Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Felicia y otros relatos breves

KARIN ALDREY

 
Felicia
 

Felicia tenía miedo porque la sombra cruzaba el pasillo todas las noches. Estilizada dentro de un manto plateado, la sombra murmuraba y se deslizaba por toda la casa como si fuese llevada por hilos, igualita que una marioneta. Lo peor de todo era que Felicia temblaba por dentro, sudaba mientras su cuerpo se enfriaba semejante a la muerte. Si hubiese podido verle el rostro a la sombra, captar su expresión, percibir su olor, no se hubiera mostrado hostil, huidiza y defensiva. Eso de no tener identidad debiendo imaginarla es una fatalidad de la vida, no había cosa que más odiara que especular, la abstracción no se había hecho para ella. Por eso un día se cansó de estar asediada, sometida a esa vaguedad de lo incierto. Lo más fácil fue acorralar a la sombra y obligarla a mirarse al espejo, lo difícil estrangularla mientras se descubría en su última evocación.

 
 
 
El sueño de la pianista
 

Entra despacio, en puntillas. Sus pies son firmes, en el derecho tiene tatuada una serpiente. No sé si se siente culpable pero camina como si lo fuera. El pasillo oscuro tiene una luz al final y pequeñas mariposas la sobrevuelan, es una bombilla opaca y aceitosa, me atrevo a decir que nunca la han limpiado. Ella se dirige hacia allá, camina y danza, siempre de puntillas, parece un fantasma pero es un androide de alta tecnología programado para inspeccionar las zonas clausuradas de la ciudad. Tiene cabello rebelde, los espíritus lo soplan y sus crespos vuelan, tules de azul intenso cubren y descubren sus ojos grises. Cuando llega a la luz advierte una puerta a su derecha, la abre, se desliza y apresura los pasos. Un piano está allí, esperándola.

 
 
 
2040
(El pesimista)

 

Siempre pensó que animales y humanos deberían compartir en buenos términos el medioambiente, era tarea de los seres pensantes cuidar de su fragilidad y no romper el balance de la creación, pero después de infinitas catástrofes había cambiado de opinión. Ahora lo veía todo bajo una óptica fatalista y agobiante, ambos estaban sobre el planeta para ser devoradores y devorados, esa era la verdad pura y dura.
Los animales estaban dejando de existir víctimas de masacres irrefrenables, los humanos se procreaban con rapidez y a él dejó de importarle que ese humano inconsciente rompiera las reglas de convivencia. Se sentía frustrado, eso era todo, no le encontraba lógica a la vida, la tierra era un campo de batalla cada vez más estéril, el odio se había proclamado regente y el amor solo existía en los libros de otras épocas. ¿Qué sentido tenía salir a buscar comida y agua potable en el mercado negro para después y como todos los días, regresar a la soledad de su casa desde la que solo se veía a través de las ventanas una atmósfera contaminada? Y luego los riesgos que corría, la vigilancia policial, las trampas de los especuladores, los disparos a toda hora, la violencia callejera…
Cuando empezó a llover y las ráfagas chocaron contra la puerta ya no sintió llegar los mensajes luminosos de antaño, las hojas del jardín solo eran extraños despojos sin vida que a su vez eran tragados por el lodo y las inundaciones, la misma lluvia no era redención sino una mezcla de químicos con olor repulsivo, los árboles parecían fósiles y la ciudad era un hervidero de almas que no sabían qué hacer con su existencia miserable. Nada fue igual cuando lo visualizó tal cual era, la euforia de su idealismo devino desencanto, su vecindario suburbio marginal donde reinaban la anarquía, la oscuridad y la muerte. Todas las causas que había defendido e incluso observado con indulgencia ahora las rechazaba visceralmente por inútiles, lo abandonaba la esperanza y la fe se perdía por esas calles tan escasas de misericordia.
Se quitó la ropa, salió al exterior con ojos extraviados y mirada borrosa. La tormenta desataba su furia, el viento arrasaba el patio solitario y la lluvia caía sobre su cuerpo marcándole estrías salobres por el rostro… entonces abrió los brazos al cielo y se entregó al rayo, su último gesto filosófico.

