Revista Conexos

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“Los abuelos malditos” de Manuel Pereira y el ojo de Bataille”

MARÍA CRISTINA FERNÁNDEZ

 

En su último libro, publicado hace escasos meses por Ediciones Surco Sur, el escritor Manuel Pereira se pregunta mientras recuerda a Rimbaud: “¿Y quién es ese otro que nos habita, reprimido en lo más recóndito de nuestro inconsciente?” “Los abuelos malditos” es una compilación de ensayos escritos en los tres últimos años entre Ciudad México y Cuernavaca. El primero, que da título al libro, es el más extenso y abarcador; a los dos que siguen les ha nombrado “apéndices” y giran en torno al controvertido Marqués de Sade. No es la primera vez que un escritor se aventura a escribir sobre la relación entre trasgresión y literatura, por llamarlo de algún modo. En fecha hoy tan lejana como 1896 Rubén Darío escribe “Los raros”, por donde desfilan sensibilidades literarias extravagantes como Edgar Allan Poe junto a Leconte de Lisle, Paul Verlaine y el mismísimo José Martí, rareza nuestra. En el año 2011 el español José Ovejero publica sus “Escritores delincuentes”, pero en este caso el interés está en registrar una sucesión de vidas perdidas y muy malditas que de un modo u otro tuvieron que enfrentarse al largo brazo de la ley. A Pereira parecen importarle por igual los frutos del pecado literario tanto como los pecadores, aunque obviamente se trata de una relación de retroalimentación.
  Habanero residente en México desde hace unos años, ha elegido comenzar su libro con una reflexión que será clave para entender lo que nos augura en su lectura: “Las raíces del mal se pierden en la noche de los tiempos. Para Georges Bataille su forma literaria posee ‘un valor soberano’, agregando que “esta concepción no supone la ausencia de moral, sino que en realidad exige una hipermoral”. Es esa hipermoral la que parece haber inspirado a ciertos creadores a saborear y hasta intentar repartir los frutos de la trasgresión de la noción cultural y manida del bien. Si como apunta Pereira al referirse al pensamiento gnóstico, la materia es corrupta, corruptible y corruptora per se, ¿no resultaría hipócrita no reconocer que ha sido el concepto cultural del mal, quien haya puesto traspiés sucesivos a la supuesta perfectibilidad humana, como si al remover nuestras presunciones dejáramos actuar a nuestra naturaleza? ¿Puede haber perfectibilidad en la materia luego de saber que cualquier expresión de pretendida pureza es una entelequia? ¿O estamos dispuestos a asumir que el hombre en su recorrido existencial habrá de parecerse a su sustancia y por ende, habrá de corromperse, adulterarse; en una palabra: trascenderse? Cabría citar aquí al Conde de Lautréamont cuando escribió: “Soy hijo del hombre y la mujer, según se me ha dicho. Eso me extraña. ¡Creía ser más!”
  El primer abuelo maldito que Pereira reconoce en su libro-ensayo es el poeta Francois Villon. “Su expediente delictivo es tan profuso como su obra poética…” La lista de rebeldes o hipermorales se va ampliando con nombres que van desde Pietro Aretino, gran fustigador de sus contemporáneos pasa por Enmanuel Swedenborg, el llamado Buda de Occidente, los poetas ingleses del Cementerio, Jonathan Swift, Pierre Choderclos de Chaclos, el propio Goethe, Thomas de Quincey… En estos descendientes del perverso ADN de Villon, el tema del mal se hace sustancia sustanciosa, convincente. No falta Baudelaire y sus “Paraísos artificiales”, la mítica ballena de Herman Melville, y por supuesto, este Conde de Lautréamont a quien corona como “el más maldito entre todos los malditos”. Las influencias del autor de los “Cantos de Maldoror” son tan poderosas que el movimiento surrealista lo considera como su mayor inspirador y nuestro ensayista llama “fórmula para apreciar la belleza desde un novedoso ángulo rupturista” a su sentencia:“Bello es el encuentro casual en una mesa de disección entre una máquina de coser y un paraguas”. En la mesa de disección que Pereira ha instalado se tocan de cerca Apollinaire, Franz Kafka, Raymond Radiguet, Lovecraft, Hesse, o George Bataille. De este último dice el autor: “Después de Sade, nadie ha ido tan lejos como Bataille. Nadie ha superado esa elevada temperatura de perversidad con una prosa tan pulcra, con tal despliegue de recursos expresivos y esa cosmogonía que metaforiza al ojo comparándolo con el huevo, con el sol, con la tierra, con el testículo, con el ano”.
  La lista continúa, pero para empaparnos bien de quiénes están en ella hay que leerse “Los abuelos malditos”, donde descuellan nombres como Henry Miller, Nabokov, Jean Cocteau, Thomas Bernard, junto a escasos exponentes femeninos, entre ellos Clarice Lispector o Marguerite Yourcenar. Ocasionalmente hay saltos a las artes visuales (El Bosco, Max Ernst, Duchamp, Man Ray), incluyendo el cine. Pereira, que además de pintor es un gran cinéfilo, no pasa por alto el legado de Nosferatu, Drácula o del hombre elefante de David Lynch, que se aproximan a este tema desde otros flancos. Este trío de ensayos nos actualiza y nos refiere a ese otro mundo que cada vez parece quedar más en el dominio de ciertos entendidos. Recordemos que en el capítulo 11 de “Rayuela”, Gregorovius le pregunta a la Maga si conoce al Conde de Lautréamont y ella responde con una pregunta que repite el nombre mencionado, haciendo notar que del Conde del Otro Mundo no sabía nada.
  El Marqués de Sade tal vez corra mejor suerte cuando se le nombra, no porque se le conozca en profundidad sino porque su vida escandalosa levanta más atención y su “Justina” es más morbosa que los “Cantos de Maldoror”. Pero Sade es mucho más que un pervertido en las artes sexuales; sus escarceos con la política, la filosofía, son tratados por Pereira en los ensayos últimos del libro, llegando a decir: “Rebajar el espíritu del enciclopedismo a los laberintos de la concupiscencia es una de las mayores ironías del Marqués de Sade, algo más interesante que las posiciones sexuales (casi picassianas) que adoptan sus protagonistas. Estamos ante el racionalismo convertido en epicureísmo: una moribunda utopía de la oscuridad”.
  Es hora de agradecerle a Pereira el que, aún sin que mediara su voluntad, a mis manos llegaran algunos títulos de autores que hoy sé que para él conforman el linaje de los abuelos del mal. Fue luego de partir él de Cuba, y viviendo yo en esa época en la casona de Mercaderes#2, que su madre me invitara algunas tardes a tomar el té y conversar. Para mí que había leído con suma curiosidad el libro de ensayos “La quinta nave de los locos”, publicada por Letras Cubanas antes de que el escritor se marchara al largo exilio, entrar a esa buhardilla de dos habitaciones en el entresuelo y sentarme frente a esa mujer que fumaba un cigarrillo y hablaba de gatos mientras se despojaba de su flamante blusa de alforzas y encaje richeliu, era saborear lo insólito. La señora, personaje de algunas de sus novelas, sabiendo que yo leía me permitió llevarme la colección de Marcel Proust, los poemas de Cavafis, entre otras joyas literarias. Sin la partida a Europa de su hijo Manuel y varias tazas de té de por medio, nunca hubiese leído “El mago” de John Fowles” o “Al revés” de Huysman. Sin saberlo y desde una época ya perdida en la noche de los tiempos, entre Pereira, los escritores malditos y yo se iba tejiendo una sutil conexión que me lleva hoy a reconocerlo como un importante inseminador de saber, un instigador cultural.
  Claro que no sabía entonces que al sentarme en lo que fue su estudio en la Habana Vieja y contemplar esa ventanita ojo de buey que comunicaba su vivienda con el misterioso mundo de tradiciones que era el seminario de San Carlos y San Ambrosio, estaba yo en presencia de un simbolismo que tardaría años en revelarse. Ese ojo de buey podía ser incluido en esa cosmogonía que metaforiza el ojo según George Bataille, cerrando un ciclo perfecto donde la materia es igualmente apreciable en su partenogénesis que, en su descomposición, y el ojo que sacraliza es igualmente apreciable que el ojo que expele los residuos del vivir. Habría que preguntarse entonces por qué si no, hace ya unos años Manuel Pereira publicara una novela llamada “Toilette” donde su protagonista, el pintor Lucio Gaitán se consagra a la búsqueda de un inodoro arquetípico como otros buscarían el Santo Grial o un buen premio en la lotto. ¡Malditos escritores que no descansan cuando el mundo tiende pasivamente al sopor! Tal vez si se dedicaran a otra cosa pudiéramos sentir al mundo apaciblemente bostezar.
 

