Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La forma del galimatías

ALEJANDRO MESA

 

No hay balcones en Ahnub porque los ahnubitas gustan de una infraestructura plana y únicas habitaciones amplias por casa, con huecos por puertas y ventanas. De haberte asomado a un balcón habrás visto quizás la apariencia frontal de un alguien que de lejos se acerca y a medida que se acerca es cada vez más lejos del modo en que están lejos las cosas no frontales, y no habrás visto sus ojos cuando más cerca estaba, sino el negro círculo de pelo por cara pasar el umbral que da a las escaleras o al ascensor así como en Ahnub es imposible el encuentro de un objeto y otro, la coincidencia de sus límites en un punto de contacto. Cuando un ahnubita y otro se encuentran, jamás se encuentran y así no es necesario moverse a izquierda o derecha para dar paso y saludar porque a una x distancia comparable y similar a la distancia en que del balcón empezamos a ver desdibujada y compacta la cara de quien se nos aproxima, Ahnubita 1 verá la imagen de Ahnubita 2 ancharse y dividirse para seguir como dos la trayectoria en que, curvada y duplicada (triplicada), no coincidirán los dos, que es el mismo fenómeno que observa Ahnubita 2, dos Ahnubitas 1 perpendiculares al suelo (de Ahnubita 2) siguiendo en ambas direcciones la ancha circunferencia que ahora lo rodea. De esa circunferencia acaso y será de importancia la característica a subrayar: que segundo y tercer caminos son idénticos en apariencia al primero, o sea que el suelo parece ocupar tres distintas situaciones espaciales, cosa que tal vez facilite la comprensión del fenómeno observado por Ahnubita 3, que es la coincidencia de las formas Ahnubita 1 y Ahnubita 2, como en la intersección de sus trayectos, y en una nueva forma, oscura por la confluencia de Ahnubita 1 y Ahnubita 2 en la misma figura, atravesarse muy naturalmente y proseguir el camino.
  Para cualquier extranjero la vida en Ahnub no es lo que se dice fácil pues en principio es imposible sostener un objeto o tocar algo que no sea uno mismo o el piso, cuyo neutro y omnipresente material es la excepción de la regla y en él basan no sólo su escasa tecnología (a saber, herramientas para la construcción de viviendas -actividad infrecuente o descontinuada, puesto que Ahnub experimenta, cuando más, un irrisoriamente pobrísimo crecimiento demográfico) sino también su principio antrópico, piedra angular de su pensamiento filosófico e identidad: que esta extraña e inexplicable característica de la superficie del planeta, incluso si absurda, es y no deja de ser para que Ahnub sea, y con ella los ahnubitas puedan teorizar sobre su arbitraria naturaleza, que ellos entienden como un continuum homogéneo e indivisible incluso si modificado en pared, martillo, cincel…, excluyéndolo de su rigurosa definición de objeto, de cosa, para ellos aplicable a cuanto se ajuste a la ley, o sea todo aquello que no permita cercanías (y por extensión contacto) de todo lo que no sea el ocre compacto y liso del suelo o sus deformaciones, cuya consecuencia más directa es el concepto de la palabra “parte” como convenciones cómodas o muletillas propias del lenguaje para distinguir en lo indivisible (aquí referido a la noción misma, por tanto inmaterial)1.las apariencias menos circulares, que si bien como concepto no es clarísimo permite especular una visión circular (esférica) del universo –que no intentan replicar con su arquitectura, más de ortoedros y rectángulos como en la Tierra-, o al menos la pretensión del círculo como figura básica, quién sabe y quizás y menos creíblemente el presentimiento de una estructuración atómica del mundo, e implica, más banal y evidentemente este tipo de argumentos: que la realidad de la palabra mano o la palabra pie, o la palabra dedo de la mano o del pie, queda circunscrita, como toda “parte” a su uso en el lenguaje y no se extiende a la realidad tangible de modo que son y sólo en la palabra, limitada por la capacidad ahnubita para comprender su entorno.
  Creo pertinente señalar la siguiente curiosidad: que el aire, normalmente ignorado por el pensamiento ahnubita como la frontera de inexistencia bajo la que sus siluetas habitan, aparece como concepto solamente en sus filosofías más extremas, en las cuales es una notable exclusión de su ley natural que también explican con el principio antrópico: que el aire tiene que ser excluido de la ley porque si no rodearía al cuerpo en no-contacto, haciéndose imposible de respirar. Estas corrientes filosóficas comúnmente plantean que este aire es lo respirado; aunque hay quien replica que el aire no es respirado, sino incorporado a los pulmones, de donde entra y sale sin ser asimilado ni tocado por el organismo. Dicho todo esto, me parece estar dando a los lectores una falsa impresión que tengo que aclarar; la filosofía ahnubita, raramente escrita, es una filosofía oral, por consiguiente informal y frágil.
  Sin diferencias anatómicas apreciables, todo en ellos justifica suponerlos fisiológicamente idénticos o muy similares a los seres humanos. La idea de que tienen cerebro es universalmente aceptada (sin razones para pensar que no está en la cabeza); también su corazón: al encontrarse un ahnubita es posible escuchar, proyectado desde el par de perpendiculares que recorren sus dos cuerpos, repetida sin eco, como un impulso hidráulico la grave aliteración de sus latidos. Comparten con nosotros las mismas funciones biológicas; exceptuando la digestión, que Ahnub hace imposible, e innecesaria mediante un proceso desconocido de ósmosis planetaria que, como mi estadía demuestra, igualmente funciona para los organismos terrestres. Los ahnubitas son personas delgadas.
  Como individuo, en un ahnubita convergen la lejanía, por cosa, y la soledad de la consciencia de una lejanía ineludible, su principio identitario, a rasgos generales manifestado en una pesadumbre, un caminar más lento (en Ahnub las condiciones gravitatorias son muy similares a las terrestres) y desprovisto, ligado también a su concepto pesimista de la muerte; en Ahnub no han proliferado religiones ni creencias en algo superior, y todas sus pinturas consisten en una línea horizontal y fatalmente ocre con que sus creadores, artistas anónimos, representan la muerte, rayando las piedras en clara referencia a la Falla de Sigur, accidente geográfico que recorre y bordea la totalidad de las áreas habitadas, y a donde se dejan caer, en un inusitado ejercicio del compromiso civil, al presentir la muerte, que se les anuncia en un sueño vacío e inefable, por lo que se puede decir que en Ahnub, la causa principal (o única) de muerte es el suicidio, aunque este es un término que no existe en su vocabulario. Con el correr de los años se supone que el precipicio es al fondo una línea más o menos continua de puntos ubicuos y pronunciadísimas curvas del espacio, o en su defecto una sarta extensa y negra de millones de piernas y brazos confundidos.
  Así que en Ahnub estaba yo para mirar y presenciar un parto ahnubita (:la mujer de cabeza, piernas al cielo, liberando la forma que albergaba) y aquello de lo que me habían dicho un galimatías melódico que en vez de grito proferían. Entonces a veces, harto como estaba del orden extraño de las cosas, la locura me despertaba y, al levantarme sobre la mesa, me palpaba la cara, estirándome el pellejo en el intento de recomponer su forma blanca-roja-blanca y redibujarla en el único espejo deforme que me permitían Ahnub y sus inútiles e incapaces habitantes. Claro que esa imagen imprecisa que capturan los dedos me provocaba una especie de desconfianza hacia el acto mismo, que me parecía liviano, una farsa, estratagema teórica de una naturaleza incoherente, imposible ni en principio de sostenerse sino solo en negaciones absurdas. Todavía soñoliento y con la incertidumbre aquella, salía a caminar con el anhelo inútil de que apareciera… Durante estos paseos a los túneles, frecuentemente los interrogaba [a los ahnubistas] y así como mi voz parecía no requerir (ni permitir) modular exageraciones o esfuerzo alguno, las suyas respondían, y alejadas, sus costumbres extrañas, reflejos desfigurados de nuestras costumbres terrestres:
 

