Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Selección de Los hijos de Whitman. Antología de poesía estadounidense contemporánea, compilada y traducida por Francisco Larios

“En el país de hierro vive el gran viejo” —escribió Darío— “bello como un patriarca, sereno y santo”. En el país de hierro viven hoy los descendientes del patriarca, hijos más bien de su sueño democrático. Un sueño ingenuo, por supuesto (¿qué mapa, qué fe, puede no serlo?). Mas en todos los sueños, como en todas las fes, hay algo de real, algún milagro que los hace inseparables de la vida, que los hace destino.
  Y así, en este siglo XXI que se despliega amenazante y pesimista, hay un caudal misterioso que recorre el alma colectiva estadounidense, y nos lleva a la paradoja de una nación donde el más desbocado materialismo y la violencia conviven con una riqueza poética que quizás maraville a un historiador del futuro: aquí no hay imperecederas obras arquitectónicas, o las hay contadas; el genio estadounidense es el genio capitalista, que por utilitario deja poco en la memoria; sin embargo, hay poesía a raudales, hay un impulso poético angustioso y audaz, que se expresa en numerosos acentos, por boca de todas las culturas y las etnias, y los géneros, y las religiones que pueblan esta “tierra de llanuras pastoriles”.
  La pequeña muestra de esas aguas profundas de la poesía estadounidense que es Los hijos de Whitman, refleja, sin intención del recopilador, la variada riqueza de orígenes de su “canto único (Único, aunque formado por contradicciones)”. Más de la mitad de los poetas del libro son mujeres; hay poetas de los pueblos originarios, hay mexicanos, rusos, bangladesíes, palestinos, hmong, chinos, vietnamitas, japoneses, alemanes, irlandeses, iraníes, etc.; hay afroamericanos, hispanos, mestizos de todos los mestizajes imaginables, como también los hay de diferentes identidades sexuales, credos religiosos, etc., todos reunidos por la lengua y el espíritu de Whitman, animados por su potente impulso liberador y el de los grandes inconformes que lo han sucedido en la literatura estadounidense —los Pound, los William Carlos Williams, los Ginsberg, por citar unos cuantos.
  Ojalá que el lector decida aprovechar esta estrecha ventana y adentrarse en la vastedad y variedad lírica de las “tierras inextricables” que he recorrido yo (en la invaluable compañía de Ximena Gómez, puntillosa editora de mis traducciones) como parte de mi búsqueda estética. Y que sirva este trabajo de más de tres años para saldar, parcialmente, la deuda inagotable que tengo con mis padres: ambos me entregaron el gozo de la literatura; mi padre, en particular, me entregó a Whitman.

 

Francisco J. Larios
Miami, junio de 2017
 

 

MARY JO BANG

 
Autopsia de una era
 
Así era entonces, un cuchillo
a través del cartílago, un cuerpo fracturado. Animal
y animal hecho cenizas. Una ventana hecha añicos.
El aullido colectivo en señal de alarma,
seguida del silencio.
 
        Noche como una bota negra,
zumbido halógeno. Cinta que serpentea dentro
de una máquina oculta. Después, cristales rotos
y una joya de Checkpoint —el cierre
de un brazalete trampa para turistas. Un brazo. Una baratija.
 
Clic, hace el broche. La película
en el cráneo que guarda la sensación
de ahogo, el ángulo de la correa,
el collar que las conecta. Plano en secuencia.
La caída de la noche en una provincia.
 
 
 

ELLEN BASS

 
El pequeño país
 
Único, pienso, es el tartle escocés, esa vacilación
al presentar a alguien cuyo nombre uno ha olvidado
 
¿Y qué voz podría resumir cafuné, la palabra del portugués brasileño que expresa el
pasar tiernamente los dedos entre el pelo de alguien?
 
¿Hay alguna palabra en alguna lengua que signifique elegir la felicidad?
 
¿Y donde encontrar una expresión para el bloque de hielo que envolvemos
con el aserrín de nuestros corazones?
 
¿Qué apelativo se acerca al aroma de los albaricoques que llenan el aire
cuando uno hierve mermelada al comienzo del verano?
 
