Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Autorretrato

NELSON LLANES

 

Yo soy un cuento venido a menos, un transeúnte efímero de tinta. Nací del deseo de mi padre- autor de más realidades que ficciones- por dejar alguna huella, y de paso ganar algún dinero. Aun así, forman mi cuerpo sintomáticos entresijos de anécdotas y jirones. He soportado la pesada grafía de las noches de insomnio, la mancha indeleble del café y el calor abrasador de la ceniza del cigarro. No fui escrito con la premura de esos cuentos que habitan en los anaqueles de supermercados y farmacias, urdidos en un día y medio, o a lo sumo en una semana. Mi alumbramiento duró aproximadamente tres meses, lo cual es un tiempo prudencial teniendo en cuenta que soy un cuento corto. Sí. Yo anduve la matriz con dolor. Ni más ni menos.
  Recuerdo el día en que mi padre me llevó a vender a la editorial de la ciudad de Ardens. Iba dentro de una maleta de cuero de armiño. Hacia un frío atemorizador. Sólo supe que habíamos llegado cuando dejé de moverme, y una luz cenital oscureció las palabras sobre el fondo blanquecino de mi epidermis. El señor editor había citado a mi padre para las 10 a.m. Y habíamos sido puntuales. Una vez que estuve fuera de la maleta fui entregado al editor con mano cautelosa. Éste se acomodó sus espejuelos, y comenzó a leerme como el biólogo que examina un espécimen en extinción. Al principio se detenía con frecuencia sobre algunas frases, pero poco a poco comenzó a no respetar mis comas y mis puntos. Pasó seis páginas de un tirón y me cerró abruptamente. Extendió su mano, me dejó firmemente suspendido en el aire, y dijo a mi padre.
  –Su historia es interesante pero no para el público al que me dirijo. No puedo arriesgarme con un cuento infantil con semejante final. ¿Me comprende usted? Mi padre asintió lacónicamente; me tomó con suavidad y me introdujo de nuevo en la cueva de armiño. Se levantó del asiento y se despidió del editor resueltamente. La oscuridad se apoderó nuevamente de mí. Por un buen tiempo no supe siquiera cómo me llamaba a pesar de que mi nombre estaba escrito con letra mayúscula. Esa mañana visitamos tres editoriales más, con similares resultados. En la última el editor en jefe sugirió a mi padre pasar por otra especializada en literatura infantil, y allá nos dirigimos. Estaba ubicada en un edificio antiguo en la periferia de la ciudad. Sus paredes posiblemente habían sido de ladrillos rojos, pero los años obliteraron el color e impusieron resueltamente el suyo. Una vez allí,
subimos por una escalera de hierro forjado hasta alcanzar el tercer piso donde se encontraba la editora. Entramos por una puerta angosta y divisamos, rodeado de cientos de manuscritos, a un señor de una intempestiva barba navideña que con una sonrisa cándida nos invitó a pasar. Mi padre tomó asiento en una diminuta banqueta de madera, y después de saludar y presentarse me puso en las manos del anciano.
  Éste, con paciencia monástica, me abrió. Lentamente comenzó a rozar mis palabras con acendrados ojos. Saboreaba ésta y aquella otra metáfora con entrenado paladar. Hubo párrafos que releyó una y otra vez obedeciendo a cada signo de puntuación con empecinada disciplina. Se fue deslizando subrepticiamente entre las páginas, y llegó al final reteniendo la respiración. Sobre mi último renglón sentí una sensación húmeda como la que a veces deja el rastro opaco de una lágrima. Cerró mi contraportada y exclamó.
  –No sé quién es usted, pero sepa que este cuento hará historia.
  El rostro de mi padre se iluminó, sus ojos dejaron de parpadear y su respiración se acrecentó. El anciano, que se percató de la reacción, se apresuró a acotar.
  –Debo advertirle que yo soy un simple distribuidor a consignación. Quiero decir, que hasta que no venda no pago. Si usted acepta esas condiciones no hay inconveniente.
  Mi padre aceptó gustosamente la oferta. Al fin y al cabo, era la única manera en que yo dejaría mi cuerpo manuscrito y saltaría a una mesa de impresión. Bajo una plancha de metal transformarían mi adolescencia en adultez. Me sentí como el gusano que abandona su piel y huye de su propia excarcelación. Era feliz, por lo menos hasta que mi padre salió por la puerta y me dejó solo en manos de un extraño. Un olor a moho y una sensación de frialdad me invadió, porque un ejército de trazas afilaba sus dientes ante el nuevo bocado inexperto. Mi prosa seguramente era más suave comparada con la de algunos volúmenes de literatura adulta que me rodeaban, razón por la que me sentí, por primera vez en mi vida, completamente indefenso ante semejantes alimañas. Esa noche, y muchas más, la pasé rodeado de ejemplares que quizás andaban por el mundo con otra cara, otro cuerpo, e incluso otro nombre; multiplicados, clonados, desparramados. Otros, estoy seguro, como no habían sido reproducidos, mantenían tras su apariencia original, una virginidad trasnochada. Éstos pareciera que contemplaban compungidos al resto. ¿A cuál de los dos bandos me suscribiría yo?
