Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Funeraria

RODOLFO MARTÍNEZ SOTOMAYOR

 

Esperé a que la contestadora emitiera ese agudo silbido que era el preludio para un mensaje, esperé como siempre a escuchar la voz de quien llamaba, para saber si tendría o no que descolgar el teléfono. Era Amadís, un mayor motivo para levantar el auricular fue la seriedad con la que hablaba, casi siempre ese tono serio, antecedía al anuncio de la muerte.
  No me equivocaba esta vez, se trataba de la madre de Marcos, apenas la conocíamos pero siempre es algo muy serio la muerte de una madre, mucho más si se trata de un amigo. Amadís no parecía entender que había momentos sagrados, después de las primeras palabras solemnes y decirme que murió de problemas del hígado, dijo que no sabía que era alcohólica. Cuando decía cosas de ese estilo, venía luego una risa estruendosa, sonora, sólo reía él. Claro, admito, que no soy un santo, yo también a veces propiciaba las bromas de mal gusto. El día que murió Julio lo recogí para el entierro y estaba vestido de negro, le dije que no quedaba duda de que era la viuda, esta vez reímos los dos.
  Cecilia aceptó acompañarme a la funeraria, era más fácil convencerla para esto, que para una fiesta. Se miraba al espejo y se cambiaba una y otra vez de vestido, yo le pedí que planchara mi camisa blanca. Estuve eligiendo un traje, indeciso con el que más me gustaba, finalmente Cecilia me ayudó diciendo que el verde que compré reciente me quedaba muy bien. Al entrar al auto llamé a Amadís, era mejor que llegáramos juntos. Cecilia me censuró esa costumbre de manejar hablando por el móvil, decía además que era muy torpe, que no debí sentarme con la chaqueta puesta, que llegaría estrujado, que era un desastre.
  Esa obsesión por mejorarme parecía ser inútil. Yo me las daba de filósofo y le decía que no puede cambiarse a la gente. Claro que no aplicaba ese dogma para ella. Intentaba que fuera más alegre, que tomara las cosas a la ligera.
  Al llegar a la funeraria vimos a Gustavo y a Tadrío caminando hasta la puerta, allí estaba Marcos fumando en la entrada. Lo abrazaron al verlo, cerca estaba Amadís. Bajé del auto y Cecilia se acercó a sacudir mi traje, caminé de prisa y me dijo que siempre la dejaba detrás, que recordara que no iba solo. Amadís se acercó a nosotros y dijo que al lado había un bar, que pasaríamos por allí después, que esto seco no se podía aguantar. Me pareció una maravillosa idea y miré a Cecilia para ver su rostro, la seriedad era el aviso de que le incomodaba la idea. Hablé de un reciente libro leído de Jorge Amado, que hablaba de un velorio donde los personajes se emborrachan como homenaje al muerto. Amadís amaba esos temas y comenzó toda una monserga sobre como la vida real imita al arte y viceversa. Hablé sobre una película recién vista que se desarrolla en un entierro y en breves minutos ya Cecilia cambió su ánimo.
  Saludamos a Marcos, su pequeña estatura y su delgadez lo hacía que se sintiera más frágil en el abrazo. Me di cuenta que Cecilia estaba detrás de mi, Marcos la conocía bien para saber que prefería un saludo cortés a cualquier otro gesto efusivo. Gustavo dijo que mejor nos sentábamos. Caminó hasta un lugar donde un sofá, y una mesa de centro con flores, parecían aguardar por nosotros. Gustavo pidió que acercáramos otro sofá, que esto parecía una escenografía de una película de Antonioni, las aburridas metatrancas de la incomunicación.
  Yo me apresuré a decir que Antonioni era un genio, que el Desierto rojo era una obra maestra. Gustavo insistió en que no tenía cinco películas que valieran la pena. Él no entendía de medias tintas, su intelecto era destructivo, un creador era un genio o un estúpido para sus juicios, escribía bien o no sabía hacerlo en absoluto. Tadrío esperaba la opinión de Gustavo para dar la suya. Era muy difícil que fuese mi aliado.
  Cecilia se acomodaba en un rincón y censuraba el tono de mi voz. Amadís prefería hablar de libros, pero no quería quedar fuera y dijo que las películas de Pasolini que le llevó Gustavo estaban muy buenas. Me di cuenta que era la hora de mi venganza, le dije que Pasolini era una loca militante con mal gusto, que su humor era grotesco. Gustavo me acusó de mojigato, era su forma de descalificar a quien pensara diferente. Me di cuenta que podía tener un aliado en Amadís. Hablé de la militancia comunista de Pasolini y Amadís intervino para decir que los comunistas eran libertinos hasta tomar el poder, que nada tan ridículo como un desfile gay con fotos del Che que era un homofóbico, que Allen Ginsberg, el poeta americano salió pateado de La Habana por decir que quería acostarse con el guerrillero heroico. Gustavo sintió la necesidad de dar una solución radical al asunto, una opinión cortante, dijo entonces que una bomba atómica sobre esa isla resolvía el problema. Cecilia tímidamente recordó Sueños de Kurosawa, esa escena que adoraba, sobre los sobrevivientes de un holocausto nuclear. Gustavo se apresuró a decir que Kurosawa era el maestro del tedio, Tadrío lo secundó diciendo que esas películas describían un mundo ajeno al occidente. No se daban cuenta que Cecilia prefería ese mundo. Amadís dijo que la bomba atómica sobre Japón era inevitable. Marcos se acercó lentamente y quedamos en silencio, ya al parecer estaba al llegar un pastor que daría un responso, una especie de misa sin capilla y frente al cadáver. Media hora después se marchó el pastor, Marcos dijo recordar un film de Yasujiro Ozu, miró el rostro tierno de Cecilia que hizo un gesto de aprobación y casi se conmueve en la respuesta, tanto le fascinó ese director recomendado por Marcos, que pidió casi todas sus películas por Internet.
  Marcos dijo que le enviaría conmigo una de Kenji Mizoguchi que sabía le iba a gustar. Al llegar Leandro River todos lo saludaron, Tadrío le censuró que aún no había recibido los pases de la prensa para el Festival de cine. Leandro River le contestó suavemente que estaban puestos en el correo, que tendrían 15 producciones de Cuba, y que todas contenían mensajes subliminales contestatarios. Gustavo miró el reloj y vociferó: –¡Yo no puedo con esto! Tadrío dijo tener un hambre incontrolable y que nos veríamos en el restaurante de la esquina, Amadís lamentó que no vendieran vino en ese sitio y me preguntó si en el restaurante tendrían cerveza. Marcos nos guio tímidamente a la puerta y nos dio gracias por acompañarlo en ese duro momento, agregando que en una funeraria se conoce a los amigos.