Cuando Ahnubita 1 se enamora de Ahnubita 2 no apresura sus pasos al encuentro imposible, sino al hallarle los ojos como en la misma línea de los suyos propios los rehúye en una media vuelta prácticamente marcial y espera recogido ignorarla atravesar la caída de su nuca. Y si tras un tiempo inconmensurablemente largo pero prudencialmente corto y comprendiendo al fin su patetismo, al girar y con un abrir de párpados que ni sabía cerrados (y aquí Ahnubita 1 se siente peor aún más patético) la encuentra girar la figura que ya creía desaparecida, en ella el ansioso reflejo de naturalidad calculada, al huir pasará por el hundido umbral, y abovedado, de entre dos caras lejanas, más próximas que los cuatro senos y el par de ombligos restantes, cubriendo en las manos y llevando, cómo no perfectamente escondida su erección, las suyas (si ella dice algo que no llega a pronunciar se escucha como un ruido triplicado). Se inicia así el ritual de amor y muerte.
  Ahnubita 1 repetirá el paseo y por casualidad se encontrará que el mismo suelo, replicado y replicado, nuevamente el mismo suelo les retenga las caídas y a los extremos raidos de la U en que sus cuerpos convergen (¿pero convergirán acaso?) parpadeará de tonto sus pestañas, y alternante, contra los dos rostros perdidos de Ahnubita 2 (¿serán vientre los nadires que se ocultan bajo el par de vientres paralelos y extendidos se muestran como alas de poros hinchados y pálidos, blandos y rojizos?), y al mirarla correr apartará las manos de su más que nunca desnudísima la pierna, y si lleva el anular al labio es que intenta imaginar en los quiebres alguna semejanza.
  Sí cómo no, volverán sobre el mismo, patético rito que a él le han advertido y al enésimo encuentro y cuando casi se presuma que el lugar habrá de pixelarse, que también sus cuerpos podrán desvanecerse como luces borrosas de gastadas, transformándose en un iris de colores opacos, ella inclina el torso sus dos torsos, y ladeando el cuello hurga entre la negra antorcha de sus vellos como quien se quita el blúmer (exactamente como si se quitara un blúmer) para estirar presionando, para que él vea sus flecos, los que pueda, ¡rojos flecos enredados! Él revela el miembro y le descubre el glande, violáceo bajo las capas de ocre, esa parte indefensa en que se le estrangulan las venas. A ese ingenuo instante, en que se deleitan embebidos en la visión del interior del otro, y aunque ese instante desaparezca enseguida con la comprobación de que no saben qué hacer, que no pueden hacer nada… Ellos le llaman a eso “hacer el amor”.
  Y cuando Ahnubita 1 le revise los ojos a Ahnubita 2, entornando su cabeza hacia los cuatro espejos, vacío será, y doloroso el reflejo de los suyos propios, que no querrá volver a ver jamás. Prosigue entonces, como si el camino no se hubiese interrumpido, por la línea larguísima de cuarenta días sin dormir, de andar sin parar y no dormir, y la noche, tan ocre y luminosa como el día, en que el sueño le reviente y caiga contra el único continuum tangible que conoce, lo sabrá. ¿Será la misma línea horizontal y recta de sus pinturas, una inmensa serpiente de cuerpos podridos y calcinados esqueletos, o un inmenso espacio de fractales negros la imagen que lo anuncie? Al despertar se dirige a la Falla de Sigur y para siempre…
  Se da el caso, infrecuente, en que Ahnubita 2 concibe; a través de un mecanismo homólogo al nuestro que se ha llegado a comparar con la superposición frontal de dos espejos en que la imagen resultante es la matrioska ad infinitum de un espejo en otro, así como es sabida la semejanza física de Ahnubita 3 con Ahnubitas 1 y 2, y por consiguiente la paterna autoría de Ahnubita 1.2
  Según los ahnubitas, la gestación no es el proceso de formación y crecimiento del embrión, sin que ello implique la creencia de que el feto no se ha formado todavía o que en el parto surja espontáneamente creado, y sí la consecuencia inevitable e intermedia de la aparición de un concepto que se refleja primero y retroactivamente como un cambio en el objeto precedente, continuo en su metamorfosis a madre (e incluso esto no es suficiente como para implicar que los ahnubitas no conciben al tiempo como la misma línea unidimensional que nosotros). Cada nacimiento es un bautismo espontáneo en que la palabra, la palabra que simplificarán con un nombre, surgida la palabra en el reverso (¿pero primigenio el reverso, o revés que delimita el ocre al redimensionarse en una séptima pared, perpendicular y paralela a las otras?) al cernirse, funge la mortecina carne, pellejo endeble y sangre enlatada que se mueve y llora, patalea y llora. También existe la creencia, poco generalizada, de que el embarazo es un caso especial del principio antrópico y que el feto es, y de hecho, ente desde su concepción y que, duplicado, ensancha el vientre de la madre.
 

