Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El Rei y yo (fragmento de Desnudo de una actriz)

CARLOS VELAZCO

 

Ignoro los elementos que componen Desnudo de una actriz. Espejismo o memoria. Tan solo un libro.
Al conocer a Ingrid González, la asocié a una bruja. Después leí que su primer esposo, el crítico teatral Rine Leal, la consideraba una “mujer-bruja-actriz”; y que Reinaldo Arenas generalizaba de las mujeres determinantes en su vida: “el reino no solo de la fantasía, sino el de la realidad evidente pertenece a las brujas”. Excepto la síntesis, evité en Desnudo de una actriz los ingredientes-Carpentier, pero puedo atestiguar que alrededor de ella, los objetos, inexplicablemente, caen y se rompen.
Su biografía explica sus convincentes rebeliones en sus papeles de Algo salvaje en el lugar de Williams, La taza de café de Ferrer, Casa de muñecas de Ibsen o La noche de los asesinos de Triana. Durante la parametración en los setenta (cacería de brujas en versión cubana), Ingrid González sobrevivió –como otro personaje de Tennessee Williams–, de la bondad de conocidos y extraños. Desnudo de una actriz lo terminé en la época en que otra muchacha y yo no teníamos la alternativa de la sardina: se trataba de “cine o cine”. Entre las muchas anotaciones de aquella etapa, que no vienen al caso porque pertenecen a otra vida y a otro libro, me recuerdo asistiendo a la totalidad de un ciclo en la Cinemateca dedicado a la misma escritora francesa con la que compararon a Ingrid tras su cuento “El cero ocho”. Su reacción de 1963 está entre mis preferidas: “¿Quién coño es Marguerite Duras?”
Nuestra despedida final fue bajo un aguacero en La Habana. Sí, una lluvia verdadera, pésele a Saint-John Perse. Aunque luego me escribió varias veces, nunca he respondido. Quizás porque hago caso a mis poetas cubanos. Baquero: “como quien cambia de país para curarse una dolencia vieja”; Diego: “no mires, no, la página vacía” y, sobre todo, Delfín Prats: “serás lo mismo ante lo justificable como ante lo que no necesita justificación”.
Creo que este “capítulo Reinaldo Arenas” equivale al baile de dos en la película de Walter Lang. Y de fondo, no música, sino un trauma. Rodolfo Martínez Sotomayor y Eva Vergara me pidieron dicho fragmento para Conexos, aun cuando les negué la posibilidad de editar el libro bajo Silueta: a mis amigos, trato de ahorrarles mi nefasta influencia. Casi nunca lo logro.

CV

 

Fragmento de Desnudo de una actriz: Ingrid González: la viuda de Reinaldo Arenas (Hypermedia, 2016), escrito por Carlos Velazco.

 

El Rei y yo

 

