Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

“Todos los exiliados somos macaos”: conversación con Manuel Pereira

MARÍA CRISTINA FERNÁNDEZ


 

La Estrella Perro, última novela del escritor cubano Manuel Pereira, acaba de ser publicada bajo el sello editorial mexicano Textofilia. Pereira, cuyo primer libro de ensayos, “La quinta nave de los locos” tuvo una magnífica acogida por parte de lectores y críticos, ha dicho alguna vez que prefiere ser recordado como un ensayista que escribe novelas. De su primera entrega narrativa, “El comandante Veneno”, Gabriel García Márquez comentó que esa era la novela que le hubiese gustado escribir sobre Cuba. Con La Estrella Perro asistimos a la transición del batistato a la revolución de 1959 a través de su protagonista Joaquín Iznaga, una versión local del gamberro niño. Como si Huckleberry Finn bajara de su balsa luego de desandar el río Mississippi y se adentrara por las callejuelas de la Loma del Angel, en la vieja Habana, y nos fuera mostrando el periplo de unos días cargados de situaciones hilarantes, misteriosas, de riesgo, de iniciaciones. Este niño humilde, abocado a vivir hacia afuera, ostenta la condición de mataperros, término de barrio para referirse al pequeño pandillero de la calle. No es la primera vez que Pereira escribe sobre este mundo y este personaje; La Estrella Perro es la continuación de un ciclo ya empezado por él en otro libro de ese mismo nombre: “Mataperros”, ganador del Premio Iberoamericano de Relatos “Cortes de Cádiz”. Aunque Iznaga no resulta ser un exponente en estado puro del mataperros, como nos hace ver el novelista al recrearnos los vericuetos interiores, la individualidad de un niño particularmente soñador, cuya existencia se complejiza al arribar a esa edad en que tempranamente lo obligan a tornarse un ser social y obligadamente activo. Recordemos cuanto de adusto tiene el mundo adulto. Pero para conocer más de La Estrella Perro conversamos con el escritor Pereira.
 
MCF: Aunque confiesas que “Mataperros” es un libro de relatos y La Estrella Perro una novela, no logro ver la diferencia entre ambos en cuanto a género narrativo. Además de personajes en común y un contexto topográfico e histórico idéntico, para mí ambos comparten la misma naturaleza, aunque me parece ver que la primera goza de mayor solidez descriptiva y La Estrella Perro se luce más en los diálogos, lo que me lleva a recordar los versos de Octavio Paz: “…para que pueda ser he de ser otro,/salir de mí, buscarme entre los otros,/ los otros que no son si yo no existo,/ los otros que me dan plena existencia…” Esto es muy válido en el personaje de Joaquín quien también encara el dilema que usted expresa de este modo: “Sin saberlo ni quererlo había nacido en una trampa, atrapado en la desgarradora dinámica entre lo colectivo y lo individual” ¿Sería acertado asumir que este es uno de los conflictos claves del personaje de Joaquín Iznaga pero también del propio Manuel Pereira?
 
MP: Mis obras no son tan autobiográficas como algunos piensan. En realidad, son ficciones con algunos ingredientes biográficos, a partir de los cuales yo empiezo a imaginar, a recrear, a reinventar la realidad conservada en la memoria, o las historias de otros. Mi memoria no es privada, ya que forma parte de una memoria colectiva generacional. Todo esto es tan fascinante y difuso como entrar en un laberinto de espejos deformantes, donde uno es todos, y a la vez, todos son uno. Unos se alargan, otros se encogen, otros engordan… como esperpentos. Sobre este tema tan debatido me gusta citar a Pío Baroja: “todo lo que no es autobiografía, es plagio”.
  En cuanto la confusión de los géneros literarios, también es una pregunta frecuente y que te agradezco mucho pues me permitirá algunos comentarios muy breves. En rigor, esas clasificaciones corresponden a los críticos, no a los autores. Personalmente me da lo mismo si es novela, novela corta, noveleta o cuentos. Lo importante para mí es que el texto fluya sin aburrir a los lectores, y que los dos libros (Mataperros y La Estrella Perro) se puedan leer por separado, como unidades independientes.
  Volviendo a los géneros híbridos, muchas veces me he preguntado: ¿Homero escribió un par de poemas o un par de novelas? Esas fusiones categoriales ya surgieron durante las primeras Vanguardias del siglo XX, y enseguida se multiplicaron, no sólo en literatura, también en teatro, en música, en artes plásticas, en cine… Ese afán de libertad, el deseo de liberarse de la camisa de fuerza de las taxonomías, tampoco es nuevo, ya lo vemos en 1500 con “La Celestina”, de Fernando de Rojas. ¿Qué es eso: teatro o novela? En 1842, el francés Aloysius Bertrand inventó el poema en prosa. En 1851 Melville introduce en Moby Dick cápsulas ensayísticas sobre los diversos tipos de ballenas.
  ¿Y qué decir de los cuentos ensayísticos de Jorge Luis Borges? La epístola se mezcla con la novela en Drácula, de Bram Stoker. Thornton Wilder hace lo mismo en Los idus de marzo. ¿Quién dijo que Los viajes de Gulliver, de Swift, es literatura infantil? Ezra Pound mezcla en su poesía mitología clásica con filosofía de Confucio y teorías económicas. La lista pudiera seguir…
 