¿Qué palabras expresan la forma en la que anoche te toqué
—como si nunca hubiese conocido a una mujer— una exploradora
consumida por la curiosidad de descubrir cada
pliegue y rincón, sin guía alguna,
ni siquiera el espejo de mi propio cuerpo?
 
Anoche me dijiste que te gustaban mis cejas.
Me dijiste que nunca las habías notado antes.
¿Qué palabra fusiona este frescor
con el pesar de haberlo pasado por alto?
 
Y cómo ni siquiera tocar significa lo mismo para ambas,
aun en este pequeño país de nuestra cama,
aun en esta lengua de solo dos hablantes nativas.
 
 
 

TRACI BRIMHALL

 
Evangelio de las profundidades
 
El mar está sediento y la sombra de una ballena
se mueve bajo el barco, furiosa contra las anclas, los arpones,
los curtidos pechos de la sirena de proa.
 
Y en la cubierta los marineros arrancan la carne
para llegar a la grasa, cortan la cabeza y drenan el aceite.
Toda la noche, con las manos sobre la cara.
 
No por vergüenza, no. Tienen ampollas de sangre en las palmas,
pero sus muñecas huelen a mujer. Mientras muere,
la ballena oye a su madre, que canta a dos millas de distancia,
 
a una braza de profundidad. Ahora a la estación implacable.
Ahora a los sueños que surgen del roto corazón de la ballena,
que gime cánticos de azul zodiacal a los durmientes.
 
Hay tres canales en la oreja, dos ventanas.
Una voz que viene de la bella difunta. Un himno omega.
Una mente que repasa, entre golpes de martillos, la promesa
 
de música piadosa y un enemigo común. Las luces se alejan
cuando los hombres se meten a sus hamacas, con sus corazones traducen
el evangelio de las profundidades, se preguntan si en verdad oyen mujeres
                                [que cantan
 
verdes canciones de amor en el agua, o ángeles sordos que cantan antes
                                [de la guerra.
Mañana matarán a los pájaros porque hay demasiada música.
Mañana se levantarán con las manos llenas de suciedad.
 
 
 

JERICO BROWN

 
Canción 1: Frondosa vida
 
La mujer al micrófono canta para herirte,
Para verte sacudir la cabeza. Daría lo mismo si el micrófono
Fuese un cinturón de cuero. Manejas hasta el centro de la ciudad
Para que una voz de mujer te azote. No sabes
Distinguir entre un cinturón de cuero y la lengua
De un amante. La lengua de un amante podría llamarte perra,
Una palabra de cariño allá de donde vienes, un amable
Cumplido precedido por la palabra canta
En ciertos bares. Vaya exuberante lengüecita
La tuya: puedes gritar, Canta Perra, y, Te Amo,
Con un trago de Patrón al fin de cada frase
Desde la misma butaca cada noche de sábado, pero no puedes
Recordar el cinturón de cuero de tu padre, sin sacudir
Tu cabeza. Eso es lo que la satisface, a la mujer
Del micrófono. A ella no le interesa divertirte,
Y a mí tampoco. Háblame con la lengua del amante —
Llámame tu perra, y cantaré toda la noche.
 
 
 

VICTORIA CHANG

 
Edward Hopper: Cuarto de hotel
(Estudio)
 
Mientras el hombre, lejos de casa,
le habla a su esposa
acerca de la mujer del corpiño rojo,
la mujer aguarda
sentada en la cama doble.
Uno esperaría silencio como el
de esta mujer en el puño de una estatua
de cobre. La mitad de su cara,
un tono de merengue dorado,
la otra mitad, como la sombra en
una espadaña. Su boca uniforme—
demasiado recta, como si dudase
de la decisión tomada, de la forma en
que las mujeres dudan. En sus manos,
una carta amarilla, doblada
como su corva espalda.
Su vestido tirado en un sillón verde.
Frente a ella, un bolso de hombre
y un maletín. Sobre un tocador,
un sombrero con pluma
de Ceilán. Eso es todo
lo que el artista nos ha dejado,
a sabiendas de que haríamos nuestra
la piedra de la mujer;
una sed del yo
en todo —incluso
en las dulces grietas
de una mandarina.
 
