Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

De “Ficción en cajitas”

LORENZO GARCÍA VEGA

* Estos tres escritos de épocas distintas, pertenecen al libro Ficción en cajitas, antología de la “prosa” de Lorenzo García Vega (seleccionada y prologada por Pablo de Cuba Soria), que publicó Fondo de Animal Editores en este 2014, en Ecuador.

El santo del padre rector

Llega ese día, el día de fiesta en el colegio: lo siente como un frío. Sin embargo, él va también hasta allí, hasta el borde de ellos. Cerca de ellos, pero no más que para pensar en sus cosas, en sus casi cosas, en su historia. Por eso, no puede saber cómo son los gritos, las risas, los juegos. Y cuando el jesuita —gordo, sofocado— tira caramelos por una ventana, él se levanta con los demás, se agacha como los demás, llega a recoger bombones en un rincón; pero luego se ve, entrando en la alegría de ellos como el que desenfadadamente penetra en una casa ajena, y se avergüenza.
  Ahora unos montan a caballo; otros, cerca del campo de pelota, se acercan al camión que tiene los refrescos: se sofocan, pelean, ríen: él nunca conocerá su secreto. Pero aún insiste, va a quedarse para la sesión de la tarde, ensaya una que otra carrereta y, al final, siente sobre sus brazos el forro empapado en sudor de su saco. Ellos, los otros, sin embargo, giran con una luz, con un calor distinto.
  Ya, nítidos, los ve. Los precisa, los dibuja. En la fila, en el comedor o en los juegos: palpitante, un solo organismo lleno de ruido y sudor, surge de sus cuerpos unidos. Y él intenta vivir un poco como ellos, doblar para sí, como si fuera un pañuelo, el tapiz de sus gritos. Y se acerca al banco de madera de la galería donde está sentado Ramón López: gordo, anodino, fofo, con barquillo de helado en una mano. Y se pone a imitar sus gestos de niño cándido —casi idiota—, como para remendar la soledad.
  Pero, no hay salida, tiene que verlos de lejos. Tiene que ver su inmensa masa, globo de ruidos y colores fulgurantes, que suena con la nostalgia de los lugares adonde no ha estado, con las risas del circo donde estuvo solo. Porque esa inmensa presencia, porque ese ruido de ellos, es la presencia y el ruido de una carpa grande, tan grande como el mundo, en que él no penetra.
  Ahora ya es de noche. Ha terminado el día de santo del Padre Rector. Desde un pequeño paradero de tranvías —mortecina luz donde nacen chicharras, un solo banco de piedra para un viajero de humo— él, de la mano de sus padres, va entendiendo, lentamente, por la soledad, como el que escala, cautelosamente, una ladera nocturna. Y no es que deje de verlos, no: sabe que están allí, en el colegio; sabe que están dentro de una carpa grande, tan grande como el mundo. Y sabe, también, que ellos han de reírse, siempre, con ruido voluptuoso y alucinante, sobre la estéril pantomima de sus gestos.
  Él: soledad, títere: lanza su lamentable mímesis, cubierto con el forro empapado en sudor del uniforme de gala del colegio. Ellos: surgiendo, entrando, saliendo, por esa calle siempre prestigiosa, donde los cinematógrafos están cubiertos con la sombra de un gigante familiar.
  Eso es así, lo sabe desde entonces, lo sabrá siempre. Y, cuando después de haber tomado el tranvía, apoya su frente en el cristal de la ventanilla, comprende que esas pequeñas luces que ruedan por lo oscuro de la noche, tienen la misteriosa dulzura del frío que se acepta, del frío en que se penetra por secreta vocación.
 
