Revista Conexos

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El narrador y su poética: Conversando con María Cristina Fernández

Por Lilliam Moro

 

Cada día se vuelven más difusos los límites entre los géneros literarios. No podría ser de otra manera en un mundo en el que las verdades esquemáticas, como las corrientes literarias, se vuelven insuficientes o dejan de funcionar como instrumentos de clasificación. Siempre tendemos a la simplificación, pero cuando el universo es caótico debemos, si no entenderlo, al menos dejar las puertas abiertas a la creatividad libre, incluso osada.
  Como el mundo ha cambiado, no se le puede comprender ni expresar como si nada hubiera ocurrido. Han sucedido demasiadas cosas desde el siglo XX hasta hoy. Las vanguardias artísticas y literarias hace mucho tiempo que dejaron de asombrar. Para decirlo con las mismas palabras de uno de tus cuentos, vivimos: “un mundo que hace aguas”.
  Hay, pues, que reinterpretar la realidad mediante su reinvención, y ese camino pasa por la creación de una imagen poética.
  Se ha venido hablando de la sensibilidad poética de ciertos narradores —como Virginia Woolf—, que crean su personal microcosmos, que prefiero llamar su impronta emocional, para trascender la linealidad objetiva que impone la narrativa. No hay límites: es imposible clasificar a Paradiso, de José Lezama Lima, como una novela, porque se integra en su todo poético, formando un mismo universo con los poemas de Enemigo rumor.
  En el caso del cuento se hace también evidente: sería, si no obsoleto, insuficiente manejar este género de ficción como lo hubiera hecho Edgard Allan Poe u Horacio Quiroga. Es entonces cuando otros narradores nos demuestran que es posible alcanzar una octava mayor, y pensamos, por ejemplo, en Lovecraft, Jorge Luis Borges, Djuna Barnes y Juan Rulfo.
  Incluso en esa modalidad ahora tan al uso como es el llamado microrrelato, el ingenio de la brevedad lo que produce son verdaderas metáforas como fogonazos sintetizadores que nada tienen que ver con la característica discursiva de una narración.
  Todas estas reflexiones son las que me vienen a la mente al leer No nací en Castalia, el libro de cuentos de María Cristina Fernández.
  Si consultamos el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua nos encontramos con las siguientes definiciones:

cuentista
1. adj. coloq. Dicho de una persona: Que acostumbra a contar enredos, chismes o embustes. U. t. c. s.
2. m. y f. Persona que suele narrar o escribir cuentos.
3. m. y f. coloq. Persona que por vanidad u otro motivo semejante exagera o falsea la realidad.

cuentero, ra
1. adj. cuentista (‖ que acostumbra a contar chismes). U. t. c. s.
2. m. y f. Cuba. cuentista (‖ persona que narra o escribe cuentos).

 

LM: Ya que estas acepciones se prestan a la ambigüedad, y cuentista a veces se utiliza con sentido peyorativo pero con un matiz bromista, ¿te consideras cuentista o cuentera?
MCF:
Ateniéndome a ese par de definiciones, no me emociona la idea de adscribirme a ninguna de las variantes que rebajan o vuelven muy obvia la condición de contar. El cuento como género literario me apasiona pero me veo muy distante de esos chismes, embustes o intentos de falsear la realidad con que el mataburros lo relaciona. Más bien me gustaría decir que me gusta narrar, lo cual me abre a otros senderos en el jardín de las infinitas posibilidades de generar ficciones. Pero ya que hablamos de cuentos, te contaré que algunas tardes me detuve en el templo Hare Krisnha a conversar con Mantra Murti, una devota que ensartaba guirnaldas de flores. Hace poco la recordé y me vi a mí misma como una mujer que ensartaba, sin prisa y apenas sin provecho, ofrendas de palabras que se marchitarán algún tiempo después.
P.: Según el análisis académico, un cuento debe dividirse en tres partes: exposición, nudo y desenlace. A mí me parece que el “nudo” y el “desenlace” casi te los saltas, como en la vida misma, que es una exposición de un estado de cosas, sin un final rotundo: “Imploraba algún desenlace distinto a aquella lenta y corrosiva caída en el abismo”. Me gustaría que me comentaras esta apreciación mía porque creo que es una característica de tus cuentos.
R.: Eso que dices tiene que ver con esa amplitud de espectros estilísticos en la narrativa que tú misma apuntabas en tu introducción. Hace mucho tiempo que el cuento ha disuelto sus límites. En esa “lenta y corrosiva caída en el abismo” no se vislumbra desenlace, a veces ni siquiera un tiempo mensurable. El conflicto del hombre contemporáneo tiene que ver con ese no avizorar un fin y se ha acostumbrado a vivir anudado. Y si vienes a ver hay cuentos cuyo desenlace ya contienen en sí la potencialidad de otra exposición, o de otro conflicto. Pienso ahora en esa conmovedora historia que Lino Novás Calvo recreara en su cuento “Long Island”, con esas infelices mujeres que desembarcan engañadas, luego de una infernal travesía, en el lugar equivocado. El conflicto en este caso, lejos de resolverse, se perpetúa.
 
