Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Fragmento de la novela “Libro de la derrota”

MARÍA ELENA HERNÁNDEZ CABALLERO

 
Las vecinas del comité
 

Ahí estaban las dos, sentadas en la recepción de la estación de policía número once. Una peor que la otra, pensaban todos. Todos eran: los policías y los detenidos que también aguardaban.
  Vistas de lejos parecían una vívida copia del cuadro de Antonia Eiriz titulado: “Las vecinas del comité”. El sargento Retamar había visto una vez este famoso cuadro. Cuando muy joven le había dado por pintar. Había empezado incluso en un instituto de arte la carrera de pintura. Todo marchaba bien hasta que lo pararon, con todo su grupo, delante de ese cuadro y el sargento no supo qué decir. No entiendo, fue todo lo que dijo. Sus compañeros se burlaron tanto que había decidido eliminarlos a todos; razón por la cual, abandonó la pintura e ingresó en la academia de policía.
  El sargento Retamar no podía comprender cómo una imagen muerta como era la pintura: “porque un cuadro es un cuadro y nada más”, podía de pronto convertirse en una imagen viva: “porque desgraciadamente estas viejas están vivas”. Él se había esforzado por hacer cuadros realistas. Pintó trenes, escuelas y cortadores de caña. Pero nunca vio vida, ni siquiera en sus cuadros que eran una copia fiel de la realidad. No esta vida que tenía ahora delante. Las viejas del comité, nunca las había visto.
  Después de muchos años ahora las tenía nuevamente delante. Y las veía. No comprendía cómo era posible esto. No era que la pintura de Antonia Eiriz le gustara. Eso no. Tampoco significaba que la comprendiera. Eso tampoco. Lo que inquietaba al sargento era que las vecinas del comité se habían escapado de la tela y ahora creaban disturbios. En vez de vigilar como hacían todos los cederistas. Había que forzarlas a meterse de nuevo en la tela. Sólo tenían que vigilar, sólo eso. Entonces, como por arte de magia, comprendió el sargento que había comprendido el cuadro. Pero ni aún así le gustaba. Eso no.
  Las viejas del comité parloteaban bajito mientras lo espiaban con el rabillo del ojo. Parecía increíble que hubieran podido armar semejante revuelta en La Pintana, el peor barrio de La Habana. Y siguen con vida, con vida impropia, pensaba el sargento mientras pensaba en el cuadro y en Antonia Eiriz. ¿Qué hacían dos viejas como ésas allí? ¿Cómo no lo había visto antes? Detrás de ese parloteo bajito había mucha violencia, mucha complicidad. Odio contenido. Y maldad. ¿Contra quién? Contra la vida. El sargento Retamar se estremeció. La conspiración parecía ahora contra él que debía interrogarlas. ¿Qué andarían cuchicheando?
  Las urracas vigilaban cada movimiento suyo desde el rincón donde permanecían sentadas: igualito que en el cuadro, pensó. Y murmuró para sí: una peor que la otra.
  Se armó de valor y las llamó:
  –Ustedes dos, vengan acá.
  Carmita y la mejor amiga se acercaron.
  –Le explico sargento- se adelantó Carmita.
  –Espere, todavía no le he preguntado nada.
  –Sí, sargento.
  –¿Qué hacían dos compañeras respetables como ustedes en La Pintana? ¿No era que viven en Carraguao?
  Carmita, a pesar de la respiración agitada de la carrera, se adelantó de nuevo y aprovechó para mirar de cerca los ojos pardos. Apoyó los brazos en el escritorio y rozó las manos del sargento. Dijo con excesiva seguridad:
  –Mire sargento, la revolución hay que defenderla en Carraguao y en La Pintana.
  –¿Ah sí? ¿Y por qué?
  La mejor amiga que no estaba acostumbrada a quedar a la zaga de nadie, y menos de Carmita, preguntó:
  –¿Por qué nos interroga a nosotras, sargento? Vaya y atrape a esos negros de La Pintana. Mientras usted pierde el tiempo con nosotras, ellos roban.
  –No le hables así al sargento– la encaró Carmita–: Ellos tienen sus derechos– Se volvió al sargento- ¿No sargento?
  El sargento Retamar las escuchaba entre sorprendido e irritado. Temía que el par de urracas armaran otra revuelta. Mejor las echo a la calle, se dijo, y no tomo nota de nada. ¿Qué dirá el teniente si le entrego un informe tan ridículo? Lo enviaría urgente de vacaciones: ¿desde cuándo no toma vacaciones sargento? Y él no quería vacaciones porque se lo ordenaran. No hasta que le subieran los grados. Merecía ser teniente, no sargento. Entonces recordó que debía operarse, también con urgencia. Pero los gritos de las viejas lo trajeron de nuevo al vívido cuadro. Intentó callarlas. Y, como no podía separarlas, las tomó a cada una por un brazo.
  –Miren, muchachas –era irónico y él lo sabía–, sería injusto tenerlas aquí, como dos delincuentes. Vayan a sus casas, con sus maridos. No tomaré nota de nada.
  –No tenemos marido –se apresuró a decir Carmita. Mejor que el sargento sepa que estamos solas. Solas y sin marido, pensaba. ¿Está casado sargento?, le hubiera gustado preguntarle.
  Ahora el sargento tenía el panorama más claro. ¿Cómo se podía sobrevivir sin marido? Claro, pensaba, si tuvieran marido no andarían por ahí sueltas, alborotando todo.
  –Bueno, nunca es tarde, ¿no? –dijo queriendo ser simpático.
  –En eso andamos –Carmita le hizo un guiño con el ojo.
  La mejor amiga no podía creer el atrevimiento de Carmita. Su amiga siempre había sido muy decente. El sargento Retamar, por su parte, tampoco podía creer que la vieja salida del cuadro se le insinuara.
  –Asunto concluido –dijo con firmeza, pero evitando mirarla.
  Retrocedieron hasta la salida desalentadas. Carmita se dio vuelta para mirar nuevamente los ojos pardos. La mejor amiga la arrastró hasta la calle. Estaba avergonzada.
  El sargento Retamar caminó despacio hasta el asiento vacío. Detrás del escritorio permanecía sentado el oficial de guardia.
  Éste preguntó:
  –¿Te ligaste a la vieja, sargento?
  El sargento intentó sentarse mientras obviaba el comentario. Recordó que sentarse era una tarea difícil. Debía hacerlo con sumo cuidado. Por lo menos hasta que tomara vacaciones y un médico cualquiera extirpara lo que hacía años tenía incrustado.
  Era doloroso lo que tenía en el culo: las indecentes y malditas hemorroides.
 
