Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Gastón Baquero, el poeta que yo conocí

LILLIAM MORO

 

En el número 5 de la madrileña calle de Antonio Acuña vivió el poeta cubano Gastón Baquero. Pero no es de su grandeza literaria de lo que quiero hablar, sino de ese personaje aparentemente sencillo, trabajador incansable y sibarita como sólo lo puede ser un nativo del signo de Tauro, que vivía allí en el poco espacio que le habían dejado los libros.
 

LIBROS, LIBROS, LIBROS
Una tarde me dijo apesadumbrado que ahora que estaba jubilado y tenía más tiempo para leer, ya estaban inventariándole los libros que había vendido al fondo de la Universidad de Miami, pues necesitaba el dinero para vivir con más holgura lo que le quedaba de vida. Yo creo que exageraba, ya que no lo iban a desposeer de nada mientras viviera.
  Todo estaba tan rebosante de libros que hasta había un anaquel en la pared debajo del cual tenía su cama. Allí en esa tabla había bastantes libros de historia de Cuba. Me dijo: “Si la tabla se desprendiera de la pared, sería horrible morir aplastado por la historia de Cuba”.
  Pero no, querido amigo Gastón, los que serán aplastados por la verdadera historia, que en definitiva es el olvido, serán los que quisieron borrarte del mapa de tu Isla.
 
 

SU ESCRUPULOSO APROVECHAMIENTO DEL TIEMPO
Gastón parecía haber hecho suyos los consejos de Séneca en Acerca de la brevedad de la vida: hay tiempo para todo lo que nos parece importante si no desperdiciamos en cosas banales tantos pequeños momentos de nuestra existencia.
  Una vez le pregunté cómo hacía para trabajar tanto y que todavía le quedara tiempo para leer: me contestó con toda sinceridad que según se van ganando años, se necesita dormir menos.
  A su casa no se podía llegar sin avisar, como es la mala costumbre que tenemos los cubanos. Había que quedar de antemano, día y hora. Pero llamarle por teléfono para una cita también era problemático, porque había que hacerlo a la hora que él decía: aseguraba que su número de teléfono había sido el de unos grandes almacenes (Sears) y se la pasaban llamando continuamente, así que él sólo descolgaba si el timbre sonaba a la hora convenida de antemano, ni cinco minutos antes ni cinco minutos después. Lo mejor era, pues, cuando se coincidía con él en algún lugar, planificar el próximo encuentro con anticipación.
  Cuando estaba en la casa, solía colocar en el exterior de la puerta un cartón con un letrero que decía: ”SI USTED TIENE TIEMPO QUE PERDER, YO NO”; con eso esperaba ahuyentar a los vendedores.
  Y para evitar que cualquier desconocido, compañero casual de asiento en el autobús o en el metro, lo sacara de su sagrado silencio, me contó que siempre llevaba un cartelito oculto tras la solapa de la chaqueta, donde tenía escrito: “SOY SORDOMUDO”, que mostraba como respuesta al conversador.
  Gastón Baquero, que llegó a ser jefe de redacción del prestigioso y conservador Diario de la Marina cubano, trabajó desde que llegó a España en el Instituto de Cultura Hispánica en jornada completa por las mañanas, y posteriormente también, sobre las 2 o las 3 de la tarde, en Radio Exterior de España; ambos empleos estatales. No conforme con eso se la pasaba escribiendo artículos para periódicos extranjeros. De Radio Exterior me puso en su tocadiscos una pieza del músico cubano José White. Fue una inesperada sorpresa, pero lo fue más todavía la tarde de un sábado que me enseñó una grabadora que había comprado y escuchamos en ella un casete del entonces de moda, el popular Boney M.
 
