Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Las caras de Bélmez

JOAQUÍN BADAJOZ

 

Lo primero que me sorprendió fueron las paredes revestidas de espejos. Como entrar a un salón de baile, una repulsiva pecera, una celda de interrogatorios. El enlozado del piso, opaco y varicoso, tenía la consistencia de una piedra de hielo. Nunca he podido mirar superficies de mármol; siento vértigo, una atracción potente hacia esa corteza de Blue Stilton o Roquefort que obliga darle un mordisco antes de que uno se rompa de súbito los dientes. Todo olía a podredumbre de queso Gorgonzola. Avancé con la torpeza de un oso sobre la nevada fangosa, dando pasos cortos, bamboleante, con el cuidado del patinador que se aventura a un lago congelado la última semana del invierno, temeroso de que al menor descuido se quiebre la escarcha.
  Era un piso amplio el de Bélmez. De esos que llaman lofts, de puntal alto, con la desnudez de un almacén industrial y los conductos de la calefacción expuestos. Del techo también colgaban lunas enormes. Los muebles amontonados al centro, con la austeridad aséptica de los hospitales y las funerarias. Sepultado en un viejo camastro, se retorcía un cuerpo incoloro, de transparencia biliosa, como de batracio. Un cuerpo sacudido por un siseo inaudible, tropeloso, invitando a pasar, indicando el camino, excusándose por ser ese saco de huesos que se perdía dentro de las sábanas. Lo miré con rencor, como se mira a un impostor que invade otro cuerpo y así —oculto bajo esa máscara que podrías arrancarle de un tirón clavando los dedos en las cuencas— te seduce, te engaña, te tienta a creer que esa cara desconocida, de pómulos huesudos, esos ojos que casi cuelgan al fondo de un abismo, tienen algo, quizás un brillo, que te resulta familiar. Del Bélmez que recordaba, su rostro rubicundo y casi infantil, con un fleco rojizo bailando sobre la frente, de tan manso insolente, que le había hecho adoptar la manía de soplarlo aprovechando la amplia salida de aire que le permitía su prognato maxilar, ya no quedaba nada. El dolor se transformó en extrañeza.
  Estuvimos conversando unas tres horas que se me antojaron larguísimas. Comenzaba a oscurecer cuando me despedí palmoteándole suavemente el hombro, cuidando que no se desintegrara. Sabíamos, al menos yo sabía, que sería la última visita, así que antes de irme volví a darle una mirada a aquel espacio en el que tan gratos momentos habíamos pasado. Hacía años que no ponía un pie en el departamento de Bélmez, buscaba algún rincón al que aferrarme, una ruina —de eso se trata el recuerdo, de una absurda arqueología de la memoria—, pero todo estaba tan cambiado, tan patas arriba, que era como si entrara por primera vez. Y luego aquellos espejos enormes, que me hacían sentirme vigilado, incómodo, duplicaban la amplitud del lugar y le quitaban todo lo poco que pudo tener alguna vez de intimidad. El piso de Bélmez era ahora una selva de azogue, un océano entre rebanadas de queso.
La chica que lo acompañaba, su enfermera supuse —Bélmez no tuvo hijos, al menos que yo supiera, ni gustaba de amantes jóvenes—, me entregó un pequeño paquete al devolverme el abrigo. Cabía perfectamente en un bolsillo y allí lo puse, y allí ha estado desde entonces porque no he vuelto a usar ese gabán. Al principio lo manoseé curioso mientras hacía la ruta de regreso en el metro, pero algo tan insólito ocurrió al llegar a casa que me hizo olvidarlo por completo.
  Escuché los pasos apresurados del portero cuando me dirigía a abordar el ascensor, una verdadera joya de anticuario, con puerta de flejes articulados en cada piso que se cerraba retractable como una jaula antes de que se moviera la plataforma. Fue una de las razones para que me decidiera a alquilar en aquel viejo edificio del centro. No sé mucho de elevadores, apenas que son protagonistas ignorados del desarrollo de las urbes modernas, igual que los desagües. Gracias a ellos surgieron los rascacielos, un tema que me apasiona —y del que sí creo conocer algo, considerando que mi Historia de los rascacielos va por su cuadragésima edición—. Estaba cerrando la portezuela cuando me alcanzó sofocado extendiéndome un sobre por entre los barrotes. «Lo entregaron ayer en la mañana. Le he dejado varios mensajes en su contestador».
  Lo abrí mientras ascendía y saqué una esquela breve, recortada de la sección de obituarios del Daily News. Esa misma mañana, es decir ayer, había muerto Mario Bélmez. Hubiera pensado que era una broma de no ser por la caligrafía temblorosa y diminuta que conocía bien. «Lamento tener que darte la noticia. Sé que te he arruinado el día. Abrazos». Tenía que ser un error, pero no pude controlar un involuntario erizamiento —lo poco que nos queda del instinto animal: la reacción en cadena del músculo piloerector—. Acababa de ver a Bélmez, irreconocible quizás, demacrado, pero sin dudas era él, hacía poco menos de una hora. Apreté el bulto en mi bolsillo. Hurgué con la yema de los dedos, recorriendo sobre el papel de estraza los surcos del marco, repiqueteé la uña sobre el cristal. Sabía perfectamente bien qué contenía y sonreí con tristeza.
