Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Las escaleras del cielo

ERNESTO GARCÍA GONZÁLEZ

 

And she is buying a stairway to heaven…
  Así dice más o menos, el estribillo de la canción, cuyos acordes, malamente rasgados en una guitarra escuché por primera vez una sofocante noche, donde el ensordecedor canto de los grillos y las molestas picaduras de los jejenes avivaban la nostalgia por el hogar distante.
  Mientras, recostados sobre desvencijadas literas de yute, dábamos entre burlas y espasmos de tos nuestros primeros pasos en la martirizada senda de un fumador. Era la escuela al campo del octavo grado, que marcó de esta forma y para siempre mis preferencias musicales, afiliándome sin titubeos, al por aquel entonces semiclandestino mundo de los fanáticos del rock, poblado en su mayoría por adolescentes estigmatizados por usar el pelo largo, pantalones ajustados y escuchar la música «del enemigo», –diversionismo ideológico– decían, cuando criticaban tu actitud en las asambleas del grupo escolar, aunque académicamente fueras un estudiante excelente.
  Fue en estas lides que conocí a Pepe, considerado por todos como un gurú del rock. Se pasaba todo el día con un pesado radio soviético de pilas pegado al oído, intentando sintonizar las canciones trasmitidas por emisoras de radio americanas, lo que le permitía recitar de memoria y sin equivocarse el hit parade –aunque en verdad no tenía la misma aptitud para recodar las lecciones de historia de Cuba–. En definitiva, me atrajo de inmediato por su evidente conocimiento musical, convirtiéndome por esa magia casi exclusiva de la juventud en uno de sus mejores amigos.
  Al preuniversitario llegamos intentando aun adivinar los nombres de canciones y grupos –que a fuerza de omisión visual, imaginábamos como llegados de otro mundo–; y para colmo de males, anunciados con ese inglés supersónico de los presentadores gringos que ponían la varilla alta a nuestros escasos conocimientos del idioma.
  Un disco de ellos era la posesión más valiosa que alguien podría tener, solo equiparable a la de un jean Levi’s Strauss, por cierto, ambas opciones completamente fuera de mi alcance económico y expectativas. Como a casi todos, un pantalón de mezclilla cualquiera complementado con unas botas rusas bien pulidas, me hacían feliz.
  Los ochentas sorprendieron con nuevos ritmos y algo más de tolerancia, época de novias, muelas del juicio y mercados abastecidos, que infundían sentimientos optimistas para el futuro, dándonos así la impresión de que andábamos por el camino correcto. Como guinda del pastel, matriculo la carrera de medicina, cumpliendo las aspiraciones inmemoriales de mi familia con orígenes campesinos muy pobres, de paso honraba una promesa hecha a la abuela a los cinco años para consolarla durante una de sus frecuentes crisis de salud. Claro, eso después que alguien me aclaró sin paños tibios, lo imposible de pilotar un avión siendo zurdo y con los pies planos.
  Mi amigo José, como siempre, me acompañó en esta nueva aventura, ahora como aprendiz de Galeno. Continuábamos escuchando música, los discos de vinilo quedaban relegados por las nuevas tecnologías, a las que accedimos en forma de una pequeña reproductora de casetes, que se convirtió en tormento acústico para vecinos y convivientes, pero a nosotros nos elevó a otra dimensión sonora, en la que repetíamos sin cansancio y a todo volumen las estridentes melodías. El aparato me fue obsequiado por un tío exiliado, cuando los veleidosos cambios en la política lo convirtieron de golpe y porrazo en emigrante económico, abriéndole así las puertas de su ahora casi desconocida patria, que recorría con ojos llorosos por la emoción. Para asombro nuestro confirmó que las fotos parados junto a modernos carros eran verdaderas y no montajes, también que allá nada era gratis y los dólares no crecían de las plantas. En lo particular, sufrí una gran decepción cuando confesó no saber ni papa de música en inglés, pues solo escuchaba boleros y rancheras.
  Todo comenzó en abril –punto de inflexión donde nuestro ridículo invierno cede sin resistencia el paso al caluroso verano– como una bola, sustantivo criollo utilizado para definir una especie de medio masivo alternativo, ancestro de las redes sociales, que clandestino y en formato de susurros transmite noticias con geométrica velocidad entre las personas, bendecida por la impunidad de su incierto origen. En ella la verdad y la mentira se superponen según sea la intención e imaginación del portador; cuenta siempre con el beneficio de la duda, por aquello del refrán sobre el río, los sonidos y las piedras.
  En fin, una mañana al salir para la escuela la vecina me llama por señas para que me acerque. Seguro, como siempre, trata de contarme lo cerca que estuvo de ganar un premio en la lotería nocturna, pienso impaciente.
  –La gente se está colando en la embajada del Perú –me dijo con la voz en vilo.
