Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La resaca

NELSON LLANES

 

Cuando no sabes que te has muerto, la vida –con ciertas limitaciones– continúa siendo un festín. Efraín Cisneros, aficionado a la bebida, el canto y el baile, acababa de fallecer para familiares y conocidos, pero no para el resto del mundo. Aún en su propio funeral, se preguntaba el porqué de tanta aflicción. Aburrido del espectáculo atroz –así lo consideraba él– que presenciaba, se levantó de su ridículo cajón –otra opinión suya–y salió a tomarse un café. Una vez fuera, decidió no regresar a aquella especie de bautizo, cuyo background era un murmullo inadecuado y ensordecedor. Sabía, obviamente, que algo extraño había ocurrido para que lo hubiesen amortajado como un difunto. Pero como era o había sido (el autor aún no lo ha precisado) un hombre tan despreocupado, no le interesaba indagar qué clase de falacia era aquella en la que se veía envuelto. En consecuencia, le dio la importancia que le merecía, como resultado de una irreflexiva consideración; y después del café, se fue por un trago a un bar cercano. Llegó a Brisas Club y, una vez frente al bartender, pidió un whisky doble. ¡Cuál no sería su sorpresa cuando al llevarse un sorbo a la boca notó que aquello no sabía absolutamente a nada! Pensando que el whisky estaba adulterado, pidió una línea de ron añejo. Ocurrió exactamente lo mismo. Finalmente, trató de conciliar el sabor de una cerveza y sospechó que había perdido el sentido del paladar. Entonces empezó a preocuparse, no sin antes pensar: “Si de verdad me he ido, debo averiguar qué otras anomalías registra mi cuerpo”. A la salida del bar, confrontó a un desconocido que estaba aparentemente borracho, y poniendo una mano en su hombro, le preguntó:
–Amigo, ¿a qué le supo la bebida que ha tomado?
Unos ojos empapados en etilo le miraron esquivos. Efraín le sacudió torpemente –esta vez con ambas manos– y repitió la pregunta.
–Supo bien –dijo el bebedor, y se apartó.
Volviéndole a restar importancia al asunto, se dispuso, como era domingo, a buscar un lugar donde almorzar. Tomó un autobús y se bajó en una zona de notable animación. Después de caminar un poco, creyó conveniente entrar en un sitio al aire libre, especializado en pescados y mariscos. Llevaba un rato allí y le resultó extraño no percibir ningún olor relacionado con la cocina marina. Necesitaba un sabor y un olor fuerte para constatar si había alguna relación entre la pérdida de ambos sentidos. Seleccionó entonces un filete de tiburón, célebre por poseer ambas cualidades. Una vez que el camarero se lo sirvió, lo engulló con el apremio del que persigue un tesoro escondido
–nótese que para él así resultaba, y de esto da fe el autor–. Decepcionado, dejó caer el tenedor y el cuchillo de sus temblorosas manos. Salió de allí un poco más preocupado que cuando bajó de su ataúd, pero nuevamente decidió dar el asunto por zanjado. Al menos respiraba, veía, escuchaba y se dejaba escuchar por muchos; excepto por familiares y amigos. “No es que no me vean, sino que lo creen imposible. Eso es más que suficiente para producirles un estado de ceguera
permanente”, pensó.
Faltaba exactamente una hora para que la vida nocturna, trepidante los domingos, levara anclas. Cuando comienza es fácil identificarla, pues el bullicio suele hacerse contagioso, como esas llamadas del ritmo que arrastran a los incautos. Con cierto pesar –tenía razones para sentirse así–, se acercó a un sitio que se había adelantado a la hora y ya expelía música bailable a un volumen apabullante. Allí permaneció un buen rato, intentando dibujar el ritmo con sus pies, pero le asistía un asincronismo tal, que lo que entraba por sus oídos no era registrado en absoluto por sus piernas. “Debo estar perdiendo todos los sentidos vinculados al placer”, reflexionó con más seriedad. De