Mi lugar favorito de Ahnub eran los túneles de las afueras, cuevas naturalmente cilíndricas que al convergir se ramificaban en bóvedas más profundas e igualmente resplandecientemente ocres y lisas, como si su naturaleza y la de todo el planeta fuera de un origen ígneo. Este es el único lugar en que ejercen su escritura contra la pared curvada en suelo-pared-cielorraso, rayado a punta de alfileres de piedra en formas ordenadas pero toscas de nuestro abecedario. Esta era toda su literatura, declaraciones y pensamientos escuetos junto a bestiarios aberradísimos que ocupaban varios pasadizos, entre los versos olvidables de poetas sin nombre. De todo eso que pude leer de las galerías que tuve tiempo de recorrer, un solo texto me pareció salvable; su autor, quien además sería un pintor formidable, delimitó el final con una raya, que además serviría para diferenciar de los otros textos su relato que comienza con el sueño mortal de un joven y enamorado ahnubita al que, en vez de un sueño, le suceden dos: en el primero por supuesto se le aparece la muerte, como una pantalla ruidosa “perfectamente lisa y oscura, por su centro irradiada y extendida al infinito, al borde sin dorso (como una mano que desaparezca al cerrarse3) de la circunferencia creadora de vértices” y triángulos.
  El segundo sueño es una alucinación, una idea: la fabricación de un artilugio improbable que no he visto realizado y se me antoja un tanto incómodo por lo áspero del material en cuestión. Es descrito como una especie de báculo, sistema dual con un sencillo mecanismo de frotación –inserción para los extremos: extremo A una punta redondeada y convexa – extremo B un orificio cóncavo que permitiría a distancia lo que de otra manera sería un rito de naturaleza onanística: la inserción del miembro de Ahnubita 1 en extremo B para recibir y provocar el movimiento y frotación de Ahnubita 2 con el extremo A.4 Aunque la creación de este báculo tendría implicaciones teóricas que el autor no aborda. ¿Si Ahnubita 1 y Ahnubita 2 ocupan el mismo lugar, extender el báculo hacia Ahnubita 2 no significaría extenderlo a la nada? ¿Cómo extenderlo entonces…? ¿Hacia uno de los reflejos perpendiculares5 que de Ahnubita 2 percibe Ahnubita 1? A mí sólo se me ocurre una solución poética, carente de todo rigor: que al dirigir el báculo a Ahnubita 2, confluirá y simétrico en Ahnubita 1 su propio reflejo, multiplicándose radialmente como Ahnubita 2, y que se harán el amor infinitas veces transformados en un círculo infinito y ocre.
  Y al amanecer, nos cuenta, no continúa hacia la Falla de Sigur, puesto que pretende regresar el ahnubita. Tiene mucho que tallar y que pulir… Pero atravesando el desierto, planísimo desierto sin arena y ocre, en el mudo desierto otros pasos hablan, más pesados que los suyos, ligeros y sordos…
  Es la muerte, que ha adoptado su apariencia de bestia y vestida con la silueta familiar de un ahnubita (lo que nosotros llamaríamos una silueta humana), desprovista de piel su áurea, líquea y cristalina superficie en que brilla sin vida la noche, como un mosaico de “luz sin movimiento”, acecha y el horrorizado ahnubita, más veloz incluso que su propio cuerpo (“que jamás tuvo chance de escapar a la bestia”), corriendo se atraviesa la frente por el estrecho túnel que han formado sus dos ojos superpuestos.
  Llega a una habitación rectangular y vacía, compuesta por cuatro largos pero angostos pasillos que bordean otra habitación central y hermética (o columna desproporcionada). Al girarse, el protagonista comprueba la persistencia del monstruo que avanza sin pisar, e inertemente, por la lengua que iluminan el par de ojos invertidos (en algún punto escribe: “feroces, gigantescas pestañas que miran al contrario sentido de las cosas”), así que decide recorrer los pasillos y, despistada la muerte, huir por donde mismo entró. Pero al término del primer recorrido se encuentra con que no hay puerta donde antes la había y en su lugar, como si jamás hubiese habido puerta alguna, se extiende y dobla la pared en aquella habitación autocontenida.
  Entonces, se nos cuenta, el ahnubita huye, eternamente volviendo sobre los mismos corredores, siempre perseguido por la muerte y tras un tiempo infinito de duración infinita en que lo ha soñado todo6 y ha imaginado todos los mundos, reales y no, y todo lo ha sabido de esos mundos creados, de modo que lo sabe minuciosamente todo, incluso del universo real de más allá de las paredes, nadie viene y Dios7 el ahnubita se detiene a contemplar, sin ojos, su cuerpo nocturno y estrellado, sin rostro ni piel.
