Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El desconcertante ejercicio de vestir a Katherine

MARÍA CRISTINA FERNÁNDEZ

 

Estoy poniendo etiquetas con la precisión de un autómata cuando entra ella sin saludar, con la mirada perdida en un punto remoto; quiero decir, la mitad de la mirada, porque la otra la cubre el pelo castaño cayendo hacia adelante. Su vestidito aniñado y azul se ciñe en el escote mientras el resto cuelga tanto como esa melena asombrosamente larga. Luego vienen unas piernas no muy robustas, donde resalta un césped de pelos serpenteando en la piel de leche. Para muchos sería insultante ese vello caótico que sube hasta la entrepierna que queda oculta a la vista; a mí me encantaría pasar mi dedo a ras de esas hebras oscuras, pero recuerdo que somos animales civiles y como tales debemos comportarnos.
  Adriana la saluda con el habitual “welcome, how are you?”, pero la muchacha no responde nada. Parece una estatua que caminara por una pasarela donde los recuerdos le danzan alrededor, y extasiada en ellos, la ronda el mutismo. Quien responde es el hombre que viene detrás, escoltándola, cuidándole los pasos. Pasos largos, pienso cuando veo unos zapatos que exceden en tamaño a sus pies. Son unos mocasines suaves, bordados con hilos de colores en el centro y que, presumo, deben ser del hombre. Lo observo entonces a él: aún es joven, pero tiene el pelo lo suficientemente encanecido como para ser el padre de la reina díscola. Pudiera ser autista, razono y pongo otra etiqueta. El sonido de la pistolita la paraliza un instante, me mira con cierta roña, como si el ruido que yo provoco hubiera abierto una brecha en la fina envoltura que la aísla de un mundo ajeno. La sigo con la vista y noto que no se detiene ante ninguna ropa en particular. Su acompañante le pide ayuda a Adriana para encontrar un pantalón de su talla. Por respuesta le enseña un jean estrecho, todo rasgado en el frente. Para persuadirla, le dice que ella se ha comprado el mismo modelo y que le queda bien sexy, pero no hay que creerle. Es parte del procedimiento, emitir elogios y ensalzar el ego para asegurar las ventas, pero me pregunto si este ser que nos visita tendrá un ego bien diferenciado.
  –Katherine, stand up, please –le ordena el hombre que la custodia al verla tirada en el piso del probador. Pero Katherine no deja de enfundarse el jean ahí sentada, luego se incorpora y mira su imagen frente al espejo.
  –That’s not me! –se queja una vez que Adriana le ha alzado el vestidito para que vea bien cómo queda el pantalón entallado a la cintura–. That’s not me! –repite y se tira al piso otra vez, forcejeando para quitarse el par de patas que la oprimen.
  Adriana trata de ayudarla, pero la muchacha cierra el probador y se queda adentro en silencio.
  –Katherine, please, remember we have an appointment in fifteen minutes.
  Como repuesta, sale despedido un pantalón a través de la cortina.
  –Disculpen… –nos dice el hombre apenado–. Ella es impredecible. Permítanme hacer una llamada.
  El hombre se aparta y Adriana aprovecha para husmear por el filo de la cortina. Me hace una seña para que mire también. En posición de semiloto, mirando hacia el interior del espejo, la muchacha ha recobrado su serenidad congelada. Ha apartado el pelo de su cara y puedo ver lo perfecta que es, aun cuando solo exprese esa pasmosa incertidumbre.
  –What a customer! –me susurra mi compañera–. I think she is on drugs.
  El hombre regresa, se disculpa otra vez y pide permiso para entrar al probador. Le habla a Katherine con determinación. Le recuerda la promesa del almuerzo pendiente. Su voz es firme; sus palabras imperativas.
  –Remember, you gave me your word –concluye.
  Yo no sé si es justo exigir a un ser tan extraviado que tenga consistencia en la palabra que empeñó. Es extraño, en esta Katherine hay algo que fue mío alguna vez. Tal vez una resistencia a razonar al estilo de otros, un hartazgo, un desafío al mirar…
  El hombre le pide a Adriana terminar el asunto del pantalón y enfocarse en buscarle algo que calzar en los pies.
  –Es que trae unos zapatos míos puestos –no tenía que decirlo. Entre las dos la convencemos para que vaya al otro salón a escoger y probarse algo que le guste.
  Adriana se muestra amistosa: “Follow me. Let me find something nice for you!”
  El hombre suspira hondo. Debe haber notado mi cara de estupor porque se apresta a contarme detalles de Katherine. La conoció en la playa una semana atrás. Él es venezolano, aunque confiesa haber vivido en Miami por mucho tiempo. No así ella, quien al parecer viene de un pueblo del interior de la Florida. En Miami solo tiene esos amigos con los que se estaba quedando. Su verdadera familia se ha roto por causas trágicas: alcoholismo, violencia, y algún intento de suicidio por parte de sus progenitores. Parece no llegar a la veintena, pero en verdad la había dejado atrás hace nueve años. El cometió el error de darle su teléfono; sintió pena de ella. Es que en el primer encuentro no pudo percibir…, todo fue rápido, fragmentado, además de que en el mar todo es distinto, tal vez más encubierto, más natural.
 
