Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

El peregrino

NELSON LLANES

 

Cuando se levantó ya sus zapatos negros se habían marchado. Sólo estaba el resto de la ropa que debía llevar a su boda. Una sensación de extrema preocupación se apoderó de él. Siempre está la posibilidad de ir con otros o comprar otros, pensó; pero su curiosidad era tal que decidió encontrarlos a cualquier precio, incluso, el que suponía la cancelación de su propio matrimonio.
  Se puso la ropa destinada para la ceremonia y salió descalzo, resuelto a localizar la horma de sus zapatos. Tomó el ascensor y llegó al primer piso.
Una vez allí detectó la primera huella de uno de sus zapatos en la puerta del hotel, y como un Sherlock Holmes moderno fabricó una estrategia y comenzó sus mudas pesquisas.
  No preguntó nada a nadie porque temía que le tomaran por loco. Se trataba de una aventura unipersonal con un solo fin: proclamarse mentalmente sano. Para ello era preciso reafirmar que no deliraba, que el hecho se había consumado fuera de su imaginación.
Las muchas horas que, por “hobby”, había dedicado al estudio de la metafísica de Kant y Aristóteles, así como a los principios de la parasicología, terminaron por darle el último empujón a la osada decisión de perseguir sus propios zapatos por toda la ciudad.
  A juzgar por el color de las pisadas, éstos se habían marchado muy temprano; quizá una hora o dos antes que él, y se habían ido a pie. De manera que era más fácil seguir sus marcas. Los rastreó por toda la acera aledaña al hotel y enrumbó sus pasos hacía una tienda de comestibles. Allí había sido la primera parada. Al entrar comprobó que las huellas iban una y otra vez a la sección de helados y frutas frescas; trató de encontrar la razón, y se sorprendió con el estupendo olor que despedían. Entonces pensó, cuántas veces he estado aquí y nunca advertí semejante aroma. Sin llegar a tomar un helado lo saboreó como nunca antes. Sin siquiera comprar una fruta las encontró dulces unas, amargas otras. Complacido salió del lugar detrás de sus zapatos.
  Siguió las huellas por la acera contigua al establecimiento y subió por una escalera que conducía a la azotea de un viejo edificio. Un aire fresco le despeinó. Y un sol radiante le dió la bienvenida en el horizonte. No se había percatado de la belleza de la ciudad vista desde arriba. Parecía un sitio diferente al que había vivido por muchos años. Allí permaneció un tiempo indeterminado, el suficiente para recargar las baterías y continuar.
  Bajó la escalera y perdió el rastro por un instante hasta que por fin retomó la búsqueda después de percatarse que sus zapatos habían estado detenidos debajo de un árbol. La profundidad de la pisada así lo demostraba. De repente percibió un sonido diferente al de los automóviles y el resto de los ruidos que diariamente escuchaba. Será posible que esté soñando, pensó, o será cierto que hay un ruiseñor en aquella rama; aguzó su oído y comprobó que aquel silbido agudo que derivaba en un crescendo fuerte era el de un ruiseñor. Por eso decidió detenerse, él también, sobre las huellas de sus zapatos, y deleitarse con aquellas notas musicales que reproducían un vals de Johann Strauss.
  Tan animado estaba que olvidó que era la hora del almuerzo y continuó su persecución en ayunas. Atravesó calles y avenidas, plazas y parques. Hubo momentos en que se sintió perdido en su propia ciudad, pero la ilusión de finalizar su búsqueda eliminó el estrés que en otras circunstancias le hubiera creado aquella situación.
  Por momentos la impresión dibujada sobre el asfalto parecía no tener un rumbo fijo. Fue ese rastro caprichoso el que le condujo a la silla de un limpiabotas a cuyo lado un mendigo pellizcaba una vieja guitarra. No teniendo otra alternativa decidió darle una propina al limosnero. Luego continuó sobre las marcas y reflexionó cabizbajo; jamás había divisado a aquel mendigo allí, donde tantas veces llevó a lustrar sus zapatos.
Después de un buen rato comprobó que estaba dando vueltas en círculo, que estaba atrapado en un redondel. Por primera vez sintió pánico. Cómo es posible que mis propios zapatos me tiendan está trampa, pensó. Se detuvo un minuto, recapacitó y decidió averiguar qué había dentro del círculo.
Desobedeciendo el ruedo se internó en su centro, y al llegar vio una pequeña fuente en cuyas aguas los enamorados pedían un deseo arrojando una moneda. Entonces se acordó de la novia que le esperaba esa noche para consumar una relación de años. Aquel ritual que tantas veces había calificado de tonto, le sobrecogió de tal manera, que terminó arrojando una moneda en la fuente no sin antes pedir un gran deseo.
  De pronto una fina lluvia hizo que los transeúntes corrieran. En cambio, a él sólo le preocupaba que las huellas de sus zapatos desaparecieran. Miró hacia el cielo de un modo inusual, y dejando que el agua mojara su rostro pidió con todas sus fuerzas un milagro. No tuvo más que cerrar los ojos e imaginarlo para que la lluvia cesara.