 
 

NATALIE DÍAZ

 
Por qué no hablo de flores cuando las conversaciones
con mi hermano llegan a silencios incómodos

 

Perdónenme, guerras distantes, por traer
flores a casa.

Wislawa Szymborska

 
En las montañas de Cachemira,
mi hermano baleó a muchos hombres,
hizo estallar cráneos de pieles morenas,
tiñó de carmesí la arena blanca del desierto.
 
¿Qué se puede decir a un hombre
que ha recorrido un mundo así,
cuyas manos y ojos
lo han traicionado?
 
¿Había flores por allá? Pregunté
 
Esta fue su respuesta:
 
En una aldea, una turba de hombres
envolvió a una mujer en sábanas.
La mujer no se resistió.
Sus pies descalzos se arrastraban en el polvo.
 
La acostaron sobre el camino
y la apedrearon.
 
El primer hombre era su padre.
Lanzó dos piedras, una tras otra.
En el camino, el hermano de la mujer
le había llenado los bolsillos de piedras.
 
La multitud era un enjambre
de abejas aturdidas. La andanada
de piedras contra su cuerpo
ahogó sus gemidos.
 
La sangre estalló en las sábanas
como un racimo de violetas,
como cien rosas en flor.
 
 
 

MARK DOTY

 
En dos segundos

Tamir Rice, 2002 – 2014

 
                la cara del niño
entró de regreso y descendió por el túnel de doce años
 
de su devenir, un girasol de carbón
que se traga a sí mismo. ¿Quién tiene ojos para ver
 
u oídos para oír? Si pudieras ver
aquello que ocurre a mayor velocidad, deshaciendo
 
al humano irremplazable, una estrella
que cae desde todas sus partes en la
 
absoluta oscuridad gravitatoria, todo esto:
 
quién lo arrulló cantando, quién le acarició
la pelusa de la mollera, le besó el tierno ombligo
 
después de que el cordón acabara el trabajo
de alimentarlo con la larga historia
 
de aquellos cuyo sufrimiento
se hizo un poco más soportable
 
por la presencia de él, aún desconocida,
 
jugando solo en alguna impensable
ciudad futura, una Cleveland,
 
lo que quiera que eso sea.
Dos segundos. Para que ocurra:
 
el arco del gozo en la cama en que fue concebido,
el parto de las manos repetido hasta
 
que las manos ya no requieran atención,
para que mientras la mujer doblaba
 
sus esperanzas se hundieran en la tela
de las camisas y de los calzoncillos. Caen
 
girando hacia el fondo de las fauces
de algo más oscuro. Un cofre de tesoro,
 
libros de cómics, una navaja de bolsillo, el cascabel del gato perdido,
por qué empezar siquiera a enumerarlos
 
cuando detrás de cada afluente
que en él desemboca, viene retrocediendo de prisa
 
todo lo que él no ha sido aún. Todo
lo que ese muchacho pudo haber hecho o pensado,
 
cantado o teorizado, construido sobre la estructura
trémula pero continua
 
que lo había precedido, hundida en
una ausencia en la forma de un niño
 
que en medio de la tarde juega con un arma de plástico
en un parque público de Ohio.
 
Cuando digo dos segundos, no me refiero al tiempo
que le tomó morir. Me refiero al lapso entre
 
el instante en que la patrulla frenó
sobre el pasto, entre ese momento
 
y aquél en que el guardia disparó su pistola.
Los dos segundos que le tomó evaluar la situación.
 
Creo que es parte del trabajo
de la poesía por lo menos probarse
la piel y el momento de otro,
 
pero en este momento yo respetuosamente declino.
 
Me niego. Que a ese policía
lo aceche, todas las noches de su vida,
una enormidad que se desplome frente a él
 
en una floración misteriosa,
y un aullido emanando de su entraña.
 
Si esto no es un poema, entonces…
 
Pero esa voz —niño borrado,
amado por el tiempo, quien no hizo
nada a nadie y por eso en nada
 
se tornó— yo sé que esa voz
es una de las cosas que llamamos poesía.
No es a su asesino a quien le habla.
 
