Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El fango

CARLOS FORNÉS

 

Estuvo lloviendo durante cincuentisiete años indeteniblemente. Cuando escampó el cielo continuó gris y las aguas fluían por las cunetas como riachuelos eternos. El fango comenzó a acumularse, a rebasar los bordes de los canteros y solares yermos. Al principio nadie se percató, pero una mañana la silenciosa invasión de tierra acuosa cubrió las calles.
  Alberto acababa de escuchar la noticia en la radio. La situación se complicaba por minutos. Se vistió y salió en busca del auto para recoger a su mujer que trabajaba en las oficinas de la Western Union.
  En la calle los transeúntes se dirigían de un sitio a otro, cargando objetos y pertenencias, con el fango hasta las rodillas y las ropas enlodadas. A veces se escuchaba un estruendo por el choque de dos autos que patinaban sobre la superficie acuosa. Los conductores se bajaban, peleaban y la gente pasaba por el lado de ellos con indiferencia, cada quien preocupado por escapar. Alberto se tropezaba con una reyerta cada tres o cuatro cuadras. Disminuía la velocidad y eludía a los pendencieros. Desde la avenida pudo ver las esplendorosas mansiones de las familias adineradas. Ahora eran palacios desiertos con sus jardines deshechos, las terrazas cubiertas de hojas podridas y las puertas altas y labradas, a punto de quebrar por el empuje del cieno. Las familias ricas habían presentido la ruina y habían cargado con las pertenencias de mayor valor antes de abandonar aquellas mansiones días antes.
  Numerosas personas pobres se acercaron a las mansiones chapoteando en el cieno, atraídas por las columnas y los capiteles, la pulcritud y el refinamiento. Los muchachos se embarraron las manos de fango y las pegaron a las blancas paredes para que las húmedas huellas quedaran como constancia de la visita. Los adultos rompieron cristales de ventanas y forzaron cerraduras para introducirse en las casas, beber champagne con caviar y banquetearse con asados de las mejores carnes; acostarse sobre las alfombras al calor de las estufas y secar el cieno de las entumecidas piernas.
  Algunos, por despecho, se atrevieron a romper los vitrales, mientras otros zafaron puertas y cargaron en hombros muebles, mamparas y adornos que consideraban de valor. Se adentraban en el cieno doblados por el peso y después de unos cuantos pasos se veían imposibilitados de seguir avanzando y dejaban caer la carga al fango, donde se hundía para siempre.
  Alberto no sentía lástima por los propietarios de las mansiones. Perder un poco de lo que tenían no los haría menos ricos, se dijo. Pero lamentaba que esos valiosos objetos se destruyeran en menor tiempo del que se invirtiera para crearlos y que las generaciones posteriores no pudieran extasiarse en la contemplación de aquellas obras de artistas y arquitectos que habían trabajado por el arte y no para el lujo.
  En las últimas calles del reparto residencial vio a una gitana de Víctor Manuel que iba en la espalda de su raptor y cayó al fango con este. El hombre se incorporó con dificultad, sonrió para disimular el bochorno por su resbalón y se olvidó de la gitana que había dejado sepultada.
  Las oficinas de la compañía Western Union estaban en una zona baja de la ciudad donde el fango había subido más de medio metro y los viejos edificios amenazaban con venirse abajo. Allí la gente no tenía otra opción que caminar sobre los abollados techos de los vehículos atascados. Alberto abandonó su auto, anduvo de techo en techo, tropezando y empujando. Alicia estaba en el vestíbulo de la compañía sin saber qué hacer. La vio desde lejos y la llamó. Ella se quitó sus zapatos de tacón. Se subió su ajustada saya hasta la mitad de los muslos. Trepó al auto más cercano. Caminó cuidando de no cortarse con ningún parabrisas quebrado y hasta gateó para poder reunirse con su esposo.
  —Tenemos que ir hacia las lomas. —Dijo Alberto. Alicia miró el lomerío que se extendía al fondo de la ciudad.
  —¡Primero regresemos a la casa para recoger ropas y comida! —Sugirió ella.
  —En las noticias de la radio dijeron que el fango podía tragarse la ciudad. Tenemos que salvarnos.
  Alberto buscó con la vista el camino más corto hasta las lomas. Los vehículos atascados cubrían todas las vías sin dejar un espacio libre. Tomó la mano de Alicia y ambos caminaron sobre los autos hasta el borde del embotellamiento.
  —¡De aquí no me bajo! —Dijo Alicia y se aferró a las aristas del capó de un Plymouth fabricado en el año cincuenta. Su mirada estaba fija en los límites de la carretera que se perdía bajo el cieno.
  Un mar oscuro se extendía después del Plymouth hacia adelante, hasta las faldas de las lomas, a la izquierda o a la derecha, hasta donde el poder de la vista alcanzaba.
  Alberto se lanzó al cieno y se hundió hasta el abdomen. —¡Salta Alicia! —Gritó. Ella continuaba aferrada a las aristas del capó. Alberto la tomó por los pies y la haló hacia él. Su esposa resbaló sobre la lisa superficie del vehículo y cayó al fango chapoteando y gritando. Se hundió hasta el cuello y si Alberto no la sujeta no habría podido incorporarse porque el fango era como un monstruo de boca omnipresente que devoraba a decenas de personas en un mismo minuto en distintos puntos de la ciudad.
