Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Minotauro y otros poemas

JORGE LUIS ARCO

 
Martí
 
Dos patrias tengo yo, Cuba y la noche: ¿o son una las dos?
José Martí

La patria estaba sola como una sombra, una lámina
como un vampiro cansado o criatura lunar añorando la luz
como una muchacha gótica, una fuente derruida, un sorbito de hiel
una mirada que se escurre, una pistola suicida, un no sé qué
hacer contigo porque no aguardo tu ocaso ni tu lento amanecer
Ah la patria como una isla sin peso sobre la sien
ráfaga, postrimería, caducidad, una mancha en la pared
No tengas miedo. Eso pasa. Cierra los ojos. Respírala
Luego bórrala. Mentira. Sopla el viento. Tengo sed
La patria sin patria, errante, perversa, dura, la fiebre
como el sudor en las sienes que deliran, ávido sexo
caníbal, la luz tan blanca. Al partir. Un desolado interregno
El puentecito de Nietzsche. Toco tus pechos de agua
tus arrecifes sombríos, los restos sobre el mantel
las ruinas de un rostro en ruinas, la opacidad de la fe
Isla, patria, noche oscura. Y la tinta del café
Ay patria, salvaje, ausente, lejana como un placer
dame tus golfos de nada y tus palmas desoladas
tu rostro errante, perdido, el aguacero cerrado
No puedo con tanta sed
 
 
 
Minotauro
 
Este es el animal que no ha existido
R. M. Rilke

En un pasillo oscuro estabas tú
En una espera absorta como un vicio melancólico
Habías perdido el reino, el trono del aire
el confín, los furiosos atardeceres
aquella muchacha astuta y lujuriosa
aquel héroe romántico y displicente
¿Quién escribirá tu historia
lejana como tu propia imagen?
Te habías quedado ciego
y solo olías a ti mismo
y tocabas tu cuerpo
con un tacto olvidado
Laberinto, náusea, oscuridad
Náufrago desde el nacimiento
El sacerdote de tu extraña noche
Sólo cantar y soñar y aguardar
una extraviada belleza
un rostro de dulce olvido
En tu opulenta noche
En tu reino salvaje
En tu castillo ensangrentado
En tu inflamado corazón
 
 
 
Del sueño

En ese sueño estabas. No eras tú
Tenías una rara belleza, como nunca
te sorprendí en la vida. Yo sentía
un nudo, una pregunta, un imposible
algo como esferas girando
alrededor de un centro íntimo
remoto. Mis ojos se alejaban
de mis ojos. Me miraban a mí
como a un mendigo al borde
de toda la belleza, inconsolable
No hablábamos. Sólo mirar
y sentir y padecer y asentir
y todo el universo estaba allí
como una paloma tranquila
como tu mano en mi corazón
adolescente, tibio, indiferente
y mi mano en tu corazón
como una nube extraña
Tus ojos rezumaban praderas
arrecifes al filo
de un mar altivo y vigoroso
y un viento inteligente
que lo envolvía todo
y soplaba contra mi rostro
como un lenguaje indescifrable
Eras como un árbol, como una pregunta, eras
como mi mano en un planeta oscuro
oscuro, oscuro como un sueño, un corazón
donde tú aparecías y no eras tú
 
 
 
Desde el légamo
 
a Virgilio Piñera

Abro los ojos desde el légamo
Sufro la sombra de altos acantilados
Un tupido bosque me rodea como un cáncer
Un bosque lleno de trasgos, suicidas, astrónomos
poetas muertos
(mi clientela habitual)
Más allá, más allá, en la Comarca del Norte
el rostro de una diosa avasallada
Mi faro de Alejandría
Yo, desde este charco, desde esta ciénaga avara
gozo como un loco, blasfemo como un tirano
Soy el Padre Clítoris, el tabernero lujurioso
El Pene Enano, se burlan mis enemigos
(mis próximas víctimas)
Vivo para el vicio y la caridad
No puedo sufrir más
 
 
 
La otra mano
 
a Ángel Escobar

Ese muchacho, bizco, casi un niño
errático, estrambótico (o casi gótico)
que me miraba
tan lejos y tan cerca
y era yo. Apretaba una piedra
con su manita flaca. Sufría mucho
¿Recordaba un pasado esplendor?
Me hería su mirada. Mi mirada
Los dientes apretados, zumbaban
No se puede matar, no se puede matar
como un antiguo grito. Pero
aquél, éste, tú y yo
ese muchacho bizco sabíamos
que sí, aunque, tal vez, acaso
no sería ese el momento, quizás
después o nunca o hace ya mucho tiempo
sin embargo ¿qué hacía con su otra mano?
No lo sé, pero en el fondo
los dos sabíamos que sí
que por supuesto
que siempre lo supimos
y entonces lenta furiosa
oblicua inevitable (mente)
la otra mano por fin se decidía
 

Jorge Luis Arco

Jorge Luis Arco

Jorge Luis Arcos nació en La Habana, Cuba, en 1956. Es poeta y ensayista. Ha publicado: En torno a la obra poética de Fina García Marruz (1990, Premio UNEAC de Ensayo, Premio de la Crítica); La solución unitiva. Sobre el pensamiento poético de José Lezama Lima (1990, Premio Razón de Ser); Conversación con un rostro nevado (1993, Premio de Poesía Luis Rogelio Nogueras); Orígenes. La pobreza irradiante (1994, Premio de la Crítica). Compiló el libro de María Zambrano, La Cuba secreta y otros ensayos (1997). El libro De los ínferos, obtuvo el Premio Internacional de Poesía Rafael Pocaterra, en el Ateneo Valencia, Venezuela, 1998.

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Esta entrada fue publicada el 10/01/2015 por en Poesía.
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