 
 

GEORGE EVANS

 
Escena de Noviembre
 
El atardecer revela la flota cangrejera
a intervalos regulares sobre el horizonte, vuelta hacia
la que antes fuera una aldea de pescadores, refugio de gentes
que trabajaban sin mamparas ni luces
que impidieran ver el azul verdoso del Pacífico y su incesante ondular.
Cuando el cielo oscurece las luces de la flota se difuminan, luego
desaparecen entre el resplandor de las casas de la costa,
meciendo imperceptiblemente el peso de su carga de cangrejos
y de tripulantes tan exhaustos que no saben que lo están,
ni dónde están, y aun así vuelven a esforzarse,
inmersos en su labor, mirando de reojo a una ciudad demasiado cara
hasta para la mejor de sus pescas, suponiendo que quisieran
vivir entre zombis cabizbajos que murmuran a sus smartphones
mientras caminan hacia los mercados de la lonja.
 
 
 

FRANK GASPAR

 
Plegaria de la contemplación serena
 
Era una de esas noches. A lo mejor yo estaba varado,
o quizás solo esperaba a alguien. La plaza del pueblo
estaba desierta, salvo por unas cuantas parejas tomadas de
la mano, todas ellas en camino a otro lugar. Un
viento cargado de sal dormía en el puerto. Casas viejas,
casas pequeñas, botes anclados, luces en
el agua, la luna. A veces solo hace falta la
soledad —está escrito, seguramente grabado en algún lugar
sobre una piedra blanca. San Gregorio de Palamás dijo que
uno es capaz de ver la luz divina con los ojos del propio cuerpo.
Me cuesta encontrar la forma de probarlo, aunque
no voy a desistir, a pesar de que no sé si lo que observo es
el amor, o los fantasmas del amor que rondan, o apenas sus
estragos. Aquellas parejas en un clima perfecto para la devoción,
muchachos con muchachas, muchachos con muchachos, muchachas
                          [con muchachas—
cuán a salvo parecían estar de todos los trabajos y los riesgos
del mundo, y sin embargo se alejaban unos de otros
y de todo lo demás, tal y como hemos leído
sobre la vasta deriva de las galaxias, que parecen
no ansiar otra cosa que no sea la distancia que entre ellas
crece. Tal vez soy yo la estrella fija. Tal vez es posible
sentir demasiado. Al igual que es posible no remontarse
nunca al primer horizonte de nuestra propia ruina. Pero el consejo
de Gregorio es claro. Contempla tu propio corazón, dijo. Observa
tu propio pecho subir y bajar, en silencio. Dime qué ves.
 
 
 

CHRISTIAN HAWKEY

 
Amarillotrackl
 
Amarilladas por el incienso, las ligeras extremidades de los amantes desprenden
sombras sobre un tapiz amarillo; en espejos oscuros,
 
el silencio de nubes grises, de amarillas y escarpadas colinas.
El cielo se endurece hasta volverse gris sobre los campos amarillos.
 

*

 
Al cruzar los salones amarillos del verano
las lunas amarillentas ruedan en silencio
 
Pacas de trigo amarillo reverberan
 
Aun así, ella dejó caer las cortinas amarillentas
y el maíz amarillo susurró con calma en el campo
 
Una cabeza amarilla se inclinó, el niño quedó recostado en la quietud
 
Las moscas zumban en la niebla amarilla
Los juncos tiemblan, amarillos y erectos.
 
 
 