  El pánico dio mayores energías a Alicia. Avanzó lo más aprisa posible dentro del mar terroso. Alberto la siguió y tuvo que esforzarse para que ella, quince años más joven, no lo dejara atrás. Cuando su corazón parecía saltar del pecho su esposa se detuvo como si hubiera olvidado su miedo, se volvió hacia él y dijo: —Querido… viene un vendedor.
  Un mulato corpulento y alto se acercaba con un nylon ceñido al cuerpo y el fango hasta la cintura, sosteniendo una cesta con hamburguesas sobre su pequeña cabeza cuadrada. El vendedor pregonó: —¡Hamburguesas calenticas!
  —Querido, compra que no sabemos cuándo podamos volver a comer. —Dijo Alicia.
  Alberto sumergió su mano en el fango, hurgó en sus bolsillos y extrajo un billete irreconocible y destruido. Se acercó al mulato y quiso comprar cuatro hamburguesas. Cuando el vendedor vio el billete enfangado preguntó:
  —¿Con qué usted me está pagando, señor? —Volvió a colocar la cesta sobre su cabeza con desagrado y espetó: —Yo no sé si eso es dinero o un papel caga’o.
  Alberto sintió deseos de golpear al vendedor atrevido pero se contuvo porque en medio de tal caos ningún policía podría salvarle de los terribles puñetazos que le daría aquel mulato de seis pies y algunas pulgadas.
  Una banda de diez o doce hambrientos, aparecidos como sombras de aire, cayeron sobre Alberto y el vendedor. Ambos fueron al fango y se debatieron entre el cieno y las patadas. El dolor de los golpes era insignificante comparado con la sensación de asfixia. Cuando Alberto se incorporó ya el mulato había perdido su mercancía y los agresores estaban muy lejos.
  —¡Oiga! Usted es culpable de que yo haya perdido mis hamburguesas por haberme entretenido en este barrio. Ahora me las tiene que pagar, ¿sabe?
  Miró al vendedor y frunció su ceño enlodado. El mulato se le abalanzó. Alberto milagrosamente pudo esquivar el ataque de su adversario que cayó de bruces en el cieno. Después huyó moviendo sus piernas lo más aprisa posible entre las densas capas de cieno.
  Cuando Alicia vio a su marido acercarse sin hamburguesas lo increpó de inútil y emprendió el camino hacia las lomas sin esperar a que él la alcanzara. Subieron por las laderas ayudándose de raíces y ramas. Se detenían en las zonas menos abruptas y con hojas de yagruma se quitaban el fango incrustado en el cuerpo.
  Al llegar a la cima se encontraron con muchas personas que habían escalado la ladera por distintas zonas. Alicia se sentó muy cerca de Alberto. Él respiraba con dificultad por el agotamiento. Miró el paisaje desolado que se extendía hasta el horizonte. Abajo la ciudad se destruía entre el cielo y el cieno rojizo, las paredes de los edificios cuarteadas, las aguas albañales desbordadas y el tránsito paralizado.
  —Este fango parece tener una intención misteriosa, un mensaje oculto e indescifrable, obedece a una estrategia, Alicia, ¿no crees?
  Alicia lo miró. Alberto la observaba esperando una respuesta afirmativa pero ella se sentía tan incómoda con el fango adherido al cuerpo que no tuvo ánimo para decir sí a aquel acertijo de ideas.
  El sol brilló y el cieno se transformó en un nuevo suelo sólido, los refugiados en las cimas de las lomas quedaron desconcertados. ¿Para qué volver a la ciudad? Se decían. Si la ciudad con sus luces, sus barrios y nombres era una sombra del pasado.
  Sobre la tierra aparecieron miles de mariposas que revoloteaban entre las ruinas, adornando y despertando la admiración de quienes tenían sensibilidad para la belleza. No se supo cómo un hombre alto, con una barba negra que lo hacía atractivo y mirada penetrante avanzó entre las mariposas, subió a la cima de las lomas y dijo en voz alta para que su voz retumbara en la distancia:
  —Escuchen. Yo soy el Profeta. —Llevó sus manos al pecho con majestuosidad. —Los cincuentaiseis años de diluvio fueron una época triste en nuestras vidas. Ahora que nuestro pasado ha quedado destruido tenemos que crear un nuevo presente. ¡Esta ha sido La revolución del fango!
  El Profeta hizo silencio. Los congregados en las lomas se miraron y se dijeron: —Sí, él tiene razón, es La revolución del fango.
  Entonces el Profeta alzó los brazos y predijo: —¡Y las mariposas que adornan nuestro suelo mañana se podrán posar cada una en su propia flor!
  Los refugiados siguieron al Profeta confiados en su palabra. Bajaron a la ciudad con los corazones llenos de dicha. Tocaban con los dedos las delgadas alas multicolores de los lepidópteros, cuyo número no tenía espacio en el aire. Se posaban en las cabezas y los hombros, en las narices y las manos, descansaban un instante y volvían al colorido vuelo. Rita y Alberto estaban eufóricos porque habían encontrado el amor. Se sentaron sobre la tierra y se abrazaron. Otros ciudadanos se entregaron a los placeres de la libertad, compartiendo su mundo con las mariposas hasta que estas fueron muriendo de cansancio porque la nueva floresta nunca creció.