La línea circular que habían trazado sus zapatos se acababa de romper y un nuevo rastro aparecía ante sus ojos. Era el momento de continuar tras él.
Mojado de pies a cabeza siguió los trazos dibujados en la calle. Había caminado mucho. Ya advertía síntomas de cansancio. Entonces decidió sentarse en la acera sin perder de vista la línea recta que esta vez perseguía. Desde allí constató, perplejo, que también sus zapatos habían tomado la posición que ocupaban sus pies estando sentado. Un remolino de ideas pasó por su mente. ¿Estarán mis zapatos haciendo el recorrido inverso de mis pies, pensó; andarán ellos tras las huellas de mis propios pies? Tan pronto terminó el desconcierto renació la obsesión de proseguir su búsqueda. Se incorporó, y con un impulso nervioso echó a correr tras los pasos adelantados de su persona.
  Sus pies comenzaron a hundirse. Con extrema dificultad podía correr e incluso caminar. Bajo sus plantas se extendía la blanquecina arena del litoral. Por segunda vez las huellas de sus zapatos se hacían más corpóreas y tangibles. Al llegar al mar se detuvo. Respiró profundamente, y su desesperación se trocó en expectación cuando un inmenso bando de gaviotas se acercó y voló obstinadamente sobre su cabeza diseñando las más caprichosas formas. Fue así como olvidó el motivo que lo había llevado hasta allí. Por primera vez se sintió a solas consigo mismo.
Se adentró en el mar todo lo más que pudo, cerró los ojos y dejó de existir físicamente por unos instantes. La teoría de la transmutación se convirtió en una experiencia para él.
  Su resolución de encontrar sus zapatos estaba diezmada pero no extinta. Pensó que el único camino disponible era volver sobre sus propias huellas, que ahora coincidían con la de sus zapatos.
  Sin pensarlo mucho reemprendió la marcha. Creyó que reconstruyendo lo andado detectaría algún desliz que lo hubiera apartado del verdadero trayecto. Anduvo y anduvo; esta vez más despacio. La tarde empezaba a morir. La hora de la ceremonia se aproximaba. Su ansiedad estaba a punto de estallar.
  Justo a la mitad del recorrido decidió sentarse en un banco que se encontraba en la acera. Derrotado levantó sus ojos y miró suplicante al horizonte. No se adaptaba a la idea de que todo había sido un espejismo, síntoma de un extremo desequilibrio mental en ciernes. Giró la cabeza hacia atrás, y allí enfrente de él vió sus zapatos. Para comprobarlo se acercó a la vidriera. Eran ellos, no había duda, el mismo modelo, el mismo tamaño. Entró en la tienda, los examinó con la pericia de un joyero. Y decidió llevárselos. Aprovechando un descuido de la tendera se los puso y salió corriendo. Se alejó atravesando calles y plazuelas. Eufórico gritaba, alegre cantaba. La ciudad le pertenecía como nunca antes.
  La hora de la ceremonia estaba próxima. La novia y los invitados esperaban alarmados e impacientes, mientras él, vestido con la ropa de un novio destruido, sucio y mojado, corría por la ciudad con la rapidez que le permitían los nuevos zapatos.
  Victorioso entró por la puerta de la iglesia entre exclamaciones y aplausos. Corrió hacia el altar y levantó a su novia en brazos. Todo era extraño, su tardanza, su aspecto, pero más extraño aún eran aquellos zapatos rojos que nada tenían que ver con el resto de su indumentaria. Las campanas replicaron varias veces anunciando que la ceremonia comenzaba. El enlace transcurrió como estaba previsto. Una vez terminado la iglesia quedó vacía. Afuera todos parecían felices, incluso el novio, cuyo examen de cordura había fracasado.

Nelson Llanes
(Foto: cortesía del autor)

Nelson Llanes. Nació en 1962. Es licenciado en Historia del Arte. Ha publicado críticas sobre cine, música y artes plásticas en revistas como Éxito, Miami Musical, Mundo Musical, y el Nuevo Herald. Es autor de varias obras de teatro y de una serie de cuentos inéditos. Altamonte vive en Miami.

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3 comentarios el “El peregrino

  1. Yudiany Hernandez
    19/01/2018

    EL Peregrino el recorrido de la vida q a veces lo hacemos sin ver lo bella que es ,una historia contada con la verdad plasmada , y nos alumbra el comienzo de un nuevo amanecer , gracias por una motivación sin igual

  2. María del Pilar Revilla
    31/01/2018

    Fantástico,que imaginación la del autor;maravilloso cuento donde el escritor demuestra su gran talento.

  3. Arlen Flores
    10/02/2018

    “El Peregrino” maravilloso cuento. El Autor nos hace andar junto al caminante envolviendonos en su historia. Gracias Nelson!

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Esta entrada fue publicada el 15/01/2018 por en Narrativa.
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