  De vuelta de una de estas exploraciones de cuando ya no creía que Ahnub tenía nada nuevo que ofrecerme y en el ánimo me pesaba eso de tener que regresarme a mi planeta, que en definitiva era el mismo sentimiento triste de siempre, del que me defendía pensando que se había hecho todo lo que se podía hacer, uno de esos días finales me sorprendieron en el valle (a decir verdad, el desierto) lo que al momento interpreté como variaciones climáticas (en mi experiencia atípicas en Ahnub), acompañadas de tantos estímulos sonoros como visuales: la luz, que también en Ahnub tiene la apariencia de un etéreo continuum pareció solidificarse (no factualmente porque siguió conservando su cualidad de permeable) como una extensión plana, ajena a las superficies, que independientemente de este fenómeno conservaban su apariencia natural.
  También se curvaban los objetos (aunque la verdad en Ahnub no hay mucho que entre bajo esta categoría fuera de la domesticidad del interior de una habitación, y en la llanura ondulante del desierto el efecto era observable, solamente, en el desierto mismo y esas partes de mí que me quedaban a la vista), haciéndose cóncavas las cosas convexas y viceversa.
  Al tiempo que ocurría esto, un sonido ubicuo, como que compuesto de un millón de sonidos, aumentaba y disminuía, vibrante, sin otra explicación que la de ser producido por la totalidad de las estrellas, algo impensable en nuestro planeta, e incluso en Ahnub si algún día se demostrase que las leyes de la Física le son aplicables también. A este sonido se le unía otro, inconstante, que al escuchar me provocaba la sensación absurda de que, aquí y allá, el mundo se partía en pequeños fragmentos que se perdían en la nada, desapercibidos. “Poco a poco y a pedazos también Ahnub se desaparece”, pensé yo. “Imagino entonces que en un millón de años los futuros ahnubitas no solo estarán hechos de carne, sino también de huecos. Ay, ¿existirá Ahnub en dos millones de años?” Entonces aparecieron las flores, que surgían giratorias y oscilantes, en racimos de fractales de flores movedizas y ondulantes, distribuidas (¡y a racimos!) como si Ahnub…, el suelo, fuese la playa sin costa, cristalina y ocre (¡sin costa la playa y de mar solamente!) de flores por algas que ubicuamente esparcidas superpusieran al agua una costa sólida y las olas degollasen en curvas el pulido cristal de algas verdes: tupido fractal de flores líquidas.
  Entonces se me ocurrió la idea comiquísima de seguirlas porque, además de girar, las flores se movían arrastradas por una lenta corriente que yo dejaba atrás siempre. Las líneas antes paralelas de la corriente comenzaban a estrecharse y, al final del triángulo sin borde, pisaba los pétalos que en ella convergían una mujer desnuda que al andar se derramaba y, oscurecido el ocre en los lindes en que pendía su carne, que amenazaba con desprenderse del vientre, reventándose en una alfombra de luz dorada y sinuosa, se me hacía fácil imaginarla pálida bajo un cielo y un sol terrestres.
  Como en Ahnub no son comunes los pilares ni las colinas, tuve que inclinar la cabeza para ocultarme, disimulado yo también entre las flores, y mirarla entornando mis ojos cuidadosamente. Más allá de mí, su mirada se perdía en un infinito cuando, al levar las piernas, dejó caer los brazos lánguidos y como si hubiese tenido que situarlos paralelos a las piernas, con la cabeza sosteniendo el cuerpo, sobre la lisa superficie del estanque de ocre cantaba la grulla, musitando, una canción sin palabras ni sentido. Así paren las mujeres ahnubitas.
  Mis limitadísimos conocimientos de música hacen imposible que declare algo en cuanto a la naturaleza melódica del galimatías. Supongo que sí, que tal vez y cada cierto tiempo alguna estructura pudo haberse repetido, como una versión inintencionada, más casual que la música terrestre, pero la naturaleza misma del galimatías hace difícil afirmar que se trate de una manifestación musical. En cambio, al escucharlo, me quedaba la impresión de que el galimatías duraba un instante, que su existencia estaba limitada a la brevedad de una nota aislada que desaparecía enseguida, cuando una nueva nota desaparecía también y así su forma, las figuras que en el espacio le correspondían se sucedían inconexas. ¿Significaría esto que el galimatías, carentes las notas de toda unidad, no existía nunca o será que sí existía tan efímeramente como las figuras?
 