 
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María Elena Hernández Caballero (Foto cortesía de la autora)

María Elena Hernández Caballero
(Foto cortesía de la autora)

María Elena Hernández Caballero (La Habana, 1967). Ha publicado El oscuro navegante (Ed. Matanzas, Cuba, 1987); Donde se dice que el mundo es una esfera que Dios hace bailar sobre un pingüino ebrio, con el que obtuvo el Premio David de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba en 1989; Elogio de la sal (Ed. Cuarto Propio, Chile, 1996); Electroshock-palabras (Ed. La Bohemia, Argentina, 2001); La rama se parte (Ed. Torremozas, Madrid, 2013) y la novela Libro de la derrota (Azud Ed., Argentina, 2010). Poemas suyos aparecen incluidos en antologías sobre poesía cubana actual, como Retrato de Grupo (Letras Cubanas, Cuba); Un grupo avanza silencioso (UNAM, México); Álbum de 26 Poetisas Cubanas del siglo XX (Letras Cubanas); El pasado del cielo (Bogotá, Colombia); Catedral Sumergida (Letras Cubanas); Otra Cuba Secreta (E. Verbum, Madrid, España); entre otras. Colabora asiduamente con diarios y revistas literarias latinoamericanas, españolas y de Estados Unidos. Fue cofundadora de la Editorial Las Dos Fridas. Actualmente fijó residencia en Houston, Texas.

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Esta entrada fue publicada el 22/04/2016 por en Narrativa.
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