 
LM: Tu lenguaje coloquial, las oraciones cortas, la ironía, la sensibilidad estética de ciertas descripciones, las metáforas y la fluidez hacen que tu narrativa discurra sin aspavientos ni estridencias al mostrarnos ciertas realidades duras, viscerales. ¿Puede decirse que es el estilo en el que más cómoda te sientes?
MCF:
Tal vez ese es el estilo al que he llegado por decantación; no siempre fue así. Creo que si pinchara con una aguja mis primeras narraciones caerían de ellas montones y montones de materia prescindible. Cuando me publicaron por primera vez un cuento, recuerdo que el editor quería ponerle a continuación un glosario para ayudar al lector a entender los términos en sánscrito que allí se usaban, y yo le dije que no, que no era necesario porque en el contexto se podía intuir qué significaban. Estaba defendiendo mi derecho a seducir al lector más que a ilustrarlo, y eso es válido, pero hoy en día no pudiera escribir un cuento donde ya el lenguaje mismo era muy alucinado, pero en ese caso funcionaba, era muy orgánico con la avidez que yo tenía entonces. Hoy en día evito en lo posible alimentar ese fenómeno que Roger Caillois llamaba los universos redundantes, esa “multiplicación de mundos que es vehículo privilegiado de la escritura”. Es como ir contra la corriente de la fascinación del lenguaje para llegar al tuétano. Tampoco encuentro muchas posibilidades de regodeo o éxtasis cuando lo que cuento no pertenece precisamente al orden de lo angélico.
 
 
LM: Otro aspecto muy importante son tus personajes femeninos porque no solo son los protagonistas principales sino que cargan con el peso de una especie de destino de género: “Pero probablemente Fernando tenga razón y yo sea una mujer medieval en una civilización errada. […] Un producto averiado y sin garantías”. Creo que Fernando, como todos los personajes masculinos de tus cuentos, no te puede definir. Yo no creo que las mujeres de tus cuentos sean medievales sino intrínsecamente posmodernas. No me imagino a ninguna de esa época con esas conclusiones sobre sí misma, excepto santa Teresa de Ávila y Sor Juana Inés de la Cruz, pero una pertenece al Renacimiento y la otra al siglo XVII, respectivamente.
MCF:
Partamos primero de que el personaje ficticio llamado Fernando no me está definiendo a mí, sino a otro personaje levantado sobre el esqueleto de una mujer real, que sí conozco. Lo de mujer medieval es perfectamente entendible si conocieras a esta mujer, aunque tal vez más esté más cercana a lo que Gilles Lipovetsky llama “la tercera mujer”, una mezcla de mujer moderna y tradicional que rechaza el modelo de vida masculina que ha dominado en nuestras sociedades desde tiempos muy lejanos, aunque haga pactos vitales con él en este caso. Lo rechaza porque no se identifica con el valor enajenante que le ha concedido al trabajo y a la competitividad, menospreciando los sentimientos y otros valores afectivos. Esa tercera mujer no es la del segundo sexo de Simone de Beauvoir; sabe que tampoco está en guerra con el hombre, pero antepone los valores que prefiere para sí. No es feminista, es femenina por naturaleza. Sabe que la conciliación con el antagonista no es fácil, ni siquiera en la ficción. Esa mujer pretende salvar no solo su cuerpo, sino también su alma, y algunas cosas más, aunque para lograrlo tenga que subirse a un árbol o restaurar su vida desde la avería. La tarea de reconstrucción de sí misma pasa por el desplome, claro está, pero avanza paso a paso hacia la resurrección. Eso lo trató muy bien June Singer en su libro La mujer moderna en busca del alma, no por coincidencia el libro que he acabado de leer.
 