  [De Ritmos acribillados, 1972]

El sagrado corazón de Virgilio

A Cintio Vitier y Fina García-Marruz

 

Estuvimos los viejos en el comedor del Home. Los gatos, ¡una cantidad de gatos!, en el patio. Y el mantel con florecitas, ¡cuán viejo!, sobre la mesa del comedor.
  Un domingo por la tarde, ¡figúrense!, con los más crédulos viejos reunidos.
  Sentí, recuerdo, que me sobrevenía eso que súbitamente le sucede a los viejos: una tirita mecánica que me atacaba los hombros. Raro, ¿no?, aunque, repito, esa sensación es algo que todos los ancianos conocen.
  Estuvimos, ¡no en balde era domingo!, congregados los viejos. Viejos crédulos, acabo de decirlo.
  Y, convocamos a los muertos. ¡Un domingo por la tarde! ¡Cómo los convocamos!
  Recuerdo (y esto lo digo para no dejar de decirlo todo, aunque este detalle que cuento nada tenga que ver con los muertos que convocamos), que antes de empezar con los difuntos yo, no sé por qué, estuve diez minutos hablando, sin parar, sobre todo lo que se pudiera calificar como idiota, o sea, estuve recitando el repertorio estereotipado e infinito de situaciones inútiles que no dejé de experimentar durante el transcurso de mi vida.
  También dije que todo lo que me había sucedido, pensándolo bien, podía parangonarse con una obra de un teatro de títeres, con musiquita y todo.
Entonces también (ya he dicho que quiero decirlo todo, aunque esto no tenga que ver con los difuntos), un viejo contó (teníamos toda una tarde por delante), con todos los detalles, el argumento de Scaramouche, una película silente de 1923, protagonizada por Ramon Novarro (y, por cierto —aunque esto no sé cómo explicarlo—, el viejo narró de manera silente a esa película muda).
  Pero, bueno, lo principal fueron los muertos. La mesita recibió mensajes que fue un contento. El ectoplasma estuvo a la orden del día. Y los aparecidos… ¡Qué decir de los aparecidos! Llegó Camilo Flammarion. Llegó también Jean Harlow, la actriz platinada de Hollywood, quien murió en 1937, pero que se puso a hablar, un rato largo, sobre el año 1936 (mucho le pregunté por el cabalístico 1936).
  Flammarion, les repito. Los muertos… Así que la pasamos bien, si no hubiera sido que…, en la sala…
  ¿Qué pasó en la sala? Pues que, en la sala del Home, una vieja se atacó de los nervios. Se puso a llorar, y a gritar, la condenada vieja.
  Los viejos, por supuesto, movidos por la escandalera de la vieja, dejamos a los espíritus, y corrimos hacia la sala.
  Hacia la sala. Y ¿qué creen que vimos? Pues a la vieja, temblando que era un contento, frente a un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús.
  Un cuadro del Sagrado Corazón de Jesús, con sus colores, con su llamita, con su corazón al aire libre, o sea, con todo tal como siempre, desde la niñez, los viejos lo hemos visto en las casas de nuestro mayores. Pero…, agárrense a los asientos: pues resultó que lo inaudito fue que la cara del Jesús del Sagrado Corazón, no era la cara de Jesús, sino la cara de Virgilio Piñera.
  Pero, ¿quién pudo ponerle al dulce Jesús la cara del avinagrado Virgilio Piñera? Nadie, ningún viejo del Home pudo explicarse el asunto. Es más, nadie, ningún viejo del Home, sabía quién era Virgilio Piñera. Sólo yo lo supe, y por eso a mí también, al igual que a la vieja que lo descubrió, me entró un tembleque que para que hablar, un tembleque que no hubo nadie que me lo pudiera quitar.
 
  [De Papeles sin ángel, 2005]

En este caso, el título se encontrará tras las rejas

A Armando Pinto

 