 
MCF: Los capítulos donde el personaje decide iniciarse en las ciencias ocultas, el llamado “Extrañas formas en la azotea” o su contrapartida, “Encendiendo fósforos” colocan el espíritu aventurero del mataperros Joaquín en un plano donde ya el ámbito de la cotidianidad le queda pequeño. Por momentos hasta creo ver un guiño desde la posteridad a Lydia Cabrera, estudiosa por privilegio concedido excepcionalmente, de la sociedad abakuá y las anaforuanas, que tú incorporas deliciosamente en la novela a través del encuentro entre Joaquín y el plomero ñáñigo. Todos estos deslizamientos de Joaquín al mundo de lo mágico y lo oculto se ven desplazados cuando por imperativo mayor la vida alrededor suyo cambia abruptamente hasta que lo convierten en el recluta 231.Sirio, también llamada Estrella Perro, símbolo de quienes buscan algo en el más allá espiritual, deja de ser su interés por un tiempo y solo reaparece cuando el rencor, el odio, le despiertan un interés en la magia negra ¿ Simbólicamente pudiera leerse esto como una pérdida o degradación en general de los caminos de conocimiento a la llegada de la revolución?
 
MP: Por supuesto que es un homenaje a Lydia Cabrera. Pero también a mis vecinos y amigos en las cuarterías de la Habana Vieja. Yo tuve la suerte de criarme en un solar, y tuve además el honor de tener por vecina, puerta con puerta, nada menos que a la sobrina nieta del genial violinista Brindis de Salas. La descendiente del “Paganini negro” me alimentó en ocasiones, y bailaba para mí con sus collares, cuando mi madre estaba ausente. Así crecí, viendo sus altares, las velas, el Elegguá detrás de la puerta, y oyendo músicas y danzas afrocubanas, yo era un testigo asombrado, un curioso deslumbrado, ante todo eso. Ciertamente todas las religiones (budismo, católicos, protestantes, judíos, musulmanes, taoístas, sintoístas, animistas, etc.) contienen ese afán de huir de la cotidianidad, y esto sin duda estimula al personaje que mencionas, pero también está su ilusión de volar algún día a las estrellas provocada por las primeras lecturas de Julio Verne, por la perrita Laika en órbita y por la visita a Cuba del cosmonauta soviético Yuri Gagarin. Como ves, ahí todo se entrelaza: magia, poesía oral, tambores, esoterismo, ciencia, astronomía, tecnología espacial, lecturas de ciencia-ficción, la Guerra Fría…
 
 
MCF: La escritora Wendy Guerra, ha dicho que el cuerpo es el único espacio de libertad que tienen los cubanos. Aunque ya es un lugar común que lo sensual y lo voluptuoso, ocupen señorío en lo que pudiéramos llamar nuestra identidad nacional, en La Estrella Perro no parece ser la libertad, sino el libertinaje lo que va ganando terreno, como si este recurso fuera otra forma de evadir la ausencia de libertad, sus tremendas consecuencias. ¿Cómo lo ve el escritor Pereira, libertad o libertinaje?
 
MP: Ella tiene razón, aunque no es sólo sexo, también es música y danzas. En mis años juveniles (secundaria básica) había más libertad que libertinaje. Según parece el libertinaje ha ido en aumento, pero hace mucho que no estoy en la isla, y es difícil opinar sobre algo que no se vive en persona. En uno de mis capítulos (“Naricita Fría”) una pareja de novios baila “casino” toqueteándose hasta la fatiga y el hambre. Ahí hay sensualidad. Sin embargo, ése nunca ha sido mi fuerte, siempre me ha interesado más la dimensión poético- espiritual- intelectual de la cubanidad, una zona abismal que he procurado explorar a lo largo de ocho novelas y tres libros de ensayos.
 
 
MCF: Usted era un hombre intrínsecamente de la Habana Vieja, el contexto de este libro que nos ocupa. Allí tuvo su último reducto en ese llamado solar de los intelectuales, donde dejó libros, ensueños y fantasmas. Pero por lo que parece algo de sí aún deambula entre la Loma del Ángel, los muelles, las pocetas del Malecón. ¿En qué medida la añoranza aún marca su vida? ¿Cree que en el exilio el forastero llega a encontrar una casa que llamar propia?
 