  Contuve el impulso de regresar aquella noche al departamento de Bélmez. Intenté hacer algunas llamadas, pero el teléfono se habría descompuesto tras la tormenta eléctrica del mediodía. Ese era el precio de vivir en un edificio casi en ruinas del centro. Colgué el gabán en la percha, me preparé un té con vodka, y entre atontado y adormecido estuve echado en un butacón hasta que amaneció. Eso, contado a grandes rasgos, como un guión de cine, intentando no aburrir. La realidad es que en un momento de la noche me desperté sobresaltado frente a unos ojos negrísimos, tan negros que no tenían cornea, o la pupila dilatada se expandía hasta la esquina de los párpados. Grité, pero estaba fundido al sillón, era una piedra humana. No sé cuanto tiempo estuvo así, mirándome. El ruido del reloj me golpeaba los tímpanos. Forcejeaba y no movía un dedo. Cuando comprendí lo que me estaba sucediendo cerré los ojos con esa calma que sucede a la descarga de adrenalina, que convierte en manojo de nervios y dilata el esfínter. Era la pesadilla de Bélmez. Me había hablado de ella aquella misma tarde. Estaba en un rincón, agazapado sobre el mueble, en posición de feto, pero al mismo tiempo flotaba por el cuarto ligero y regresaba a mirarme extrañado, como si nunca antes me hubiera visto a mí mismo, no de esa forma, como solo pueden vernos los otros. Cuando me desperté ya había amanecido.
  Después de una ducha helada salí sin desayunar hacia casa de Bélmez. Debía cerciorarme de que todo estaba bien, o pésimo, pero en fin, ver con mis propios ojos lo que hubiera pasado. Me abrió la misma chica de la tarde anterior, solo que ahora lucía envejecida, como si fuera una hermana mayor de la de ayer. Por su trato, más familiar que el frío y distante de hacía unas horas, sentí que me reconocía. El departamento estaba cambiado. Habían desmontado algunos tabiques de espejos, y en su lugar estaban los mismos cuadros que recordaba de una década atrás. Me estaba esperando, dijo, y sin darme tiempo a contestar me guió hacia una de las paredes. «Usted ve. Aparecen y desaparecen. Esas manchas mohosas, cada una como caras de Bélmez». Paseé por la estancia observando como la humedad se recogía, hacía guiños, muecas, retortijones. Pareciera que por detrás de cada pared se deslizaba un ejército de bélmez, aplastando sus rostros desfigurados contra el vidrio empañado, asomando por esos vanos donde se ha oxidado el azogue.
  Había muerto efectivamente ayer, pero según ella habían pasado tres o cuatro días desde mi visita. No quise contradecirla por educación, o porque estaba tan ensimismado que no tenía apenas ánimo para discutir y menos con una joven —los jóvenes siempre piensan que tienen la razón; ya pasé por eso y voy de vuelta—. Me había dejado otro bulto similar al anterior. Le hice la observación de que ya me había entregado un paquete, pero como sospeché no lo recordaba. Se disculpó diciendo que estaba demasiado estresada aquellos días como para estar al tanto de esos detalles. En todo caso mi nombre estaba escrito sobre el papel de estraza. Repetí como un autómata la rutina de la tarde anterior, la de ayer o la de hace una semana, giré sobre los talones escaneando por última vez la casa de Bélmez mientras me deslizaba discreto este segundo paquete en el bolsillo.
  Esta vez no pude resistir la curiosidad. Rasgué el papel ansioso en cuanto sentí que la puerta se cerraba a mis espaldas. Sonreí aliviado, desencantado o confundido, cualquiera de estas reacciones describiría bien mi estado y tampoco sería exacta. De todas las propiedades de Bélmez, que no eran pocas, esta tenía un significado especial para él. No he dicho que Mario Bélmez fue durante varios años director de una prestigiosa revista, quizás el más extraordinario de los editores que he conocido. Su celo llegaba al punto que, en vez de enmarcar las innumeras ediciones premiadas, tenía en cambio sobre su escritorio, a la vista de todos y la suya propia, la única portada donde se le había escapado una vergonzosa errata. Para mi era una ocurrencia torturante sobre la que siempre bromeaba, para él un recordatorio que se tomaba en serio, un ancla a tierra que le recordaba que el dios en que se había convertido podía trastabillar como cualquier humano. «El éxito es un carnaval, solo el fracaso enseña» había escrito con su caligrafía inteligible.
