Revista Conexos

Una revista de arte y literatura, sin fronteras generacionales ni geográficas

Fragmento de la novela Un mariachi viejo

FÉLIX LUIS VIERA

3

La mujer primero me posaba los ojos; luego me registra con ellos. Está en diagonal hacia mi derecha; dos gradas más alto. En esta ciudad he topado con mujeres así: aunque anden con varón, lo miran a uno con taladros. Yo le paso los ojos de vez en vez y si ella no me está mirando vuelve entonces la vista hacia mí; esa facultad que tenemos los seres humanos: sentir o al menos presentir las miradas que nos dedican. Bueno, quizás esto de que las mujeres acompañadas de varón pongan los ojos en uno con ánimo de batalla, sucede también en otras regiones, pero yo me he dado cuenta ahora, en esta ciudad; quién sabe. Si estuviese con Érika, me cuidaría más de mirar adonde la mujer… “Ese toro hijoeputa”, pensé cuando el animal, al restregar el suelo con las patas traseras, nomás salir al ruedo, me clavó un terronazo en la frente. Oh, que si me llega a dar en un ojo, quizás me hubiese dejado tuerto o medio tuerto. Cinthya se alarmó y por unos segundos me estuvo explorando la frente con propósito a la par de médica y de amadora; eso sentí. El hijoeputa sería el torero. “Ese torero hijoeputa”, pensé luego, cuando la faena se fue desarrollando y observé cómo un torero, apoyado por el banderillero y el picador —otros hijoeputas—, humillaba al animal. ¿O se trata de un duelo entre animales? Me puse de parte del toro; ojalá que corneara al torero. Lo incalculable: la mujer, quien hasta entonces me había mirado como quien contempla, neutral o acaso apaciblemente diríamos, ahora con la vista en mí movió la cabeza tal si se lamentara y seguramente diciéndome en silencio: “No es nada, mi amor, tranquilo, te doy un besito”. Le zumba la tranca que en un aforo de cinco mil quinientas personas —completamente cubierto— según se avisa en la invitación, el terrón fuese directamente a mi frente. Oh, pero cuánta sandez de mi parte: hacia alguien debe viajar el proyectil que fuere en caso de que este vaya hacia un grupo humano pequeño o grande o descomunal. Cinthya se lamentó de que no traía a mano unos minipañitos de alcohol que suele cargar en su bolsa. Y me besó en la mejilla. En la izquierda; mientras yo encaminaba mis ojos hacia la derecha, adonde la mujer. En algún instante valoré no mirarla más, no seguirle el paso; su acompañante —¿amante?, ¿marido?, ¿novio?— podría descubrirnos Dios mío…; aquí, por menos que eso, he visto a un hombre irle encima a otro con resolución de estrangulador. No me interesan ferias como esta, exposiciones de caballos, toros inmensurables, vacas, terneras antológicas. Y menos el toreo; ese asesinato para con un animal. Esto le reiteré a Cinthya cuando se lamentó del balazo que me había dado justo en medio de la frente. Pero detuve la repetición del reproche; si solo de comenzarlo, ya ella había puesto cara de angustia… Quizá la mujer había observado —¿con rabia?, ¿dolor de amor?—, cómo mi gorda con caché me chiqueaba la frente, me besaba en la mejilla. ¿Sería posible que una mujer a quien solo había visto y me había visto a distancia, a quien jamás por tanto había tocado ni me había tocado y por tanto no nos conociéramos siquiera las voces, se hubiera encelado porque la que está conmigo —la que está conmigo— me da cariños? Podría ser; pasan cada cosa, como esa de que el toro al raspar la tierra con sus patas traseras mandara un disparo justo a la frente del único de los cinco mil quinientos presentes que está de su parte, que lo ama. El gran idólatra del fútbol padre de Cinthya —quien con tanto ánimo había regalado a su hija el par de entradas para la feria y la corrida que le habían tocado en rifa de supermercado—, más la gran idólatra de las telenovelas madre de ella, le sembraron ese amor —ella ha dicho así, “amor”— por los animales. Ellos, campiranos (“paisanitos” —ese modo despectivo de los diminutivos— suelen decirles en la Ciudad de México a quienes vivan o lleguen desde los campos o aun desde los pueblos pequeños) recién casados arribaron la gran urbe; pero yo no he averiguado con Cinthya más allá. No me importan los campos ni los animales de cría o de casa ni los sembradíos ni las cosechas ni nada de esa mierda. Mi único recuerdo del campo lo tengo de trabajar la caña de azúcar y otros cultivos cortándolos, limpiándolos de malas yerbas o poniéndoles abono cuando allá en Cuba el Comandante Fidel Castro me enviara a estos menesteres a cambio de continuar con mis estudios o recibir ciertos beneficios en mi centro de trabajo. Esto bien lo sabe Cinthya; pero al parecer lo olvida y me insta a sumármele si no directamente sí con sus exclamaciones de júbilo se podría decir cuando lee en las jaulas de algunos animales las inscripciones con sus datos o bien al admirar las estampas de algunos. Se consternó ella con una yegua imponente que según su ficha resulta de grande “fuerza, nobleza, docilidad, resistencia, rapidez y energía”. En el mismo momento en que yo le comentaba si acaso sabía que los aviones de la actualidad llevan solo dos motores. Quién sabe desde cuándo habían pasado de moda los cuatrimotores. Pero yo me daba cuenta solo ahora. Desde la zona de la feria era posible observar un extenso tramo de cielo. Cruzaban muchos aviones. Según la ubicación serían los que iban dejando atrás la inmensa ciudad. Pasaban cada cincuenta segundos aproximadamente. Ahora me daba festín: en la ciudad, por mucho que la saudade me lo pidiera, no me resultaba fácil verlos; sí oírlos. ¿Cómo sería posible que si yo le estaba pasando esa noticia, y mis dolores de nostalgias, ella me saliera con el tema de la yegua? Pero no la reprendí fuerte, uno: me apena verla con la expresión de sufriente; dos: no me conviene: si un día se encabrona en firme, tal vez me diga adiós y entonces me las veré poco menos que negras, como estaba cuando la conocí. Suenan las fanfarrias: el matador entrará a matar. Un silencio que se chorrea. El matador. Su estoque. Cinthya toma mi mano izquierda entre las suyas; la oprime. Escucho como un toser leve en la dirección donde se halla la mujer. Miro hacia allí. Su espacio y el de su hombre están vacíos.