BRENDA IIJIMA

 
Unas tumbas acunan a otras que despiertan
rojo es la forma en que el cuerpo expande su recuerdo así que arremete
una excavada efigie de mármol como un veterano erguido
haz pasar el cuerpo por un cono —cabeza cónica con movimiento
                               [de cintura
cuerpos llevados a caballo y coche hasta sagrada colina
relevante como cualquier signo asociable a duelo
contextos geopolíticos: pelea, cuerpos, muerte (arte público)
oye que el cuerpo es
heterotópico en otras partes huesos ensamblados en estatura
fuera de perímetro son huesos que nadie representa
se extirpan del conocer, dolorosa extirpación (historia)
la simultaneidad la exhibe mejor el cuerpo
lenguaje en callejón sin salida reanimado por fibras musculares
el andar de la muerte en los campos actividad escondida a la vista
deviene en este punto briznas de hierba segunda piel
¿cómo compartimos comportamientos?
conmemoradas muertes representativas
ignoradas hoy en día como rasgo ecológico
a la vez naturaleza hostil (gente no homenajeada)
congelada bajo el sol
cementerio de la ladera, establecido en 1798
sus cuerpos fueron puestos a la fuerza en hoyos
marcados por banderas, habían peleado
daño colateral es este también, estas tumbas de héroes
turbia cadena de sangre, imágenes nacidas de reflejos
por todos lados residuo colateral
en caja torácica, resplandor de mancha mortal
en 1798 las Leyes de Extranjería y Sedición entran en vigor en
                           [Estados Unidos,
declaran crimen federal escribir, publicar, o pronunciar declaraciones
falsas o maliciosas sobre el gobierno de los Estados Unidos
rito de iniciación escrito en la incubadora
 
 
 

JOHN KOETHE

 
El pelo de Sally
 
Es como vivir en una bombilla, las hojas son
filamentos y el cielo es una delgada y diáfana concha de vidrio
cercando el lento paraíso de un día de verano, una fronda
de incandescente azul sobre las motas doradas de la luz sobre la hierba
 
Tomé el tren de regreso de Nueva York a Poughkeepsie
y en la Autoridad Portuaria, justo en la ventanilla de Tránsito Suburbano,
ella preguntó: “¿Es este el bus a Princeton?” —en efecto, lo era.
“¿Conoces a Geoffrey Love?” Dije que sí. Ella tenía los cabellos más rubios,
 
caían sobre sus hombros, y un vestido de un azul casi fosforescente.
Le gustaba Ayn Rand. Fuimos al Village para tomar un trago,
me las ingenié para perder el último autobús a Nueva Jersey, y a las tres
                             [de la mañana,
deambulando, encontramos un hotel de mala muerte que no pude pagar
 
y retozamos en el sofá desvencijado. Un autobús matutino
(había venido a ver a su hermano), planes de cena y conexiones perdidas
y un mensaje en su puerta acerca de la playa de Jersey. Al día siguiente
un dormitorio de verano en mi escuela, mis compañeros no están:
“¿Eres —preguntó ella— un hedonista?” Así lo creía. Luego tuvo que tomar
                                 [su avión.
Sally —Sally Roche. Me llamó esa noche desde La Florida,
y después nunca más supe de ella. Me pregunto dónde estará ahora,
quién será ahora. Todo esto fue hace treinta y siete años.
 
Y ya estoy demasiado viejo para más sorpresas. Los días no tienen reserva,
la vida no esconde honduras ni misterios, el cielo lo cobija todo,
las hojas arden de luz, la rubia luz
de una tarde de verano que me hizo pensar de nuevo en el pelo de Sally.
 
 
 

LEE YOUNG LEE

 
Temprano por la mañana
 
Mientras el arroz de grano largo se suaviza
en el agua que hierve
sobre una estufa prendida, a fuego lento, antes
de cortar las verduras de invierno en conserva
para el desayuno,
antes de los pájaros,
mi madre desliza un peine de marfil
por su cabello negro
y grueso como tinta de caligrafía.
 
Se sienta al pie de la cama.
Mi padre observa, escucha la
música del peine
entre el pelo.
 
Mi madre se peina y
se jala el pelo hacia atrás,
lo estira con fuerza y lo enrolla
con dos dedos, lo prensa
en un moño detrás de la cabeza.
Durante medio siglo ha hecho lo mismo.
 
A mi padre le gusta así.
Dice que se ve arreglado.
 
Pero yo sé
que le gusta por la forma en que
el pelo de mi madre cae
cuando mi padre arranca el prendedor.
Con facilidad, como cuando desatan
las cortinas al atardecer.
 