 

–Me llamó hace tres días desde un teléfono prestado y me dijo que había quedado desamparada, que no tenía para dónde ir.
  Él, probablemente recordando su cuerpo de gacela, el pelo abundante, las pecas derramadas en la espalda, fue por ella. Muy pronto se percató de que había algo peor de lo que pensaba. La gacela se quejó de no tener más sus medicinas. Ha recibido atención médica desde que es una adolescente, pero a veces la descontinúa. El hombre, que podía ser su amante, o su padre, o ambas cosas en una sociedad permisiva si la hubiera, le ofreció darse una ducha. El ofrecimiento fue repetido unas dos, tres, cuatro veces… No tuvo éxito. Mucho menos aceptó usar una rasuradora. Alega que le gusta su olor, que sudar la tranquiliza. Se desvela en las noches y lo arrastra a él al insomnio.
  –Mi mujer está en Minnessota por un par de días más, así que tengo que ver dónde dejo a Katherine. No la puedo tener por más tiempo conmigo –confesó.
  Podía imaginar a cualquiera perdiendo la cabeza por Katherine y luego desanimándose por no lograrla llevar, no ya a la cama, ni siquiera a la ducha. Como este, que parece ya harto de intentar vivir unos momentos de amor salvaje mientras la esposa se ocupa de algún asunto por allá lejos. La vida no recobra su equilibrio, ni siquiera cuando eres un buen samaritano y llevas a la ninfa des-carriada a comprarse un pantalón y unos zapatos con tal de no dejarla tirada en la calle como un juguete roto.
  –He llamado a una persona por recomendación de un amigo y hemos quedado en almorzar juntos a unos pasos de aquí. Es una misionera cristiana y me ayudará a encontrar algún programa donde colocarla. Yo no la puedo asumir.
  Regresa Adriana con cara de suplicio; la muchacha avanza detrás con medio pie fuera de cada sandalia. Sin ánimo de razonamiento, Katherine le agarra fuerte la cabeza a la otra por detrás del cuello y le dice algo que suena a descontento. Se saca las sandalias y clama por sus zapatones anteriores. Adriana cierra los ojos, cuenta hasta diez y se masajea la parte del cuerpo tironeada.
  La buscapleitos se tira en el sofá. Como si no tuviera conciencia de que está en un lugar público, extiende sus piernas velludas a todo lo largo del asiento donde normalmente se sientan los clientes. Deja bien claro que no va a ir a almorzar con ninguna misionera (en verdad utiliza una palabra muy dura que luego Adriana me traducirá). Su benefactor me llama aparte, ofreciéndonos mil perdones nuevamente y nos pide que coloquemos todo en una bolsa, que ya él se encargará de pagar a la vuelta y convencerla de que se ponga las sandalias. Se excusa un momento para cruzar al mall y reunirse con la misionera que debe estar al llegar para prefigurar qué hacer.
  –Ok, no hay problema. Nosotras la miramos acá.
  Con el sofá de espaldas a la puerta, ella no lo ve salir. Puede ser que ya estuviera dormida cuando él dejó la tienda. Recuerdo que el hombre dijo que Katherine no duerme en la noche. Entonces, ¿cuándo lo hace? ¿De día? ¿A ratos? ¿Por qué tuvo que ser aquí y ahora? Miro el rostro de la mujer dormida y trato de penetrar en su sueño, pero una férrea cortina separa su vida de la mía.
  –Yo creo que ella debe tener algún síndrome de abstinencia. Eso es bien duro; a una amiga mía le pasó y no fue fácil salir de eso. Imagínate que de pronto le faltara algo a tu sangre que estabas ya habituada a tener.
  Lo que dice Adriana no cambiaría en mucho la difícil situación de la mente de la bella durmiente del sofá. Yo he sentido también que en mi sangre algo vital está faltando desde hace un tiempo, pero no le hablo de esto a nadie. Como Katherine crecí a destiempo y no encajo, sin embargo me enmascaro para vender unas ropas de pésimo gusto fabricadas en la China y hasta sé agradecer por ello en un idioma tomado en préstamo. Insisto, pero no hay manera de entrar en el sueño de la renegada, aunque sí de recordar a través de ella algo que leí hace unos días en un periódico cualquiera. Quisiera despertarla y contarle, pero no debo interrumpir el sueño que la previene de la pesadilla de vivir. Tampoco puedo contarle a Adriana que no entenderá nada, con esa cabecita tierna donde quita y pone a voluntad flácidas extensiones de pelo brillante. Tal vez conozcan a Kurt Cobain, pero difícilmente a William Burroughs. Leí una vez que Cobain fue a conocer a su ídolo en la casa en Lawrence donde vivía con su gato. El viejo yonqui percibió en el músico algo más que idolatría por su persona; le preocupó la expresión mortecina de sus mejillas y una extraña manía de fruncir el ceño. La autora del artículo refiere que en una de sus últimas entradas en su diario, Burroughs, luego de experimentar toda una vida con las drogas duras que reblandecen el alma y ser llamado el gurú de una generación que buscaba lo trascendental cuerpo adentro, confesó que no había nada, ni sabiduría final, ni experiencia reveladora. Nada. Que el calmante más natural contra el dolor era el amor. El amor a su gato, por ejemplo. Así de simple, así de mortal.
  Si pudiera ubicar dónde hay un gato lo arrimaría a las piernas de Katherine y que se duerma junto a ella con esa paz insólita que da un ser viviente que no calza zapatos, ni ingiere sicofármacos, ni la juzgaría llamándola loca, enferma o inútil. Pero aquí no tenemos gatos. No somos un supermercado de mascotas. Aquí no hay nada que respire salvo la vendedora del pelo postizo y lentes color violáceo, y yo misma, que la miro desolada.
  Media hora más tarde, Katherine se despereza en el sofá. Ha sonado una insistente alarma de un camión de bomberos avisando que despejen la calle y eso la despierta. No está enfadada, parece haber recuperado la contención inicial. Se enfunda los zapatones otra vez y curiosamente no pregunta por el hombre que la trajo hasta aquí y luego se esfumó. Es como si el sueño del sofá le hubiese lavado la memoria de los sucesos vividos un rato atrás. Sale de la tienda sin pronunciar palabra.
  Cuando comprobamos que ya está a punto de cruzar la calle, Adriana devuelve las sandalias al almacén y yo dejo caer el jeans en la caja donde ponemos las piezas que las clientes manchan con el rímel de las pestañas y el esmalte de labios. No queda nada de Katherine en la tienda. El último rastro de su olor desafiante se lo traga el spray de moras frescas que disparo generosamente al aire.
 
