Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Martí y las bailarinas de España

CARLOS RIPOLL

 

Siempre fue Martí muy aficionado a la escena. De niño llevaba por encargo pelucas a los actores para poder asistir a las funciones del teatro. En Madrid, Zaragoza, París, México y Nueva York frecuentaba el mundo de la farándula. En el Teatro Principal, de México, nació uno de sus grandes amores: la actriz camagüeyana
  Eloísa Agüero; y por la obra que estrenó en México, Amor con amor se paga, pudo conquistar a la que sería su esposa, Carmen Zayas Bazán.
  Martí gustaba del baile de los profesionales en la escena, a diferencia del baile en salones, de parejas, el baile social, que le parecía deshonesto, y reprobaba; así lo condenó en sus poesías diciendo que era un daño para “el honor de las mujeres”. Y en un Cuaderno de apuntes, de cuando era estudiante en España, escribió: “No soy yo declamador frío y sistemático contra el baile. Yo no ataco al baile que baila, sino al baile que se reúne para bailar. El baile en el hogar es quizás un recreo lícito. En la reunión, una costumbre perniciosa… creador de deseos funestos”.
  Por su interés en el teatro no es extraño que estuviera Martí interesado en las bailarinas españolas que tuvo ocasión de ver. Agustina Otero, “la bella Otero”, famosa también por sus amantes, es “la bailarina española” de sus Versos sencillos; de allí son estas estrofas: […] Ya llega la bailarina, / Soberbia y pálida llega. / ¿Cómo dicen que es gallega? / Pues dicen mal, es divina. // Lleva un sombrero torero / Y una capa carmesí. / ¡Lo mismo que un alelí / Que se pusiese un sombrero! / […] Repica con los tacones / El tablado zalamera, / Como si la tabla fuera / Tablado de corazones. // […] Baila muy bien la española, / Es blanco y rojo el mantón. / ¡Vuelve, fosca, a su rincón / El alma trémula y sola!
  De otra bailarina escribió Martí, de la sevillana Carmencita Dauset. Hablando en una de sus crónicas de la educación de la mujer en los Estados Unidos, criticó a las alumnas de Vassar College que disfrazadas de hombre iban en Nueva York a verla “desde el seguro del palco [de] aquel salón pecador a que va la germanía de la ciudad, habituada a los cantos y franquezas de la escena alegre”. Es que muchos consideraban atrevido e inmoral el baile de Carmencita. Martí gustó del espectáculo y escribió: “¡A un rincón las coristas… que baja por la escalera del fondo, sacudiéndose las enaguas y con la cabeza mirándose en ellas, la de Triana y la de la calle de Santa Isabel, la de jazmín al pelo que llaman la Carmencita. Saluda de lado, como quien cita al toro. El guiño travieso centellea y convida. De un ‘¡Señor, música!’ empieza el escarceo. Ya es el paso en redondo, de maliciosa a quien cortejan; el paso atrás, menudo, que va huyendo del novio; el taconeo de costado, que se corre por donde no hay luz; la carrera de puntillas, a taparle al cortejo los ojos; y el revoloteo y la cumbre del beso, y luego el ir despacio, como quien vuelve a la vida poco a poco. El teatro, ávido, aplaude, las mujeres se muerden los labios, los hombres se echan sobre el espaldar del vecino; se oye el taconeo, el barrido, el punteo de aquel pie de cisne que borda en las tablas. Y cuando se va, desganada y perezosa, parece que se ha ido un rayo de sol”.
  ¡Ah, si nosotros pudiéramos ver bailando a la sevillana “de jazmín al pelo” en el Nueva York de aquellos años! ¡Sólo un milagro nos permitiría esa experiencia! ¡Sólo un milagro! Pero ese milagro existe. Se conserva un corto de película con el baile de Carmencita. Es que ella también pertenece a la historia del cine: fue la primera mujer que filmó el cinetoscopio de Thomas Edison, la primera que apareció en una pantalla en los Estados Unidos, y la suya la primera película que hizo hablar de censura en el cine: es que en alguno de sus movimientos se le ve el pantalón debajo de las enaguas. ¡La bailarina de José Martí! Es lo único que podemos ver tal como él lo vio.
  Los National Archives, de Washington, en sociedad con Google, acaban de poner en la internet varios fragmentos de películas. Entre ellos hay uno en el que baila Carmencita. Se entra en y ya en ese lugar se hace una búsqueda (search) de “Google+videos+Carmencita”, y aparece en la pantalla una línea en que se lee: “Carmencita, Spanish Dance 1894-Google Video”; se hace entonces clic en esa línea y, a poco de estar la computadora cargando las imágenes (buffering), empieza el baile. ¡Un minuto de Carmencita tal como la aplaudió Nueva York hace más de un siglo! ¡Tal como la vio Martí!
 

Carlos Ripoll

Carlos Ripoll

Carlos Ripoll (Cuba-EE. UU., 2011). Profesor, investigador e historiador. Especialista en la obra de José Martí.

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Esta entrada fue publicada el 10/01/2015 por en Ensayo.
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