 

Rodolfo Martinez Sotomayor (Foto de Eva M. Vergara)

Rodolfo Martinez Sotomayor
(Foto de Eva M. Vergara)

Rodolfo Martínez Sotomayor (La Habana, 1966). Ha publicado los libros Contrastes (La Torre de Papel, 1996), Claustrofobia y otros encierros (Ediciones Universal, 2005), la compilación de textos Palabras por un joven suicida: homenaje al escritor Juan Francisco Pulido (Editorial Silueta, 2006) y Tres dramaturgos, tres generaciones (Editorial Silueta, 2012). Cuentos suyos han sido incluidos en recopilaciones y antologías como Nuevos narradores cubanos (Siruela, 2001), traducido al francés por Edition Metalie, al alemán por Verlag, y al finés por la editorial Like, Cuentos desde Miami (Editorial Poliedro, 2004), La isla errante (Editorial Orizons, 2011), Cuentistas del PEN (Alejandría, 2011), Reinaldo Arenas, aunque anochezca (Ediciones Universal, 2001). Su cuento Encuentro fue traducido al húngaro por la revista Magyar. Algunos de sus poemas aparecen en las recopilaciones Poetas del PEN, (Ediciones Universal, 2007), La tertulia (Iduna, 2008), y La ciudad de la unidad posible (Editorial Ultramar, 2009), traducida al inglés por la misma editorial. Ha publicado críticas de cine, de literatura, de teatro, artículos de opinión en revistas y periódicos como: Carteles, Diario Las Américas, Encuentro, El Nuevo Herald, El Universal. Fundador y Presidente de la Editorial Silueta; codirector de la revista Conexos.

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Un comentario el “Funeraria

  1. Maria Cristina Fernandez
    10/06/2016

    Buen cuento, Rodolfo. La funeraria como lugar de tertulia, todo ese revoloteo de opiniones, esa incansable batalla verbal mientras la muerta ya es todo silencio.

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Esta entrada fue publicada el 09/06/2016 por en Narrativa.
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