 
LM: Curiosamente los dos ejemplos que he mencionado son mujeres de excepción ligadas a la fe. Solo un hombre de tus cuentos, y contemporáneo, puede tener alguna relación con ellas: Thomas Merton, pero fíjate que todo en él depende de dos féminas: la Virgen de la Caridad y la chiquilla Rafaela. ¿Crees que, como en la Antigüedad clásica, la mujer es la custodia del Misterio?
MCF:
Los antiguos misterios griegos están relacionados con la muerte y la resurrección, ¿pero quieres mayor misterio para la mujer que ser dadora de vida, aun en tiempos como estos cuando no ya el futuro, sino todo el presente está cargado de una gran incertidumbre? Pero si hablamos de misterios iniciáticos, pues sin dudas toca a la mujer un rol muy importante en su conservación, sobre todo por su conexión con la naturaleza, lo instintivo, la vuelta al origen. El mundo tal como lo conocemos no se salvará por el logos, aunque una verdadera alianza con él sería un gran catalizador. Está visto que la conciencia en su aspecto más reduccionista nos ha fallado, las religiones ortodoxas fallan día a día, los sistemas filosóficos tienen fechas limitadas, pero quien conecte con ciertas realidades, digamos transpersonales, está tocando lo eterno. La mujer tiene grandes capacidades para esta conexión, no hay que ir a una academia para lograrlo. María Sabina oficiaba el Misterio en la desolación de la Sierra Mazateca. Mi abuela practicó un misterio ecuménico sin saberlo en una casita estrecha cercana a la Alameda de Santiago de Cuba, una casa que olía a sus sahumerios de vencedor y abrecamino, y a sopa caliente que repartía sin preguntar a nadie su credo o si tenía hambre. Simplemente la daba, como daba el bien a manos llenas.
 
 
LM: Volviendo al carácter poético de tus cuentos, te cito: “… supe que mi vocación me desvía por un atajo que va de la poesía a la fe, o viceversa.” ¿Existe una relación que une para ti la poesía y la fe? Si es así, ¿cuál es?
MCF:
Por supuesto que veo esa relación. No pudiera aseverar por ejemplo si fue Dios el que le dictara a Rilke sus elegías, o fue el propio poeta el que las fuera dejando caer en los oídos atentos de Dios en la soledad de un viejo castillo italiano. Nada aviva más mi fe que leer esos poemas, o el Cántico cósmico de Ernesto Cardenal, donde asegura que estamos hecho de polvo de estrellas. O los del monje loco Ryokan, escritos en su choza en Monte Kugami, donde pasó gran parte de su vida prescindiendo de casi todo lo que los hombres veneran tanto. A él le bastaban su zafu, su cuenco, el arrullo del monte y sus poemas, que ni siquiera llamaba poemas. También hay un maravilloso libro de poesía en prosa, El caminante, de Herman Hesse, que es un breviario para el alma errante, graciosamente ilustrado por él. Si la fe y la poesía no vinieran juntas para mí, no hubiese abrazado epifánicamente tres versos del poeta Omar Pérez en el silencio de una cueva en el Pan de Guajaibón: “Dios, estoy vivo: giro en el recinto del mundo / Canto tras la empalizada del cuerpo. / Tu voz, no tus estatutos, necesito”. Y ahora, permíteme citarte a ti, que has escrito una poesía que contiene esta relación: “Se está tan bien aquí / a expensas de tu vida. / Déjame un poco más”. Y luego dices: “tu corazón va cayendo conmigo”. Eso es también fe, humana y de la buena.
 
 
LM: Dices: “Tenemos que acostumbrarnos a vivir de crisis en crisis, a hacer de ellas un trasfondo inocuo si es que no queremos sucumbir al caos que todos estos años han impreso en nuestros cuerpos corrompidos, pero salvados también por la resistencia”. ¿Crees que la única forma de sobrevivir es la resistencia?
MCF:
Ahí cuando digo resistencia quiero decir también perseverancia, crecerse por encima del agotamiento, regenerarse desde el cansancio, un cansancio muchas veces universal. No es la única forma de sobrevivir, pero la prefiero al abandono de sí mismo; la falta de expectativas puede llevarnos a claudicar, o a caducar.
 
