Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

La cárcel rusa

BEATRIZ E MENDOZA CORTISSOZ

 

A Elena Tamargo, in memoriam

 

La vi cuando salí al patio a fumarme un cigarrillo. Una vez más había fracasado en mi intento de dejarlo y sus ojos brillantes parecían reprocharme. Al principio no me di cuenta de que estaba ahí. Fue solo cuando las luces del jardín se apagaron automáticamente que descubrí su contorno sobre una rama. No era un animal cualquiera.
  Tal vez era esa elegancia con que descansaba sobre sus garras la que me reveló que se trataba de la poeta muerta. Eso y el hecho de que su recuerdo llegó vívido a mi mente en el instante en que la descubrí. Su pelambre me hizo evocar esa foto que ella me mostró un día que fui a visitarla a su apartamento.
  Es invierno en el retrato y ella lleva un abrigo de marta y un ushanka. Mira fijamente a la cámara como si pudiera ver el instante actual. Ese día cumplió 30 años, me explicó. Osvaldo le acababa de regalar una cámara alemana comprada con su salario de diplomático y después de cenar salieron a tomar fotos por la Plaza Roja. Ella se adelantó, en una esquina volteó para buscarlo y lo descubrió haciéndole fotos. Su mirada de reproche lo hizo presionar el obturador.
  Era la misma que encendía sus ojillos ahora. Apagué el cigarrillo lentamente y expulsé la última bocanada. Sólo entonces miró hacia otro lado. Era tarde, decidí acostarme y me olvidé de ella.
  Pero somos seres de ritos y la noche siguiente tuve de nuevo el impulso de fumarme un cigarrillo antes de dormir. No acababa de encenderlo cuando la vi en el mismo lugar con la misma mirada. Ella nunca había fumado pero eso no le había importado a la enfermedad que se la había llevado a los 54 años. Inmediatamente me sentí culpable y apagué el cigarrillo. Sólo en ese instante dejó de mirarme. Decidí acercarme para verla de cerca. Era hermosa como ella. Le gustaba que la admiraran. Cuando leía sus poemas, un aire místico y altivo la elevaban.
  Para mi sorpresa no se movió de su rama al acercarme. No parecía tener miedo de mí. Me miró de nuevo pero esta vez no había reproche en su mirada sino una infinita soledad idéntica a la que había en sus ojos desde la muerte de Osvaldo. En voz alta le dije que volvería a visitarla mañana y un bostezo suyo me dio a entender que era un trato. Luego empezó a bajar del árbol y se perdió en la noche.
  Soñé con ella. Me decía que estaba bien. Había publicado un nuevo poemario y sus columnas sobre teatro habían sido sindicadas a varios diarios. Ya no tenía problemas económicos, como cuando vivía en México.
  Todo el día tuve el sueño en el pensamiento. Se le veía saludable, no como la última vez que la vi, flaca, calva y delirante en una cama de hospital, sus amigos haciendo turnos para acompañarla en la agonía, sus muertos a su lado, conversando incesantemente con ella.
  Cuando volvía del trabajo me llamó el hermano menor. Le conté de las visitas que estaba teniendo por las noches y me explicó que los indígenas creen que los muertos vuelven en cuerpos de animales para ayudarnos a procesar el luto.
  Tal vez era eso. No tengo memoria de un sepelio. Creo que la cremaron en privado. Recuerdo que le presté mi preciado libro de Gómez Jattin para que pasara las horas de tedio en el hospital. Tras su muerte nunca hice un esfuerzo por recuperarlo. Esa noche salí a buscarla al patio pero sin cigarrillos. Ya me había acabado la última cajetilla y había decidido no comprar más, dejarlo definitivamente como una ofrenda a la poeta.
  Esperé un largo rato pero no llegó a la cita. Me quedé inquieta e insomne. Eran las tres de la madrugada y estaba terminando de organizar la biblioteca cuando sentí un ruido en el patio. Salí sigilosa a ver si la encontraba. Vi su silueta oscura sobre la verja avanzando hacia el norte, para luego desaparecer tras una rama. Cuando entré a la casa me di cuenta que detrás de la biblioteca, junto a la pared, en el piso, había unos libros tirados. Los recogí. Eran “Días ya vacíos”, la antología póstuma de sus poemas; el ejemplar de “Réquiem”, de Anna Ajmátova, que leyó en el patio de Manny bajo el calor de los árboles; y el libro prestado.
  No intenté comprender cómo logró devolverlo y lo abrí para oler su perfume tanto tiempo extrañado. Al cerrarlo una postal cayó al piso. Era la icónica foto del poeta fumando que decidí no enviar a nadie después de comprarla en la Casa de Poesía Silva y que usaba como marcapáginas de mi libro favorito. Unos versos decoraban ahora el anverso, su hermosa caligrafía deformada por los temblores de la morfina.
  “El poeta camina cargado de dolores
  Suavemente murmura: no me olviden”.
  Eran suyos. Los recordaba. ¿Dónde los había leído antes? Empecé a ojear sus poemas pensando cómo la presentación de ese libro había sido para mí como asistir a sus exequias. Ahí estaban, en “Poeta sin tumba”, ese hermoso poema que escribió tras la muerte de su amado.
  Finalmente tomé el de Ajmátova, lleno de marcas. Me entretuve un buen rato leyendo el poema completo. Justo antes de cerrarlo repasé “En lugar de un prólogo”. “-¿Y usted puede describir esto?/ Y yo dije: / – Puedo.”
  Entonces algo como un hielo resbaló por mi mejilla, sentí el frío intenso de tu cárcel rusa: el maldito cáncer que te hizo madre y prisionero a la vez y destrozó aquello que alguna vez fue bello. Yo también puedo.
 
 

Beatriz E. Mendoza Cortissoz
(foto: cortesía de la autora)


 

Beatriz E. Mendoza Cortissoz. Poeta, narradora y periodista nacida en Barranquilla, Colombia. Estudió Comunicación Social en la Pontificia Universidad Javeriana y Tecnología en Producción de Cine en el Miami Dade College. Ha tomado talleres de poesía en la Casa Silva en Colombia, con la poeta cubana Elena Tamargo en Miami, y asistió al taller de narrativa Story Seminar, dictado por Robert Mckee, en Los Angeles. También a una Clase Magistral de Narrativa con Guillermo Arriaga, a un Taller de cuento con el escritor colombiano Jaime Cabrera, en la Miami Beach Public Library 2018, y a un taller de Lecto-Escritura Literaria con Andrés Neuman, en el Miami Writers Institute, 2019. Publicó el poemario “Esa parte que se esconde” (Editorial MediaIsla, 2011). Poemas suyos fueron incluidos en la antología “Aquí (Ellas) en Miami”, selección de poetas miamenses (Katakana Editores, 2018) y en “La Floresta Interminable: Poetas de Miami” (Editorial ArtesMiami, 2019). Cuentos suyos han sido incluidos en las antologías “Rompiendo el silencio, relatos de nuevas escritoras colombianas” (Planeta, 2002) y “20 narradores colombianos en USA” (Editorial Collage, 2017). En 2019 fue invitada a PoeMaRio, Festival Internacional de Poesía en el Caribe en Barranquilla, Colombia. Ha trabajado como directora de noticias culturales en el Diario Las Américas y como productora de Telemundo, El Mundo, Univision y CBS Telenoticias.

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Esta entrada fue publicada el 22/12/2019 por en Narrativa.
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