Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La luna de tres

ALEJANDRO MANUEL MESA SANTANA

 

Tiempo de vals un dos tres un dos tres, cantaba mamá, acompañando las ondas emanadas por el fonógrafo azul (todo en la Luna era azul). La sensación de aire frío se opacaba momentáneamente cuando el sorbo de té caliente se hacía mezcla de espuma y líquido en la boca antes de caer sumergiéndose en mí, que era feliz porque me encantaba ver a mamá alegre y cantando y tomar té, tomar té también me hace muy feliz.
  Yo la quiero aunque ella quiera más a Lyna. Me duele saberlo. Lo sé por aquella vez que no fui a sentarme sobre la piedra grande para mirar las estrellas pues meditaba acostada en el patio y, casualmente, junto a la ventana si parecería muy raro satisfacer un repentino y loco ataque de ganas de abrazar a mamá y la escuché diciendo (mientras apurruñaba a Lyna, como tan frecuentemente hacía) a ti es a quien más quiero; pero no se lo digas a tu hermana.
  Adriana no parecía disfrutar del té ni del fonógrafo. Siempre retraída y perdiéndose entre las colinas rocosas, bajo las estrellas y la enferma mancha marrón de donde habíamos venido hacía mucho en el viejo cohete de cuerpo cilíndrico y blanco, y azul y cónica cabeza que era nuestra casa en la Luna con su improvisada chimenea de ladrillo rojo (a los efectos violeta). Desde niña, introvertida, como un mundo dentro de este otro mundo, ya de por sí desierto y aislado, que nosotras habitábamos. ¿Por qué siempre esa mirada en la frontera del llanto que tanto nos incomodaba y preocupaba con su rojo y contrastante tinte inconforme? ¿No le bastaba ser co-propietaria de tan inmensa esfera azul?
  En la ribera de la gigantesca piedra, ensayaba volar hacia abajo definitivamente: tomaba aire e imaginaba el salto (¿pero y Lyna y mami? -quebrarlas por tristeza no era el método ideal para librarlas de mí tan diferente y retorcida, ajena a la felicidad, como si un algo divino y consciente hubiese dictado mi sufrimiento eterno y orgánico (aberrado clítoris)-).
  Mi pasado está hecho de recuerdos. Uno de mis favoritos es del río aquella vez que fuimos a sentarnos bajo las sombrillas oscuras sobre el polvo húmedo, que incitaba al baño. El agua lamía la porción sumergida de nuestros cuerpos mientras librábamos una guerra de tres lanzándose estocadas líquidas que eran flores azules de las manos que palmeaban el agua rozando, entrando y saliendo con sensación de pellizco. Después, cuando el frío era absorbido líquidamente por los poros, nos tendíamos a la orilla gris sobre las toallas blancas a recibir de pleno el baño de luz tibia y Adriana se perdía entre las piedras como si las piedras fueran su hábitat punto de origen.
  Soy rara, siempre me faltó el coraje para cambiar y volcarme hacia afuera, abrazándolas y besándolas sin temor, rompiendo la pared que me separaba; pero tenía algo de rojizo rencor frío hacia tan azul y pegajoso aire que las rodeaba, porque estoy loca y siempre me siento un poco mal, como afiebrada. Tan adentro del diminuto rincón. Minusválida.
  «Tiempo de…»
  Es como si la vejez hubiese irrumpido de pronto, asomando su mirada perdida bajo la blanca y delicada frente. ¿Qué pasa? No me acuerdo y con una sonrisa compasiva canté sibilante tiempo de vals un dos tres un dos tres y lloró; Adriana, que preparaba el té, se quedó quieta, casi inmóvil, mirando un punto indefinido de la cuchara fría que agitaba entre líquido, vapor y cerámica blanca; dudaba, lo vi en su rostro, me dio miedo. Un miedo inefable, solo comparable al que sentí hace tanto tiempo, cuando me despertó en la madrugada un calor repentino y húmedo y vi a mi hermana despierta, tan locamente feliz, atenta a la voz impersonal emitida por la radio de plástico. No se lo digas a mamá, yo la pongo ahorita en donde la saqué. Pero la delaté en la mañana: me sentía sucia guardando el secreto de fango; mamá le dio uno, dos, tres bofetones rojos y dijo mira mientras bajaba del desván con la radio en la mano, la tiró contra la pared y un reguero de fragmentos negros y piezas cayó en ráfaga sobre el suelo. Recoge y bota, dijo. Adriana barrió, echó los restos a la basura.
  Mamá puso a hacer el té y le dije tienes que echarle agua mientras reía te estás volviendo loca. Es que tú me tienes agobiada, mañana volvemos, ¿no es eso lo que siempre has querido?
  Adriana de lo más contenta conectando el motor y que mamá está loca. La loca eres tú, le dije. La casa despegó con un estruendo terrible que era un hilo incrustándose en los oídos. La Luna daba paso al vacío presionándonos contra los asientos, la mesa temblaba y cayó la taza azul de porcelana con ruido de botella rota. Estornudé.