  Primero fue el vértigo cuando pasé de mano en mano, luego la vergüenza ante los extraños que abrían mis propias páginas y leían las, hasta ahora, inconfesadas intimidades; y finalmente el dolor de la tachadura, del borrón, del corte. Estaba, sin duda, en las tijeras de los voraces editores. Agonizaba. Era el preámbulo para que el gusanillo saliera de su cáscara con violencia. ¿Cuántos genes conservaría de mi padre? ¿Dejaría de parecerme a él para convertirme en cualquier otra cosa? Atrás quedaron las repeticiones intencionales de mis verbos, la adjetivación más incandescente, los símiles ocasionales; algunas parábolas desnudas fueron púdicamente vestidas sobre las elipses tendenciosas de mis puentes. Mi paisaje era otro. Yo era, en consecuencia, otro también; sobre todo cuando nací para el comercio con distinto nombre. Había comenzado a emanciparme de mí mismo. Mi esqueleto original quedó sepultado en aquella habitación donde por última vez vi a mi padre. Traspapelado, multiplicado, encuadernado, recorrí varias ciudades en paquetes de cien. Me sentía como un espejo de mil caras cuando me contemplaba a mí mismo debajo y encima, encima y debajo. Era la consagración del egotismo. ¿De ahora en adelante el mundo me conocería, y yo a él?
  Amanecí envanecido. Me sentía protegido por aquella envoltura de cartón parafinado que cubría mi intimidad con celo. Fui colocado en las estanterías de los advenedizos. No conocía a mis contemporáneos, pero a juzgar por sus apariencias no éramos todos del mismo rango. Los había voluminosos, raquíticos, y muchos, como yo, término medio. Tampoco eran iguales las cubiertas. Las llegué a ver de papel reciclado. Todos mirábamos al frente evitándonos unos a otros, si bien nuestros lomos se escoriaban en apretado forcejeo. En mi portada dibujaron una balanza, que traducía literalmente mi nuevo nombre; y en mi contraportada situaron una breve reseña de mi padre, bajo la que se escondía un deseo manifiesto de volverlo a ver alguna vez. ¿Adónde irían a parar mis hermanos gemelos? ¿Estarían, como yo, esperando la adopción? Quizá nunca lo sabría, pero la idea de que éramos iguales me hacía pensar que donde quiera que estuvieran sentirían lo mismo.
  Una tarde, mientras dormitaba, sentí que algo apretaba mi cintura. Me sacaron abruptamente del estante, me hojearon rápidamente y sin más caí de espaldas sobre el
mostrador de la librería. Alguien había pagado por mí la ridícula suma que costaba.
  Más que un ejemplar, era ya una mercancía. Salí con mi nueva dueña por la puerta. Esta vez todo estaba más claro; quizá porque me llevaba en su mano, leyéndome a tropezones mientras caminaba. La curiosidad contrajo algunas de mis letras, por lo que mi nueva titular fruncía continuamente el ceño para enfocar ésta o aquella expresión. Por primera vez me sentí parcialmente leído por alguien que no pertenecía al paralelo del libro. No estaba mal para empezar.
  Nos subimos a un tranvía y avanzamos unas cuantas millas para luego descender y adentrarnos en un populoso barrio de la ciudad. Llegamos a una espaciosa casa a juzgar por su esbelta fachada. Mi propietaria abrió la puerta, y antes que cerrara mi última página una niña de aproximadamente seis años se abalanzó gritando: ¡mamá, mamá! Me deslicé entre las manos de mi dueña y caí, esta vez, de frente, sobre el piso frio y húmedo que me transportó a la buhardilla donde mi padre me dejó a consignación. Madre e hija se adentraron en la casa, y yo quedé sobre el piso por un buen rato, hasta que un pequeño pequinés me enredó entre sus dientes y me acercó a mi destino: la niña. Fue ella la que me arrancó, con dificultad, de la boca del animal y comenzó a revisar cuidadosamente mi interior. Al principio sólo miraba el conjunto y se detenía en algunas de mis ilustraciones, pero pronto advertí que mis artículos y conjunciones eran fragmentados o repetidos con dificultad. Los sonidos de mis sustantivos demoraban un siglo. Me añadía palabras que yo no contenía. Así comprendí que estaba siendo leído por una niña tartamuda. Al principio me sentí inútil. Vi mi desarrollo dramático rebanado. Pero al percatarme que la niña insistía en avanzar por mis oraciones evitando, con mucho esfuerzo, saltarse mis renglones; así como de sus coqueteos con mis imágenes, comprendí que las horas que mi padre invirtió en redactarme no habían sido estériles. Me volví a sentir orgulloso de él y me prometí a mí mismo ser paciente para que ella completara mi historia.
  –Luisa deja ya el libro. Es hora de acostarse mi amor.