El Fango y otros cuentos (TEMS, 2015)

El Fango y otros cuentos
(TEMS, 2015)


 

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Carlos Fornés (Foto cortesía del autor)

Carlos Fornés
(Foto cortesía del autor)

Carlos Fornés (Junio, 1967) nació en La Habana. Es graduado de Licenciatura en Historia en la Universidad de La Habana. Desde 1988 trabaja en la radio y en la televisión haciendo programas musicales. Ha integrado jurados en distintas ediciones del premio Cubadisco y es uno de los organizadores del Festival Cuerda Viva de la televisión nacional. Ha sido premio Nacional de Radio y ha escrito artículos sobre música en distintas publicaciones nacionales. También ha impartido conferencias y debates en festivales de rock y ha presentado discos de figuras representativas de la música actual cubana como Ernesto Blanco, William Vivanco, Adrián Berazaín y la banda de rock Extraño Corazón. Ocasionalmente ha dirigido y producido conciertos en teatros y tuvo una participación decisiva en la presencia de la banda argentina Carajo en Cuba en 2006. En 2011 realizó un documental independiente titulado SabaRock: un programa de película. Ha publicado el libro de relatos El fango y otros cuentos (TEMS, 2015), que recoje relatos escritos en su mayoría en la década del ochenta y están impregnados del espíritu adolescente del autor en una etapa previa a su vinculación a los medios masivos de comunicación.

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Un comentario el “El fango

  1. Yohana
    29/06/2015

    He leído este cuento varias veces y cada vez que llego al final me da una risa tan rica, me quita el estrés por un segundo de ser cubana y vivir en Cuba, de haber tenido que nacer cuando ya no quedaba ni una mariposa. Gracias, Carlos, por darme estos momentos de placer con tu humor e inteligencia.

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 27/06/2015 por en Narrativa.
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