 

LA INTRAHISTORIA
Fue la persona más erudita que he conocido. Quizás sea más correcto decir que tenía una excelente memoria, porque la esencia acumulativa de la erudición tiene su fundamento en la buena memoria. El Funes memorioso de Jorge Luis Borges pertenece a la ficción; Gastón Baquero a la realidad. Nunca fantaseó ni adornó historias; pero sí no cesaba de sorprender pues añadía a lo comúnmente sabido algún matiz o anécdota que enriquecía o incluso cambiaba lo que se había dado por sentado. De la mención de cualquier nombre en una conversación, tiraba del hilo desplegando anécdotas e historias que compartía con el regusto con que se cuenta un chisme. Pero no, no era un cuento sino una historia dentro de la historia.
  Una vez le pregunté si conocía a la escritora espiritista española del siglo XIX, Amalia Domingo Soler. “Por Dios, claro que sé quién es”, frase con la que enfatizaba mi ignorancia. Una semana después me hizo entrega de un ejemplar de Te perdono, de esa autora, que me había comprado en una librería de viejo.
 
 

LA COMIDA
La primera vez que se le visitaba, como era un encuentro formal, la conversación transcurría en un mal iluminado y pequeño salón. Él se sentaba en un butacón delante de una estantería de libros que llegaba hasta el techo, coronada con un televisor que nunca encendió: era inaccesible a esa altura y tan antiguo que carecía de mando a distancia; seguramente formaba parte del mobiliario del apartamento alquilado.
  Si la visita era de alguna persona conocida, entonces era comiendo en una mesa redonda, mediana, que en España se llama “mesa camilla”, con su imprescindible mantel verde hasta el suelo, que ocultaba un soporte donde se colocaba un brasero para calentar las piernas durante el invierno. Pero a Gastón no le hacía falta un brasero porque su casa tenía calefacción central: lo que escondía allí era algún plato de comida cubana que ofrecía con todo gozo y candor al visitante: a mí una vez me tocó un plato de frijoles negros. Pero lo normal era que cocinara él mismo la comida que había elegido expresamente para el invitado.
  Recuerdo que en una de mis visitas puso en mis manos un gran hallazgo acompañado de unas palabras eufóricas: era un paquetito de tamarindo natural, todo un tesoro en esas latitudes.
  La última cena que compartimos ya no fue cocinada por él pues los años lo habían obligado a trasladar sus cenas a un restaurante de comida casera que estaba en la esquina de su casa. Pero como seguía siendo un sibarita, se empeñó en que yo tenía que comer el excelente salmón que allí preparaban.
 
 

SABIOS CONSEJOS
En 1988 le entregué el manuscrito de mi cuaderno Poemas del 42 para que me diera su opinión. Pocos días después me lo devolvió con varias anotaciones de su puño y letra. Recuerdo la primera: “Listo para publicar si le cambias ese horrible título que le has puesto”. Por supuesto que no le hice caso.
 
 

UN “CUBANAZO”
Sí, para decirlo en lenguaje llano, Gastón Baquero fue todo un “cubanazo” en su ser y su hacer. Sin embargo quiero destacar que llegó a sentirse muy integrado en España; me daba la impresión de que se sentía a gusto con las costumbres y la cultura del país que lo acogió desde 1959. Lo mismo en la calle que en la casa vestía de traje, cuello y corbata, aunque la vestimenta fuera humilde y ajada, incluso en el caluroso verano madrileño de los meses de julio y agosto. Me decía, con un deje infantil en ese cuerpo de hombretón, que lamentaba la mala suerte de que la calle de su casa hubiera caído en la zona postal (zip code) 28009 y no en la 28001, por la desafortunada diferencia de unos metros. ¿Por qué lo molestaba ese detalle? Porque el 28001 correspondía al aristocrático Barrio de Salamanca madrileño.
 
  Gastón, amigo, único como la rosa de Villalba de tu poema, porque siendo fiel a ti mismo fuiste excepcional:
 

Yo vi una rosa en Villalba:
era tan bella, que parecía la ofrenda hecha a las rosas
para festejar la presencia de las rosas en la tierra.
 

