Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Huir de la fuente del ciprés blanco

ELIZABETH MIRABAL

 

José Lezama Lima se convierte con la publicación de Paradiso en 1966 en el gran traidor del grupo Orígenes, y no solo porque la novela fuera el fruto de la dedicación absoluta a su obra de creación individual, tras sus múltiples y no pocos fallidos intentos por promover revistas, tertulias y proyectos culturales que trascendieran el espacio inmediato. Paradiso era el regreso a “la medida perdida” por la que el hombre sentía nostalgia. Era su alejamiento definitivo de la fuente del ciprés blanco provocador del olvido para conjurar su opuesto: la proximidad a un Lago de la Memoria situado en el Hades. Lezama Lima parece sugerirnos que para llegar ese “paradiso” se impone primero un descenso.
  En la novela, Lezama enlaza su historia personal con dos grandes meandros: la historia de Cuba desde una perspectiva íntima y su teoría del surgimiento de un sistema poético trascendente, siendo el fin y la cumbre la envestidura de José Cemí como poeta.
  Me conmueve pensar en Lezama Lima con su jadeo y humanidad descomunal, en medio de la canícula, encerrado en su húmeda y encajonada casa de Trocadero, sudando a mares, acaso cerca de la cama-cuna donde había dormido de niño, rodeado del bullicio de los vecinos, escribiendo una obra que no sabía si sería publicada y que suponía solo leería un grupo de elegidos.
  Tan solo necesitamos conocer el extraordinario comienzo en que Baldovina abre el mosquitero para examinar el cuerpo lleno de ronchas del niño asmático, para advertir que estamos en presencia de un Lezama diferente, diáfano, sinestésico, misterioso. La entrada a una escena tan secreta prefigura la génesis de la educación sentimental de un personaje que se trifurca en Cemí, Fronesis y Foción, cual una trinidad tramposa.
  Lezama nos propone una inmersión en una Cuba profunda, genealógica, umbrosa, que percibimos, por ejemplo, durante la hora mágica de los fotógrafos del cine desde el cálido interior de las salas habaneras. La historia de la Isla que le interesa a Lezama es la que se entrelaza con su saga familiar y el aprendizaje que sus protagonistas necesitan para exorcizar sus angustias. No es en lo absoluto casual que uno de los grandes momentos de discusión cuasi teórica de la novela gire en torno a la homosexualidad.
  Paradiso es para mí internarme en las abigarradas casas de los cuadros de René Portocarrero. De probar las natillas ancestrales de la abuela Augusta. De recorrer los jardines escrupulosos del cuartel Columbia, ese extraño lugar que pierde con Lezama su resonancia militar. Es ir hasta las ciudades norteamericanas desde las que los cubanos del siglo XIX soñaron un proyecto de nación. Es acariciar esa otra raíz demasiado desprendida del cimiento del árbol fundacional, que pudiera ser, ¿qué nos lo impide?, una poderosa ceiba mientras despide sus copos de lana gris.
  Paradiso me reveló la existencia de una Cuba percibida desde la certeza y el atisbo de las eras imaginarias. Y pocos placeres son mayores que leer una novela que tiene lugar en la ciudad en la que se vive. El paisaje y los rincones en común (la Universidad, la calle interior, el pedazo de mar) cobran entonces otra dimensión en la que tu camino se cruza con el de la ficción en ese punto donde el Upsalón lezamiano se entronca con la escuela donde hemos estudiado y la figura apolínea de Mella en la huelga es ya un busto manchado por completo de tinta al borde de la escalinata.
  La terrible estela de hermetismo y oscuridad que promovieron a su alrededor tanto los enemigos de Lezama como sus críticos –aquellos que asumen que para estudiarlo han de emular con su prosa–, privaron a muchas generaciones de una novela que nos describe y pertenece. Sentémonos con Rialta y sus niños a jugar yaquis en las frías losas de una casona del Prado para invocar la aparición de la cara del Coronel.
 
 
(Palabras leídas en el panel “A 50 años de Paradiso” en el Koubek Center del Miami Dade College, 8 de diciembre de 2016)

 
 

Elizabeth Mirabal (Foto cortesía de la autora)

Elizabeth Mirabal
(Foto cortesía de la autora)

Elizabeth Mirabal (1986) Licenciada en Periodismo por la Universidad de La Habana. Coautora de dos libros acerca de Cabrera Infante: Sobre los pasos del cronista (2011) y Buscando a Caín (2012) y de Hablar de Guillermo Rosales (Editorial Silueta, 2013). Ganadora con La isla de las mujeres tristes del Premio Iberoamericano Verbum de Novela 2014.

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Un comentario el “Huir de la fuente del ciprés blanco

  1. Maria Cristina Fernandez
    19/12/2016

    Claridad la de Elizabeth; siempre un gusto grande leerte.

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Esta entrada fue publicada el 17/12/2016 por en Ensayo.
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