MP: En el exilio no hay casa propia. Creo que millones estarán de acuerdo conmigo. Uno vive como el cangrejo ermitaño. Vista desde un satélite en órbita, nuestra diáspora semeja un gigantesco exoesqueleto muerto que se extiende desde Norteamérica y Canadá, pasando por Latinoamérica, hasta llegar a Europa, Madrid, Moscú… Acá afuera cambiamos de caracol con bastante frecuencia, todos los exiliados somos macaos. Por otra parte, no creo que sea mi fantasma el que deambula por esos rincones de La Habana Vieja sino el de mi madre, el de mi abuela y el de mi padre. Desde hace mucho tiempo soy un fantasma trotamundos desvaneciéndose en un mundo que es ancho, pero no tan ajeno.
 
 
MCF: Usted que ha sido y es traductor, profesor, ensayista, pintor, ha dado clases de creación literaria en 1996 a los presos en un correccional en Mallorca, ¿cree que la cultura, la enseñanza, la trasmisión de un saber, nos salva del desatino humano? Ni las estrellas rojas marxistas que pintaba Coliseo perduraron, ni las reglas de oro de Numancia eran infalibles, ¿pero tiene alguna razón para creer que aún la Estrella Perro, ese sol spiritual según los iniciados, aún brille por Joaquín Iznaga, o sea, por nosotros?
 
MP: Desde niño he sido fiel a la frase de José Martí: “ser cultos para ser libres”. Sin embargo, lamentablemente, no creo que la cultura nos salve por completo del “desatino humano”. Yo no tengo espacio aquí para tus preguntas tan inteligentes, lo cual me obliga a resumir atrozmente: la cultura eleva a algunos, alivia a otros y… enfurece a muchos, sobre todo a los burócratas. Por otra parte, no hay que confundir educación con cultura, son actividades complementarias, pero no idénticas. Yo fui alfabetizador a los doce años y cuando entré en aquella cárcel española, sentí que volvía a serlo. Por si fuera poco, también sentí que me reencontraba con los mataperros de mi infancia. Yo les hablaba de Proust y de Poe, y ellos atendían curiosos. Cumplían todas las tareas, escribían cuentos, poemas, me hacían preguntas, dialogaban conmigo en los recesos, entre ellos a veces estallaba una discusión con malas palabras que pronto se extinguía… Cuando terminó aquel taller literario, los presos organizaron en mi honor una fiesta-sorpresa. Habían desplegado en los barrotes un cartel inmenso con la frase más bella que me han dedicado en mi larga vida magisterial: NUESTROS ÚNICOS DÍAS DE LIBERTAD FUERON SUS CLASES.
 
 

La Estrella Perro (Textofilia, 2018)


 
 

Manuel Pereira
(Foto: Gabriel Martínez.
Tomada de Wikipedia)

Manuel Pereira (La Habana, 1948). Novelista y ensayista cubano. También ha sido traductor, crítico literario, de cine y de arte, periodista y guionista cinematográfico. Ha publicado las novelas: El Comandante Veneno (1974), El Ruso (1982), Toilette (1993), Insolación (2006), Un viejo viaje (2010), y El beso esquimal (2013), y Mataperros (Cuento. 2006). En ensayo: La quinta nave de los locos (1988), Biografía de un desayuno (2008) y El Ornitorrinco y otros ensayos (2008).

 
 
 
 
 

María Cristina Fernández
(Foto: cortesía de la autora)

María Cristina Fernandez nació en Santiago de Cuba y vive en Miami desde el año 2006. Tiene publicados los libros de cuentos Procesión lejos de Bretaña, El maestro en el cuerpo, y No nací en Castalia (Editorial Silueta, 2016), además de otros dos volúmenes para niños. Textos suyos han aparecido en revistas y antologías de Cuba, Estados Unidos, México, Italia y España.

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3 comentarios el ““Todos los exiliados somos macaos”: conversación con Manuel Pereira

  1. Elvira De Las Casas
    20/08/2018

    Felicitaciones a María Cristina por esta entrevista, a la que ella ha preferido llamar “conversación”. Tan interesante y amena que deja al lector con deseos de seguir leyendo, o conversando más bien, con el entrevistado.

  2. Maria Fernandez
    24/08/2018

    Gracias, Elvira. Felicidades a ti por tu nueva novela!

  3. Pingback: María Cristina Fernández: ·Interviú a Manuel Pereira· | inCUBAdora

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Esta entrada fue publicada el 20/08/2018 por en Narrativa.
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