—¿Sabes qué…? —comienza Cinthya cuando vamos bajando las escaleras hacia la salida de la plaza. Me toma por el brazo, pega su mejilla en lo alto de este. Me pide con gestos que nos arrimemos a la pared; por un momento habíamos detenido el descenso del público.

—¿Qué? —le pregunto ya un poco alarmado no solo por su vacilación, sino por la zozobra que veo en su semblante. Campanea con sus pestañas sobradas:

—Ay, no sé cómo decírtelo… —fragmentada entonces la afinación proverbial de su voz.

Recarga su cara en mi pecho. Algo común por estas tierras: gente indiscreta que nos mira inmoderadamente al pasar.

—Ah, pues coño, diciéndomelo, vamos, habla —le pido a la par que le acaricio las nalgas, no obstante el vistazo imprudente de algún pasante.

Se me pega aún más:

—Ay, no me vayas a regañar… Estoy embarazada…  

Félix Luis Viera
(Foto: cortesía del autor)

Félix Luis Viera nació en Santa Clara, Cuba, en 1945. Ha publicado los libros de poemas: Una melodía sin ton ni son bajo la lluvia (Premio David de Poesía de la Uneac 1976, Ediciones Unión, Cuba); Prefiero los que cantan (1988, Ediciones Unión, Cuba); Cada día muero 24 horas (Editorial Letras Cubanas, 1990); Y me han dolido los cuchillos (Editorial Capiro, Cuba, 1991); Poemas de amor y de olvido (Editorial Capiro, Cuba, 1994), La que fue (Red de los Poetas Salvajes, México, 2008), y La patria es una naranja (Ediciones Iduna, Miami, 2010; Edizioni Il Foglio, Italia, 2011 —Premio Latina in Versi—; Alexandria Library, Miami, 2013). Los libros de cuento: Las llamas en el cielo (Ediciones Unión, Cuba, 1983); En el nombre del hijo (Premio de la Crítica 1983, Editorial Letras Cubanas, reedición 1988) y Precio del amor (Editorial Letras Cubanas, 1990; Alexandria Library, Miami, 2015). Las novelas Con tu vestido blanco (Premio Nacional de Novela de la Uneac, 1987, Premio de la Crítica 1988, Ediciones Unión, Cuba), Serás comunista, pero te quiero (Ediciones Unión, Cuba, 1995); Un ciervo herido (Editorial Plaza Mayor, Puerto Rico, 2003; Edizoni Cargo, Italia, 2005; Editorial Eriginal Books, Miami, 2012; y Editorial Verbum, España, 2015); El corazón del rey (México, 2010), y la novela corta Inglaterra Hernández (Ediciones Universidad Veracruzana, 1997).
Su libro de cuentos Las llamas en el Cielo es considerado un clásico en su país. Sus creaciones han sido traducidas a varios idiomas y se han publicado en antologías en Cuba y otros países. En su país natal recibió varios reconocimientos por su trabajo en favor de la cultura. En Italia se le conoce por su novela Un ciervo Herido, editada con el título El trabajo os hará hombres (Edizoni Cargo, 2005), que aborda el tema de las Umap (Unidades Militares de Ayuda a la Producción), en realidad campos de trabajo forzado que existieron en Cuba, de 1965 a 1968, adonde fueron enviados supuestos desafectos a la revolución castrista, como religiosos de diversas filiaciones, lumpen, homosexuales y otros.
Su novela El corazón del rey incursiona en el decenio de 1960, cuando en Cuba se establecía la llamada revolución socialista, y expone el mundo marginal de esa época. Ese mismo año dio a la luz el poemario La patria es una naranja, Ediciones Iduna, Miami, 2010; publicado en 2013 por Alexandria Library, Miami; y que en 2011 fuera traducido al italiano por ediciones Il Flogio y resultara merecedor de uno de los Premios “Latina in Versi”, otorgados en Italia.
En 1995 fijó residencia en México, país del cual es ciudadano por naturalización.

Un comentario el “Fragmento de la novela Un mariachi viejo

  1. Mayuli
    15/06/2020

    ¡Gracias por la poesía!

Los comentarios están cerrados.

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Esta entrada fue publicada el 14/06/2020 por en Narrativa.
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