Revista Conexos

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Los cuento-poemas de Daisy Valls

VIRGILIO LÓPEZ LEMUS

 

Es asombroso encontrase con un libro de poemas donde no lo esperábamos. El cuento del tomillar (La Habana, Editorial Gente Nueva, 2014, distribuido en 2015), de Daisy Valls, apela a ser clasificado como «cuento» desde su título. Comienza asimismo como tal, hasta que, al llegar al menos a la viñeta X, dudamos: ¿poemas en prosa? La editora que lo publica, está especializada en libros para la infancia y la pubertad, y las ilustraciones que se asientan impresas en un pésimo papel, apelan al entendimiento de chicos de siete u ocho años, sin dejar de ser bellas y ellas en sí mismas artísticamente logradas. De modo que casi todo conspira para que un lector no avisado entregue el libro a los niños y no advierta que en verdad se trata de un fino poemario, hondo, simpático y de altos quilates líricos. Un poemario multi etario en forma de narraciones.
  Mucho aprendió la autora de Lewis Carroll y su Alicia en el país de las maravillas, y algún homenaje hace ella misma al impar Antoine Saint-Exupery de El Pequeño Príncipe. La Luna Nueva de Rabindranath Tagore se vislumbra como trasfondo de lectura, junto a Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Con tales «escuelas», Daisy Valls tendría que hacer un esfuerzo al límite para ser «original», para poseer un lenguaje propio, para cantar y contar más que como una niña, como una jovencita llena de sensibilidad ante la flor del mundo, ante la belleza de las circunstancias.
  Pero este cuento-poema no pareciera haber sido hecho ni con esfuerzo ni con pragmáticas literarias, dada su aparente sencillez, su fácil lectura, su lenguaje volcado a la naturaleza sobre todo vegetal, y por la delicadeza con que el idioma ha sido tratado, lleno de giros líricos y sutiles reminiscencias de lecturas asumidas. Para poderlo «catalogar» como «cuento», no basta el título, sino que hay una trama, una suerte de viaje como el de Alicia, una feliz entrada a la naturaleza, en la que, como en las fábulas, los animales hablan para que los entiendan los lectores, sin el sonsonete de las moralejas que, si las hubiese, bien disimuladas están, salvo que se entienda por tal un enunciado poético como: «Los enemigos podrán matar a los pájaros y dejar a los árboles sin fruto, pero no podrán acabar nunca con el amor». De cuentos se trata. Y ahí la ambivalencia para el lector: son cuentos, pero a la vez su carga lírica los convierte en poemas. Quizás los niños se queden en las anécdotas, pero los adultos podemos, y debemos, realizar lecturas más hondas.
  Creo que la frase antes citada, procedente de la viñeta XXIX, es el código descifrable del libro. Todo el texto puede ser tomado como una suerte de cantar ecológico. Daisy Valls hace vivir ensoñadamente en su prosa a los seres vivos de la naturaleza. Ellos hablan, tienen su lenguaje, solo tenía ella que entender ese hablar y traducirlo a las normas expresivas humanas. El suyo es un lenguaje de las flores (uso de la sinécdoque y de la metagoge), de las plantas y de los animales al parecer más frágiles, tomados todos en sus sí mismos, en sus gracias y dialogantes cantoras.
  En el texto XXXV, los «personajes» expresan anhelos, personalizan el entorno mediante palabras claves: deseo, añoranza, esperanza, ausencia, evocación. Podría parecer que la autora «se regala», acumulando un vocabulario preciso de lo que desea decir. Pero allí es donde radica la sabiduría de su escritura: en su matiz de sugerencia, cuyo resultado parece que escondiese el propósito ético de su discurso poético.
  Esto último se advierte mejor en XXXVIII, cuando da la impresión de que Daisy Valls le hace reverencias a los diccionarios (incluidos los de sinónimos) o a juegos de palabras de familias significativas relativas al viaje sobre el agua: «bateles, balandras y canoas, bajeles, gabarras, chalupas y chalanas…» Solo disuelve un poquito el orden alfabético de las palabras, sin dejar de asumir en tan breve y bello texto barquichuelos y barcarolas conducidos por «balandristas, bateleros y gondoleros». Ese juego con el diccionario no puede ser menos que intencional, y entonces sí Daisy Valls apela a la imaginación de la infancia, lo que no deja de ser muy simpático a los adultos que leamos metidos en el placer de la cosmovisión lírica del libro.
  Con el texto o viñeta XXI se ejemplifica mejor el tono general del breve volumen. Es buen ejemplo del valor de su prosa por su intensidad poética, a la par educada en una adecuada economía de los recursos expresivos, que han de parecer muy sencillos, dichos como al arranque improvisado del hablar. Véase en el ritmo y gradual alargamiento de las frases y de oraciones gramaticales simples, sin subordinadas, como no sean pequeñas yuxtaposiciones para darle al conjunto una mínima complejidad elocutiva: «Amanece. Reina la calma. Una calma que nos inquieta porque casi no circula el aire. ¿A dónde habrán ido a aparar los vientecillos? Las nubes están gordas, mofletudas, inmóviles; parecen pegadas contra un cielo gris de cartón. Los cúmulos congestionados no resisten más, y amenazan.» En este in crescendo oracional, el valor de sugerencia poética va aumentando con el lenguaje. Se advierte que, al filo de la lluvia, la atmósfera se fue cargando por la sutil descripción apretada del día nublado, de la calma previa al desenlace lluvioso. En el campo cubano puede decirse de manera corriente que «las nubes están gordas», es una metaforización popular. Pero la palabra «mofletudas» recurre a ilustraciones, a ciertos dibujos clásicos de nubes soplando. El lenguaje tiene dos rumbos: el corriente vital, y el poético imaginativo, sugerente, capaz de hacernos pensar en otra cosa distinta de lo que se nos dice. Creo que este es el quid de la maestría de este libro que viene a dejarnos vibrando tras su lectura.
  Cuba tiene algunos clásicos de la llamada «literatura infantil». El cuento del tomillar apuesta por convertirse en uno de ellos. Por mi parte, así lo asumo. Aun con mis sofocos clasificatorios, que prefieren dejar este libro de Daisy Valls fuera del solo ámbito infanto-juvenil y narrativo, concedo que su valía literaria no desmerece ante obras de alto relieve que vibran cercanos a él, como Juegos y otros poemas (1971), de Mirta Aguirre; Cuentos de Guane (1975), de Nersys Felipe, o La Noche (1989), de Excilia Saldaña. (Más algunos otros de Nicolás Guillén, Eliseo Diego, Onelio Jorge Cardoso, Dora Alonso…, y de gentes más jóvenes como Antonio Orlando, Joel Franz, Ivette y Enid Vian, Julia Calzadilla, et al).
  Como los referentes literarios antes citados rebasan a Cuba, e incluso a la lengua española, no me tiembla la mano al subrayarle la universalidad poética que Daisy ha alcanzado con su propuesta. Los lectores no suelen hacer demasiado caso a los críticos, cuando queremos enfatizar el valor de una obra literaria. Por años, un tan reputado Cintio Vitier estuvo ponderando a Samuel Feijóo como una de las grandes figuras de la literatura en lengua española del siglo XX y como uno de los mejores poetas de Cuba. Aun no se le ha hecho total caso a tal justicia. No sé bien si podré influir sobre la lectura de El cuento del tomillar, señalándolo ya como un libro clásico, como una obra que un adulto puede leerle a un infante (incluso terrible), para inducir igual goce estético en el lector y en su receptor. Obra machihembrada, dominada desde el detalle lírico y la subsumida lectura ecológica, tiene el don de hacernos palpitar. ¿Cómo podrá ahora Daisy Valls superarse a sí misma?