 

Adriana se está volviendo loca, más aún. Hoy mima despertó con un moretón en la cara. ¿Qué es esto? Mamá no sabía. Fui yo, dijo Adriana, intentó clavarme el cuchillo de cocina anoche, cuando yo escribía. Mentira, le contestó, estás perdida. La golpeó mientras dormía, deduzco eso. Adriana se está volviendo loca, más aún.
  ¡Bingo, nos vamos a la Tierra! Me quiere, aunque sea un poco. Lo hace por mí. No todo fue malo aunque yo me sintiese triste casi todo el tiempo. Se ponía a unos metros de mí y decía quién me quiere a mí y yo, yo te quiero a ti y la abrazaba y, cargada por sus bracitos flacos, me colocaba bajo la lámpara de mimbre en el techo. Mi chinita de Cantón, decía, chinita de Cantón.
  Todo parecía estar bien, las cosas más azules que de costumbre, cuando discutieron otra vez. Mamá decía eres mala, no te quiero. Enredadas. Las separé y lloré. Mis ojos calientes.
  Es lo que pasa con los viejos, se les olvidan las cosas y ya no pueden hacer nada, se vuelven niños y hay que lavar sus ropas y se orinan encima y hasta más, defecan de pronto, donde sea y le digo a mi hermana que me ayude a lavar y cuando terminamos le dice eres una vieja loca y pelean y mamá cae y se fragmenta.
  Ahora está en una silla y me echa la culpa. La pobre, tiene razón. Estoy loca, siento tanta furia que no me puedo contener. Y para colmo no llegamos, todo lo contrario, la Tierra parece más y más distante. Fui y le dije discúlpame, te quiero. ¿Quién eres? Tu hija malcriada. No, ¿quién eres? ¿quién eres? Y me dio otra vez en la cara. Deseé que muriera, me limité a empujarla. Su cráneo contra el piso rojo. Maté a mi mamita bonita y viejita y yo la quería tanto, la pobre tan blanquita y no volverá jamás y no hay manera de volver el tiempo atrás y hacer que me quiera. Ya no seré jamás una chinita de Cantón.
  «Tan bonitas las dos. Niñitas, mamá las quiere, por eso las trajo tan lejos del mundo enfermizo, para apurruñarlas por siempre y que todo se resuma en ustedes, en el sublime acto de apapacharles tan fuerte, de arrullarlas. ¡Ay, Adri! Discúlpame si te he hecho daño. Parece que te he cortado la raíz que enterraste en la cuna virulenta colmada de seres virulentos. ¿Acaso no te es suficiente con nosotras? Deja que te apurruñe tan grande que se te vaya toda esa tristeza por la punta de tus calcañalitos»
  La mató. Me miró perdida y corrió a encerrarse en el cuarto. ¿Saldrá? Sostuve el cuerpo. La cabeza roja bajo la ducha. Abrió los ojos, irreconocible. Gimiendo como un animal. Acostada y llorando para siempre. Y la Tierra tan lejos, ¿estaremos yendo en el sentido opuesto? Sábanas blancas no tan blancas; sucias de heces, orina y flema que brota de las escaras. Lavo. Limpio el hedor. Asco. Pero el fantasma no habla, solo gime. No piensa. Grita todo el tiempo. Le doy por la cabeza, un golpe débil, impotente. Se calla.

La Habana, 2011

 

Alejandro Manuel Mesa Santana (Foto cortesía del autor)

Alejandro Manuel Mesa Santana
(Foto cortesía del autor)

Alejandro Manuel Mesa Santana (La Habana, Cuba, 1995). Uno de sus cuentos aparece recogido en la antología S.O.S. Ternura (Ediciones Extramuros,). Actualmente reside en Houston, Texas.

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Esta entrada fue publicada el 07/03/2015 por en Narrativa.
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