Los abuelos malditos.
(Editorial SurcoSur, 2019)


 

Para adquirir un ejemplar de Los abuelos malditos (Editorial SurcoSur, 2019), pinchar en el enlace: https://www.amazon.com/abuelos-malditos-Spanish-Manuel-Pereira/dp/1733982019/ref=sr_1_2?keywords=manuel+pereira+los+abuelos+malditos&qid=1566869775&s=gateway&sr=8-2


 

Manuel Pereira
(foto: cortesía del autor)


 

Manuel Pereira (La Habana, 1948). Novelista y ensayista cubano. También ha sido traductor, crítico literario, de cine y de arte, periodista y guionista cinematográfico. Ha publicado las novelas: El Comandante Veneno (1974), El Ruso (1982), Toilette (1993), Insolación (2006), Un viejo viaje (2010), y El beso esquimal (2013), y Mataperros (Cuento. 2006). En ensayo: La quinta nave de los locos (1988), Biografía de un desayuno (2008) y El Ornitorrinco y otros ensayos (2008).
 

María Cristina Fernández
(foto: Eva M. Vergara)


 

María Cristina Fernández nació en Santiago de Cuba y vive en Miami desde el año 2006. Tiene publicados los libros de cuentos Procesión lejos de Bretaña, El maestro en el cuerpo, y No nací en Castalia (Editorial Silueta, 2016), además de otros dos volúmenes para niños. Textos suyos han aparecido en revistas y antologías de Cuba, Estados Unidos, México, Italia y España.

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Esta entrada fue publicada el 29/08/2019 por en Reseña.
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