 
 

SALLY WEN MAO

 
Carta de amor para una planta carnívora (Venus Atrapamoscas)
 
Eres una pintura vellosa. Soy parte de tus fauces.
Nada te sacia —ni una mosca de la fruta, ni un grillo,
ni siquiera una tarántula. Eres la cariátide
con quien quiero batirme a duelo —humedad de rocío en las lenguas. Suntuosa
araña de cama, floreces en los osarios
del musgo de un terreno pantanoso, ¡me encanta como engañas
a las polillas! Es por eso que te dieron el nombre
de una diosa: no la Venus de Botticelli—
ni ninguna débil paliducha en el Uffizi. Hay voltaje
en estas flores —madejas de mantillo, armerías
para amores astutos. Tu boca atraviesa cualquier cuerpo
pegajoso, traga iridiscencias, digiere
luz. Venus, déjame nadar en tu solárium.
Venus, envuélveme en tu traje de verano.
 
 
 

JAMAAL MAY

 
Canturreo del rayo
 
Por supuesto, podría ser seda. Unas cincuenta yardas
de lo más similar al agua para el tacto,
o igual podría ser la punta de lanza
 
que hiere a un hombre entre yelmo y hombrera.
Pero ahora que la lluvia hace de esta ciudad un ruidoso
borrón, es el relámpago el que llega
 
y se marcha casi a la vez. Es lo que quiero
ser en este instante, en este umbral,
pues aunque adoraría ser destello de seda
 
sobre el codo de alguien,
por más brutal y perfecto que pudiera ser volar
desde una ballesta silbante y sofocar a un hombre
 
a mi llegada, nada es comparable
a aquel momento en que me trago la oscuridad,
trazo sombras a pincelazos cortos en la pared,
 
y empiezo un conteo regresivo
en dirección del trueno. El conteo que me dice
estoy tan lejos, estoy tan cerca.
 
 
 

MATTHEW OLZMAN

 
Extraña arquitectura
 
Un hombre cualquiera busca un contratista para construir
una casa nueva. Cuando está lista, corre
a verla. Pero no es lo que él creyó haber adquirido,
tiene que haber un error. La casa tiene la
forma de una cabeza humana. Dos ojos
en lugar de ventanas con balcón. Una boca circular
en lugar de un portal. Hay incluso una lamparita,
como un anillo de nariz, sobre el foso nasal de la derecha.
Furioso, llama al contratista. Desalmado, cerdo de
mierda, le grita, traicionero hijo de puta
.
Lo demanda en la corte una y otra vez. Pero el contratista
no tiene nada —su cuenta bancaria está vacía,
como sus lotes baldíos y su negocio,
que antes apenas se tambaleaba, ahora oficialmente
se desploma. Así que el hombre queda sin quererlo atrapado
en la propiedad. Al principio, odia la cabeza, odia
dormir en su lóbulo temporal, odia desayunar
sobre una fila de dientes. Como ya se dijo
este es un hombre cualquiera, de pensamientos comunes
y ambición escasa. De repente,
en medio de este aborrecer su ordinaria vida, ocurre un cambio.
La gente toma fotos cuando él poda la hiedra
—que extrañamente parece vello facial— en la
fachada norte. Adolescentes drogados atraviesan
el país para pasar un rato en el jardín del frente.
Revistas de difusión nacional preparan reportajes especiales.
Repentinamente, este hombre que era —apenas hace unas semanas—
totalmente irrelevante, se convierte en una modesta celebridad.
Él quiere más. Se imagina un brillante futuro.
Así que llama al contratista para pedir disculpas. Quiere
proponerle que construyan una segunda casa, quizás una
con la forma del presidente o de Elvis. Pero la línea
está desconectada. No hay nadie ahí.
el contratista se ha esfumado —Después de las demandas,
su suerte iba por mal camino, luego otro,
luego— Nada. Desapareció. Por lo tanto, no habrá
otra cosa que una casa en forma de cabeza.
Y luego de un par de meses, la novedad se desvanece.
El hombre en la casa es noticia vieja. Pero noche
tras noche, puede vérselo ahí, sentado
detrás del párpado izquierdo de la casa, ambos, él y
la casa mirando fijamente hacia la calle.
¿Qué imagen verán?
Esta noche, hay tanta neblina que los árboles
y el cielo son invisibles. Pero de vez
en cuando, hay una abertura en la niebla, una brecha
en el velo, una hendidura por la cual el mundo parece
—por un momento— diferente. Después
regresa la neblina, después no hay nada.
 
