vista por los versos de Suite?
LGV: Pero ¿es que ha pasado medio siglo? ¿Cómo, Pablo, se te ocurre decir eso? Pero…, como lo has dicho, ya no tiene remedio. Vamos, entonces, a servirnos otro vaso de scotch. El scotch, siempre lo he sabido, es la más segura vía para hablar sobre temas literarios. Pues bien, hace medio siglo que escribí suite, y ahora, con mis 78 años, no me arrepiento. Es más, y te voy a hablar bajito para que nadie lo oiga: en esa suite está (vanidoso que soy) la mejor escritura automática que se ha escrito en Cuba. Una escritura automática que ahora, incluida en Un nuevo continente. Antología del surrealismo en la poesía de nuestra América, el texto antológico que el brasileño Floriano Martin acaba de publicar, le veo la frescura y fuerza con que la escribí, la frescura de hace medio siglo que no ha perdido. Pero, vamos a dejar eso que te estoy diciendo, pues hay en el jardín un pájaro albino, y nunca está mal el ponerse a contemplar un pájaro albino, lo demás es literatura.

 
 

PDCS: Dice usted algo tremendo: “un pájaro albino en un jardín”; y pienso enseguida en Playa Albina. ¿Qué es exactamente ese lugar donde “en algunas ocasiones, como usted apunta en sus memorias, perdiera el sentido de la realidad?
LGV: ¿Dije que aquí he perdido el sentido de la realidad? Sin embargo, no concibo al escritor no-escritor que me he inventado —uno siempre se inventa—, así como no concibo a ese heterónimo, el doctor Fantasma que por tantos años me ha acompañado, sin esta Playa Albina, el lugar donde de sopetón (llegué aquí alcoholizado, y con el buen propósito —propósito que, por supuesto, fracasó— de encargarme de una librería) encontré que mi pasado, mi manera de inventarme mi pasado, se había transformado en un Laberinto donde, pese a la confusión, a veces no dejaba de tocar fondo. Pero ¿fondo? Pero ¿de verdad, a veces, he tocado fondo? ¿O no es que todo este delirio que estoy diciendo sobre un pasado metamorfoseado en Laberinto, no es otra cosa que la alucinación que, por entre los canales de esta Playa Albina, me ha ido produciendo una musiquita. La musiquita de un carrito de helados. La musiquita que oí en mi infancia y que ahora, y que ahora en esta Playa Albina donde se pierde el sentido de la realidad, la vuelvo a oír, enredada con la visión de unos canales.

 
 

PDCS: De su segunda obra, Espirales del cuje, un libro que fuera premio nacional de literatura en la Cuba de 1952, recuerdo un pasaje donde se lee: “cuje de mis reminiscencias”. ¿Todavía habitan a Lorenzo García Vega esas reminiscencias, ese Jagüey Grande de los finales de los años veinte y primera mitad de la década del treinta cubanos?
LGV: ¿Todavía habitan…? Sí, por supuesto, moriré enredado con reminiscencias y fantasmas. Es mi oficio de perder, o mi oficio de manipulador (manipulador manipulado) de fantasmas. Y, además, como muchas de mis reminiscencias están ancladas en los finales de los años veinte, también puedo decir que yo siempre estoy confundido con el manchón de sombras de las películas silentes que vi en el Cine Mendía, el Cine de Jagüey. Películas de Tom Mix y otros vaqueros de cine mudo que, para siempre, me marcaron con una como anacrónica (yo siempre he sido un vanguardista anacrónico) sensibilidad de mundo silente. Pero también las sombras silentes de las películas se me enredaron con el cubismo. Sí, con el cubismo. ¿Y cómo así? Muy sencillo, te lo voy a explicar. Leonardo Acosta, un pintor vanguardista, fue el que, en 1926, el año de mi nacimiento, metió en la portada de la Zafra, el libro que ese año publicó su hermano Agustín Acosta, una visión del Central Australia (el Central que quedaba cerca de Jagüey, y donde yo me pasaba largas temporadas, ya que ahí vivía la familia de mi padre) cubista, y con estructura a lo Fernand Leger. Por lo que resultó entonces que como yo, niño inteligentísimo, y de una precocidad suficiente para anonadar a cualquiera, me di cuenta de lo que enseñaba la portada de Acosta, pude entonces criarme, diríamos, alimentando mi mirada con la visión de un Central cubista. ¿Te das cuenta de esa cosa tan linda? Yo, entre tantas cosas bonitas de mi infancia, tuve no sólo el privilegio de tener la visión de un Central cubista, sino que también, desde esa temprana edad, me convertí en un niño cubista. ¡Te imaginas! Yo, niño cubista frente a un Ingenio cubista, llegué a ver a los faroles que acompañaban a las carretas como si fueran “machetes de la sombra”. Y visiones cubistas como esas, las recogí en mi libro Espirales del cuje. Fue muy lindo, repito, ser un cubista, y no me explico cómo puede haber gente tan tonta que puedan ver lo cubista como si fuera una cosa abstracta. ¿Abstracta?, yo me he jugado la vida con esa visión…