Llevó con él la rebeldía de los que nacen bajo el signo de Cáncer, y la necesidad de huir, del signo de la Cabra, en el horóscopo oriental. Desde que vino al mundo, Reinaldo Arenas calculó siempre, en toda aparente quietud, el próximo paso para llegar a la Verdad. En cada sitio, podía permanecer un momento, para saltar a otro lugar donde encontrar respuestas a esa curiosidad que lo angustiaba y lo quemaba por dentro. Como si hubiese sabido que el tiempo no le alcanzaría para comprenderlo todo. A medida que aumentaba su prisa, más chocaba con la mediocre realidad que lo circundaba.
La primera vez no lo vi, lo sentí. Fue un desplome cercano en una fiesta en los jardines de la UNEAC. Me volví y vi las espaldas de un muchacho sobre la hierba al que recogían y se llevaban. Yo misma, siendo esposa de Rine Leal, me había caído del portal del frente asomándome por sobre un grupo para intentar ver al Che Guevara. Averigüé y me dijeron: “Ese es Reinaldo Arenas, el amante de Miguelito Barnet, que no está acostumbrado a beber”. El nombre no se me olvidó, y soy muy mala para los nombres.
Inocente al fin, desprejuiciado, creyó, como nuestra generación, que al triunfar el proceso político –tan distinto a los demás– de 1959, Cuba era nuestra para poder asentarnos en el arte y volcarnos en la creación a la que nos sentíamos destinados. Me vio en La noche de los asesinos y confesó admirarme. Y yo a él por lo que escribía. Había leído su novela Celestino antes del alba. Recuerdo comentarla con varios escritores ya consagrados y escucharles: “Estará muy bien escrita, pero es una novela maricona”.
Con la ruina de la economía revolucionaria, la Unión Soviética tomó el control del comportamiento político y cultural cubano, como pretendía con cualquier país que se llamase comunista. Los esquemas estalinistas fueron impuestos para experimentar en la Isla caribeña como si fuéramos un nuevo tipo de perros pavlovianos. Escuché de un miembro del Ministerio del Interior describir las indicaciones: si las muchachas se cortaban el pelo y se peinaban hacia atrás, tenían inclinaciones lesbianas; si los jóvenes se apretaban el culo con los pantalones, inclinaciones homosexuales; si las mujeres se pintaban y maquillaban el rostro, eran putas; si los hombres se reunían con hombres en bares, cafeterías o playas, eran propensos a la promiscuidad; si las mujeres se vestían con pantalón o camisa o no se ponían ajustadores, homosexuales; y así…
Terminando los sesenta, las listas de los considerados “distintos” comenzaron a procesarse para eliminar a todo aquel que no resultara conveniente a tanta locura, o bien porque se rebelara y no obedeciera, o porque contactara con el medio cultural de cualquier otro país para explicar la falta de libertad.
Comenzó a sobrar el tiempo: cerraron las cafeterías, se eliminaron los shows de los cabarets por considerarse decadentes, el cine norteamericano dejó de existir. Casada con Joaquinito Ordoqui, las veces que fuimos a la cervecería de San Lázaro casi esquina a Infanta o a la cafetería de la funeraria Caballero, nos encontrábamos con Reinaldo Arenas. Las calles sin luces, en medio de la nada, al menos esos dos lugares funcionaban. Joaquinito y Reinaldo se hacían chistes muy intelectuales que a esa hora no oía por estar ya cansada.
Se nos conducía al ostracismo para que las nuevas generaciones no recibieran nuestra mala influencia occidental. Nuestro arte era rechazado; los grupos de reunión, disueltos; todos los días nos enterábamos de otro conocido preso o escondido o que se había arriesgado en el mar. Comenzamos a pasar hambre y a vivir del amor de algunos amigos. Otros nos daban la espalda ante el peligro de ser vistos ayudándonos. Si en Hollywood se persiguió a creadores denunciados de comunistas, ahora eran los declarados comunistas los que nos denunciaban por cualquier cosa. Héctor Quintero me acusó de diversionismo ideológico e informó que la pared de mi casa ostentaba un collage de afiches de teatro europeos, cuando “en Cuba debíamos colgar carteles cubanos”. Mis proyectos teatrales fueron tachados por “nihilistas”. Mi paranoia me recluyó a mi apartamento, pero la paranoia de Reinaldo Arenas lo llevó a dejarse oír y ver en cualquier lugar.
Estando devaluada, él, que no acostumbraba visitarme, se me sentó delante: “Mira, yo lo que vengo es a ofrecerte un negozio”. Seseaba. “¿Qué negocio?”, pregunté. “¿Te quieres casar conmigo?” “¡Ay, Reinaldo, pero qué va a pensar la gente!” “Total, si ya están pensando lo peor de nosotros dos, qué importa lo que piensen después”. “No tengo un kilo”, le advertí. “A mí me queda un dinerito para comprar todo y poder ir a la casa en la playa”, me dijo. Yo no tenía más nada que hacer, estaba aburridísima.
Nos casamos en 1973 por jugar con la vida, por ayudarnos en la suerte y para no morir. Pero en Electra Garrigó la Clitemnestra Pla de Virgilio Piñera dice: “¡El destino! ¡Todavía el destino! ¿Quién va a ganar? ¿Quién va a perder? ¡El destino lo dirá! ¡El espantoso destino!” El vestido más lindo que he tenido fue el que lucí aquel día: una tela transparente color coral con diseños de flores que Reinaldo escogió. Debajo, solo el blúmer y el ajustador. Él me había aconsejado: “Ese vestido es para que vayas transparente por la calle”. Solo lo usé en la boda. Después, el dramaturgo Tomás González me diría: “No te deshagas de él, tiene que ver con el Ochún que tienes en la cabeza”. (Misteriosamente, Reinaldo tenía que ver con mis santos, con mis espíritus.) Pero lo tuve que vender durante la parametración.
Mi testigo sería el teatrista Jesús Gregorio Fernández, y el de Reinaldo, un joven llamado Manuel. Fuimos Reinaldo, Manuel y yo a la luna de miel en la playa antes del matrimonio. A Yanira, más pequeña, la dejamos en casa de Violeta, su cuidadora, pero a Carolina la llevamos.