 
 
 
2070
(La optimista)

 

Sube el mar, ha cubierto nuestro jardín y apenas asoma a la superficie una que otra espiga de mala yerba, el agua sobrepasa los primeros escalones. Nos han dicho que tenemos que irnos en menos de un año al centro del país, la inundación es irreversible en todas las zonas costeras a pesar de que siempre se dijo que no era posible que esto ocurriera. Para salir a la calle usamos trajes de goma tipo mono de trabajo con botas integradas, de los primeros que se vendieron en las tiendas cuando desaparecieron las playas.
Acá tenemos una canoa que apodamos Mayflower, al principio no la necesitábamos para andar por el barrio pero la marea sube cada vez más y ya se han empezado a avistar tiburones y otros depredadores, el agua nos llega casi a las caderas en algunas áreas de la ciudad y es muy peligroso ir a pie sobre todo de noche. Hace unos días vinieron unos amigos en motos acuáticas a visitarnos y estaban alarmados, se toparon con varias serpientes por el camino, cocodrilos y un sinfín de gentes extrañas, de modo que decidieron quedarse a dormir con nosotros para no estar a la intemperie después del oscurecer.
Ya no hay transporte público disponible excepto algunas líneas de lanchas con horarios imposibles y otras para emergencias médicas. El caos es silencioso, la desolación es el plato fuerte de cada día. Se han tenido que montar plataformas dentro de los comercios y la mayoría han cerrado sus puertas, hay escasez de productos y a veces las colas interminables para adquirirlos crean conflictos violentos. Los comedores públicos están abarrotados igual que los hospitales, pero hay un ejército de voluntarios tratando de organizarlos y asistiendo a las familias en lo que sea necesario. Por suerte todavía tenemos luz, Internet y transmisión de radio, aunque cuando llueve torrencialmente se cortan los servicios. Miles de personas ya han emigrado, otras muchas se niegan a abandonar sus propiedades y resisten estoicamente el embate de los tiempos.
Me siento en el rellano de la entrada a tomar un café y observo todos los detalles del patio, siento nostalgia anticipada por tener que renunciar a esos árboles que han sido inspiración de tantos sueños y visiones, me digo que les queda poco tiempo de vida, serán vencidos por las corrientes sin que nada pueda evitarlo. Recuerdo aquel poema de José Hierro que una tarde esplendorosa me leyó un amigo a orillas del Mediterráneo: En la boca reseca el gusto / de la sal de todos los mares. / La sal que dejaron las olas / de los días al derrumbarse… Nada quedará de este paisaje, solo un océano sin voces ni reclamos, se impondrá la fatalidad natural como siempre lo ha hecho, hermosa, terrible y dominante, como una diosa que castiga y redime. Nosotros seguiremos adelante hacia donde existan las esperanzas, después de todo el mundo tiene todavía muchas puertas abiertas.

 
 
De su libro de Ciencia Ficción inédito Eva desde el Cosmos y otras historias
 

Carmen Karin Aldrey (Foto de Ernesto G.)

Carmen Karin Aldrey
(Foto de Ernesto G.)

Carmen Karin Aldrey (Preston, Holguín, Cuba, 1950). Ha publicado los poemarios Aceite (Linden Lane Press, 2011) con 19 ilustraciones a color de su obra plástica, Noctibus (Linden Lane Press, 2012), El fuego de la lluvia (Imagine Cloud Editions, 2014), California (Imagine Cloud Editions, 2015), Soy un dinosaurio (Imagine Cloud Editions, 2015) y Me llamaba Betsabé (Imagine Cloud Editions, 2015), y el libro testimonio Las siestas de Scherezada (Imagine Cloud Editions, 2014). Administra su blog Soligregario. Es fundadora y directora de Imagine Cloud Ed y La Peregrina Magazine.

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Esta entrada fue publicada el 31/08/2015 por en Narrativa.
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