Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

¿Me ayuda a matar a un vampiro?

CARLOS VELAZCO

 

A Juan Carlos Babastro.

 

Y sin el compromiso de fregar después de las comidas, ni siquiera de escoltar a mis tías, dos zoólogas adineradas, en sus sesiones médicas. Solo debía leer y, si quería, escribir. Una adquisición mayor que los animales comprados en África y donados al zoológico de New York: un sobrino intelectual exiliado, una promesa de Kundera.
  Me imbuí en un aislamiento ahora voluntario. No por evitar hablar de las pocas cosas de las que puedo dar fe suficiente: la “pesadilla cubana”, pero era una historia de la que ya no me interesaba ser corresponsal. Había conseguido evadirme de forma legal, y hasta respetable: invitado por una asociación de estudios latinoamericanos. Aunque apestado, por suerte radicaba yo en Cuba, lo cual permitió que esos intelectuales cuyos cerebros permanecían anhelando la Isla siempre y cuando sus cuerpos gozasen del confort de vivir fuera de ella, me dieran incluso una beca de hospedaje de la que ayuné. Estados Unidos y todo, con el montón de invitados cubanos, no tenía ánimo para turbas ni accidentes automovilísticos en solitarias carreteras.
  Acabé de ejemplo a esa otra acepción del término “desaparecido”: sujeto que se desvanece pues disimula su próximo escape hasta el último instante. No hay ceremonia de despedida. Sin saber adónde quería llegar, pero de sobra conociendo de dónde ansiaba irme. Tampoco es que sea este un descubrimiento excepcional. Es más frecuente de lo que se supone.
  Pues sí, ya estoy en mi caminata vespertina, yo en Miami, como veía hacer en mi país a aquellos favorecidos que se ejercitaban en la Quinta Avenida de la lujosa zona de Miramar. Acostumbro a doblar derecha en la esquina de la cuadra, seguir unas dos millas bordeando un condominio de nombre Trail Run, y al llegar a un shopping, en la calle 8, atender un rato las vidrieras antes de regresar.
  A la altura del Trail Run, un carro Nissan, modelo anterior, se arrima a la acera cerca de mí. Lo conduce una señora. Sin la más mínima cortesía, pregunta:
  –¿No has visto a un viejo de pelo blanco caminando solo?
  Me inquieta que alguien se pueda percatar enseguida de que soy cubano, porque sin duda por eso me interpeló. Ella no lo parecía: no era desinhibida, no daba la impresión, nada más conocerla, de que fuera experimentada en algo. Solo deseo salir de esa situación. Le respondo que no, y pongo mi mejor cara de preocupado.
  Se lamenta por lo bajo y solo agrega que estaba perdido. No yo, sino, evidentemente, el anciano. Sin despedirse ni agradecer, arrancó.
  Si hubiese caminado más aprisa o me hubiera detenido a descansar en uno de esos bancos con publicidad de medicinas y abogados esparcidos por las aceras, lo siguiente habría sido más cercano a lo que se entiende por “normal”. Pero avanzo despacio porque este es mi ejercicio, y en este tramo del South West no hay ni una infeliz planta o árbol que beneficie con sombra a los asientos.
  Un poco más adelante, dentro de los límites del condominio, llegando a una de las entradas de acceso, coincido con el mismo Nissan que, obvio, ha dado un rodeo.
  La mujer repite su pregunta un poco más resumida:
  –¿No lo viste? –lo cual es aceptar que nos conocemos.
  Sin cederme el paso con el ademán de la mano, obligándose ella misma al gesto incómodo de bajar la cabeza para verme a través de la ventanilla, continúa:
  –Anda perdido, no es la primera vez que se me va.
  Siempre me han infundido respeto quienes hacen suyo el error ajeno. Había dicho “se me va” y no “se va”.
  –Usted verá que aparece –le digo–, es cuestión de paciencia, de que la ruta de él y la suya entren en frecuencia. Dé varias vueltas, que la gente suele orbitar alrededor de un mismo lugar –y advierto que es un parlamento muy largo.
  Como recordando otra cosa, ella se hace eco de la frase:
  –Sí, la gente vuelve al mismo lugar –y fijando en mí su mirada–. ¿Puedes acompañarme a buscarlo? Te dejo después dónde tú digas.