Este fenómeno acústico, como ocurrió, se resolvió en tres fases observables:
Fase 1
El galimatías tomaba forma de círculo, de manera tal que a cada variación del sonido le correspondía una variación geométrica (hasta cierto punto imperceptible, ¡pero tan obvia! -o sea, aunque las magnitudes del círculo, que ni se agrandaba ni se empequeñecía ni vibraba, se mantenían constantes, su forma invariable se acomodaba al sonido como si su forma concéntrica fuese, de hecho, una figura nueva-).
Fase 2
El centro del círculo, que era un espejo y un punto a la vez, y como todo punto no existía del todo, se difractaba en dos puntos que eran cada uno reflejo del otro en una simetría inestable que, instantáneamente, dio lugar a un tercer punto y una segunda figura de naturaleza más estable. Se iniciaba así la etapa triangular.
Fase 3
El grávido reflejo de aquel punto que se alzaba sobre los otros dos cayó más abajo del suelo; así, sin estridencia alguna, el triángulo se transformó en un rombo cuya luz me resultaba igual de insoportable.
 

Entonces, y como el círculo no había dejado de ser círculo y el triángulo y el rombo eran a la vez rombo y triángulo y círculo, estas figuras, que eran distintas e idénticas, se superpusieron todas en una cuarta figura ocre más familiar, humana: había nacido; desde allí, erguido sobre el aire, miraba sin mirar y sin miedo, que es así como se mira cuando no se ha visto nunca. “Su existencia”, pensé yo, “no se parecerá a la mía.” No he visto jamás otra cosa semejante.
 