 
LM: En tu obra se expresa una frustración que aparentemente parece ser producto del descontento o inadaptación con la vida fuera de Cuba. Pero creo que ese estado emocional no es únicamente resultado de lo que los personajes encuentran en el nuevo país, sino: “… ¿cómo fue que el caos y la desesperanza, y hasta la crisis, se colaron en el equipaje con que abandonamos esa tierra en busca de otra vida posible?” ¿Quieres decir que las huidas hacia adelante perpetúan, no resuelven, la insatisfacción esencial?
MCF:
Formo parte de ese ejército de cubanos que nunca pusieron un pie fuera de la Isla; llegué entonces a un país que no elegí sino que se impuso y en el que he tenido que purgar mis buenas dosis de desconcierto. Aunque se dice que Miami es casi una prolongación del mar, o del mal, y tendrá algo de eso porque apenas he logrado poner un pie fuera de él. Estoy bromeando un poco, pero a eso súmale una condición global que es real, un mundo donde los viejos paradigmas no funcionan y se sujetan con alfileres, pero están ahí pinchando. La insatisfacción esencial no está resuelta, pero te tienes a ti mismo para empezar a ajustar desórdenes.
 
 
LM: En tus cuentos las menciones a Cuba no son lo frecuentes que suelen ser en la literatura del exilio, pues hay también escenarios estadounidenses. ¿Cómo vives tu realidad en esta otra geografía?
MCF:
Aunque esta realidad también me va quedando estrecha, sigo intentando congeniar con ciertas “zonas de tolerancia espiritual”, lo cual no es fácil en un país cuyas venas no son poéticas sino mercantiles. Me hubiese encantado atravesar su geografía (si fuera en tren, pues mejor), irla conociendo palmo a palmo, como hizo esa mujer de almas tomar que fue Marguerite Yourcenar, una gran enamorada de la geografía americana y defensora incansable de las reservas de esta tierra. Admiro mucho a la Yourcenar, debo confesarlo. ¡Y qué decir de haber fundado un reino como Petite Plaisance en estos predios! Pero bajándome de esa nube, más que la geografía me ha aliviado el acercamiento a una tradición de pensamiento que tiene en Henry Thoreau un pilar irremovible que me permite respirar aunque sea idealmente la alteridad. (Soy una enamorada de Thoreau y de esa línea de desertores sociales, que pusieron sus ojos y su fe en la naturaleza). Como no puedo desplazarme dentro de este territorio como quisiera, entonces voy a la biblioteca pública, camino bajo los mismos robles una y otra vez, me digo que ser madre es también relegar sin renegar, mientras me entrego a ensoñaciones literarias que van y vienen por caminos misteriosos.
 
 
LM: No son necesarias las metáforas explícitas para señalar el corpus poético de tus cuentos, pero quisiera resaltar algunas realmente logradas: “… la línea dentada de la Isla”, “… somos dioses cuyos huesos crujen”, “… consignas que no lograban levantar la masa del pan”, “… estas calles arboladas donde la luz tiene que escurrirse exageradamente para pasar entre los ramajes”, o “…[la iglesia] donde el cielo pone parches azules en las hendiduras del techo”. ¿Sientes que las metáforas son recursos del pudor de las emociones?
MCF:
Se me ocurren dos cosas ante esta pregunta: la primera es recordar uno de los diez enunciados que Horacio Quiroga legó al escritor de cuentos y que aconseja no escribir bajo el imperativo de las emociones, sino dejarlas morir para evocarla después con más sosiego. (A veces volver a la tradición ayuda al menos a encarar una respuesta o a postergarla hasta su esclarecimiento). Pero no puedo dejar de reconocer que hay algo en mí del personaje llamado Mono de Latón, de la novela Niños de la medianoche, de Salman Rusdhie. Una niña que aprendió el lenguaje de los gatos y de los pájaros, pero en el mundo de los humanos ponía sus emociones a resguardo como una forma de defenderse, ya puedes imaginar de qué.
 
 
LM: Si tuviera que reducir mis opiniones sobre tus cuentos a una sola frase, diría que todos ellos son tu manera de manejar tu desconcierto esencial ante una realidad que te resulta sin sentido. ¿Te resulta suficiente esta apreciación?
MCF:
Tu observación pudiera ser real, pero no me gustaría admitir que el desconcierto se quede ahí. Me interesa (no sé si lo logro o no) dejar abierta una brecha, un orificio, que como especie de tokonoma una los dos planos, el del desconcierto y la certeza, al menos su potencialidad, una apertura a lo infinito, ya sea que ese infinito quepa en las cajitas que Elis, la protagonista de “Geranios sobre el Hudson” decorara con unicornios y florecitas como una segunda oportunidad a la vida de afuera.
 