 
 

PDCS: En no pocas ocasiones —tanto en su escritura como en otras entrevistas— usted ha señalado su manera de vivir como un “literatoso”. Dos preguntas surgen entonces: ¿Qué significa (o es) una forma de vida literatosa? ¿Y cuáles creadores y obras la han sostenido?
LGV: ¿Literatoso? Es el riesgo que conlleva el pertenecer a la farándula literaria. ¿Definir lo literatoso? Es la mezcla de lo loco que todos somos, con el delirio que conlleva esa vocación literaria que nos mete de cabeza dentro de las bibliotecas: acuérdate que Musil llamaba a las bibliotecas “manicomios de libros”. Así que, parodiando a Darío bien se puede decir: ¿Quién que es no es literatoso? Pero, sobre todo, lo bueno de reconocer que uno es un literatoso es que esto nos vacuna contra la seriedad de los bombines. Pues es que, paradójicamente, el reconocer que se es literatoso, o sea, el no tomarse demasiado en serio, es lo que aquellos que somos, y siempre hemos sido serios, siempre hemos tomado en cuenta. Pues tú sabes que lo demás, lo serio, conduce a la política, y la política conduce a ponerse un bombín, y el bombín conduce a esa teleología insular que puede llevarnos a ser canchanchanes de caudillos…
  Y la segunda pregunta… Me da pena decirte que no sé contestártela. ¿Creadores y obras que me han sostenido? Eso se ha integrado en un mundo, con su tiempo y sus dimensiones, el cual se ha concretado en leyes especiales, y al cual he ido metamorfoseando a través de mis sueños. No sé cómo explicarte. Mis lecturas, mis influencias, se han convertido en cristalitos de un kaleidoscopio interior. Mira, qué sé yo, ¿cómo explicarte? En un libro del argentino Ricardo Piglia titulado “El último lector”, éste nos habla sobre el acto de leer, y nos dice: “lo que podemos imaginar siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño”. Pues bien, yo no he podido dejar de fijarme en eso, y entonces me he puesto a pensar que, si, por ejemplo, en una tarde gris y lluviosa muevo los cristalitos del kaleidoscopio de mis lecturas, puedo llegar a tener ante mis ojos un paisaje diríamos de un autor polaco, diríamos de Bruno Schulz, pero si entonces trato de narrar esa tarde gris y lluviosa ¿debo dejarme llevar por la influencia inmediata del polaco Shultz, o debo considerar esa influencia como una escala con la cual debo contrastar, la tarde gris que tengo frente a mis ojos con las imágenes leídas en Shultz? O sea, ¿debo dejarme llevar por la influencia, o debo considerarla como un material objetivo de trabajo? Pero, dejemos esto. Yo siempre me meto en camisa de once varas.

 
 