27 de julio de 2018

 
 
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1 Aunque la distinción entre lo material y su indivisible inmaterial es confusa, o queda solamente supeditada a improbables y específicos ejemplos teóricos como la paradoja del manco (yo por mi parte no estoy enterado de la ocurrencia real de amputaciones o desmembramientos y, como no se manufacturan cuchillas, parece improbable que un ahnubita se rasure) en que un hombre que se asestase al brazo un tajo con una espada virtual (no se tienen registros históricos de la fabricación de alguna), quedaría dividido en dos y sería en esencia el mismo hombre, o uno nuevo resultado de la división de la esencia inicial hombre-completo en dos: mano, anteriormente parte, y hombre-incompleto; en ambos casos se implica la posibilidad de la transformación de un elemento parte en un elemento cosa. De aquí sale una subparadoja que es la del encuentro del manco y su mano: ¿cómo la ley reconoce a lo que era parte como cosa de modo que el manco no pueda volver a recoger su mano?, que si ellos explican con su principio antrópico, no dejan de reconocerle el potencial para múltiples consideraciones teóricas y creen que ese es el rumbo para el futuro de la ciencia.
2 A falta de un historial de censo (así como de Historia en general) es imposible rebatir o aseverar la afirmación de que a tal ritmo (¿un embarazo máximo por cada Ahnubita 2 o no?) quedarán extintos eventualmente, y que Ahnub fue una vez un planeta pobladísimo y bullicioso. Tampoco se tienen datos de su esperanza de vida.
3 El símil no aparece acotado ni yuxtapuesto en ese orden en el texto original.
4 Algunas modificaciones pudieran incluir, en mi opinión, la curvatura de extremo A para permitir su inserción.
5 ¿O literalmente, físicamente ubicuas existencias?
6 Perdonen que omita aquí las exuberantes descripciones que en el texto original aparecen de esos otros mundos y coherencias, por incluirlas íntegramente en otro texto que presento como mío: “Dos cósmicas criaturas de un cosmos diferente dialogan por segunda vez eternamente”, con un mínimo de variaciones, pero que mantiene la idea original, acaso ingenua, de que en un lapsus infinito de tiempo, todo tiene que ocurrir.
7 Si bien no se emplea esta palabra, que es otra licencia literaria mía.
 
 

Alejandro Mesa
(foto: cortesía de Editorial Silueta)


 

Alejandro Mesa (La Habana, 1994). Ganador con sus relatos de los Encuentros Provinciales de Talleres Literarios de La Habana: segundo lugar en 2005 y 2009, y primero en 2007. Incluido en la antología S.O.S. Ternura (Ediciones Extramuros, 2008). Mereció el Premio Especial Ediciones Extramuros 2009 y el Premio Especial de la Asociación Hermanos Saíz en el Encuentro Provincial de Talleres Literarios de 2012. Ha publicado El descenso (Poesía/Cuento. Editorial Silueta, 2016). Poemas y narraciones suyas han aparecido en diversas revistas literarias. Tiene inédito la novela “El desmemoriado”.

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Esta entrada fue publicada el 24/11/2018 por en Narrativa.
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