Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Capítulo VII de la novela testimonio El rey de los locos

GYÖRGY FERDINANDY (padre)

 
Capítulo VII
 

En esa época trabajaba en el centro de la OTI. De la Seguridad Social. Me ocupaba de las admisiones a los sanatorios. Médico redactor, un rango modesto, pero mis jurisdicciones eran importantes.
Entonces los cruces-flechadas, nazis húngaros, ya tenían el poder. Una mañana, la puerta de mi oficina se abrió bruscamente y, un miliciano se plantó frente a mí. Hizo el saludo reglamentario con el grito “¡Perseverar!”. Sorprendido, reconocí que era uno de mis compañeros del gimnasio.
  –¡Hola! –le contesté.
  El visitante inesperado me comunicó que de aquí en adelante era mi supervisor. Este lugar es como una válvula. Se escapa cualquiera y como quiera. De aquí en adelante, dijo, las hojas de ingreso saldrán solamente con su firma.
  Me tranquilicé. Así que eso era todo. Seguimos llenando las hojas para los sanatorios. Mi compañero las revisaba y las firmaba, si el enfermo no parecía ser ni comunista, ni judío. Tenía vagos conocimientos de medicina, me dijo, que fue enfermero en un bloque operatorio.
  Pocos días más tarde, mi jefe me llamó a su oficina:
  –Gyuri –me dijo–, ¿sabes que mi esposa es judía?
  –Sí, lo sé.
  Me comunicó que su cuñado se había escapado de un campo de trabajo y que por medio de una admisión en cualquier sanatorio se le podría salvar.
  Me dije, ¡qué pase lo que pase! Tenía cuarenta años y hasta ese momento no había tenido problemas. Le expliqué que en la cafetería había sentado un tuberculoso con un sobre blanco en la mesa. Él irá al laboratorio en lugar del hermano de su señora, y luego me traerá los resultados.
  Todo pasó sin problemas. Ya yo tenía experiencia. Y al ver los resultados, el miliciano firmó la hoja de admisión.
  La suerte me sonreía en todos los casos. La tuve más de una vez. En otra ocasión, de un hospital de provincia llegó un informe: varios “enfermos” nuestros no presentaban “daño pulmonar”. El cruz-flechada no estaba, logré que me enviaran a mí para examinar los casos. Escogí a un joven médico y, arriesgándome, le expliqué la situación. Me entendió y, aceptó. Corrí grandes riesgos, pero confiaba en que todo saldría bien. Eran los últimos días, las tropas rusas estaban ya a las puertas de la ciudad.
  No sé dónde cometí el error. El hecho es que, apenas volví a la capital, fui trasladado al frente con efecto inmediato.
  Por dondequiera que pasaba, la ciudad había cambiado. En las calles, milicias armadas chequeaban identificación. Llevaban a grupos de gentes con estrellas amarillas: Mujeres, niños. En la avenida Rákóezi, tuve que pasar por encima de cadáveres cubiertos de periódicos.
  Innecesario decir que no me presenté al ejército. Vivía en la calle Dorottya, en el ático. Allí pensé esconderme, esperando la derrota del ejército alemán.
  Tenía mucho que hacer. La gente vivía en las cuevas, sin letrinas, ni agua potable. Empecé por escavar retretes en el patio. En las noches, tocaba mi acordeón. La canción de Géza Barosa, una pieza de cabaret que decía: “¡cae o no cae, espero el amanecer!”
  Y el frente se acercaba. Una mañana, una mujer del edificio bajó sollozando al refugio. Quiso traer a su padre y los milicianos los pararon en la calle. No tenían papeles, dijeron que eran parientes míos. Pensaron que un médico era alguien seguro.
Tuve justo el tiempo para preguntarle:
  –¿Cómo se llama su padre?
  –¡Esteban! –me contestó.
  Y ya la puerta de la cueva se abría. Los milicianos empujaron al viejo por la escalera.
  –¡Hola, tío Esteban! –le grité, abriéndole los brazos. Los milicianos se fueron blasfemando.
  Afuera, calle por calle, las luchas se acercaban. A los heridos me los traían a mí. Uno de ellos era la esposa de Jenó Vida, presidente del Banco de Comercio. Un chaval le dio un tiro en plena cara. La bala entró por el lado izquierdo y salió por el oído.
  Mientras yo le limpiaba la herida, ella, una alemana que vivía en el país, –repetía sin parar: “Er war so Jung, un der hat auf mich gesschossen!” (Era tan joven y me tiró a mí).
 
