Revista Conexos

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Las puertas del cielo y El Cristo Pobre

EDUARDO MESA

 
Las puertas del cielo
 

El Párroco daba una lata de conservas al sacristán con la encomienda de que fuera entregada al mendigo. Este hombre se acercaba a la verja de la Capilla del Sagrario los martes y los jueves para pedir limosna, tenía un aspecto lastimoso y una barba muy larga que completaba su estampa. El sacristán, al entregar las latas de conservas, verificaba el recurrente aliento etílico del mendigo.
  Un día el sacristán le preguntó con firmeza al Párroco: ¿Por qué le da a usted conservas a ese mendigo? El mendigo lo engaña y vende las latas de conservas para beber. El Párroco no le respondió, ni se enojó con la pregunta y siguió su rutina sin inmutarse, pero en la misa de aquel martes expresó la idea de que las puertas del cielo, por paradójico que parezca, pueden abrirse con la picardía de un mendigo y cerrarse con las certezas de un sacristán.
  De más está decir que el sacristán no quedó muy conforme con aquel sermón del que se sabía primer destinatario, pero tampoco se enojó con el Párroco. Quería como a un padre a aquel sacerdote, reservado y parco en afectos, espiritual y sabio.
Este sacerdote murió inesperadamente, su muerte provocó una gran conmoción entre los feligreses. Aquellos que no lo conocían se asombraron por las muestras de duelo, no era el típico cura popular, ni famoso.
  Con el paso del tiempo el sacristán se ha visto alguna vez en la piel del sacerdote y también en la del mendigo, ha comprendido de este modo muchas de las cosas que su Párroco intentó enseñarle. Entre todas las lecciones recuerda, con especial afecto, el sermón de aquel martes. Ya no tiene la menor duda de que hacía bien el Párroco en dar, cada vez que podía, una lata de conservas al mendigo.

 
 
 
El Cristo Pobre
 

Aquella imagen del Cristo Pobre conservaba un solo devoto, también muy pobre. Este hombre venía cada tarde y estaba en oración por largo rato; todo en él recordaba las palabras del salmo: “yo confío en tu Amor”.
  En Navidad, una de las hermanas recién llegada de Europa guardó aquella imagen pequeña en uno de los armarios de la sacristía, quizás pensó que en nuestras circunstancias aquella devoción no tenía sentido, al fin y al cabo todos éramos pobres. No sabía la hermana de la existencia de aquel devoto que ahora regresaba para rezar ante el pedestal vacío de su Cristo.
  El Cristo Pobre pasó unos cuantos días metido en el armario hasta que el Párroco se percató de la imagen ausente. En el Consejo Parroquial ni las religiosas recién llegadas de Europa, ni los feligreses pudieron convencerlo de la eficacia de otras devociones. Ese mismo día recuperó al Cristo de su confinamiento, lo devolvió a su columna y muy serio advirtió a los presentes que mientras quedara un devoto, aquella imagen estaría en el templo. Cuando me fui de Cuba todavía estaba allí, recordándonos las Bienaventuranzas, el tesoro de los pobres de Dios.

 

Eduardo Mesa (Foto cortesía del autor)

Eduardo Mesa
(Foto cortesía del autor)

Eduardo Mesa (La Habana, 1969), fue fundador de la revista Espacios, dedicada a promover la participación social del laico. Coordinó la revista Justicia y Paz, Órgano Oficial de la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba y el boletín Aquí la Iglesia. Formó parte de los consejos de redacción de las revistas Palabra Nueva y Vivarium. Ganador de los premios de poesía Ada Elba Pérez y Juan Francisco Manzano. En la actualidad colabora con las revistas Convivencia, Misceláneas de Cuba e Ideal y edita el blog La Casa Cuba, donde trata temas relacionados con la fe, la sociedad y la cultura. Ha publicado en narrativa El bronce vale y otras crónicas (Editorial Silueta, 2011). Reside en los Estados Unidos desde el 2005.

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Un comentario el “Las puertas del cielo y El Cristo Pobre

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Esta entrada fue publicada el 26/07/2015 por en Narrativa.
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