  Acepté porque no lo pensé dos veces, lo cual revela lo mucho que me desconcierta la invitación. Quizás la petición surja de su inseguridad. No es fácil eso de atender al timón y otear a un lado y otro de la calle. No hay de mi parte nada de inversión espiritual en espera de un hipotético beneficio futuro. Nuestras buenas acciones las condiciona el tiempo. Dejamos pasar a un anciano, pues lo compadecemos, ya que se le acaba el tiempo.
  –El problema es que él es un vampiro, y no puedo dejarlo suelto –explica.
  –No, claro –contesté.
  Puede que alguien dude de que haya respondido eso. A ese hipotético alguien solo le refrescaría que treinta años en Cuba son la perfecta escuela para aceptar lo ilógico como lógico. Que un personaje del que dicen que lleva la maldad consigo desde que estaba en la barriga de la madre, es el encargado de comunicarte que han empezado tus problemas. Porque cuando a uno le llega la hora en ese país, le llega.
Pienso que se trata de una broma para distender. No tiene ella la mirada fuera de foco de los enfermos de los nervios. Su inexactitud acerca de la cualidad diurna de los vampiros la atribuyo a una posible exposición a series fílmicas con absurdos como el que estos aparezcan impecables cuando no pueden reflejarse en ninguna superficie.
  Mujeres solas, ancianas con niños, o nadie, pero ningún viejo canoso que compartiese el desaliño de Nosferatu. Ya nos alejamos demasiado de la ruta que me conozco para volver a casa de mis tías. No sé nada de direcciones, solo el mismo caminito de uno y otro día.
  –Yo le digo que no salga –sigue la señora–, pero él es muy cabezón, y nunca he querido amarrarlo, porque la familia es la familia.
  Había visto para entonces montones de álbumes de exiliados, con el desvaído en el que llegan a homogeneizarse los colores de las viejas impresiones, y era ver a personas capturadas contra el fondo de una estancia cerrada. Entendía en ese punto hasta a un vampiro negado a dejarse amilanar por su propia torpeza. Podía ser un errante o el maestro de una última lección de hedonismo; ser alguien vacuo y superficial –un espejo que no ceja en reflejar la vida de los otros que tanto lo absorben– o un cosmopolita; o puede que hasta el más aventajado de los lectores del Tao Tse King.
  –No se sienta apurada, que tengo tiempo –miento, muchas veces miento.
  No intercambiamos más por un rato.
  –¿Viste el nuevo túnel que construyeron hace poco en la bahía…?
  No me deja responder.
  –Y ya empezaron las obras del mall más grande del mundo. Pronto Miami será la capital de las Américas, y comprenderás que en la capital de las Américas no puede haber un vampiro viejo deambulando por ahí.
  –No, claro.
  –Una tacita de oro –siguió–, ahorita Miami va a ser una tacita de oro, como lo era Cuba antes de que la convirtieran en una taza de inodoro.
  Empezó a reírse, y suelen fascinarme los juegos de palabras.
  –Señora, ¿hace cuánto usted vino?
  –Nací aquí, quien se exilió fue mi padre. Una entre las tantas historias que de seguro allá no hacen.
  –No –le digo–. No hablan ni de historia. Allá no queda ni la taza –y terminé bajando la voz, reactivándose viejos reflejos de los días de ante todo, voz baja, comprobar por encima del hombro, o, mejor, no hablar, pensar lo que se quiera, pero no hablar.
  Ella reanudó su risa. Primer error: la confianza.
  –¿Pero no cree usted que tanta destrucción tiene que conducir a alguna parte que ahora no logramos ver? ¿No será un desarrollo de signo negativo? –no sé por qué, se me ocurre preguntarle. Hablamos tanto de ese sitio, que parece que no hubiésemos salido de allí–. Tampoco que yo sea un optimista –aclaré.
  –Conque un nostálgico del pasado que no viviste, lo cual quiere decir, un inconforme con el presente que experimentas. Por espíritu de contradicción.
  Segundo error: más confianza todavía.
  –¿Usted me ayudaría a matarlo? –propone.