 

La Habana en julio, 2015

 

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Daisy Valls (Foto cortesía de la autora)

Daisy Valls
(Foto cortesía de la autora)

Daisy Valls (Cueto, Cuba). Editora, narradora y poeta. Entre sus libros publicados se hallan: El monte de las yagrumas (cuentos para niños, 1986), así como los poemarios Remero de un barco de papel (1989) y Pequeña balada feroz (1991), y la noveleta Mi última clase (2010). Recibió el premio del concurso literario “Migraciones: Mirando al Sur” con Mi última clase, en 2009. En 1997, la editorial La Torre de Papel publicó la primera edición de El cuento del tomillar.

 
 
 
 

Virgilio López Lemus (Foto cortesía del autor)

Virgilio López Lemus
(Foto cortesía del autor)

Virgilio López Lemus. Doctor en Ciencias Filológicas por la Universidad de La Habana. Poeta, ensayista, crítico, traductor y destacado investigador literario cubano, tiene en su haber una valiosa colección de textos poéticos y ensayísticos. Entre los últimos figuran temas sobre la poesía coloquialista cubana, la décima cubana, la canaria y la renacentista y del Barroco. En la lista de sus ensayos están los temas sobre Lezama, Sarduy, Feijóo y Dulce María, entre otros. Realizó la selección, prólogo y notas de las Entrevistas de Alejo Carpentier. Ha publicado en poesía: Hacia la luz y hacia la vida, Los cinco sentidos, El pan de Aser y La sola edad.

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Esta entrada fue publicada el 03/10/2015 por en Crítica.