Yo me he vuelto un onirólogo, sí, yo soy un onirólogo, y en septiembre 8 soñé cómo el sueño podría construir una casa de mimbre. Y, ¿un arpa tiene que ver con esto? Pero no, el sueño nada tenía que ver con eso. El sueño estaba al desembocar en lo muy sombrío, y el soñador no quería hablar de eso.
  En el sueño estaba Judith, mi hija.
  Ayer tuve un día infernal, sí, solamente así podría calificarlo: un día infernal. Tuve tres hipoglucemias. Hoy se verá al médico, se verá el resultado.
  Son las cuatro de la mañana. ¿Por qué, al despertar, pienso en Ramón Gómez de la Serna? ¿Las greguerías podrán tener que ver con una casa de mimbre? Sé que afuera la noche es oscura. Oscura y fea, demasiado fea.
  ¿Pudiera existir el Infierno?
  Me pregunto si Judith, cuando era niña, alguna vez se orinó en la cama.
  ¿Por cuál camisa de once varas me podría meter?
  Ayer, repito, estuve en el Infierno. Después, con una fuerte agresión verbal comenzó una violenta comedia de malentendidos. Pero me desperté dando saltos en un hotel. Allí estaba Carlos Victoria. A Carlos Victoria, que en vida estuvo lleno de miedos, alguien lo va a agredir, estoy seguro. Es de arriba a abajo el traje negro de mi amigo Carlos Victoria. Él fue mi amigo, repito.
  Al final, un sueño anacrónico con dilemas, alternativas de la década del 60: un ferrocarril donde trataría de encontrar a Mallitín, un joven formado por la Revolución. Pero, ¿es que debo integrarme aceptando un cargo de gran responsabilidad política, un cargo como de diplomático?
  Y en septiembre 9 creí que era la mañana, creí que era la hora del despertar, pero sólo eran las dos de la mañana y yo no había despertado. Entonces, entré en un gran edificio circular, donde se montaba una obra compuesta por Rimbaud. Gritos, visión apocalíptica donde estaba lo apiñado, lo violento, una gran multitud. Una gran multitud, repito, de esclavos. Había muy poca luz. Yo desafié al jefe de esa multitud de esclavos. Así, que, podría luchar contra él, y si lo vencía, entonces, yo sería el jefe. ¡Un jefe de esclavos!, por supuesto.
  Pero por supuesto yo no dejaba de ser esclavo aunque yo venciera al jefe de esclavos. La gritería era infernal. Casi nos despedazamos el jefe y yo. Entonces, fue cuando desperté, pero consciente de que seguía durmiendo. Pero advierto de que antes, antes de que todo eso empezara, pronuncié unas palabras bíblicas. Sí, lo sé, pero ya todo eso se me borró.
  Al levantarme, antes de acostarme y dormirme de nuevo, fui a orinar, y oriné como un condenado. Sí, creo que oriné como un condenado del Infierno. Sentía que me estaba vaciando en una caldera infernal, que parece que el Dante en su momento vio.
  Sí, yo me he vuelto un onirólogo, repito.
 
  [Escrito pocas semanas antes de morir]
 

Lorenzo García Vega (Foto: Pablo de Cuba Soria)

Lorenzo García Vega
(Foto: Pablo de Cuba Soria)


 

Lorenzo García Vega (Jagüey Grande, Cuba, 1926-Miami, 2012) fue uno de los integrantes del “Grupo Orígenes”. En 1948 publicó el poemario Suite para la espera (La Habana, Ediciones Orígenes) y en 1952 ganó en Cuba el Premio Nacional de Literatura con la novela Espirales del cuje (1952), siendo este el último premio nacional que se otorgara en la isla previo al triunfo de la “Revolución” Cubana en 1959. En 1968 emprendió el camino del exilio, residiendo entonces en España hasta principios de los setenta, cuando se trasladó a New York. Luego vivió un tiempo en Caracas, para luego establecerse definitivamente en Miami, ciudad que rebautizó en sus páginas como “Playa Albina”. El ensayo autobiográfico Los años de Orígenes (1979) se ha convertido en uno de los libros más polémicos de la cultura cubana. Otros libros importantes de García Vega fueron Ritmos acribillados (1972), Rostros del reverso (1977), Poemas para penúltima vez [1948-1989] (1991), Variaciones a como veredicto para sol de otras dudas (1993), Vilis (1998), Palíndromo en otra cerradura (1999), sus memorias El oficio de perder (2004), la novela Devastación del Hotel San Luis (2007), Palíndromo en otra cerradura. Homenaje a Duchamp (2011) y Erogando trizas donde gotas de lo variopinto (2011), donde recogió la labor poética de sus últimos años. Esta muestra que Conexos publica, forma parte de la Antología Ficción en cajitas (compilación y prólogo de Pablo De Cuba Soria), que publicará la editorial ecuatoriana Fondo de Animal Editores a finales de 2014.

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Esta entrada fue publicada el 02/11/2014 por en Uncategorized.
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