 
  Me expuse demasiado quizás y, finalmente los cruces-flechadas dieron conmigo. Una noche me despertó un militar:
  –¡Señor doctor! ¡Jefe! –ironizó–. ¡Levántese!
  Lo acompañaban dos milicianos.
  –¿Adónde me llevan? –pregunté.
  –¿Nosotros? –contestó fingiendo sorpresa–. ¡A ningún lugar!
  –¡Llegaron sus papeles! Va a un sanatorio, doctor.
  Me condujeron a la sede de los cruces-flechadas. Al entrar en el edificio mal iluminado, me pegaron de tal forma, que caí al suelo y mis lentes se rompieron en mil pedazos. Me llevaron a un cuarto sin ventanas, ni mueble alguno.
  –¡Comunista sucio! –me gritaron dándome patadas–. ¡Mercenario de judíos!
  Luego perdí el conocimiento.
  Cuando volví en mí, era la noche. Estaba congelado, temblaba de frío. Todavía mi nariz sangraba. Quise secarla, pero no podía mover las manos. Lo peor, sin embargo, era no ver nada sin mis gafas. Los milicianos cantaban. Sus voces subían desde el patio. Había mujeres con ellos –sus gritos y chillidos llenaron el edificio.
  Al levantar el día, me di cuenta de que no estaba solo. A los otros presos los habían llevado a “pasear” frente a las líneas rusas. Contaron que los rusos no abrieron fuego. Sabían quizás quienes “paseaban” allí.
  Creo que en ese momento los nazis ignoraban quien era yo. En la noche, todavía oí hablar del “médico del sanatorio judío”, pero luego ya nadie se ocupó de mí.
  Durante toda la mañana me trajeron hombres pálidos, temblando de miedo:
  –¡Vamos doctorcito! –me ordenaron–. ¡Examínelo!
  –¡No es judío! –dije en cada caso–. Decir lo contrario hubiera sido firmar su sentencia de muerte.
  Durante los ataques aéreos, nos llevaron al cuarto piso. Después de una gran explosión, cuando el polvo se disipó, vi que la deflagración había arrancado la puerta. Caminaba con dificultad, edemas lilas cubrían mis piernas. Bajé la escalera con cuidado. Pensé que habría algún médico, un colega quien podría ayudarme.
  Pues sí, había. Dormía en el suelo, completamente borracho.
  –¿Qué pasa? –balbució, cuando lo sacudí.
  Le dije que era médico también y que estaba allí por equivocación.
  –¿Dónde lo tomaron prisionero?
  –En la calle Dorottya.
  –Ya sé –me dijo–. Usted es el famoso jefe del sanatorio judío.
  No sé qué hubiera pasado, pero entonces la puerta se abrió y, trajeron a un nazi, de civil. La sangre brotaba de sus oídos, de su nariz; cayó de un tren, evidentemente ebrio. Vi enseguida que era una ruptura de la base del cráneo. Lo acostaron al lado del médico que ni le miró.
  –¿Qué hago con él? –Lloriqueó uno de los jóvenes que lo traía.
  –¡Una punción lumbar! –le contesté–. Si me dejan, lo hago.
  Mi mano temblaba. Me trajeron los instrumentos. El hombre se sintió mejor después de la intervención, y a mí, me dieron una autorización para salir de la casa del Partido –bajo vigilancia– “por razones de familia”.
  Era de noche, la nieve crujía bajo mis botas. En las calles, entre cables eléctricos rotos, los caballos sin dueños vagaban. Había cadáveres en posturas curiosas: duros como piedra, uno sobre la espalda y el otro sobre el estómago.
  Yo iba al frente, mi escolta detrás. Llegando al centro, vimos que el teatro Vigadó ardía. Y apenas alcanzamos el anfiteatro, cuando una gran explosión sacudió el edificio. Cuando nos levantamos, mi guardia dijo que él tenía que seguir hacía la izquierda. Le contesté que yo, hacia la calle Dorottya, a la derecha.
  Llegué a la cueva de donde me habían sacado. La gente me miraba como a un mesías. Me lavaron y me cubrieron con mantas de lana.
  Temblaba de frío. Me acuerdo que una voz me dijo: meningitis. Perdí el conocimiento. Cuando volví en mí, el sol entraba por las escaleras del refugio. Había silencio, soldados rusos miraban desde la luz. Una mujer me dio a beber té.
  –¡Mañana bailaremos, doctor! –dijo alguien–. ¡Guardamos su acordeón!
  Asentí, orgulloso, feliz. No sabía que no solamente no volvería a bailar, sino que nunca más volvería a servirme de mis pies.

 

György Ferdinandy
(Foto cortesía de la familia Ferdinandy)

Nota: El capítulo VII, de “El rey de los locos”, una novela testimonio, fue dictado por el Dr. GYÖRGY FERDINANDY, padre (1904-1974). Es el único texto que le sobrevive. Hospitalizado en 1945, al finalizar la guerra, murió treinta años más tarde, después de pasar tres décadas paralizado, en diferentes hospitales para desahuciados.
Su hijo, el escritor György (Georges) Ferdinandy escribió la historia de su padre que ha sido publicada en húngaro y en francés. Este fragmento hace su aparición en español por primera vez.

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Esta entrada fue publicada el 15/10/2017 por en Narrativa.
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