Yo creía haber visto ya todas las rosas: marmórea en Bogotá,
llamativa en Amsterdam como un domingo aldeano,
primigenia en Haití, melancólica en la melancolía de Viena,
falsa como de nieve y alambre en una calleja de Manhattan,
túrgida y breve bajo las campanas de Florencia,
radiante como un verso de Ronsard en un jardín de Francia;
yo creía haber soñado ya todas las rosas, y las no vistas sobre todo:
la rosa de la India ciñendo a los leopardos,
la del Japón labrada en oro, la mística de Egipto,
la imperiosa como un guerrero bajo el sol africano,
la silvestre de Nueva Zelanda, que se abre al escuchar una melodía
y muere cuando la música fenece: yo creía haber visto ya todas las rosas.
 

Pero yo vi la rosa en Villalba;
su geometría imperturbable
era una respuesta de lo Impasible a la Desesperación,
era la indiferencia ante el caos y ante la nada,
era el estoicismo de la belleza, que se sabe perdurable,
era el sí y el rechazo a la ávida boca de la muerte.
 

Yo vi la rosa, tan pura y sorprendente,
que borraba el hastío de su nombre profanado
y no aparecía ya el lugar común de la rosa gastada:
era otra vez la Creación en su día inicial, coronada por el estupor
                               [de Adán,
recorrida por la inmensa alegría de saborear la luz y por el asombro
                            [de sentirse vivir.
Estaba allí, en Villalba, impávida y absoluta, como si perteneciese
a un rosal personalmente sembrado por Dios en el propio jardín
                              [del Paraíso.
 

Y ante ella sentí la piedad que siempre me ha inspirado
la contemplación de la belleza efímera. ¡Que esta geometría vaya a
                            [confundirse
con el cero del limo y con la espuma del lodo!
 

No quise mirar más la rosa perfectísima,
la que debió ser hecha eterna o no debió ser nacida.
De espaldas al dolor de su belleza, la rescataba intacta
en ese rincón final de la memoria que va a sobrevivirnos
y a mantener en pie la luz de nuestra alma cuando hayamos partido.
Negándome a mirarla, la llevaba conmigo.
 

Y dije adiós a la rosa de Villalba.
 
 

Gastón Baquero (Banes, Cuba, 4 de mayo de 1914-Madrid, 15 de mayo de 1997). Poeta, periodista y ensayista. Candidato al Premio Príncipe de Asturias de las Letras y finalista al Premio Nacional de Literatura (España) en el área de poesía. Considerado una de las figuras más relevantes de la poesía cubana de la segunda mitad del siglo XX.
 
 

Lilliam Moro
(foto: Jacqueline Alencar)

Lilliam Moro (La Habana, 1946) estudió en el Instituto Pedagógico Makarenko y Letras y Arte en la Universidad de La Habana. Perteneció al grupo de escritores de Ediciones El Puente y en 1965 su poemario El extranjero obtuvo en Primer Premio de Poesía en un concurso celebrado por las facultades de Letras de las universidades de la Isla. Fue profesora de Literatura. Salió de Cuba en 1970 y vivió en España más de cuarenta años donde se dedicó a la edición y las artes gráficas. Actualmente reside en Miami.
Poeta, narradora y crítica literaria, realizó ediciones didácticas de clásicos de la literatura española. Su obra poética comprende La cara de la guerra (Madrid, 1972), Poemas del 42 (Madrid, 1989), Cuaderno de La Habana (Madrid, 2005), Obra poética casi completa (Miami, 2013) y El silencio y la furia (Miami, 2017). Su poemario Contracorriente obtuvo el Premio Internacional de Poesía “Pilar Fernández Labrador” (Salamanca, 2017). En la boca del lobo fue Premio de Novela Villanueva del Pardillo (Madrid, 2004).

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .

Información

Esta entrada fue publicada el 22/12/2019 por en Ensayo.
A %d blogueros les gusta esto: