Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

María Cristina Fernández viendo Castalias sucederse

CARLOS VELAZCO

 

Nueve cuentos, porque parece que desde Salinger es el número imprescindible para que un libro de relatos sea logrado.
  La protagonista de la sexta de las narraciones de No nací en Castalia, “El hombre de Cornwall, inciertas guerras y yo contando” relee, de Marguerite Duras, El amante. En lo personal, prefiero El amante de la China del Norte, por la cual atacaron a la autora con que se repetía. Pero no solo resulta más liberadoramente inmoral ―y los cuentos de María Cristina Fernández traen experiencias comunes que jamás se destacarían, por ejemplo, en una encuesta―, sino que esa segunda vez, Duras contó, con los mismos elementos de la anterior, otra novela.
  Cubanos que huyen de un lugar que no les pertenece, a otro que nunca les pertenecerá; que no pueden abandonarse confiados en nada; a quienes antiguos conocidos ―cubanoamericanos ya, o norteamericanos incluso― reciben con mucho de desentendimiento y de exigencia, en un sitio donde la pregunta: “¿Ya él trabaja?” ha sustituido a “¿Y él está integrado?”, y en el que espera la advertencia: “Esto aquí es así”. Todo recién llegado lo es porque le corresponde su lección.
  Sujetos para quienes la noción espacio-tiempo no representa un gran reto, ya que el pasado coincide con el lugar abandonado. Se trata de versiones de temas que no nos resultan ajenos. Estos de María Cristina Fernández, son simplemente otros cuentos.
  El caso más declarado es “Weekend largo”, tercero en el volumen, donde el referente más directo es “Final de un cuento” de Reinaldo Arenas. Si en Arenas el motivo del viaje a Cayo Hueso era una muerte: esparcir unas cenizas en el mar, en el de María Cristina Fernández se trata de la concepción de una vida. Tampoco era un amigo a quien enterraba el escritor de Arenas, sino la parte de sí que necesitaba liquidar para sobrevivir. El personaje principal de María Cristina Fernández va a prestar vagina y vientre para que Leonardo, el playboy casado con una vieja adinerada, fecunde en ella al varón que no le puede dar su amante Anaís. Pero de materializarse una niña, es probable que se cancele el contrato, y termine ella cargando con un doble: su repetición. No abruma a María Cristina Fernández la angustia de las influencias ni de la originalidad.
  Lo que más me atrae de No nací en Castalia no es lo que podemos identificar con la exposición de la autora (tampoco tengo conflicto con el ensayo, pues el talento no se constriñe a determinados géneros), sino lo que ella consigue que sus personajes evidencien cuando los hace actuar de manera insólita. Como si descendieran en la misma estación, del mismo vagón, el príncipe Mishkin de Dostoievski y la Ana Karenina de Tolstoi. La selección no es arbitraria: un mesías y una mujer.
  El cierre de un relato y el comienzo del siguiente, supone un resetear en el que los personajes se reconfiguran para darnos una ideología –redundo– personal. “Otra vez con lo de la unidad”, pensarán algunos. “¿Acaso no puede haber ya simples recopilaciones?”, insistirán. Pero en casos como el de María Cristina Fernández, la coherencia se alcanza por añadidura. Jamás caeré en el lugar común de toda presentación: saludar a un narrador “de garra”, con un uso “exquisito” del leguaje, que refleja su época y es, a la vez, universal.
  Después de una ruta de ingratitud, o sea, de sinceridad, como reconocer: “Una más de los que vienen a este gran país a desaparecer su suciedad y palear su nieve”, Elis, de “Geranios sobre el Hudson”, que abre No nací en Castalia, consigue asir algo conocido: decorar con esas flores abanicos, afuera de la tienda del coreano Sum Yi, a la vista de los peatones de Nueva York, como antaño hacía en un taller de La Habana Vieja. Pero igual que el protagonista de Paul Auster declara al final de Brooklyn Follies que era el hombre más condenadamente feliz del mundo todavía en la temprana mañana del 11 de septiembre de 2001, la visión del apocalipsis en la apoteosis de la civilización, provoca también su desplome. Establece una analogía entre Los Claustros y ella. El museo, re-ensamblaje de varias abadías europeas; ella, reciclaje de numerosas vidas. El paralelo se perfila con una de las piezas de La caza del unicornio, que allí se expone.
  De que el cautiverio, la muerte –uno es lo mismo que la otra– de este animal fantástico, se inscribe entre los mayores crímenes, nos ha dicho el arte desde estos tapices medievales hasta el primer tomo de la saga Harry Potter. Elis augura que el unicornio de la serie conseguirá escapar. Pero cualquiera que la ha visto sabe que no es así. De nombre parecido a la isla desde la que en teoría la Libertad ilumina al mundo, termina viviendo no lejos, un poco también estatua ella. Como hazañas personales, queda a la protagonista masticar hojas de geranios y al llegar por primera vez al apartamento donde se instalará con Fernando, determinar enseguida un lugar ideal para colocar la planta.
  A través de No nací en Castalia experimentamos las alternativas posibles entre la rebeldía y la simulación. Si al comienzo de “Geranios sobre el Hudson”, con su pelo “extremadamente largo y sin planchar”, la protagonista reconocía: “represento la barbarie”, en “El guardián”, el segundo de los cuentos, Julia, con sus “greñas salvajes”, se abandona, en la obstinación por salvar un árbol, a la extravagancia que Elis no sucumbe. Claro, ella no es cubana.
  Es en Mathew ―parte del personal de seguridad de la corporación que quiere desalojar a Julia― en quien se opera la transformación que él revela por dosis en su narración. Recuperará la valentía mínima necesaria. Las señales más evidentes son su renuncia a la compañía y el que conserve la foto de Julia. Pero algo percibe su esposa, y percibimos nosotros que ha percibido ella, cuando al inicio, le espeta: “¿Esa no es la excéntrica que tú vigilabas cuando estuvo subida en aquel árbol?” El germen de la inconformidad, el aprendizaje, pasa no por la identificación con una causa, pues “El guardián” es un cuento de amor.
  Igual que hay un tipo de complicidad entre Leonardo y la madre sustituta de “Weekend largo” que se alcanza con la eyaculación, el traspaso de fluidos, y de la que queda fuera la pelirroja Anaís, por muy pronto que acuda a abrazarlo por detrás y besarle la nuca. En “Weekend largo”, el menos práctico, el soñador, el lírico, es Leonardo, bajo la cobertura del triunfador: ¿Por qué se empecina en aproximarse a la Isla (razón del viaje a Cayo Hueso) aunque esté el mar de por medio, en engendrar un varón para llevarlo a Cifuentes, su pueblo natal, para que el abuelo ya ciego lo conozca, enseñarlo a pescar en el río, empinar chiringas en la loma del Ateje y mostrarle las cuevas? Porque ansía un imposible: recuperar su propio pasado, tener una segunda oportunidad a través de su hipotético hijo Cristóbal.
  Ese “That’s not me!” de Katherine frente al espejo de la tienda, es el grito materializado del resto de los protagonistas de No nací en Castalia. Ella, y Julia en “El guardián”, recuerdo: no son cubanas. Si en “Weekend largo”, bajo pretexto del ménage à trois necesario, la futura madre puede consumar su atracción hacia Anaís, la vendedora de ropas en “El desconcertante ejercicio de vestir a Katherine” debe reprimirse de acariciar las piernas de la muchacha: “recuerdo que somos animales civiles y como tales debemos comportarnos”.
  En “El desconcertante ejercicio…”, la vendedora, otra Elis, reconoce: “Es extraño, en esta Katherine hay algo que fue mío alguna vez. Tal vez una resistencia a razonar en el estilo de otros, un hartazgo, un desafío al mirar…” Por ello Katherine usa sin conflicto unos zapatos que no le quedan: de hombre y varios números más grandes; de todas formas no se identifica en su cuerpo. Cuando se sinceran los personajes de María Cristina Fernández, no sabemos dónde ubicarlos, qué hacer con ellos.
  De una historia a otra, los protagonistas enloquecen o se encubren progresivamente. No es Emily, la filántropa pendiente de una operación a corazón abierto, quien delira en “¿Te acuerdas de Fitzcarraldo?”, sino la intérprete de oboe que trabaja como técnico en el Hospital Monte Sinaí. Esta insiste en la posibilidad de edificar en Homosassa Springs un teatro que inaugurar con el ballet de Ucrania, y con varios pabellones, entre ellos uno dedicado a Cuba, donde exhibir la partitura de María la O de Ernesto Lecuona. Interpela al incrédulo Abigail, quien la desarma con la pregunta que da título al quinto cuento. Los parlamentos de ella solo necesitan de las mayúsculas para aparejarse a la estridencia del “I want my opera house!” del actor Klaus Kinski en la película de Werner Herzog.
  Del sinsentido de pretender encontrar el arte en el medio más adverso, el exponente clásico en la literatura cubana es Los pasos perdidos. Al alcanzar El Dorado, el músico de Carpentier echa en falta el papel en el que fijar su partitura. Porque todo camino de Damasco nos entrega aquello que inicialmente no buscamos. “Balnea, vina, Venus”, el séptimo, viene a ser el desenlace opuesto a “¿Te acuerdas de Fitzcarraldo?” No es la desmesura, sino cierto equilibrio, cuando ambos evocan al artista John Sirgent Sargent recorriendo el Palacio Vizcaya, lo que ofrece a la protagonista y a su amigo pintor la esperanza de triunfar, y la suficiente vida para aspirar a lograrlo.
  De un punto a otro punto, siempre hay un sendero. “El atajo de Merton”, octavo relato, es, por contraste, a través de un peregrino, una aproximación al exilio cubano. Si anteriormente los personajes se quejaban de la limitación de expresarse en un idioma ajeno, aquí Thomas Merton afirma: “un raudal de palabras nuevas se me encima”. Encuentra, a fines de la década del treinta, en La Habana y en El Cobre, Santiago de Cuba, la abundancia para la que no lo preparó la escala en Miami ni la lectura del Romancero gitano de Federico García Lorca. El cuento busca una explicación cubana a hitos en la obra y la biografía de Merton. “Y todas las piezas del mosaico del mundo/ Se levantan y salen volando como pájaros”, se le cita, así como la protagonista de “El hombre de Cornwall, ciertas guerras y yo contando” rememora la bandera adherida al Malecón habanero que enfrenta al mar. En esta obra, a la que María Cristina Fernández se ha referido en su ensayo “Las esculturas de Carlos Eloy vistas a la luz del día”, el símbolo cubano se descompone (o se arma, según la perspectiva) a modo de rompecabezas. También en mosaicos se descompondrán, forzados por las raíces de los árboles y el abandono, los ladrillos y las piedras de las pocetas del balneario de San Miguel de los Baños, uno de los escenarios del último relato: “No nací en Castalia”.
  Una acción caótica termina repercutiendo en aquella que le da origen. Como si en vez del esperado Cristóbal de “Weekend largo” el resultado fuese niña, es una madre en “No nací en Castalia” quien educa a su hija a la manera que hubiese hecho Leonardo: instruyéndola en su pasado de estudiante de Letras en la Universidad de La Habana al tiempo que era amante de un escritor caído en desgracia. El refugio de ambos lo constituyó la literatura por partida doble: aquello que escribían y la venta de libros sustraídos por César de la biblioteca de los jesuitas en la Calzada de Reina.
  Si la protagonista de “El hombre de Cornwall…” pretendía preservar la Iglesia del Cristo en La Habana Vieja, cuando emplazaba a los obreros que cavaban los refugios para la supuesta guerra con la que se pretendió desviar la atención pública de la crisis económica del país, la de “No nací en Castalia” cree haber profanado otra. Pero no lamenta su destino porque no es una madre de Lorca. Algo sí divide a la madre de la hija. Acaso el desinterés de la segunda hacia la vivencia más intensa de la primera con el que puede ser su padre. Que acaso tampoco murió en ese simbólico ahogamiento/naufragio en el Malecón, sino que sencillamente claudicó, y se prefiere recordar muerto, es decir, vivo.
  La madre observa con la nostalgia, no con la expectativa. Ignora que tiene que ver más con La Eneida, que con la Ilíada y la Odisea, su exilio. No es el llanto por la pérdida de Ilión lo que le queda, no es el regreso a Ítaca su porvenir, es la posibilidad de fundar otra cosa –no me pregunten cuál–, como diría Martí, en “extranjero suelo”.
  No entiendo por qué el personaje afirma: “No nací en Castalia”. Esa “demarcación fatal”, esa opción cero de alternativas entre “zarpar” o “quedarse”, ¿no es una academia de la austeridad y renuncias? No comprende la madre que esa indiferencia de la hija es su victoria, la libertad, ganada para otros, que ella nunca tuvo –ni tendrá–. Lo cual me lleva a casi terminar con la frase de Santa Teresa de Ávila a partir de la cual Truman Capote pensó titular su siempre anunciada novela: “Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por las no atendidas”.
  Escribir implica, en mayor o menor dosis, el componente de la hipocresía. Por lo general los escritores verdaderos escriben lo que no hablan diariamente. Eso que se quiere expresar pero que no se debe, y que no lo deja tranquilo. ¿Cómo lo puede decir María Cristina Fernández? Escribe No nací en Castalia, que es una manera de decir después.

 

Para adquirir un ejemplar pinchar en el enlace: No nací en Castalia (Editorial Silueta, 2016) de María Cristina Fernández.

 

No nací en Castalia  (Editorial Silueta, 2016)

No nací en Castalia
(Editorial Silueta, 2016)


 

Carlos Velazco (Foto cortesía del autor)

Carlos Velazco
(Foto cortesía del autor)

Carlos Velazco (La Habana, 1985) Coautor de Tiempo de escuchar (2011) y Chakras. Historias de la Cuba dispersa (2014). Compiló y prologó los cuentos de René Jordán en el volumen La angustia del sábado (Editorial Silueta, 2015).

 

María Cristina Fernández (Foto cortesía de la autora)

María Cristina Fernández
(Foto cortesía de la autora)

María Cristina Fernández. Narradora. Tiene publicados los libros de cuentos Procesión lejos de Bretaña y El maestro en el cuerpo, además de otros dos volúmenes para niños. Textos suyos han aparecido en revistas y antologías de Cuba, Estados Unidos, México, Italia y España. Desde el año 2006 vive en Miami.

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Un comentario el “María Cristina Fernández viendo Castalias sucederse

  1. Maria Cristina Fernandez
    23/04/2016

    Gracias por publicar el texto de Carlos. Pasando de la escucha a la lectura, me asombra aun mas todas las resonancias y sugestiones que este “muchacho” ha encontrado en mi Castalia. Un abrazo a el y a uds, siluetas empennadas.

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Esta entrada fue publicada el 22/04/2016 por en Crítica.
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