  Había pasado del tuteo al respetuoso “usted”, supongo que para darle solemnidad a esta situación de extraños en reposo, dentro de las reducidas proporciones de un auto en movimiento. Hago silencio. “Huyendo de la muerte en vida –pensé–, para volver a empezar con una muerte”. Porque para hallar nuestro ritmo hay que tener más variables en cuenta que la distancia por el tiempo.
  –Por supuesto que no –contesto.
  Todo lo que se vive no merece ser contado, mil anécdotas que quisiera (podría decidir) fijar, tal vez no transfieran a otros el valor que tienen para uno. De todas maneras, lo más importante nunca se escribe. Nadie se expone tanto. Pero esto ha empezado mal y ya nada puedo hacer. La voluntad no basta para torcer el destino. Nuestras acciones precedentes han quedado inscritas y signan lo que sigue.
  Ella no replica, permaneciendo concentrada en manejar. Tampoco le exijo en ese momento que se detenga para bajarme porque percibo que realmente siente temor de que la abandone. No sabría decir por qué. Y hay calma en el interior de este vehículo, similar a esos instantes en que lo peor está por venir y se alcanza mayor paz. Precisamente por eso, porque lo peor al fin llega.
  –¡Que no aparece! –se queja al rato–. Mira que ocurren cosas en este país –evidentemente, busca conversación–. ¿Sabes que una vez un auto que tuve lo podía conducir sin las llaves?
  –Sí, hay autos con los que no se necesita introducir la llave para arrancarlos, basta con que el conductor las tenga encima –le respondo.
  –No –insiste–, era más serio que eso, yo no tenía las llaves conmigo, y lo más curioso, nadie más lo podía siquiera arrancar sin ellas. Mi hermana me aconsejó que me estuviera tranquila, que, si funcionaba, para qué llevarlo al mecánico, que solo me iban a cobrar más.
  –¿Y qué pasó?
  –El mecánico lo desarmó y lo volvió armar, y no me cobró. Lo único que me dijo fue que suponía que si muchas personas se identificaban con los objetos, era posible que los objetos terminaran identificándose mucho con sus propietarios.
  Entonces le hago una pregunta a la que le he estado dando vueltas:
  –¿Y cuándo él se convirtió en vampiro? ¿En Cuba o en Miami?
  Se demora lo suyo.
  –Pues nunca lo había pensado. Ni es que haya mucha diferencia entre eso de ser vampiro o no serlo. Solo que se vive algo más, y si la persona tiene curiosidad hacia el mundo, puede ver más cosas.
  Atardecía, concediéndole la intensidad del sol una atmósfera de infierno a ese paisaje que recorríamos. Recuerdo la maldición que iniciaba la película El cuervo de Alex Proyas: “La gente solía pensar que cuando alguien muere un cuervo lleva su alma a la tierra de los muertos. Pero algunas veces, sucede algo tan malo que trae una terrible tristeza y el alma no puede descansar. Y a veces, solo a veces, el cuervo puede regresarla para poner las cosas en su lugar”. Ahora venía perfecta.
  Dimos un par de vueltas más, previo a que ella empiece a disminuir la velocidad casi en el lugar donde me había recogido.
  –¿Adónde te llevo ahora?
  –¿Y el vampiro? –no iba a referirme como al “viejo” a una persona renuente a aceptar ese fenómeno que no entiende.
  –Quizás alguien lo encuentra y lo lleva hasta la casa. Así sucedió una vez… –sopesa un instante–. En verdad lo he embromado a usted. El anciano no es un vampiro, es mi padre, y lo más cerca que estuvo a parecer algo sobrenatural fue para mi hermana y para mí cuando éramos niñas, pues hacía de mago de vez en cuando para tener una entrada extra, ya que aquí nunca pudo rehacer su carrera de escritor. Quizás usted escuchó hablar de Mister Mistic. Llegó a tener unos minutos en un programa de televisión.
  –Me suena –dije por educación–, lo que no podría precisar de cuándo.