 
 

SIMÓN ORTIZ

 
Después del rayo
 
Hasta donde sabemos, podríamos ser ya
cristales de arena, triturados
en un súbito y raudo estallido de luz.
Nunca estaremos seguros
        de haber tenido una oportunidad,
           apenas descendimos
un vasto momento después a una tenue sombra,
difuminados lentamente en la pradera;
las colinas bajas, el horizonte, son nuestros ahora.
 
El momento anterior es siempre demasiado tarde.
 
 
 

ROGER REEVES

 
La yegua de Money
 
Otra yegua muerta espera
en los bancos de algún
cuerpo de agua su turno de ser carga
que se arrastre hacia el mar espumoso,
donde tal vez se convierta en comida
de ballenas, o simplemente en un vacío
significante —crines atadas a la ondulación del mar
como la belleza de Absalón,
enredadas en las ramas juguetonas
de un árbol que busca la unidad,
amasijo, enorme confusión—
pero esta yegua no,
ella no tiene el privilegio de
una letrilla —una canción que haga dulce nuestra ruina
o nuestra muerte, incluso cuando vamos cayendo
al fuego para alzarnos como humo.
Esta yegua debe yacer, con los ojos abiertos,
entre las piedras y los
cangrejos del río Money, Mississippi,
debe escuchar las botas de los hombres al romper el agua
mientras dejan caer cerca de su cabeza el cuerpo de un muchacho negro,
levantarlo de nuevo, solo para arrojarlo otra vez
en el mismo lugar: retorcido y ojo-a-ojo con la yegua,
como si podrirse fuese algo
que requiriese testigos
—como si la yegua pudiera decir
“el martes cuando terminó de llover
el cuello del muchacho al fin se hundió
bajo el peso de la hélice del desmotador,
nunca más volvió a mirarme.”
O el muchacho pudiera decir
“Ya no más”. A partir de este momento
se separan al cuerpo del muchacho, lo colocan
en brazos de otro hombre, que lo lleva de regreso
al pueblo, mientras la yegua no dice nada
porque los caballos no hablan, y además,
porque esta yegua está muerta.
 
 
 

MATTHEW ROHRER

 
El emperador
 
Ella me envía un mensaje
regresa a casa
el tren emerge
del túnel.
 
Prendo fuego debajo
del sartén, sirvo para ella
una copa de vino
doblo una servilleta
bajo un pequeño tenedor
 
el viento arroja la lluvia
contra las ventanas
ni el emperador
es tan feliz
 
 

Selección de Los hijos de Whitman (Valparaíso, México, 2017). Antología de poesía estadounidense contemporánea, compilada y traducida por Francisco Larios, editada por Ximena Gómez.
 

Los hijos de Whitman
Poesía norteamericana del siglo XXI. Traducción de Francisco Larios (Valparaíso, 2017


 

Para adquirir un ejemplar de Los hijos de Whitman (Valparaíso, México, 2017) pinchar en el enlace: https://www.amazon.com/Los-hijos-Whitman-Francisco-Larios/dp/6078437232/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1503610373&sr=8-1&keywords=los+hijos+de+whitman

Disponible en Miami en Altamira Libros (219 Miracle Mile, Coral Gables, FL 33134), en Managua en las librerías Literato, y en México en el mercado virtual de Valparaíso, así como la cadena de librerías Gandhi. 
 
 

Francisco Larios
(Foto de Edith Cota)

Francisco Larios. Nicaragua. Ha publicado los poemarios Cada Sol Repetido (anamá Ediciones, Managua, Nicaragua, 2010), The Net in Sight/La red ante los ojos (Editorial Rascacielos, Quito, Ecuador, 2015), La Isla de Whitman (Editorial Buenos Aires Poetry, Argentina, 2015), Sobre la vida breve de cualquier paraíso (Editorial 400 Elefantes, Nicaragua, 2017); y la plaquette bilingüe (inglés/castellano), Astronomía de un sueño/Astronomy of a Dream (Carmina in minima, Barcelona, 2013).  Como traductor y antologista, ha publicado Los hijos de Whitman. Poesía norteamericana en el siglo XXI (Valparaíso, México, 2017).

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Esta entrada fue publicada el 15/10/2017 por en Poesía, Traducciones.
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