PDCS: Usted fue (es) el escritor más joven de lo que se ha dado en llamar la “Generación” o “Grupo Orígenes”, creadores que giraron en torno a la revista homónima que dirigiera José Lezama Lima. Pero creo que su obra ha experimentado, in crescendo con los años, una abismal ruptura (desvío) con respecto del centro estético origenista. Vitier, por ejemplo, aún se empeña en teleologías insulares y epifanías. Usted, que desde un principio se mostró equidistante de los demás origenistas, ha transitado de unos pasmosos arlequines a un home lleno de viejos autistas y suicidas. Ahora bien, más allá del bien y del mal, ¿qué queda todavía en García Vega de origenista?
LGV: Creo que después de haberme metido en el Laberinto de mi autobiografía, El oficio de perder, salí “desorigenizado”. Me siento, Pablo, más albino que origenista. ¡Es raro el asunto! Pues, paradójicamente, siento que mi libro, Los años de orígenes, es todavía un libro origenista, un libro en que todavía me siento identificado con aquel fiestongo. Pero ya, no. Ya, ahora, hasta me siento alejado de aquella pasión conque me expresé en Los años… Y es que, repito, la entrada en el Laberinto me ha convertido en un albino casi sin pasado, ni paisaje. Pero ¿cómo explicar esto? ¿Tendría que escribir otro libro?

 

II (2012)

Pablo De Cuba Soria: Lorenzo, según confesaste en tu reciente visita a Texas A&M University, tu último libro publicado, Son gotas del autismo visual, viene a funcionar como substituto literario de una decisión fracasada que en algún momento tomaste: ser pintor. ¿Cómo es eso? ¿Lorenzo pintor?
  Lorenzo García Vega: Apollinaire al agua. Fue mi consigna a los veinte años, y caí en la piscina cubista.
  También, cuando mis espirales del cuje, me puse a machetear sombras cubistas, utilizando machetes.
  Siempre tentado, aunque no lo parezca, a meterme entre círculos, y cubos. Minimalizar siempre ha sido mi tentación. Por eso no puedo ser neobarroco.
  Autores que nunca olvido: Reverdy, Max Jacob.
  También está lo amarillo. Eso, amarillo, que junto a mi obsesivo colchón tirado en un solar yermo, forma parte de mi autista paisaje de la Playa Albina.
  Dentro de poco saldrá mi texto (creo que saldrá en estos días de Navidad), donde incluyo mis “Gotas de lo vario pinto”. Es un texto donde hago de las mías con la obsesión por erogar trizas plásticas. (No olvides, también, mi palíndromo con cerradura).
  Pero, nunca he sabido dibujar ni una cajita. Y, además, los que soy es un colachero, un notario que quiere confesarse. Tratando de explicar este rebumbio, me he pasado toda la vida.

 
 

PDCS: En efecto, en muchos de tus versos de Suite para la espera hay como explosiones plásticas desprendidas de esas colisiones surrealistas y cubistas de palabras que construiste en esos poemas. Además de ese “Apollinaire al agua” que citas, también recuerdo un “Chaplin abúlico” y “en el puente las tontas meninas a levantes”. Sin embargo, esa primera explosión fue desembocando en oníricas implosiones en tu obra posterior, es decir: en ese acto de minimalizar continuo/obsesivo como bien acabas de señalar. ¿Por qué se dio ese reverso en tu obra? ¿Acaso fue un proceso paralelo a tu distanciamiento del origenismo? ¿O ya en Suite para la espera, en esa “noche de los pasmosos arlequines”, habitaban los rostros del reverso?
LGV: Yo nací dentro de los rostros del reverso. Cuando los habité de verdad, lo que hice fue encontrarme —¿encontrarme?— más a mí mismo. He dado tumbos y tumbos, y siempre termino pretendiendo confesarme.
  ¿Yo me distancié del origenismo? Para enredar la explicación te digo que, cuando estuve, con camisa de fuerza, metido en aquellos Años, siempre estuve distanciado. Estuve con camisa de fuerza, pero distanciado. ¡Aquello, ya lo he dicho, fue de la puñeta!
 
 

PDCS: Paralela a esa pretendida necesidad de confesarte, siempre ha estado en tu obra otra necesidad: la de encontrar una forma para esas confesiones. En libros tuyos como Los años de Orígenes, Vilis y El oficio de perder (por sólo mencionar tres), además de confesiones de vida, hay confesiones de formas constructivas del texto. Pareciera, entonces, que Lorenzo García Vega lo que busca en su escritura es darle una forma a su existencia. ¿A qué le atribuyes esa marcada obsesión por las formas en tus libros?
LGV: ¿Obsesión por las formas? No sé, no creo que las formas me obsedan. No te olvides que, siempre me he vuelto hacia atrás, buscando lo inmaduro. ¿Gombrowicz? Gombrowicz nunca se me olvida.
  O, quizás, más que la forma, me obsede dar con el hacha para quedar en la seca estructura, en el hueso último. Pero, no olvides que nunca olvido el sueño (tengo una libretica en mi mesa de noche). Me gusta sumergirme en el sueño y, de inmediato, con vocación de cubista, detenerme, buscando la estructura.