  Aquella tarde de ayer, o ya no sé si de hace una semana —iba recordando durante el viaje de regreso—, me contó que había vuelto a obsesionarse con el episodio más trágico de su vida, ese que destruyó su carrera y lo lanzó a la cárcel cuando era un hombre exitoso y envidiado. Bélmez había terminado tarde en la redacción. Podía haberse marchado antes, pero era día de cierre, debía enviar la revista a imprenta y siempre revisaba hasta el último de los blueprints. Entonces las mujeres se le daban fáciles, a un chasquido de dedos, y no era el viejo solitario en el que se había convertido al salir de prisión. Era casi de madrugada y con la esperanza de no tener que irse a dormir solo pasó a tomarse un whiskey —Macallan o Laphroaig eran sus favoritos, le gustaban los whiskey malteados— por un selecto club del centro. Habrá estado media hora. Lo justo para una copa y encontrarse con una amiga, que se llevó consigo a casa. Hasta ahí todo bien. Lo curioso es que era un día de cambio de horario de invierno y todos se hicieron un rollo con las horas exactas dejando un breve margen en el que no tenía coartada. Según los detectives, tiempo más que suficiente para apuñalar a un colega —un tipo de mala entraña además, que no solo Mario, sino medio mundo había tenido motivos para destripar de un navajazo— en el sótano del estacionamiento de la oficina. Luego aparecieron testigos, varios, casi una docena, que lo vieron huir. Era Bélmez solo que vestido de otra manera, pero eso era un dato menor para los fiscales. Nunca aparecieron pruebas que lo incriminaran pero aún así pasó casi tres años preso. Entonces comenzó la neurosis. De esa época sé poco. Vivía casi ocultándose de todos. Fui a visitarlo varias veces pero también mi vida tomó otro rumbo. Digamos que la catástrofe de Bélmez fue una catástrofe colectiva. Hablamos de eso en aquellas tres horas. Ya no tenía sentido mentir y lo escuché paciente. Estaba convencido de que había sido una injusticia, también de que los testigos no mentían. Parece que fue entonces cuando comenzó a tapizar las paredes de espejos. Lo obsesionaba pensar que nunca podría mirarse a sí mismo realmente, cara a cara. Verse, en definitiva, como lo veían otros. Para eso dependía siempre de artefactos engañosos. Sabía, mejor que nadie, que la imagen que rebotaba de esos engendros no se acercaba ni siquiera medianamente a la realidad. Pero lo que más lo sobrecogía —añadió sigiloso, tan susurrante que apenas pude escucharlo— era pensar que su conciencia pudiera corporeizarse al margen de su voluntad y andar cometiendo crímenes de los que no tenía memoria. Temía, pero también deseaba, recuperar control sobre ese ente, encontrarse con su cuerpo duplicado, como dos gemelos, pero diferentes, porque cada uno podría ver lo que el otro no veía, reconocerse desde ángulos nunca antes imaginados.
  Iba pensando en esto también mientras subía a mi departamento. Si este paquete tenía lo que pensaba encontrar en el otro, ¿aquel qué contendría? ¿Existía realmente? ¿O era fruto de mi propia neurosis? Como podía ser también mi conversación con Bélmez. De hecho siempre cargaría una deuda enorme con él, más que deuda remordimiento. Si lo había esquivado durante todos esos años era por escrúpulos. Me costaba mirarle a los ojos, y no por que pensara que era un vulgar asesino, no me cabía duda de su inocencia, sino porque ese macabro suceso hizo que nuestras vidas se enlazaran de manera más sórdida y permanente que la amistad íntima que habíamos compartido. Una deuda que no se merecía ni que había sido planificada, un absurdo accidente —pero que tampoco podía confesarle, porque era yo y no Bélmez quien había matado a aquel malvado—.
Fui directo al bolsillo del gabán, palpé y allí estaba, un paquete exactamente igual al otro, envuelto en el mismo papel de estraza color café. Lo abrí.
  Era un espejo pequeño. Al mirarme observé aterrado reflejarse la cara de Bélmez.

 

Joaquín Badajoz (Foto cortesía del autor)

Joaquín Badajoz
(Foto cortesía del autor)

JOAQUÍN BADAJOZ es miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE), de la American Comparative Literature Association (ACLA) y de la American Association of Teachers of Spanish and Portuguese (AATSP). Miembro de los consejos editoriales de Glosas (ANLE), RANLE (Revista de la ANLE) y OtroLunes (Madrid/Berlín). Ha publicado ensayos, reseñas, crítica de arte, poesía y narrativa en revistas y antologías de EE.UU., España, Francia, México, Panamá, Polonia y Cuba. Coautor de Enciclopedia del Español en Estados Unidos (2008), Hablando bien se entiende la gente (2010) y Diccionario de Americanismos (2010). Es columnista de El Nuevo Herald (EE.UU.) y editor de portada de Yahoo!

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Esta entrada fue publicada el 10/01/2015 por en Narrativa.
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