  Fue así como conocí a Luisa. Ella trataba de leerme y yo me dejaba leer.
  Transformé mis comas en punto y coma; y los puntos y comas en puntos, para hacerle más fácil la lectura. Me adapté al ritmo de la niña, y hasta juraría que amplifiqué mi letra para convertirme en un cuento mayúsculo. Terminé siendo su cuento de cabecera.
  Por la tarde me ubicaban en un librero y allí me sentía engrandecido. A veces alternaba con Pinocho quien, más de una vez, quiso salirse de su propio cuento y meterse en el mío. Otras me situaban junto a Hansen y Gretel, Blacanieves, o Pulgarcito. Muchas otras, no sé cuántas, quise conocer a La Bella Durmiente, pero siempre llegaba dentro de los cien años que duraba el hechizo. Un día Luisa terminó mi lectura y quedé por mucho tiempo comprimido entre La Cenicienta y Barba azúl. Poco a poco mis páginas cambiaron de color. Una pátina amarillenta me fue invadiendo. Mis letras se volvieron opacas e inconsistentes y mi lomo perdió rigidez. Había empezado a envejecer; sólo una cosa permanecía inalterable, el deseo de volver a encontrarme con mi padre. Tanto tiempo hacía que nadie leía mis rectas líneas que hasta yo mismo empezaba a olvidar parte de mis anécdotas. Mis ilustraciones habían dejado pequeños trozos en el camino y habían pasado a la abstracción. Me aterraba la idea de terminar siendo ininteligible.
  De repente sentí una algarabía y después un halón fortísimo que me sacó del estante.
  Varios amigos de Luisa llegaron, y venían en plan de lectura. Uno de ellos tiró sin compasión de una de mis páginas en la que un gato dormía la siesta junto a un calamar. Un dolor punzante me electrizó cuando la página se desprendió de mi columna vertebral, pero más doloroso aún fue perder aquellos dos personajes entrañables cuya amistad quedó dividida por la mitad. Antes que la sesión de lectura terminara yo estaba tendido debajo de la mesa sin varias páginas, ni ilustraciones. Empezaba ya, también, a perder mi coherencia. La mañana siguiente me sorprendió herido y desamparado sobre el suelo recio. Un denso olor a clorox, acompañado del rugido de una aspiradora invadió el lugar. Ni siquiera las trazas me habían infundido tanto pavor. Entonces pensé, si al menos tuviera cerca a mi padre no estaría tan desprotegido. Mis hojas, las que quedaban, se arremolinaban según el aspirador succionaba el aire, y sin darme cuenta la habitación se oscureció. Esta vez no estaba dentro de una confortable maleta de armiño sino dentro de una bolsa de nylon, y era arrastrado por alguien hacia algún sitio (y no iba solo). Mis protagonistas corrieron a esconderse del polvo, la mugre y los viscosos líquidos que nos acompañaban. Ni siquiera mi fuerte carátula les servía de escudo. No sé cuánto duró el recorrido, pero no fue breve en absoluto. Como si hubiera caído del cielo, salí a gran velocidad y fui a parar a un lugar descampado y maloliente donde se reunían toda clase de desechos. Allí, descolorido y desvencijado, tendría yo mi nueva casa. Sólo algunos fragmentos quedaban de mi historia. Nadie que me leyera ahora entendería algo en estas circunstancias, pero, ¿quién se atrevería a leerme así? Primero fue un pie y luego el otro. Alguien se había parado sobre mí. Era un tipo completamente desaliñado, harapiento. Con mano áspera me rescató del suelo. Me miró con detenimiento y me hojeó despacio con una delicadeza que contradecía su aspecto. No sabía quién era, hasta que vi en sus ojos una luz familiar. Me colocó en uno de sus bolsillos y continuó la marcha. No sé hacia donde se dirigía ni cual sería mi destino, pero por primera vez en mucho tiempo me sentí seguro porque iba con mi padre.
 

Nelson Llanes
(Foto: cortesía del autor)


 

Nelson Llanes. Nació en 1962. Es licenciado en Historia del Arte. Ha publicado críticas sobre cine, música y artes plásticas en revistas como Éxito, Miami Musical, Mundo Musical, y el Nuevo Herald. Es autor de varias obras de teatro y de una serie de cuentos inéditos. Altamonte vive en Miami.

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5 comentarios el “Autorretrato

  1. YUDIANY Hernández
    22/08/2018

    Una historia real , contada a través de una bella ficción, gracias por compartirnos ese lujo.

  2. Olga Echevarria
    22/08/2018

    Magnífica historia, nos hace reflexionar en las cosas más importantes

  3. Maripily
    23/08/2018

    Fantástico, propio de un gran escritor .

  4. Maday
    23/08/2018

    Bella historia con mensajes muy emotivos para reflexionar.

  5. Dayami lopez
    26/08/2018

    Un verdadero escritor con mucho talento,historias fascinantes.

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Esta entrada fue publicada el 20/08/2018 por en Narrativa.
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