 
 

PDCS: ¿Ya desde los poemas de Suite para la espera y desde aquellas “sombras cubistas” macheteadas que estructuran Espirales del Cuje, existían esas libreticas de confesiones oníricas de las que se desprende buena parte de tu escritura?
LGV: No, el fiestongo onírico vino después, y culminó en Vilis, esa ciudad que se levantó aquí, en la Playa Albina.

 
 

PDCS: Y en esa ciudad onírica levantada en Playa Albina, ¿qué queda de Jagüey Grande, de La Habana, de New York, de Caracas? Es decir, de las ciudades que físicamente has habitado en tu vida.
LGV: Jagüey Grande reaparece en mis sueños, continuamente.
  Caracas a veces reaparece en mis sueños, con la pesadilla de ser el lugar donde no puedo quedarme, pues no conseguía empleo —así fue en la realidad.
  No deseo recordar a New York. Una de las peores etapas de mi vida la viví allí. Hace poco estuve en New York. No quería estar allí.

 
 

PDCS: Después de Suite para la espera, no has vuelto a publicar lo que se llama un cuaderno de poema (y aquí cometo un acto de reduccionismo genérico). Incluso, más allá de que Ritmos acribillados pueda encasillarse en ese género literario, es un libro más cercano a una escritura atravesada por otras formas, como el diario y/o las memorias. Y tus últimos libros (El oficio de perder, Devastación del hotel San Luis, Cuerdas para Aleister…) transitan de lo autobiográfico a las minificciones. ¿Todavía Lorenzo escribe poemas?
LGV: Creo que escribo poemas en mi libro próximo a salir: “Erogando trizas donde gotas de lo vario pinto”. Aunque las gotas son apotegmas, apotegmas visuales. Vamos a ver cómo sale la cosa. Hago lo que puedo.

 
 

PDCS: Has dicho que Max Jacob es uno de esos escritores que nunca olvidas. Justamente en su famoso prefacio a El cubilete de dados Jacob señaló que “el poema en prosa, para existir, ha de someterse a las leyes de todo arte, que son el estilo y la voluntad”. Entonces, replanteando un poco la pregunta anterior, ¿acaso lo que has hecho en todos estos años es escribir poemas en prosa atravesados por una voluntad de situar (y aquí utilizo otro concepto de Jacob) tu estilo en un espacio compuesto de destrucciones genéricas, a semejanza de tu devastado hotel San Luis?
LGV: ¿Qué es lo que he hecho en estos años? Meterme en Vilis cada vez que puedo. ¡Pablo, no me preguntes eso! Me da hasta miedo la pregunta (y también al Maestro KH, que a veces se para frente a mi casa).
  Sí, es verdad que he tenido una voluntad, pero lo mejor es ni preguntarme por eso.
  Aunque es verdad: sí: casi siempre me he sentido atraído por espacios devastados —la colchoneta en el solar yermo, las paredes del hotel San Luis. Pero, ¿qué otra cosa podía hacer, metido, como lo he estado, en un Home de la Playa Albina? Mis fantasmas, como el Maestro KH, siempre han estado a la vuelta de la esquina.
  ¿Fantasmas sometidos a una geometría? Quizás algunas veces me he propuesto eso. Los palíndromos, acuérdate. Ha sido, lo confieso, un mundo un poco seco.

 

Pablo de Cuba Soria (Foto cortesía del autor)

Pablo de Cuba Soria
(Foto cortesía del autor)

PABLO DE CUBA SORIA (Santiago de Cuba, 1980). Ha publicado los cuadernos de poesía De Zaratustra y otros equívocos (Ediciones Extramuros, La Habana, 2003), El libro del Tío Ez (Ediciones Itinerantes Paradiso, Miami, 2005), Rizomas (Tranvías Editores, Lima, 2010), e Inestable (Editorial Silueta, Miami, 2011). Vive en Richmond, Virginia.

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Esta entrada fue publicada el 02/11/2014 por en Entrevistas.
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