 

Del libro No nací en Castalia (Editorial Silueta, 2016).
 

María Cristina Fernández se estará presentando, con su libro No nací en Castalia, en la Feria del Libro de Miami 2016, en la sección Novedades de Editorial Silueta, junto a los escritores Elvira de las Casas (con La cruz de bronce) y Alejandro Mesa (con El descenso). Domingo, 20 de noviembre a las 11:30 a. m., edificio 8, quinto piso, salón 8525. Miami Dade College Wolfson Campus, 300 NE Second Avenue, Miami, FL 33132.

 

No nací en Castalia (Editorial Silueta, 2016)

No nací en Castalia
(Editorial Silueta, 2016)

Para adquirir un ejemplar de No nací en Castalia (Editorial Silueta, 2016), pinchar en el enlace: https://www.amazon.com/dp/0991249593?m=AAUKR7RDTGA89&ref_=v_sp_widget_detail_page
 

María Cristina Fernández (Foto cortesía de la autora)

María Cristina Fernández
(Foto cortesía de la autora)


 

María Cristina Fernández. Narradora. Tiene publicados los libros de cuentos Procesión lejos de Bretaña, El maestro en el cuerpo y No nací en Castalia (Editorial Silueta, 2016), además de otros dos volúmenes para niños. Textos suyos han aparecido en revistas y antologías de Cuba, Estados Unidos, México, Italia y España. Desde el año 2006 vive en Miami.

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Esta entrada fue publicada el 15/10/2016 por en Narrativa.