Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La niña de la estrella

EDDY DÍAZ SOUZA

 

Era una niña linda y negra, negra como el corazón de las piedras. Tenía la boca roja, los pies pequeños y dos ojos grandes en los que se posaban los sinsontes.
  Negrita Linda —que así se llamaba— vivía en una estrella de nueve puntas. Todos los días, al amanecer, se sentaba en el portal de su estrella. Jugaba con el viento —el viento que era su cabello— y mientras corría el río abajo, ella arriba, bordaba nubes y tejía estrellas.
  Los pájaros le inventaban nidos, los gatos le componían canciones a cambio de caricias y los lirios de San Juan se empinaban para alcanzar un beso. Todos la querían, a su manera. Y Negrita Linda era feliz entre los nueve picos de su solitaria estrella.
  Un día, mientras Negrita hacía sus labores, pasó un muchacho por el monte; un muchacho distraído que, caminando, caminando, se perdió entre las sombras de los mangos.
  A Negrita Linda se le detuvo el corazón por un instante.
  Aquella tarde se puso a soñar.
  Y al día siguiente, con la primerita luz del alba, llamó al pájaro carpintero:
  —Arrégleme esta estrella, amigo Carpintero, que poco a poco se despega del firmamento.
  —¡No, señor! —Murmuró el pájaro— Esto no se arregla ni con hilos ni con clavos—. Y sin dar mayor explicación, salió volando.
  Y entonces llamó a la lechuza:
  —Amiga Lechuza, que se cae mi estrella—. Suplicó, Negrita Linda.
  —¿Y yo, qué puedo hacer? —preguntó el ave—. Corazón que se encapricha es como el papalote, que tira y tira hasta que la cuerda rompe.
  En ese momento cantó tres veces el gallo y el cielo se puso negro. En el pueblo de abajo se encerraron en sus casas, advirtiendo el aire de una vecina tormenta. Como todo estaba muy silencioso, la niña encendió lamparitas de querosén en el cielo y se durmió.
  A la mañana siguiente, con rocío en los párpados y escarabajos en el cabello, Negrita bajó al monte. Bajó despacio por una cuerda de luz de sol. Y tan pronto puso un pie en tierra, echó a correr entre las raíces y las copas de los árboles. Después de jugar se acomodó a la orilla del río, a ver si las piedras o las aguas le traían noticias de aquel muchacho que había pasado, distraído, bajo su portal de nueve puntas.
  —Yo lo vi por allá —dijo Jutía, señalando a lo espeso del monte.
  —Yo acabo de verlo a dos pasos del pozo —aseguró Jubo, mostrando su lengua de envidia—. Estaba trepando a un árbol, a punto de alcanzar el nido de los tomeguines.
  Y allá se fue Negrita Linda, a todas partes: al norte y al sur, al este y al oeste. A donde la llevaran las voces: “Acaba de pasar…”, y ella se devolvía. “Viene por ahí…”, y ella lo esperaba. “Llega por la noche…”, y ella se convertía en fogata.
  De tanto ir y volver sintió dolor en los pies y, sin pensarlo dos veces, los metió dentro del agua: el agua fría y densa del río. En ese momento, apareció la sombra del muchacho. Iba flotando, río abajo, como una hoja a la deriva. Negrita quiso atrapar la sombra del muchacho, pero se le deshizo entre los dedos. Quiso encerrarla en el cuenco de una güira, pero la sombra se fugó como un pez. Quiso abrazarla y la sombra se convirtió en beso. Y luego, nada. Silencio. Silencio…
  Cuando Silencio pasó, Negrita Linda se dijo “mejor regreso a mi casa”. Pero estaba tan cansada que se sentó a oír los cuentos de la tarde, al pie de la guayaba. Cuentos fueron y vinieron. Como hacía algo de frío, se tejió una manta con una aguja de marabú. Al rato, descubrió un hilito enredado entre sus dedos, un hilito gris, un hilito de la sombra del muchacho. A diferencia del hilo de Ariadna, que es hilo de otra historia, éste no conducía a ninguna parte, no se abría camino entre murallas ni piedras. Sin embargo, el hilo olía a muchacho que alguna vez cazó tomeguines. Por eso, Negrita Linda, con un poco de aquel hilo y unas hierbas, se inventó un muñeco. Y viendo que le sobraba hilo, alas de mariposa y encajes del vestido, hizo una muñeca. Y luego, con casi nada de aquel hilo y helecho de pozo, fabricó un muñeco y luego otro, y luego otro, y luego otro… hasta que tuvo su gran familia. Con ellos recorrió el monte, de una punta a la otra. Y, a cada paso, remendó sus cuerpos y sus sombras.
  Así, Negrita Linda, se fue arrugando. Hasta que el viento, en un suspiro, apagó las lamparitas del cielo.

 

Eddy Díaz Souza (Foto de Julio de la Nuez)

Eddy Díaz Souza
(Foto de Julio de la Nuez)

Eddy Díaz Souza nació en 1965, en Jaruco, La Habana, Cuba. Reside en Miami. Se ha destacado como narrador y dramaturgo, con obras para niños que han recibido premios nacionales e internacionales. Entre sus títulos más destacados figuran: Cuentos de brujas (Premio La Edad de Oro, La Habana 1989), Bernardino Soñador y La cafetera mágica (Premio Fundarte, Caracas 1992), Los fantasmas del Rey redondo (Premio de dramaturgia, Caracas, 2000), Alas de Primavera (Premio de dramaturgia, Caracas 1998) y El príncipe y el mar (2014).

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Esta entrada fue publicada el 23/05/2015 por en Narrativa.
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