 
LM: Dices que: “Ningún oficio en esta vida es ingenuo”, de lo que puedo derivar una falta de inocencia en el acto de escribir, aunque también expresas: “Escribir es una manía incurable que no conduce a nada”. ¿Es que crees que escribir es una acción premeditada pero inútil porque no es posible la comunicación?
MCF:
Cuando Merton escribía en su diario lo hacía más para llegar a un estado de claridad; no esperaba ser leído, al menos no en lo inmediato. La primera razón de mi escritura, creo, es llegar a un acto de claridad. Más que oficio, que no es mi caso, es manía incurable, pero capaz de curar. Al menos, quiero aproximarme. La comunicación llega por caminos insospechados, o a veces puede que no reciba más que tímidos feedbacks. Pero no pocas veces me ha abierto insospechados caminos hacia la amistad, la gratitud, e inclusive el amor.
 
 
LM: Y para terminar, la pregunta que los tontos entrevistadores siempre hacen a los escritores: ¿qué autores, de cualquier género literario o artístico, crees que han tenido una influencia decisiva en tu creación?
MCR:
Voy a mencionarte algunos a los que me gusta siempre volver en el presente con una cierta recurrencia. Me siguen apasionando los extraños cuentos de Djuna Barnes, de Lino Novás Calvo, o de Juan Rulfo. Me paseo cada cierto tiempo por Salinger, sobre todo en busca de su “Esmé…” o de “Teddy”, o por la “Oceanía” de Cabrera Infante, entre otras historias. Lo mismo te diría de Margaret Atwood, o ese narrador con corazón de poeta llamado Manuel Rivas. Aún me conmuevo al leer “Macao” o “El gato siamés” de Dora Alonso, mujer de una infinita capacidad de compasión y gran narradora. Hay otra escritora que me acompaña mucho y es Cristina Peri Rossi, quien combina magistralmente los mundos de la emoción con lo deductivo y es una gran viajera en el mundo de la palabra. De Cuba me traje libros que valoro mucho como semillas de despertar, ahí están ¿Has oído hablar del gato de pelea? o La perseverancia de un hombre oscuro, de Omar Pérez. Cuando preciso escuchar una voz de padre abro las “Cartas a María Mantilla” de nuestro Martí y me conforto. Cuando deseo escuchar la voz del maestro del “efecto real” busco los kusen de Stephane Thibaut, el monje que llevara el zen a Cuba como método de revolución interior. Y ya antes te hablé de ese linaje de Thoreau, que pasa por el Tratado del rebelde, de Ernst Junger, por Alan Watts, por el mismo Merton. Y voy a dejarlo ahí porque pudiera seguir, a riesgo de que aparezcan Momo o Pipa Medialargas y esto definitivamente se pondría muy, pero que muy divertido…
 
 
María Cristina Fernández participará en la Feria del Libro de Miami 2016 con su libro No nací en Castalia (Editorial Silueta, 2016).
 

María Cristina Fernández (Foto cortesía de la autora)

María Cristina Fernández
(Foto cortesía de la autora)

María Cristina Fernádez nació en Santiago de Cuba y vive en Miami desde el año 2006. Tiene publicados los libros de cuentos Procesión lejos de Bretaña, El maestro en el cuerpo, y No nací en Castalia (Editorial Silueta, 2016), además de otros dos volúmenes para niños. Textos suyos han aparecido en revistas y antologías de Cuba, Estados Unidos, México, Italia y España.
 
 

Lilliam Moro (Foto de Julia Peña)

Lilliam Moro
(Foto de Julia Peña)

Lilliam Moro (La Habana, 1946) salió de Cuba en 1970 y vivió en España durante más de cuatro décadas. Ha publicado en Madrid los poemarios: La cara de la guerra (1972), Poemas del 42 (1989) y Cuaderno de La Habana (2005), y en Miami Obra poética casi completa (2013). En la boca del lobo fue Premio de Novela en Madrid en 2004. Actualmente reside en Miami.

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Un comentario el “El narrador y su poética: Conversando con María Cristina Fernández

  1. Maria Cristina Fernandez
    07/08/2016

    Gracias a Lilliam por su lectura, sus reflexiones y la búsqueda del diálogo; de ella tenemos mucho que aprender y apreciar.

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 06/08/2016 por en Entrevistas.
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