El primer día, Reinaldo pretextó algo y se marchó, pues había planeado dejarme con Manuel. Volvió después, habiéndose marchado mi nuevo amante. Agarré un dolor de cabeza muy fuerte, de los que solían casi cegarme, y Reinaldo salió a buscar alguna medicina. Caminando por la playa se encontró al bailarín Gerardo Lastra y este me mandó unos calmantes muy fuer¬tes que lograron aliviarme.
Queríamos llevar la boda con mucho misterio, pero cuando llegamos a la notaría de la calle 23, se casaban la diseñadora Cecilia Guerra y un pepillo, y con ellos estaban Darío Mora y Reynaldo González. Nos preguntaron qué hacíamos allí y Reinaldo respondió: “Nos venimos a casar”. Armaron una algarabía. Reinaldo volvió a la playa, porque el alquiler no se había vencido, pero yo no quise regresar.
Después de tanta historia, los dos sin trabajo y sin sueldo, Reinaldo y yo pensamos que mi apartamento serviría al menos para encontrar una casa de dos habitaciones para nuestra pacífica unión definitiva. Estaba encaprichado en la playa, y anduvimos las playas, sube y baja lomas. Con una casa, Reinaldo y yo hubiésemos podido ser felices, él escribiendo sus libros y acostándose con sus hombres, y yo actuando y acostándome con los míos. Nada fue así. Nadie se interesó en cambiar su confort playero por mi pequeño apartamento cercano a La Rampa.
Reinaldo me dijo: “Se rumora que tú y yo, casados (más bien cansados), vamos a realizar en este apartamento grandes orgías”. Le estorbaban mis dos niñas para concentrarse. Igual yo debía levantarme en las madrugadas para estudiar o escribir. Solo en las tardes mis hijas eran mis mejores alumnos del “método”, todos los atardeceres jugábamos a ejercicios de improvisación.
No era que le cayeran mal las niñas, en el estado de valores de Reinaldo, los niños no entraban. Y mis hijas eran hiperquinéticas. Cuando le decía que me las llevaba a un parque para que corrieran y tranquilizarlas, Reinaldo no entendía por qué no eran niñas tranquilas como había sido él.
En mi casa nunca escribió. Vivimos juntos solo pedacitos. Me avisaba una noche que se quedaba a dormir, le preparaba comida y compartíamos el cuarto en camas separadas. Al día siguiente se levantaba, tomaba un café y se iba. De tanto lavar, limpiar, fregar, una vez un uñero me inflamó un dedo, y yo, como siempre, llorando. Reinaldo insistió en llevarme al policlínico, me hizo la media esperando, preguntó veinte veces a la doctora cómo se tomaban los antibióticos, caminamos no sé cuántas cuadras y farmacias para encontrarlos, me compró la medicina, me llevó para la casa, me hizo merienda, me dio las primeras pastillas, dejó escritas las horas en que debía tomarlas, y solo después se largó. Aquellos años de alegría desaparecieron para siempre y al “siempre” no se regresa jamás.
Un día me anuncia: “Vamos al Parque Lenin”, pero me hizo bajarme del ómnibus en otra parada: “Mi mamá nos está esperando”, me dijo. Oneida Fuentes aguardaba allí un transporte para Holguín. Nos conocimos: los besos, “la suegra”, “la nuera”, nada más. Él le dice a la madre que el niño que yo esperaba era suyo, y aquella mentira me molestaba. Hice un embarazo muy malo, con dos meses ingresada. En ese período la relación con su familia fue muy armoniosa, su madre vino a cuidarme al hospital tras la cesárea, de la que salí sin fuerzas: José Roberto pesó nueve libras de huesos, huesos nada más, pero nueve libras. Reinaldo apenas lo co¬noció, solo lo vio de pequeño.
Los mismos que insistían en impedir que fuéramos una gran generación, prepararon a Reinaldo Arenas la peor trampa para que terminara en la cárcel. Por pura ironía de la vida, cuando él está en prisión, a los parametrados nos resarcen.
Tan es así que cuando Reinaldo reaparece, yo solo tenía veinte pesos en el monedero. “Ay, Reinaldo, ¿por qué no me buscaste antes?” “Yo no podía llegar hasta acá, y mandé un amigo al que tú botaste”. Yo había echado de la puerta de mi casa a una “loquita” que vino diciendo que le mandara dinero a Reinaldo Arenas con él. Lo menos que pensé fue que era una estafa de alguien que se había enterado de la devolución retroactiva de salarios. “No te miento, lo que me quedan son veinte pesos, tómalos. ¿Por qué no viniste tú o por lo menos me mandaste un papel firmado?” “No me atreví, es que estoy perseguido”. Creo que en ese momento estaba recibiendo pases en la prisión. Pero uno queda paranoico. Ves persecución por dondequiera el resto de tu vida. Desconfías de todo. No sabes ya quién es quién. No puede ser de otra manera. Todavía en mi puerta no pueden sonar golpes fuertes porque en vez de abrir, me escondo. Fue mucho tiempo de que llegaran a tu casa acusándote de cualquier cosa.
La fe y los oráculos africanos me anunciaron que ganaría siempre las peleas. Y dos cosas de las que no podré nunca huir, dos leyes que rigen mi destino; la primera: que siempre pierdo un amigo; la segunda: que aunque lo pierda, tengo que seguir mi camino.
Mis dioses también protegieron a Reinaldo, pues qué hubiese sido de él de haberse quedado en Cuba escribiendo con solapamientos lo que en otra parte contó abiertamente y sin miedo a los perseguidores de cualquier cosa. Aunque los espíritus están fuera del tiempo, todavía el de Reinaldo Arenas tiene rezagos del pasado, no ve la claridad para abrir completo su espectro. Hay cosas que tienen que pasar y todavía no han pasado. Mi entrañable Reinaldo, bellísimo siempre, solo se alejó del mar para, al final, volver a él.

 
 

Desnudo de una actriz
(Hypermedia, 2016)


 

Carlos Velazco
(Foto cortesía del autor)

Carlos Velazco (La Habana, 1985) Coautor de Tiempo de escuchar (2011) y Chakras. Historias de la Cuba dispersa (2014). Compiló y prologó los cuentos de René Jordán en el volumen La angustia del sábado (Editorial Silueta, 2015).

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Esta entrada fue publicada el 15/10/2017 por en Narrativa.
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