cualquier manera, se sentía vivo y eso le reconfortaba. Algo atormentado, se alejó de aquel sitio y quiso someterse a un último examen, al menos por esa noche. Trató de hallar un lugar donde se pudiera cantar acompañándose uno mismo. Sabía cuáles eran los sitios donde esa actividad se permitía, pero tratando de pasar inadvertido, se dirigió a uno en el que no había estado nunca. Ello eliminaba la posibilidad de toparse con conocidos. No había caminado mucho cuando ya se encontraba en el umbral de uno de esos parajes de música en vivo para cualquiera que se atreviera a parecer obtuso. Era una especie de café cantante con un escenario sobre el que pernoctaban un viejo piano de cola y una guitarra. La concurrencia era todavía escasa a esa hora. Cisneros estuvo tratando de afinar la maltratada guitarra para parecer lo mejor posible cuando estuviera más lleno el local. En cuanto ese momento llegó, el público lo animó a iniciar su sesión. Desafinado, semitonado y, lo peor, arrítmico, trató de cantar una canción que había sido siempre su sello de presentación, logrando únicamente farfullar algunas líneas. El público fue más tolerante que él cuando tiró la guitarra con desdén y, poco antes de que se quebrara su voz, se marchó.
Impaciente y cabizbajo, caminaba repitiendo varias palabras sin cesar. Solo algunas consonantes, las más fuertes, le resultaron reconocibles: Mmmmm, Tmmmm… Las vocales se perdían por completo, al punto de que dejó de entenderse a sí mismo. Era como si el débil motor que todavía movía su razón estuviera a punto de expirar. Trató de preguntar algo, en dos ocasiones, a los transeúntes; pero solo barboteaba. Ni siquiera una especie de dialecto improvisado generaban sus cuerdas vocales. Afligido esta vez, se echó a llorar. Con avidez comenzó a buscar un espejo porque no sintió sus mejillas cuando trató de enjugar sus lágrimas. Fue en la negra pared de granito de un banco, de cara al poniente, donde gracias al reflejo de las luces, pudo ver su rostro parcialmente desdibujado. Entonces no tuvo dudas: el proceso de descomposición había comenzado aceleradamente. Apresuró el paso buscando el ómnibus que lo llevaría de vuelta a la funeraria. Prefería tener un deceso más digno en aquel cajón gris con incrustaciones de latón, que simulaban antiguos aldabones de bronce, a perecer en una calle cualquiera. Con suerte –aunque el autor considera que a esta altura poco o nada debe considerarse así– tomó el autobús. Durante la marcha, dejó de sentir otras partes del cuerpo, las cuales ni siquiera podía localizar con sus amodorradas manos. En cambio, las piernas le sirvieron para mantenerse erguido y descender cerca de la funeraria. A ella se encaminaba cuando advirtió con exhausta nitidez que el cortejo partía. Se apresuró y, con el ánimo que le quedaba, procuró vulnerar la puerta trasera del carro fúnebre sin resultado aparente. Varias veces trató de penetrar por puertas y ventanas; por todas. Creía golpear con fuerza inaudita, pero una brisa ligera fue la respuesta a aquel desaforado intento. Una lluvia intempestiva se encargó del resto.
 
 

Los cazadores de nieve
(Editorial Silueta, 2019)

Los cazadores de nieve (Editorial Silueta, 2019), de Nelson Llanes, será presentado el 12 de septiembre de 2019, a las 8:00 p. m. en el Miami Hispanic Cultural Arts Center, 111 SW 5th Avenue, Miami, FL 33130. La presentación estará a cargo del escritor Luis de la Paz.
 

Nelson Llanes
(foto cortesía del autor)

Nelson Llanes Nelson Llanes (1962). Graduado de Historia del Arte. Ha publicado artículos sobre artes plásticas, cine y música en diferentes medios. Es autor de varias obras de teatro. Actualmente reside en Estados Unidos.

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Esta entrada fue publicada el 29/08/2019 por en Narrativa.
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