  Durante todo el viaje a la facultad médica, aquellas palabras retumbaron como truenos que anuncian tormenta. Al llegar, el rumor estaba ya en boca de todos; la convocatoria a una reunión extraordinaria del alumnado confirmaba la sospecha.
  Los estudiantes universitarios encabezamos la marcha frente a la sede diplomática, lo que ofreció una fugaz visión de aquellas personas, que apretujadas y temerosas nos miraban pasar desde la alambrada, mientras les gritábamos a coro consignas revolucionarias. Había muerto un custodio durante la irrupción, lo que de alguna forma justificaba la protesta y aplacaba en algo nuestras objeciones.
  Ojalá todo hubiera terminado en ese momento, pero la masa crítica estaba formada, una vez más quedaríamos atrapados entre intereses políticos antagónicos, que desde siempre se nutrían de las contradicciones, haciéndonos rehenes inconsultos y mal informados. Un éxodo masivo se estaba gestando y el puerto del Mariel seria su válvula de escape.
  En verdad era incapaz de comprender los motivos de tal estampida, personas que nunca imaginé trataban de asegurarse puesto en un bote, por la vía de reclamación familiar o pasando como antisocial, según los estándares de las autoridades.
  Sin ser adivino sabía que mi amigo buscaría un lugar entre ellos, se había jurado no morir sin asistir a un gran concierto de su banda favorita. Una breve visita a su casa confirmó mis sospechas.
  Resulta que un pariente le había prometido buscarlo –ningún argumento fue suficiente para hacerlo desistir de su sueño–, así que me despedí, apesadumbrado pero sin rencor, porque lo sabía en su derecho para decidir el futuro que quería, aunque yo no lo entendiera de esa manera.
  Estas no eran épocas de contención. Regresábamos a las andadas, y ahora la peyorativa «escoria» sustituía a «gusano», pero manteniendo igual sentido; los extremos resucitaron las bajezas de los bajos, que no escatimaron insultos, huevazos y hasta agresiones físicas –algunos de los más encarnizados se marchaban a los pocos días– bajo la mirada complaciente o resignada de muchos, pues ser neutral nunca fue una opción.
  La caza de brujas había comenzado. Faltar un día a clases por cualquier motivo generaba dudas, una semana aseguraba la deserción. Mi aula ya tenía muchos puestos vacíos, y tan solo mirarlos me producía angustia. Sabía de memoria los nombres y apellidos de todos los ausentes, donde vivían, qué les gustaba, sus virtudes y defectos. Sabía también que se acercaba el momento, donde sin remedio alguno, sería emplazado a tomar partido en la absurda confrontación.
  En verdad no estaba preparado para ese paso, así que realice un último y desesperado intento de salvar lo que de inocencia podía quedarme. Una rebaja médica fue la opción para hacerme a un lado y dejar pasar la estampida. Pasaron los días de zozobra, pero parece que la vergüenza compartida toca a menos y para eso deben participar absolutamente todos.
  Alguien llamando a la puerta de mi casa, devino por fin desenlace en esta historia. Desde la entrada, un buen amigo me suplicó a nombre del futuro y el sacrificio de mis padres subirme al transporte parado en la carretera, donde esperaban con rostros, en su mayoría avergonzados, el resto de mis compañeros de estudios.
  –Ellos van a hacer su vida y tú tienes que continuar la tuya. Si quieres terminar la carrera súbete a esa guagua –me dijo.
  Ocultarme tras una gruesa columna no fue suficiente para sofocar mi conciencia. Con los ojos aguados por la rabia, observaba como el profesor guía incitaba al grupo, que salvo excepciones, se mostraba reacio a participar en el mitin, mientras, la casa se mantenía herméticamente cerrada y sin aparentes señales de vida; pero sabía que tras las rendijas de las ventanas alguien no nos perdía de vista ni por un momento.
  Yo nunca fui el mismo de antes. Él no logró ver su concierto, pues sus familiares no vinieron y se negó a pasar por homosexual. Tampoco pudo terminar la carrera.
  Aun vivimos en el mismo reparto. De vez en cuando nos tropezamos en la acera, y una breve inclinación de cabeza es el único vestigio de nuestro pasado común. Tras estos encuentros siempre queda la sensación de algo que no ha terminado, a pesar de los años me ha faltado el valor para preguntar, no sé si a estas alturas aún me guarda rencor. Tal vez algún día lo haga, ahora no.
  Decidí nunca olvidar, mantenerme por siempre a salvo de los extremos, en el justo lugar donde me lleve la razón. Tampoco he dejado de oír la música de mi juventud. Al menos, eso nadie lo pudo cambiar.

 

Ernesto García González (Foto cortesía del autor)

Ernesto García González
(Foto cortesía del autor)


 

Ernesto García González (La Habana, 1961). Terminó en 1984 la carrera de Medicina en la Facultad de Ciencias Médicas de la Universidad de La Habana.

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Esta entrada fue publicada el 15/10/2016 por en Narrativa.
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