  Pero él y yo nos hemos encontrado en otras ocasiones. Me sirvió de ascensorista en el Hotel Occidental de América de Kafka. Fue el Taquillero enfrentado a la ancha gaveta de la caja contadora que me extendió el ticket a la sala de conciertos de El acoso de Carpentier. Me franqueó la puerta de un edificio neoyorquino en El portero de Arenas. Claro que conozco a ese personaje. Es ese individuo abandonado a un rol por debajo de sus posibilidades, que intenta convencerse de que esa posición actual solo será transitoria y siente que su voz no ha muerto, sino se fortalece. Pero nada más falso. Se debilita a plazos. Mejor sería ahorrarse la burocracia cotidiana.
  –Some of them want to abuse you… Some of them want to be abused… –le cito.
  –¿Por cuál interprete recuerda usted Sweet Dreams? –pregunta.
  –Lo he olvidado –miento, he dicho que muchas veces miento, y además, de esta respuesta del intérprete depende la fecha en que se ubique mi vida–. Ni yo mismo sé si es la de Annie Lennox o la de Marilyn Mason.
  –Años que no oía mencionar a Mason. ¿Y vive? –quiere saber.
  –Eso dicen.
  –Claro que tiene que haber escuchado de ellos –insiste–, si no de Mister Mistic, de la Familia de Magos, porque alguna que otra vez nuestra madre y nosotras salimos con él por televisión.
  ¿Qué siento que nos acerca a ella y a mí? No solo que me hable, sino su historia. No confiamos en cualquiera para que nos haga un cuento, la predisposición a escuchar es una señal de cercanía.
  –¿Y le llegó a enseñar él sobre el efecto de misdirección? –pregunto para cambiar el tema, porque no tenía manera de compensar verosímilmente su necesidad de que mi respuesta fuera “sí”.
  –Ese fue nuestro abecé: todos los recursos que sean necesarios para manipular a nuestro antojo la atención del público y desviarla a un punto, en detrimento de su percepción de la totalidad de la escena.
  Sin percatarme, nos hemos detenido en una gasolinera.
  –Espérame un momento, que voy a echar combustible –anuncia.
  Un ibis merodea por allí. No solo explora las jardineras, sino que su curiosidad lo arriesga a inspeccionar los autos mientras servician junto a las bombas. Si digo que un ibis merodea por una gasolinera, ¿parecerá una construcción demasiado artificial? Sépase que lo he visto.
  Al volver, pregunta si me animo a acompañarla hasta su casa, a ver si alguien ha devuelto a su padre. Y me hace falta permanecer algo más sentado, porque me duelen un poco las piernas. Y afirmo con el gesto.
  Al llegar a la puerta de una residencia similar a tantas otras entre este lienzo de calles limpias y bloques de diseños perfectos, me invita a pasar. Entramos, y como no indica que ocupe el sofá o uno de los butacones, supongo que espera que la acompañe a comprobar si el señor se encuentra en alguna estancia. Llegamos a un cuarto abierto y me cede el paso.
  –Aquí podrás descansar –me dice–. Recuéstate si quieres.
  Me siento en la cama, y cuando ya se va a ir, le pregunto:
  –¿Y le valdría de algo vivir más si fuera un vampiro? ¿Se asiste a la reparación de alguna injusticia?
  –No. Lo mismo con lo mismo –responde.
  Me sorprende comprobar que esa expresión tan conocida se haya preservado en una cápsula a través de los años, al punto de sernos comunes a ella y a mí. Alguien puede abandonar un espacio. Ese espacio puede permanecer vacío. Pero otro aparecerá para ocuparlo.
  –Hasta mañana, Mister Mistic –se despide.
  Cómo puede pasar tanto tiempo sin darse uno cuenta.

 

2015/2016

 

Carlos Velazco (Foto cortesía del autor)

Carlos Velazco
(Foto cortesía del autor)

Carlos Velazco (La Habana, 1985) Coautor de Tiempo de escuchar (2011) y Chakras. Historias de la Cuba dispersa (2014). Compiló y prologó los cuentos de René Jordán en el volumen La angustia del sábado (Editorial Silueta, 2015).

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Un comentario el “¿Me ayuda a matar a un vampiro?

  1. vlaco
    23/04/2016

    La fantasía y lo real se entrelazan en estos razonamientos bien relatados,Por supuesto Cuba de trasfondo,como soporte de ese mundo que se describe.muy buen cuento.

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 22/04/2016 por en Narrativa.
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